A Luis, Alan, Alex y Agustín, no los mató el virus.

Ilustración: Oswaldo Guayasamín

El covid-19 avanza y el mundo sigue andando. Los pobres siguen pobres. Los asesinos, asesinos. Los nefastos, nefastos. Los luchadores, luchadores. Los solidarios, solidarios. Los codiciosos, codiciosos.

Muchos creímos que de ésta podíamos salir cambiados, humanizados. Pero ahí está la realidad para demostrar que no será fácil, que este sistema está metido hasta las raíces en muchos corazones. En los últimos cuatro días nos azotaron éstas noticias.

Luis Espinoza

Luis Espinoza cabalgaba junto a su hermano para llevarle comida a unos familiares. Debían recorrer 91 kilómetros. En el camino, cerca de Simoca, se encontraron con una jineteada. Se detuvieron a curiosear y al rato empezaron los disparos. La policía tucumana reprimía a los asistentes del festival cuatrero que violaban la cuarentena. En medio del descontrol, el hermano de Luis vió cómo se lo llevaba la policía, entre golpes, y escuchó un disparo. No supo más de él. De inmediato hicieron la denuncia por su desaparición. Poco hizo la policía para encontrarlo. Vecinos y familiares rastrillaron la zona a caballo, fueron ellos quienes lo hallaron envuelto en bolsas fuera de los límites provinciales. Había sido tirado desde un precipicio en Andalgalá, Catamarca. Las investigaciones revelaron que tenía un tiro, que había permanecido unos días en la comisaría hasta que los policías arrojaron el cadáver desde un monte de 150 metros. El domingo 24 de mayo, Luis Espinoza, de 31 años, trabajador rural, fue enterrado en el cementerio de Chicligasta. No lo mató el virus, lo mató el Estado.

Alan Maidana

Alan Maidana tenía 19 años. Este fin de semana tuvo la mala idea de salir por el barrio con sus amigos violando la cuarentena. Caminaron por el centro de Berazategui, quizás tomaron alguna cerveza, empezaron a tirar piedritas. Una de esas piedras dió en el guardabarros de un auto rojo que pasaba por ahí. El conductor frenó, bajó, disparó al montón con una Bersa 9 mm. Uno de los cinco proyectiles impactó en la espalda de Alan. El barrio quedó desolado. «Lo querían todos», dijeron los vecinos. No lo mató el virus. Lo mató el cabo 1º de la Policía Federal, Germán Bentos, quien trabajaba en seguridad del Ferrocarril Belgrano Sur.

Alex Campos

Alex Campos trabajaba como peón albañil en Cañuelas, ayudaba con el comedor del barrio y colaboraba con el Movimiento Territorial de Liberación. Como todos los domingos, salió con sus hermanos a cazar algún pájaro con la gomera o si tenían suerte una liebre para comer. Una práctica común de todos los pibes de la zona. Caminaban a campo abierto, podían saltar algún alambrado y seguir. A veces algún propietario los retaba y se iban. Pero este domingo no hubo palabras, simplemente una camioneta 4 x 4 le pasó por encima. Sus hermanos se salvaron de milagro. Frente a la desesperación de los hermanos que le suplicaron que lo llevara al hospital, el asesino se negó, mientras fallecía dijo: “Voy a llamar a la Policía y que hagan lo que tengan que hacer. Ahora levántenlo y llévenselo”. Alex tenía 16 años, solo llevaba una honda. La justicia caratuló el hecho como ‘homicidio con alevosía’. No lo mató el virus. Lo mató un terrateniente llamado Pablo Rodolfo Sánchez, de 57 años.

Agustín Navarro era un referente de la villa Padre Carlos Mugica. Militaba en la organización Barrios de Pie y era uno de los 1500 infectados del barrio. “Falta agua, falta luz y nos falta información, porque cuando la gente llega a los hospitales o a los hoteles de aislamiento no se sabe más nada de ellos”, señaló a Página 12 Walter Córdoba, de Barrios de Pie. Fueron sus compañeros los que tuvieron que ir hasta el ‘sector YPF’ en donde vivía Agustín para informarle a su mujer, a su hija y su nieta que había muerto. Es alto el porcentaje de militantes barriales que mueren por coronavirus. “Porque las organizaciones sociales estamos poniendo el cuerpo, la voluntad y el compromiso político para trabajar por el barrio, y el costo es altísimo”, explican sus compañeros. Agustín Navarro tenia 57 años. ¿Lo mató el virus?

L.G.C.

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