La V Columna | Porque somos realistas hacemos lo imposible

Finalmente resultó más seria de lo que imaginábamos aquella consigna del 68: Seamos realistas, pidamos lo imposible. Hasta hoy eran unos hippies soñadores, y sin embargo, sin embargo…

Aparece una peste, y junto a la peste lo imposible se vuelve posible. Se multiplican laboratorios como el Malbrán, los hospitales se arman en un periquete, los hoteles están disponibles para los desesperados, el Estado se hace cargo de los sueldos de los trabajadores privados si hace falta, y reparte subsidios por donde pueda. 

Leí por ahí a Alain de Benoist, un filósofo francés, decía:

“La globalización reposaba sobre el imperativo de producir, de vender y de comprar, de moverse, circular, avanzar y mezclarse de manera «inclusiva». Reposaba sobre la ideología del progreso y la idea de que la economía debe definitivamente suplantar a la política. La esencia del sistema era la inexistencia de límites: siempre más intercambios, siempre más mercaderías, siempre más ganancia para permitirle al dinero nutrirse de sí mismo y transformarse en capital.”

Moverse, mezclarse, sin límites. Y de pronto, zácate: quedateencasa, no te muevas, no circules, se cierran las fronteras. 

El tiempo se detiene. El Conejo deja de correr. ¿Lo imposible era posible?

Andábamos apurados, como el conejo blanco de Alicia en el País de las maravillas quien solo murmuraba, al verlo pasar como el correcaminos, que llegaría muy tarde a su destino. Nadie sabía, ni él, cuál era el destino indicado. Pero el conejo miraba su reloj y corría. 

“Nos envanecíamos del movimiento, del «circulacionismo» y del desarraigo, y ahora todo está parado. Habíamos anunciado la pronta desaparición de las fronteras, en cambio ahora las vemos por todos lados: la Unión Europea cierra las suyas (entonces, ¿era eso posible?) y se levantan más fronteras entre las ciudades, entre las regiones, entre los edificios, entre los individuos. Uno después de otro, todos los países restablecen los controles fronterizos. Y todo el mundo lo aplaude. Ayer nomás la orden del día era vivir juntos en una sociedad sin fronteras («no borders»); hoy es «quédense en casa», ¡y no se mezclen con nadie!”, insiste De Benoist.

El tiempo se detiene. El Conejo deja de correr. ¿Lo imposible era posible? ‘Todos unidos triunfaremos’, y allí están Fernández y Larreta, Kiciloff y Morales. La brecha con los ‘garcas’ se corre, ahora hay más de ‘este lado’. 

El imperio descubre que no tiene nada propio. China y Cuba aparecen como los salvadores de los países más capitalistas del mundo. 

Lo que hasta ayer era cosa de hippies, troskos, anarcos o ambientalistas, se vuelve verdad admitida de un día para el otro. El buen filósofo francés, de Benoist, agrega: “actuamos como si de repente descubriésemos que China se convirtió en la fábrica del mundo (en 2018, representaba el 28% del valor agregado a la producción manufacturera global), que produce todo tipo de cosas que nosotros hemos renunciado a producir por nosotros mismos, por empezar nuestros medicamentos (¡desde 2008 no producimos ni un gramo de paracetamol en Europa!), y que esa dependencia nos convierte en objetos de la historia ajena.” 

Lo leo y recuerdo a Carmen Valdivieso que desde NY le decía a La Columna que nada se producía en Estados Unidos, codiciosos al palo, sembraron industrias en países con mano de obra barata. El imperio descubre que no tiene nada propio. China y Cuba aparecen como los salvadores de los países más capitalistas del mundo. 

Muchos nos miraban con cierta conmiseración cuando hablábamos de ‘soberanía alimentaria”, ahora se habla también de ‘soberanía sanitaria’, y de ahí en más, soberanía. 

Cuando el mundo era global, de pronto, aparecieron los países. 

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