Armagedón, de Hernán López Echagüe en Canal Abierto

La confusión, la perplejidad, la maraña de azoramientos que a cada hora brotan a causa de la calamidad que está sucediendo, tiene quizá una respuesta: ya estamos instalados, hace años, sin remedio ni la menor pizca de esperanza, en el país del No Lugar. Bien lo define el antropólogo francés Marc Augé, seguramente un tipo que vive en un contínuo estado de destierro. El No Lugar: una geografía habitada por no gente, por no personas, por no individuos. Espacio desprovisto de paisajes, olores. Lugar de tránsito. El país, una sala de espera en un hospital nauseabundo; el andén de un tren; la cola para pagar una factura; la espera en el cordón de la vereda a que el hombrecito se ponga blanco y entonces cruzar la calle, la avenida; las terminales de ómnibus; la caminata por los laberínticos pasillos del subterráneo para combinar una línea con la otra; y colas y más colas, la cola para comprar comida al peso, al mediodía, a las apuradas, para el almuerzo de media hora que permite el empleo; la cola en el cajero automático o e nel Rapipago.

Pero Augé no tuvo en cuenta que el No Lugar, por lógica secuencia ocasional, y por qué no semántica, ocasionaría como natural alumbramiento el Sí Lugar. Uno, digamos, de cuarenta, acaso cincuenta centímetros cuadrados. Un monoambiente apretado, estrecho, desde luego, pero luminoso, limpio, a nuevo, ideal para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, monoambiente en el que por lo demás cabe todo, absolutamente todo. La reflexión, la puteada, el delivery de pizza, el chiste, el abrazo, la fotografía de un par de escarpines, el llamado a la revolución, el vituperio, el sexo, la música, la gastronomía, el ansia de suicidio, el comentario doméstico…

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