Ese maldito contrato

Había una vez un relojero suizo, hijo y nieto de relojeros, muy orgulloso de su oficio, de su clase y de su país, que decía: «Un relojero de Ginebra es un hombre que se puede presentar en cualquier parte; un relojero parisino solo es apto para hablar de relojes». Todavía no había ocurrido la revolución francesa y nuestro relojero estaba orgulloso de que en Ginebra los artesanos, como él, podían votar mientras en Europa los reyes y su séquito de nobles eran los únicos que tenían voz y voto. Al nieto de relojeros le gustaba tanto pensar, como hablar, como bailar. Por eso también fue profesor de danzas. Prestaba oídos al tic tac, al pulso del tiempo, y a la música.

El relojero bailarín también se dedicó a pensar y escribir. Publicó varios libros que firmó de éste modo: Jean Jacques Rousseau, ciudadano de Ginebra.  Una de sus obras más conocidas fue El contrato social o principios de derecho político. Publicada en 1762 con una curiosa advertencia inicial: “Este pequeño tratado se ha extraído de una obra más extensa, iniciada sin haber consultado mis fuerzas y abandonada después de algún tiempo. De los diversos fragmentos que podían extraerse de ella, éste es el más considerable, y lo que me ha parecido menos indigno de ser ofrecido al público. El resto ha desaparecido”. 

¿Puede un contrato garantizarnos paz y libertad?

No deja de ser curioso que la primera vez que se menciona la idea de Contrato Social, uno de los principios del Estado Moderno, ocurra en una obra que, en su mayor parte, terminó en el tacho de basura de los Rousseau.

Nobleza obliga reconocer que la idea no era del todo original, como cualquier idea, tuvo un desarrollo histórico. Y fue creciendo de siglo en siglo. A fines del mil seiscientos El filósofo inglés Thomas Hobbes sostuvo que debía existir un ‘pacto originario’, para establecer la paz entre los hombres. Reglas claras para evitar caer en lo que él imaginaba era la Ley Natural. Al Orden Natural había que contraponer el orden social. La premisa de Hobbes era: “Cada hombre es enemigo del hombre” o su frase más marketinera “El hombre es el lobo del hombre”.

Casi un siglo después, 1762, en El contrato social, Rousseau establece la posibilidad de una reconciliación entre la naturaleza y la cultura: el hombre puede vivir en libertad en una sociedad verdaderamente igualitaria. Eran tiempos de cambio, de patear el tablero (pero de patearlo en serio), había que sacar de patadas en el tujes a varios reyes que se creían dueños de la sociedad por derecho divino.

Todo contrato implica, de por sí, un acto de mala fe

Más allá de las conclusiones a las que llegaran, lo realmente conmovedor es que todos se permitían pensar en otro orden de cosas. La historia estaba por escribirse. Las relaciones humanas en el mundo podían refundarse. Pensar en otro sistema no era cosa de locos ni de troskos.De hecho, en mayo de 1789 empezó la Rev. Francesa y lo que se dió en llamar  “La historia contemporánea”. Y que yo sepa, todavía no saltamos a otra Era. Empezó una discusión que lleva dos siglos, entre los que hoy llamaríamos capitalistas, comunistas, socialistas y anarquistas. Para hacerlo simple: capitalistas, comunistas y socialistas, abrazan, de un modo u otro, esa idea de Contrato Social. Los anarquistas, sean Proudhon o Bakunin se rien de un contrato que no firmó nadie. Una entelequia intelectual que sirve solo para poner orden. En 1871, Mijail Bakunin fue demoledor con la idea de Contrato Social de Rousseau: “Detrás de nosotros nunca hubo un libre contrato; solo ha habido brutalidad, estupidez, injusticia y violencia. Pero también hoy en día , y ustedes lo saben muy bien, este pretendido “libre contrato” se llama pacto del hambre , de la esclavitud , de la pobreza y de la explotación de las masas hambrientas por obra de las minorías que las oprimen y devoran».  

Hasta el momento, a pesar del vértigo de la tecnología, mucho no se ha avanzado al respecto. La idea de Contrato Social prevalece. Es casi la idea base del Estado -sea capitalista, comunista o socialista-.

¿Puede un contrato garantizarnos paz y libertad? Quién no ha estampado su firma alguna vez en un papel que dice: “las partes, de común acuerdo, se comprometen a cumplir lo establecido en el presente contrato”. Como si ‘las partes’ estuvieran en igualdad de condiciones. Libertad en estado puro. Si firmaste un contrato con el Estado que dice que no trabajás para él y te puede echar en cualquier momento, atenete a las consecuencias, nadie te obligó a hacerlo. Eras libre de toda libertad. Si el dueño de casa te propone aumentar cada seis meses un 30% el alquiler, sos libre de hacer lo que quieras. Acá nadie impone nada. Acuerdo, consenso, diálogo, serían las bases de toda sociedad bien llevada. Todo contrato implica, de por sí, un acto de mala fe, tan es así que todavía existe un tipito que se llena de plata por ‘dar fe’, como si uno no pudiera dar fe por sí mismo. Los contratos suelen servir para que el que te está pasando por arriba pueda mostrarle al juez tu aceptación explícita.

Si fuera verdad que alguna vez la sociedad se fundó en un contrato y los pobres lo firmaron solo pudo ser acuciados por la necesidad. Más que acuerdo entre las partes, extorsión lisa y llana.

Y si el Estado se basa en la extorsión ¿por qué debería yo interesarme de todas las historias que inventan para hacerme creer que en ese voto que lleva mi firma estoy yo?

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