La telaraña de la Justicia, por Américo Schwartzman

Esta cita de Erasmo me resulta muy seductora por muchas razones. Primero, reformula una vieja idea de Platón (aquella de «Cuanto más injusta es una sociedad, más leyes necesita»). Y de paso, aunque Platón fue uno de los tipos en base a cuyas ideas se estructuró buena parte de las instituciones y ficciones de Occidente, permite ver cómo el desarrollo posterior de Occidente se ocupó de contradecir esa idea sencilla.

En segundo lugar, porque atisba una noción que reencontramos en el Martín Fierro, más de tres siglos después: la ley como tela de araña, concebida para enredar a los más débiles. Creo que Hernández la tomó del refranero español, pero esta cita mostraría que desde hacía mucho era una idea muy difundida en la vieja Europa.

En tercer lugar porque evidencia cómo la casta judicial (en general, pues siempre hay excepciones) se concibe a sí misma como una cúpula privilegiada, lo cual no es algo de estas épocas, evidentemente. La jerarquía judicial, destinada a proteger a los poderosos (entre los cuales se cuentan, por supuesto) hace mucho tiempo que es lo que es. Y finalmente, porque me resulta conmovedor cómo hace más de cinco siglos, (y quizás cada generación) sigue teniendo la errónea idea de que «antes» las cosas fueron mejores, pero «ahora» todo se ha corrompido. Pues no. Antes era peor, como sostengo (con Spinetta, entre otros) desde hace mucho.

Que los horrores del presente nos quieran hacer pensar otra cosa y busquemos las utopías idealizando el pasado (las «retrotopias», diría Bauman) es solo una deformación más de nuestra época. O del envejecimiento. Aquí va la frase, sin más prolegómenos.

«Conviene que las leyes sean las menos posibles, que sean justísimas, dirigidas al bien común, conocidas al detalle por el pueblo, por lo que los antiguos las exhibían públicamente escritas sobre un tablero blanco (el llamado «álbum»), para que fuesen vistas por todos. Es feo que algunos hagan uso de las leyes como si fuesen trampas para enredar en ellas al mayor número posible, no como quien vela por el interés de la república, sino como quien captura una presa. Finalmente, redáctense las leyes con palabras claras y sin ambigüedad alguna, para que no haya necesidad de ese costosísimo linaje de hombres que se llaman jurisconsultos y abogados. Esta profesión en otro tiempo estuvo reservada a los hombres más excelentes, gozaba de gran dignidad y no buscaba en absoluto el lucro, pero en la actualidad el afán de ganancias, que todo lo vicia, la ha corrompido.»(Erasmo de Rotterdam, «Institutio Principis Christiani», 1516)

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