Humo en los ojos, por Laura Giussani Constenla

El 1º de agosto inició el mes de celebración a la Pachamama, la Madre Tierra que nos protege. En Rosario amanecieron con humo en los ojos. Arden las islas del Delta del Paraná. Incendios intencionales. En el campo se suele decir que se ‘limpia el terreno’ cuando se quema. Algunos lo hacen para instalar sus casitas, otros para conquistar terrenos fértiles. La conquista de la selva es un exterminio tan grave como la conquista del desierto. En tanto, la deforestación no para con la pandemia, kilómetros de tierra arrasada. Humo en los ojos y en la garganta y en los pulmones. Rosario llora.

Humo en los ojos y en la garganta y en los pulmones. Rosario llora.

La historia nos ofrece alegóricas increíbles. Una consigna recorrió el planeta en estos meses pandémicos: ‘me falta el aire’. Esa fue la frase que dijo George Floyd mientras un policía apretaba su garganta con la rodilla. Muchas ciudades de Estados Unidos ardieron, la bronca cubrió la calle, Trump envió tropas federales en nombre de la ley y el orden. Hoy en Seattle el mismo alcalde de la ciudad denuncia las fuerzas de ocupación en el Oregon. El poder asfixia allá, en las costas del Pacífico. Y surge un nuevo movimiento: Las madres del muro, protectoras, se interponen entre la policía y los manifestantes. Mientras todo esto pasaba en el país, en el Senado debatían el uso de los barbijos: “No nos deja respirar” argumento una manifestante antibarbijo que explicó que todo el cuerpo debe respirar y que por eso no usa ropa interior. Nada se le escuchó decir a la activista sin bombacha sobre George Floyd, a quien realmente no lo dejaron respirar.

El poder asfixia en las costas del Pacífico.

“Me falta el aire” también dijo Walter Ceferino Nadal, cuando el pasado 24 de junio los policías de Tucumán utilizaron la misma técnica para reducir a este hombre de 43 años, se ignora por cuál motivo. Hubo testigos, hubo video, y hubo una frase repetida: ‘me falta el aire’ dijo Walter con un filo de voz. Como respuesta recibió un “callate cagón, mariquita”. Murió en pleno centro de Tucumán. El poder también asfixia en el norte argentino.

Un tiempo extraño en el que un virus ataca a los pulmones

Ojos irritados por el humo o el encierro o las pantallas. Obnubilados, solo vemos contornos difusos que no nos permiten establecer líneas claras. Los límites se desdibujan. Algún día alguien dijo que Dios había muerto, pero quedaban en pie algunas ideas, nítidas, con líneas y puntos y números y palabras. Hoy el humo torna todo difuso.

Estas cosas pasan en un tiempo extraño en el que un virus ataca a los pulmones. Podemos morir por falta de aire. Nadie sabe de qué se trata, al borde de la ceguera no llegamos a distinguir nisiquiera cuál es el ‘adentro’ y cuál ‘el afuera’.

El afuera nos invade en las pantallas. Lo público y lo privado se convierten en algo demasiado sutil de diferenciar. No sabemos si al conectarnos estamos saliendo o los otros están entrando en casa. En realidad, permanecemos sentados en una butaca y las cosas ocurren en un espacio irreal.

Nos falta el aire. Mejor nos quedamos en casa.

Cada tanto encendemos la televisión: “a ver qué está pasando afuera”. Cinco minutos de zapping son suficientes para saber, por ejemplo, que un tipo al que le habían robado un celular salió con su camioneta enloquecido, a contramano, para perseguir una moto y recuperar el telefonito. En el camino, chocó con un auto y mató a su conductor. Un jurista, por ahí dijo: si consideramos un delito que alguien mate a otro para robarle un celular, pero creemos justo que alguien mate al supuesto ladrón, estamos diciendo que la vida vale menos que un celular. Se pone como prioridad absoluta la propiedad privada y no la vida humana. Estas cosas están pasando afuera, al menos, éstas son las que nos muestra la televisión.

Nos falta el aire. Mejor nos quedamos en casa. Apagamos la tele, nos metemos en un mundo de ficción, el mundo Netflix. Casi ciegos, nos llegan los ruidos de la ciudad, aguzamos el oído, empezamos a ser más sonoros. Distinguimos una moneda que cae arriba, el llanto del bebé de enfrente, la canción que nos regala cada mediodía el loco del barrio. Habrá llegado el momento de aprender a descifrar lo que escuchamos, prestarle atención al de al lado. Tiempo de sinfonías.

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