1º de Mayo de 1886.

Grandes Motines Obreros”, por José Martí

Fragmentos de la nota de la Nación escrita en Nueva York, mayo 16 de 1886

El problema del trabajo se ha erguido de súbito, y ha enseñado sus terribles entrañas. Se ha visto que, aunque de un modo todavía confuso, y con diversos métodos, están unidos en una misma tendencia y determinación los trabajadores norteamericanos. Es inútil ahorrar números: son 17 400 000.

So pretexto de reclamar la reducción de las horas actuales de trabajo a ocho, ha culminado en batallas campales en las plazas, y en una especie de intentona y alistamiento generales el malestar que empezó con las huelgas de los ferrocarriles y tranvías, no bien tendió a secar al sol de abril su manto lúgubre el invierno; ¡parece a veces que hay cierta fuerza moral en los rayos del sol!

Se ha visto que, en consecuencia de labores constantes, y sin necesidad de ninguna voz ni dirección fija, todas las ciudades obreras se levantaron en los mismos días con una petición unánime, y este primer estallido de una fuerza que es acaso demasiado vasta y heterogénea, para que pueda echar toda por igual camino, ha revelado, como a la luz de un rayo, el tamaño de la casta triste y enorme que se viene encima, y la negrura de las minas hondas donde las criaturas de destrucción, que se acumulan siempre en las horas de tormenta, socavan con una cordura de locos, los descansos de la fábrica desequilibrada, fábrica de mármol sobre lodo, en que ocupados en la busca de oro viven hoy los hombres.

En Nueva York hubo procesiones, plazas repletas, casas henchidas de policías armados alrededor de las plazas, discursos más encendidos que las antorchas que iluminaban a los oradores, y más negros que su humo: Union Square, que tiene cuatro cuadras de cada lado, era una sola cabeza la noche de la petición de las ocho horas: como un cinto, ceñía la gran plaza, oculta para no excitar los ánimos, una fuerza de policía, pronta a la carga: ¿cómo no, si se sabe que en Nueva York los anarquistas leen como la Biblia, y compran como el pan un texto de fabricar bombas, bombas grandes, redondas, bombas de lata, bombas cómodas, “graciosas y pequeñas como una pera”, bombas de dinamita “que caben en la mano”?: ¿cómo no, si a la luz del día, porque no hay ley aquí que prohíba llevar un rifle en la mano, entran los anarquistas en los lugares donde aprenden el ejercicio de las armas las “compañías de rifleros trabajadores” y no se oye, en las horas libres y en todo el domingo, más que la marcha de pies que se clavan, la marcha terca, continua, firme, una marcha de que nadie se cansa ni protesta, una marcha de gente que se ha puesto en pie decidida a llegar?: ¿cómo no, si todo el este de la ciudad está sembrado de logias de socialistas alemanes, que van a beber su cerveza, y a juntar sus iras acompañados de sus mujeres propias y sus hijos, que llevan en sus caras terrosas y en sus manos flacas las marcas del afán y la hora de odio en que han sido engendrados?

Un año más tarde, las críticas que todavía se perciben en la crónica sobre el 1º de mayo quedaron desdibujadas cuando vió la muerte a los ojos de los  anarquistas condenados. Caminaban hacia el cadalso y allí estaba José Martí para dar testimonio de la dignidad de sus últimos minutos.

 

Fragmentos de “Un drama terrible”, por José Martí

Publicado en La Nación de Buenos Aires, 1º de enero de 1888. Escrito el 13 de noviembre de 1887 en Nueva York.

(…)

La prensa entera, de San Francisco a Nueva York, falseando el proceso, pinta a los siete condenados como bestias dañinas, pone todas las mañanas sobre la mesa de almorzar, la imagen de los policías despedazados por la bomba; describe sus hogares desiertos, sus niños rubios como el oro, sus desoladas viudas. (…)

Y ya entrada la noche y todo oscuro en el corredor de la cárcel pintada de cal verdosa, por sobre el paso de los guardias con la escopeta al hombro, por sobre el voceo y risas de carceleros y periodistas, mezclado de vez en cuando a un repique de llaves, por sobre el golpeteo incesante del telégrafo que el «Sun» de Nueva York tenía establecido en el mismo corredor… por sobre el silencio que encima de todos los ruidos se cernía, oíanse los últimos martillazos del carpintero en el cadalso. Al fin del corredor se levantaba el cadalso.

«Oh, las cuerdas son buenas: ya las probó el alcaide». El verdugo habla, escondido en la garita del fondo, de las cuerdas que sujetan el pestillo de la trampa.


(…) Risas, tabacos, brandy, humo que ahoga en sus celdas a los reos despiertos. En el aire espeso y húmedo chisporrotean, cocean, bloquean, las luces eléctricas. Inmóvil sobre la baranda de las celdas, mira al cadalso un gato… ¡cuando de pronto una melodiosa voz, llena de fuerza y sentido, la voz de uno, de estos hombres a quienes se supone fieras humanas, trémula primero, vibrante enseguida, pura luego y serena, como quien ya se siente libre de polvo y ataduras, resonó en la celda de Engel, que, arrebatado por el éxtasis, recitaba “El Tejedor” de Henry Keine, como ofreciendo al cielo el espíritu, con los dos brazos en alto:

Con los ojos secos, lúgubres, ardientes,/ rechinando los dientes,/ se sienta en su telar el tejedor;/ ¡Germania vieja, tu capuz zurcimos! / Tres maldiciones en la tela urdimos; / ¡Adelante, adelante el tejedor! / Maldito el falso Dios que implora en vano / en invierno tirano
muerto de hambre el jayán en su obrador;/ ¡En vano fue la queja y la esperanza! / Al Dios que nos burló, guerra y venganza./ ¡Adelante, adelante el tejedor!/ ¡Maldito el falso Rey del poderoso/ cuyo pecho orgulloso/ nuestra angustia mortal no conmovió!/ ¡El último doblón nos arrebata,/ y como a perros luego el Rey nos mata!/ ¡Adelante, adelante el tejedor!/ ¡Maldito el falso Estado en que florece,/ y como yedra crece/ vasto y sin tasa el público baldón;/ donde la tempestad la flor avienta/ y el gusano con podre se sustenta!/ ¡Adelante, adelante el tejedor!
¡Corre, corre sin miedo, tela mía!/ ¡Corre bien, noche y día!/ Tierra maldita, tierra sin honor,
con mano firme tu capuz zurcimos;/ tres veces, tres la maldición urdimos:/ ¡Adelante, adelante el tejedor!»

Y rompiendo en sollozos, se dejó Engel caer sentado en su litera, hundiendo en las palmas el rostro envejecido. Muda lo había escuchado la cárcel entera, los unos como orando, los presos asomados a los barrotes, estremecidos los escritores y los alcaides, suspenso el telégrafo, Spies a medio sentar. Parsons de pie en su celda, con los brazos abiertos, como quien va a emprender el vuelo.

El alba sorprendió a Engel hablando entre sus guardas, con la palabra voluble del condenado a muerte, sobre lances curiosos de su vida de conspirador; a Spies, fortalecido por el largo sueño; a Fischer, vistiéndose sin prisa las ropas que se quitó al empezar la noche, para descansar mejor; a Parsons, cuyos labios se mueven sin cesar, saltando sobre sus vestidos, después de un corto sueño histérico.

Adolf Fischer

¿Oh, Fischer, cómo puedes estar tan sereno, cuando el alcaide que ha de dar la señal de tu muerte, rojo por no llorar, pasea como una fiera de alcaidía?«

–“Porque”-responde Fischer, clavando una mano sobre el brazo trémulo del guarda y mirándole de lleno en los ojos-“creo que mi muerte ayudará a la causa con que me desposé desde que comencé mi vida, y amo yo más que a mi vida misma, la causa del trabajador, -¡y porque mi sentencia es parcial, ilegal e injusta!”.

 

-“¡Pero, Engel, ahora que son las ocho de la mañana, cuando ya sólo te faltan dos horas para morir, cuando en la bondad de las caras, en el afecto de los saludos, en los maullidos lúgubres del gato, en el rastreo de las voces, y los pies, estás leyendo que la sangre se te hiela, ¿cómo no tiemblas, Engel?“ 

 

George Engel

– «¿Temblar porque me han vencido aquéllos a quienes hubiera querido yo vencer? Este mundo no me parece justo; y yo he batallado, y batallado ahora con morir, para crear un mundo justo. ¿Qué me importa que mi muerte sea un asesinato judicial? ¿Cabe en un hombre que ha abrazado una causa tan gloriosa como la nuestra desear vivir cuando puede morir por ella? ¡No, alcaide, no quiero droga; quiero vino de Oporto!» 

Y uno sobre otro, se bebe tres vasos…

 

August Spies

Spies, con las piernas cruzadas, como cuando pintaba para el «Arbeiter Zeitung» el universo dichoso, color de llama y hueso, que sucedería a esta civilización de esbirros y mastines, escribe largas cartas, las lee con calma, las pone lentamente en sus sobres, y una y otra vez deja descansar la pluma para echar al aire, reclinado en su silla, como los estudiantes alemanes, bocanadas y aros de humo:

«¡Oh Patria, raíz de la vida, que aun a los que te niegan por el amor más vasto a la Humanidad, acudes y confortas, como aire y como luz por mil medios sutiles! «Sí, alcaide-dice Spies-, beberé un vaso de vino del Rin»

Fischer, cuando el silencio comenzó a ser angustioso, en aquel instante en que en las ejecuciones como en los banquetes todos los concurrentes callan a la vez como ante solemne aparición, prorrumpió iluminada la faz por venturosa sonrisa, en las estrofas de «La Marsellesa» que cantó con la cara vuelta al cielo…

Albert Parson

Parsons, a grandes pasos mide el cuarto, tiene delante un auditorio enorme, un auditorio de ángeles que surgen resplandecientes de la bruma, y le ofrecen, para que como astro purificante cruce el mundo, la capa de fuego del profeta Elías: tiende las manos, como para recibir el don, vuélvese hacia la reja como para enseñar a los matadores su triunfo; gesticula, argumenta, sacude el puño alzado, y la palabra alborotada al dar contra los labios se le extingue, como en la arena movediza se confunden y perecen las olas.

 

 

Llenaba de fuego el sol las celdas de los cuatro reos, que rodeados de lóbregos muros parecían, como el bíblico, vivos en medio de las llamas, cuando el ruido improviso, los pasos rápidos, el cuchicheo ominoso, el alcaide y los carceleros que aparecen a sus rejas, el color de la sangre que sin causa visible enciende la atmósfera, les anuncian lo que oyen sin inmutarse, ¡que es aquélla la hora!

Salen de sus celdas al pasadizo angosto.«¿Bien? ¡Bien!». Se dan la mano, sonríen, crecen:«Vamos».

El médico les había dado estimulantes. A Spies y a Fischer les trajeron vestidos nuevos; Engel no quiere quitarse sus pantuflas de estambre. Les leen la sentencia a cada uno en su celda; les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero; les echan por sobre la cabeza, como la túnica de los catecúmenos cristianos, una mortaja blanca; abajo, la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso, ¡como en un teatro!

Ya vienen por el pasadizo de las celdas, a cuyo remate se levanta la horca; delante va el alcaide, lívido; al lado de cada reo marcha un corchete. Spies va a paso grave, desgarradores los ojos azules, hacia atrás el cabello bien peinado, blanco como su misma mortaja, magnífica la frente; Fischer le sigue, robusto y poderoso, enseñándose por el cuello la sangre pujante, realzados por el sudario los fornidos miembros. Engel anda detrás a la manera de quien va a una casa amiga, sacudiéndose el sayón incómodo con los talones. Parsons, como si no tuviese miedo a morir, fiero, determinado, cierra la procesión a paso vivo. Acaba el corredor, y ponen el pie en la trampa; las cuerdas colgantes, las cabezas erizadas, las cuatro mortajas.

Plegaria es el rostro de Spies; el de Fischer, firmeza; el de Parsons, orgullo rabioso; a Engel, que hace reír con un chiste a su corchete, se le ha hundido la cabeza en la espalda. Les atan las piernas, al uno tras el otro, con una correa. A Spies el primero, a Fischer, a Engel, a Parsons; les echan sobre la cabeza, como el apagavelas sobre las bujías, las cuatro caperuzas.

Y resuena la voz de Spies, mientras está cubriendo la cabeza de sus compañeros, con un acento que a los que le oyen les entra en las carnes:«La voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora».

Fischer dice, mientras el vigilante atiende a Engel:«Este es el momento más feliz de mi vida».

«¡Hurra por la anarquía!», dice Engel, que había estado moviendo bajo el sudario las manos amarradas hacia el alcaide. «Hombres y mujeres de mi querida América…», empieza a decir Parsons… Una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen a la vez en el aire, dando vueltas y chocando.

Parsons ha muerto al caer, gira de prisa, y cesa; Fischer se balancea, retiembla, quiere zafar del nudo el cuello entero, estira y encoge las piernas, muere; Engel se mece en su sayón flotante, le sube y baja el pecho como una marejada, y se ahoga; Spies, en danza espantable, cuelga girando como un saco de muecas, se encorva, se alza de lado, se da en la frente con las rodillas, sube una pierna, extiende las dos, sacude los brazos, tamborilea; y al fin expira, rota la nuca hacia adelante, saludando con la cabeza a los espectadores.

Epílogo

Y dos días después, dos días de escenas terribles en las casas, de desfile constante de amigos llorosos; ante los cadáveres amoratados, de señales de duelo colgadas en miles de puertas bajo una flor de seda roja, de muchedumbres reunidas con respeto para poner a los pies de los ataúdes rosas y guirnaldas. Chicago asombrado vio pasar tras las músicas fúnebres, a las que precedía un soldado loco agitando como desafío un pabellón americano, el ataúd de Spies, oculto bajo las coronas; el de Parsons, negro, escoltado por 14 obreros que llevaban una corona simbólica cada uno; el de Fischer, adornado con guirnaldas de lirio y clavelinas; los de Engel y Lingg (junto de nuevo a sus compañeros), envueltos en banderas rojas. Las viudas y los deudos, de riguroso luto, y encabezando el cortejo un veterano de la guerra civil, con la bandera de los Estados Unidos. 25.000 personas asistieron a las exequias y otras 250.000 flanquearon el recorrido.

 

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