Gambito de dama, por Laura Giussani Constenla

Yo creí que sabía jugar al ajedrez. Mi papá me enseñó de chiquita pero me aburría horrores, no entendía de qué se trataba. Igual nos mandábamos nuestras breves partidas de ajedrez, por mi parte, solo lo hacía para ver su cara de felicidad -seguramente creía que la hija le iba a salir inteligente, tan chiquita y moviendo el caballo bien-. Después de ver Gambito de Dama comprendí cómo se debía aburrir mi padre jugando conmigo. En fin, yo me embolaba para verlo feliz, y él se aburría pensando que así aportaba a mi racionalidad. Lo cierto es que nunca supe jugar al ajedrez de verdad verdadera ¿Cómo se hace para tener pensadas las jugadas, las respuestas, las variantes que ofrecerá el contrincante y así hasta el jaque mate?

Sí, acabo de ver Gambito de Dama, serie sugerente si las hay. Una mina que fluctúa entre la hiperconcentración narcótica racional y el instinto animal. Hermosa mujer, además, que obliga a ver la serie del principio al fin sólo por la hipnosis de su mirada. Lo más parecido al liderazgo que se me ocurre.

Líder, digo, y la política aparece en el tablero. El juego de la política.

Después de pasar por la mancha, poliladron, la escondida, el truco o el distraído, cambiamos de juego. Veníamos con los naipes, solo había que barajar y dar de nuevo. Todo dependía de las cartas que te tocaran y tu picardía. De pronto, nos arrojaron a un tablero blanco y negro. Y eso ya no es para cualquiera.

Un reino frente a otro. Tanto las blancas como las negras tienen un rey y una reina, con algunos escuderos y peones. El blanco tiene ventaja por ser el que empieza (cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia). Y en este tablero blanco y negro en el que nos han metido, temo que casi todos somos peones. Aunque, claro, también existen algunos escuderos que tienen más movimientos pero el juego no termina porque se coman un alfil, un caballo o una torre. Ni siquiera a la reina. Hay que acabar con el rey que, si es inteligente, se retira antes de que lo maten.

Lástima que los que mueven las fichas son otros. Lo mínimo que nos cabe saber a nosotros, los peones o escuderos, es si somos blancas o negras. Hagamos un ejercicio de imaginación. Un rey con su reina frente a un ejército enemigo que también tiene su rey y su reina. Hay quienes nos quieren hacer creer que la partida es entre Alberto y Cristina. Para mí, los dos forman parte del mismo color: las negras, obvio. La confusión es parte de la estrategia. De un lado y del otro.

Decenas de aperturas hay para el juego. Una de ellas se llama “gambito de dama” que consiste en sacrificar un peón, el que cuida a la dama, para tentar al enemigo, ahí la tenés, sin custodia. Un contrincante avezado entiende el significado de ése ofrecimiento y puede aceptarlo o declinarlo porque seguramente es una trampa.

Nadie sabe a ciencia cierta de qué se trata el juego. “Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. / ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza / de polvo y tiempo y sueño y agonías?», decía Jorge Luis Borges.

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