Vivir sin razón, por Carlos Liscano

Ilustración: Carlos Liscano

Me acuerdo del tiempo en que siempre tenía razón. Tanto la tenía que, una vuelta, me pregunté para qué la quería si lo único que hacía era abrumarme. Porque tener razón en todo momento es una carga. Yo veía a los que no la tenían, siempre cómodos, nada les importaba. ¿Y si dejaba de tenerla? Me hice la pregunta solo para fantasear un poco porque, por más que yo no la quisiera, la razón no me iba a abandonar. Igual, con probar no perdía nada, pensé, y me dije: “Mañana arranco con no tenerla”. Al otro día me levanté a eso de las ocho. Era domingo, verano. Después de desayunar me puse a arreglar las plantas. Lo resuelto la noche anterior seguía firme, tenía que probar cómo se vive sin tener razón. Pero ¿cómo se hacía esa operación? ¿Sería posible? Pasaban los minutos y me daba cuenta de lo grandioso del asunto, vivir sin razón. Empezaba a entusiasmarme. Me decía que no bastaba no tener razón una sola vez o por un rato. Para no tenerla de verdad había que no tenerla nunca más. De aquí al final, vivir sin tener razón, eso sí iba a ser un cambio. Tan grande sería el cambio que no podía ni imaginármelo. ¿Cómo es la vida cuando la razón siempre le pertenece a los demás y uno no la tiene nunca? Porque ella y yo siempre habíamos marchado juntos, como un solo hombre, podría decirse.De tanto pensarla acabé por sentir que la tenía al lado. Era grande, altanera, cara de soberbia. Me miraba con un gesto de sabérselas todas. Nunca la había imaginado así. Para mí tener razón había sido andar en buena compañía. Ahora me parecía un poco monstruosa. ¿Cómo había hecho para andar tantos años al lado de ese monstruo?Salí a caminar para ver si la cosa se me pasaba. Caminé y caminé hasta que me perdí. Se hizo la noche, me sentía cansado y no sabía dónde estaba. “¿Será este el lugar donde yo no tengo razón?”, me dije. Si era así, algo había conseguido, llevaba horas sin cargar con ella. Era un alivio. Me alegró y seguí, caminando livianito, sin razón. Qué bueno era no tenerla. Que la cargaran otros. Cuando empezaba a amanecer noté que alguien venía detrás. Me di vuelta para preguntarle si sabía dónde estábamos. Error. Era el monstruo que me había seguido. Me dijo que no estaba dispuesta a que la abandonara. Que se iba a quedar sola. Que era una paria. Que hacía años que ya nadie la quería. Me asusté y empecé a correr. Corrí y corrí hasta que otra vez se hizo de noche. Tanto corrí que conseguí despistarla. Por lo menos hasta hoy no he sabido nada de ella. Cuando me doy cuenta de que estoy por tener razón, hago cualquier burrada para que se vaya a otra parte y me deje en paz. Mejor tener paz que tener razón.

(Texto tomado del facebook del autor, con su autorización)

Carlos Liscano Fleitas, nació en Montevideo en 1949. Integró el MNL, fue un preso político durante la dictadura. Es escritor, dramaturgo y periodista. Fue director de la Biblioteca Nacional de Uruguay en el período 2010/2015.

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