Buenas noticias para compartir, por Lucía Schvartzman

El jueves 19 de marzo de 2020 me diagnosticaron cáncer. El mismo día que Alberto Fernández anunciaba el inicio del aislamiento social preventivo obligatorio a partir de la medianoche. En realidad, no me lo diagnosticaron ese día: me dijeron -para resguardarme- que en un mes o dos lo que tenía iba a ser cáncer. No tardé mucho en darme cuenta que ya era. Venía de estar dando vueltas entre consultas y estudios desde hacía más de medio año, y, lejos de asustarme, el diagnóstico me alivió. Lo que me pasaba era real, tan real como se sentía en el cuerpo, y tenía nombre.
Ayer me dieron los resultados del PET, una tomografía por emisión de positrones y una forma de dar respuesta a la pregunta de si todavía quedaba enfermedad en mi cuerpo. Un estudio que vale 41 mil pesos y que pude hacer sin costo alguno en el Centro de Medicina Nuclear de Entre Ríos, un establecimiento estatal en Oro Verde con tecnología de punta, que articula con universidades, obras sociales y también con la salud pública, a través de la cual accedí. La conclusión del informe dice: «El estudio PET-CT no evidencia foco con captación patológica del FDG vinculable a su patología de base». Salió todo bien.
Podría decir un montón de cosas sobre lo que pasó este tiempo, no sé si esta sea la ocasión. Nomás quisiera compartirles las buenas noticias y contarles que, a pesar de la sobreabundancia de momentos difíciles, siento que han salido algunas cosas buenas. Y esas cosas no salieron solas, y lo que logré no es en absoluto un logro individual, aunque haya sido mi cuerpo, aunque siga siendo el mío.
Para empezar, no podría enunciar nada de esto si no hubiera estado acompañada de mi familia, estoica a mi lado, bancando todas las toscas. Y un montón de amigxs también, tantxs que no podría terminar de nombrarlxs, que se las arreglaron para sortear las distancias y hacerse presentes en modos ingeniosos y hermosos.
Y, sobre todo, estoy en deuda para siempre con la salud pública. Cuando empezó todo esto no tenía obra social ni la tengo ahora, y aun así fui tan afortunada que pude realizar prácticamente sin costos un tratamiento por el que, en muchas partes del llamado «primer mundo», la gente se endeuda tres vidas o se muere antes.
Por el contrario, la provincia de Entre Ríos me otorgó un subsidio para hacer radioterapia y braquiterapia, los tratamientos principales para atacar mi enfermedad, en la Asociación de Lucha contra el Cáncer, ALCEC, de Concepción del Uruguay. Y en Oncología del Hospital Justo José de Urquiza de la misma ciudad hice las sesiones de quimioterapia con cisplatino que acompañaron a los rayos. En Hemoterapia del mismo hospital me dieron todas las transfusiones de sangre que necesité durante el tratamiento, y Cirugía me operó dos veces por complicaciones que surgieron sobre la marcha.
Me encontré, durante todos estos meses, rodeada de gente que hizo todo lo posible por que me curara, de una u otra manera, y es muy difícil encontrar formas de retribuir esos actos incondicionales y profundamente sensibles de cuidado, cariño y atención.
Aprovecho para agradecerle a todo el Servicio de Enfermería y a todxs lxs enfermerxs de Hemoterapia y de Oncología del Hospital Urquiza y también a lxs enfermerxs del búnker de ALCEC, por el amor con el que se desempeñan: gracias. A los médicos de Cirugía, Carlos Cherot, Magdalena Rocca y los residentes del Servicio. Al oncólogo Ricardo Arca. A la ginecóloga Vanina Politi, y también a la ginecóloga platense Stella Maris Cristaldi. A mi adorado Emiliano Dean y a Mercedes Pascuccio, de ALCEC. Espero no olvidarme de nadie.
Si llegaron hasta acá, algo importante: es imprescindible seguir bancando la salud pública. Que sus trabajadores estén debidamente remunerados, que las instalaciones sean mantenidas y mejoradas, que no falten paritarias, ni insumos, ni aparatología, ni financiamiento. Esa es la parte que le toca al gobierno y a los poderosos. A nosotrxs, ni más ni menos que tomar dimensión de que contamos con algo que en pocos lugares existe: una salud pública, gratuita, de calidad. Es nuestra, y nuestras acciones colectivas tienen que estar orientadas a defenderla, sostenerla y ampliarla.
Bancar la salud en este contexto implica, además, no perder de vista los cuidados mínimos para reducir los contagios en pandemia. Es incontable la cantidad de gente a la que tuve que pedir por favor que no me besen, que no me abracen, que mantengan la distancia. Reparos mínimos para con cualquier persona, sea o no paciente de riesgo. A lxs que dicen que (¿quién?) nos quieren atomizados, distantes, solos: boludeces no. El amor y el cuidado, afortunadamente, pueden tomar una infinidad de formas, incluso en la adversidad. Tengo un par de ejemplos, entre otros, atravesé un cáncer en medio de una pandemia.
Si alguien quiere hablar de su enfermedad, estoy para eso, siempre. Sigo acá todavía.
Gracias por leer, cuiden y cuidense.
 
(tomado de su facebook personal)

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