«Hacer periodismo», por Eddie Abramovich

El comentario es libre. Los hechos son sagrados” , Charles Prestwich Scott, fundador de The Guardian

Afortunadamente, el siglo XX terminó de pulverizar el mito de la objetividad, tan ambiguo como polisémico, tan insostenible como inútil. Era imposible alegar una virtud que nadie podía definir con un mínimo de rigor.

Con ese mito cayeron también otros dos: Uno, el de la neutralidad, un auténtico disvalor, un extravío ético que por razones oscuras alguna vez fue ponderado como signo de prudencia. El otro, más complejo – y que aún conserva algunos defensores resistentes- es la llamada teoría del espejo, la noción ya arcaica de que los medios de información se limitan a ordenar y transcribir la realidad social sin intervenir en su estructuración.

El lugar que ocupaban estos mitos en el imaginario social no quedó vacante, sino que fue rápidamente colonizado por teorías, conjeturas, postulados y artefactos intelectuales de variado espesor conceptual. De entre ellos, algunas peticiones recibieron un fuerte endoso social, como la idea – noble y valedera, aun con sus imprecisiones y no pocas manipulaciones – del derecho a la información veraz.

Es una convención generalmente aceptada que tal derecho se satisface con la articulación de, por lo menos, tres rasgos inseparables: Apego a los hechos, legibilidad y mediatización útil.

Por apego a los hechos se entiende no omitir datos sustantivos, no presentar como sustantivos los que sólo son accesorios, y cuidarse de agregar calificaciones ni descripciones que conduzcan a una percepción errónea de la noticia.

Acerca de la legibilidad, las reglas del arte nos dicen que una noticia está bien escrita cuando se puede leer de corrido de principio a fin, resultando comprendida cabalmente en la primera lectura y sin necesidad de retroceder en los párrafos; adicionalmente, tal escritura debería despertar interés y brindar básicas claves de interpretación para que el lector sitúe el hecho anoticiado en un contexto más amplio.

La mediatización útil sería, finalmente, la capacidad del medio periodístico de organizar para los lectores un acceso racional, ordenado pero flexible, guiado pero con opciones abiertas, al conocimiento de la realidad.

El cumplimiento de estas prescripciones surge como exigible para los diarios de noticias, es decir, como una parte vertebral del contrato de lectura con los usuarios – contrato tácito la mayoría de las veces -, pero no parece ser éste el caso de los diarios de opinión o divulgación doctrinaria.

En efecto, éstos sólo resultarían interesantes para el análisis político o macrosocial, pero sus desviaciones serían menos relevantes para un estudio más minucioso, enfocado en la producción de noticias, en la medida en que tales desviaciones no hacen sino confirmar la prevalencia de la propaganda por sobre la información.

O, en los casos más honestos de los segundos diarios, la segmentación estaría justificada por una decisión editorial explícita, no reprochable en términos de fiabilidad informativa.

A menos, claro, que el medio se autopostule como “objetivo”, “neutral” y “especular” , o cualquier sinónimo encubridor de estas falacias.

Bien, el ejercicio de de esta actividad profesional, de este hacer original, mezcla de arte, oficio y pasión, se llama Periodismo.

Se puede ser escribidor, ghost writer, community manager, divulgador especializado y columnista de opinión esporádico, todo ello con la dignidad y la pericia requeridas. Pero lo que a una o uno lo hace periodista es esa capacidad de sinergia que integra la mediación inteligente entre los acontecimientos y la ciudadanía con la pasión irreductible por la verdad, una verdad promotora de libertad, justicia, diversidad e inclusión.

El periodista no es un militante como tal. En todo caso, militará, en el escenario inmediato, por las condiciones del ejercicio profesional, y en el grande por uno u otro programa político.

Pero, como periodista, su mayor activismo es garantizar el acceso a la información veraz, como en aquel fallido pero no por eso menos valiente proyecto de Sean Mac Bride, Marshall MacLuhan, Gabriel García Márquez, Hubert Beuce-Mery y varios más, que se conoció como “Voces Múltiples, Un solo Mundo”

(Vuelco en este texto parte de mi Prólogo al libro “Títulos y Noticias”, tesis de grado de mi ex alumno el Licenciado en Comunicación Social Carlos Holubica)

Eddie Abramovich, periodista y educador. En la actualidad, Vicepresidente de la Fundación Internacional de Derechos Humanos y Director de  Aula y Praxis, Consultoría Internacional en Políticas Públicas

Gracias por este aporte para La Columna Vertebral.

Ilustración: Mural artístico. Forma parte de la obra Los grafitis de Narón.

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