Dolor por Evo: ni santo ni demonio, por Américo Schvartzman

Los sucesos desatados en el país hermano llenan de dolor y tristeza a quienes durante estos años seguimos el proceso de transformación de ese país con esperanza e ilusión, pero también con desencanto. El triste desenlace para el primer Presidente aborigen (sin soslayar sus graves responsabilidades en ese final anunciado) no es bajo ningún concepto el que merecía quien contribuyó como nadie a cambiar la historia de su país, para bien o para mal (ver datos abajo), en un singular proceso de democratización capitalista al que, paradójicamente, tanto sus enemigos más dogmáticos como sus defensores más acríticos, coinciden en calificar como “socialista”, aunque reciba duras críticas también por izquierda.

Por supuesto, proceso lleno de claroscuros. Porque la historia no es un combate entre santos y demonios.

Y es que Evo Morales no es un santo, ni tampoco un demonio. Es un hombre de carne y hueso que encarnó ilusiones y fracasos y cuyo balance de resultados deberán realizar principalmente sus compatriotas. Lo que llena de dolor es el actual desenlace de su liderazgo institucional. La historia dará su versión (que nunca es unánime, claro). Pero es lícito intentar un balance actual. Y al momento de hacerlo, al menos procurar honestidad ideológica, y opinar en base a datos.

 

SIMPATÍA INEVITABLE

Para quien, como yo, adhiere desde hace mucho a ideas igualitarias, es imposible no sentir una fortísima corriente de simpatía con el primer Presidente aborigen de la querida, maltratada, desigual y despreciada república hermana de Bolivia. Esa simpatía se remonta a lo más profundo de la historia: Bolivia nació de la misma placenta que nuestras luchas. Como es sabido, lo que hoy es Bolivia (el “Alto Perú”) firmó la declaración de la independencia de estas provincias en 1816. Algunos de nuestros revolucionarios más lúcidos (Monteagudo, Moreno y Castelli) estudiaron en Chuquisaca (actual Bolivia) y desde allí proyectaron sus sueños: “Sabed que el gobierno de donde procedo sólo aspira a restituir a los pueblos su libertad civil y que vosotros bajo su protección viviréis libres, y gozaréis en paz juntamente con nosotros esos derechos originarios que nos usurpó la fuerza”, arengaba Castelli a los “indios del Perú y el Alto Perú” en 1811.

De allí venimos. De cinco siglos de expoliación de esos pueblos, simbolizados en el ahuecamiento del cerro de Potosí, ese “Cerro Rico” (que hasta aparece en el escudo boliviano). Ese cerro de donde salió el 80 por ciento de toda la plata del mundo, que aumentó la riqueza de las clases dominantes europeas, financió la construcción de capitales e imperios y dejó solo miseria y dolor en ese país.

 

NÚMEROS DUROS

¿Cómo no entusiasmarse ante la esperanza que simbolizaba el proyecto encabezado por Evo Morales, ese líder indígena surgido de los movimientos sociales, que al llegar a Presidente de la Nación solo había ido dos veces al cine? ¿Cómo no deslumbrarse ante el proceso que lideró, al revisar los datos principales de sus gestiones?

Repasemos algunos: entre 2006 y 2018, la pobreza descendió más de 25 puntos (cayó de casi el 60% al 34%. Se podrá decir que sigue siendo una cifra alta. Sin dudas: es la que exhibe la Argentina después de la década supuestamente “progresista” y tras el paso del macrismo).

La inflación anual este año es menor al 2%. La desigualdad se redujo un 25 %. En los últimos cinco años el crecimiento promedio fue de casi 5%. Según el FMI, en 2019 Bolivia es el país con mayor crecimiento en toda América Latina: casi 4%.

El salario mínimo, en dólares, supera los 300 dólares (50 más que en la Argentina). Es el país de América del Sur con menos desocupación (4%). Hasta hace poco, el Banco Mundial ponía a Bolivia como ejemplo a seguir para una administración eficaz y sostenible.

En 2006 la esperanza de vida en Bolivia era de 59 años y el analfabetismo de 23%. En 2019 la esperanza de vida es de 72 años y el analfabetismo cayó al 2,7%.

Mientras los neoliberales de la región ponían como modelo a Chile, muchos de los progresistas, de la izquierda y del “populismo” del Sur del continente, había elegido a Bolivia, frente al indefendible desastre de Venezuela.

Evo Morales había bancado esos avances sociales con el flujo de la nacionalización de los hidrocarburos en 2006, que marcó el crecimiento económico, político y social de Bolivia.

 

DEMOCRATIZACIÓN CAPITALISTA

¿Qué pasó con el modelo a seguir? Es difícil entenderlo. Dicen que “desde lejos no se ve”, pero también es cierto que nada resiste si es visto demasiado cerca. Evo, que en algún momento conquistó a una mayoría inédita de la sociedad boliviana, incluso rompiendo la medialuna secesionista del oriente (en donde se impuso en las elecciones de 2014, triunfando en ocho de los nueve distritos del país), fue perdiendo parte importante de esos apoyos: de aquel 61% de 2014, pasó primero al rechazo a su pretensión reeleccionista (rechazo que ignoró) y ahora a un 46% según el polémico escrutinio de octubre.

Aunque Evo y su partido hayan hablado hasta el cansancio de “socialismo” (al igual que, paradojalmente, muchos de sus enemigos más encarnizados), en Bolivia lo que hubo fue un proceso de democratización capitalista como ese país jamás había tenido.

Democratización, porque en un país que era oficialmente “blanco” y “monocolor” pese a que la abrumadora mayoría de su población es indígena (62%), perteneciente a decenas de etnias y nacionalidades diferentes, no se impuso una nueva identidad, sino que se reconoció el carácter “plurinacional” del Estado. Se oficializaron nada menos que treinta y cuatro lenguas indígenas. Se incorporó a la vida pública a la mayoría de la población boliviana.

Y capitalista, porque se hizo respetando las reglas del sistema mundial, esa forma de concebir la producción y distribución de los bienes que rige en todo el planeta y que (por ahora al menos) se conoce como «capitalismo».

La nacionalización de los hidrocarburos se hizo por ley, con todos los elementos que se exige en el mundo actual. Bolivia no abolió el mercado ni la propiedad privada ni la moneda ni las relaciones laborales burguesas ni rurales. No fomentó otra forma de producción agrícola, sino que por el contrario apostó con fuerza a la llamada “agroindustria”. Sí, esa que desmonta y líquida los bosques nativos.

Yo propongo una analogía, discutible como cualquier analogía (porque si una analogía fuera exacta, precisa, término a término, sería innecesaria: los elementos a comparar serían idénticos e indistinguibles).

LEE EL ARTÍCULO COMPLETO ACÁ 

Publicado por El Miércoles Digital, y cedido a La Columna Vertebral para su difusión. 

La Columna Vertebral, periodismo a la gorra. Echá una moneda