La V Columna | El hombre que inventó la sombra

Había una vez un jardinero, hijo de un tipógrafo belga a quien casi no conoció porque murió cuando él era chico, y fue criado por su madre, una joven francesa de Versalles.

Tenía 41 años cuando conoció en una kermese a Cora Venturino de 16, hija de uruguayos, con quien se casó y tuvo dos hijos. 

Dejó Francia en busca de otros horizontes y llegó a la Argentina en 1889. Ya arquitecto y amante del paisaje urbano presentó un proyecto en el gobierno de la ciudad que tuvo inmediata aprobación. Sin dudarlo, le ofrecieron el cargo de Director de Parques y Paseos de Buenos Aires. Sin embargo, fiel a sus principios, exigió que se hiciera el concurso correspondiente. Concurso que ganó y se mantuvo 30 años en ese puesto. 

Ya se imaginarán que estoy hablando de Carlos Thays, el hombre que inventó la sombra en Buenos Aires, plantando más de 150.000 árboles.  

Creó el Jardín Botánico, lugar en el que estableció su hogar, viviendo en la plata alta de la casa de estilo francés que se erigió allí, en Palermo. Desde su ventana, veía las copas de los árboles, además de disfrutar desde lo alto el más bello jardín que nadie hubiera pensado. 

Este francés, de grandes bigotes, no era un profesional de escritorio, ni un paisajista que se creía Dios al inventar una geografía urbana que diera placer habitar, su método era simple: caminaba por las plazas con una libretita en una mano y un hijo en la otra. Tomaba nota de los canteros dañados, las plantas secas y las estatuas por restaurar. Los encargados de las plazas salían a la mañana siguiente a hacer las reparaciones.

Trabajó para ricos y obreros, decoró mansiones y paseos públicos, trajo lo mejor de la naturaleza a la esquina de casa y salvó de la extinción a un cultivo esencial para los argentinos, el de la yerba mate. 

Porque Thays no solo se convirtió en el jardinero mayor de la Argentina, diseñando elegantes avenidas como Figueroa Alcorta, o Palermo Chico, también creó ocho plazas, 18 parques, 50 estancias, 40 residencias y palacios, 36 obras públicas, pero una de sus obsesiones fue rescatar un cultivo nacional en extinción. 

Todo empezó en su propio jardín, en una suerte de castillo encantado, enclavado en medio del Botánico, en donde instaló un invernadero traído en barco desde Europa para proteger las plantas de las heladas. En ese lugar encantador, para ser más precisos en el cantero 126, logró salvar la yerba mate de su extinción. Los jesuitas eran expertos en su cultivo, pero cuando el Rey de España los expulsó de sus colonias en 1767, solo un naturalista quedó con esa sabiduría. Amado Bonpland, pero el conocimiento se murió con él. 

 Entonces, cuando a Thays le regalan unas plantas traídas desde el Paraguay, él las ubica en el cantero 126 y empiezan a florecer y a dar fruto. Corría el año 1896. Ayudado por su esposa, que le acercaba ollas de agua tibia, logra hacer germinar las semillas y cuando vio que se podían obtener plantas con este método, lo hizo público, fue aceptado y así el cultivo se convirtió poco a poco en un recurso nacional y desarrolló una economía regional tan importante como la de Misiones, que llega hoy hasta Corrientes”

Carlos Thays, ingeniero paisajista nacido en París en 1849 bajo el nombre de Jules Charles Thays, es conocido principalmente en nuestro país por los muchos parques que diseñó y las calles que ha decorado con árboles nativos, en las ciudades más grandes de Argentina. Tanto es así que todavía hoy es apodado “el padre de las sombras”. 

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