Los días de la rebeldía: 19/20 diciembre

Nadie imaginaba que todo eso podría ocurrir. Ni siquiera los que lo propiciaron. Tampoco los que salieron a la calle. Pero sucedió: en medio de corralitos, con un país angustiado y empobrecido, un presidente elegido solo para sacar a otro peor, un vicepresidente que había renunciado, y buitres por todo lado tratando de sacar su bocado. Saqueos y ahorristas, un combo imposible que algunos llamaron ‘piquete y cacerolas’

Unidad nacional, todos de acuerdo, los que sufrían la miseria y los que no querían ver perjudicados sus ahorros. Y tambièn los menemistas – ¿por què no?- . El presidente De la Rua partía en helicóptero después de renunciar de manera apresurada. En la calle quedaban 38 muertos. Días después, Duhalde asumía la presidencia.

Rosario fue una de las ciudades más afectada. Por los saqueos y los asesinados. De los 38 muertos por la represión, nueve fueron de Santa Fé -once en la provincia de Buenos Aires, siete en Capital Federal, tres en Entre Ríos, dos en Corrientes, uno en Río Negro, otro en Tucumán, y alguno más cuyos datos se desconocen-.

En Rosario nació un mito. Fueron 38 pero el nombre que resumió a todos fue Claudio Lepratti. Seminarista, socialista, de ATE, trabajaba en un comedor popular. En el barrio de Flores, de Rosario, cuando entró la policía desbocada a tirar a mansalva. «Paren hijos de puta, acá hay pibes comiendo», gritó el Pocho desde la terraza y recibió un tiro en esa garganta gritona. El desarrollaba una actividad tan pastoral como política y comunitaria en Ludueña, del otro lado de Rosario. Muchos kilómetros que recorría a diario con su bicicleta.

Mucho se dijo de él pero los únicos que saben el amor que les dejó en el corazón y que por eso mantuvieron vivo su nombre son los ‘pibes de Ludueña’.

En La Columna Vertebral entrevistamos a varios de ellos. Aquí, un fragmento del testimonio de Lucas Villca, quien llegó a Ludueña con su familia empujada por la pobreza y se conectaron con Edgardo Montaldo, el cura del barrio, que resistió allí haciendo tareas sociales desde antes de la dictadura. Y el Pocho, todavía seminarista, daba una mano. Así lo cuenta él:

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