La V Columna | Reivindicación de la ingenuidad

Nunca desconfiamos lo suficiente de las palabras. Parecen nada las palabras, sin peligro, pequeños soplos, un ruido de la boca sin frío ni calor. No desconfiamos de ellas y sobreviene la catástrofe. Hay palabras escondidas entre las otras, como piedras. Si no las descubrimos, ellas nos envenenan la vida”
Louis Ferdinand Céline (no lo digo yo, lo dice Celine que de palabras sabe un montón)

Y otra que sabe de lo que habla es María Moreno. Esta semana tuvimos el placer de recibirla como nueva directora del Museo de la Lengua de la BN.

Como feminista, dijo, no se extrañen que le dedique un espacio fundamental al debate del lenguaje inclusivo. Y dijo más: “no me gusta esa idea de inclusivo, es para pensarlo, quiere decir que haya un ‘alguien’ que incluye, y que te incluyen en algún lado…”

Genia y figura. Yo pensaba algo parecido incluso con la política ‘inclusiva’. ¿dónde me quiere incluir con tanta vehemencia esta gente? Claro que no soy María Moreno y si lo llego a decir -¿o lo dije alguna vez?- todos me mirarían con mala cara.

María planteó el debate. Largó una pregunta, y se fue, como debe ser.

La semana pasada Cristina dijo que a ella no le gustaba decir todes. Y se armó otra polémica. De todo lo que se dijo, me pareció el más inteligente un filósofo, psicólogo, especializado en adolescencia, a quien no tengo el gusto de conocer, que se llama Luciano Lutereau

«¿DÓNDE ME QUIERE INCLUIR CON TANTA VEHEMENCIA ESTA GENTE?«

“A mí tampoco me gusta el «todes». En realidad no es que no me gusta, es que decido no usarlo. Tampoco digo amigues, chiques ni demás. A diferencia de quienes dicen «todes» y si les sale un «todos» se disculpan, digo «todas y todos». Es una decisión. Me gusta que el lenguaje inclusivo lo usen los jóvenes, que sea su marca generacional, un impulso que necesita el contraste, por eso, prefiero mi vieja forma de hablar. Es una elección y me parece bárbaro que haya quienes, con mi edad o más, se nutran del hallazgo juvenil. Yo prefiero estar del lado del pasado, de lo que es preciso superar, me gusta la dialéctica. Por eso no entiendo por qué a tanta gente la escandaliza que ella haya dicho que no le gusta el «todes». A mí me gusta la idea de habitar una generación y vivir su derrumbe, de eso se trata la transmisión. No que corramos todas y todos para el mismo lado cada vez que nos sentimos perseguidos, hambrientos de bondad. Trato de vivir con responsabilidad que pertenezco a la «última generación que…», intento tolerar mi espíritu decadente y eso tiene que tener sus efectos en el lenguaje.”

«ES VERDAD, QUIZÁS SEA YO UN POCO INGENUA«

Lo curioso es que este hombre, por las fotos, debe rondar los cuarenta y pico. Y ya siente que es un generación que se derrumba.

Pero volvamos a Celine y esa idea de palabras que nos envenenan la vida. Hay una expresión, en especial, que siempre me resultó perversa (son varias, pero hoy vamos por una): “Trabajo genuino”. Se lo pregunté a varios referentes de la economía popular y me explicaban lo que ya sé: es un trabajo que tiene garantías y derechos y te permite la seguridad de un sueldo. Obvio. ¿Pero porqué lo llaman ‘genuino’?

Veamos qué quiere decir ese adjetivo ‘genuino’:
Que conserva con total pureza o autenticidad sus características propias o naturales.

Ahí está la trampa, hacernos creer que ser asalariado es algo puro, auténtico, natural. En realidad es todo lo contrario. Muchas veces, cuando formulo una pregunta tan simple como ¿qué se considera trabajo genuino? Me miran con cierta misericordia. Es verdad, quizás sea yo un poco ingenua.

Pero, ya que estamos hablando de palabras y sus significados originarios, les cuento que la palabra ingenuo viene del latín ingenuus, vocablo que significa nacido libre y no esclavo, de buen linaje, que tiene en su interior un linaje libre, y por extensión designa a los rasgos naturales, innatos y nobles del carácter. También se emplea a veces con el valor de indígena, natural de un lugar.

Y sí, señor, soy ingenua y a mucha honra.

Por eso, cuando me hablan de trabajo genuino, se me hace que me están vendiendo gato por liebre, y de lo que hablan es de trabajo asalariado, lo menos genuino que se me ocurre como trabajo. El trabajo es lo que hace una persona para modificar lo preexistente, lo que produce, la huella que deja. Si alguien pretende convencerme que ese producto se cuenta en horas y que alguien se puede hacer dueño de mi trabajo, está perdido. Yo escuché muy bien lo que canta el cuarteto de la plusvalía.  

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