Menem y la muerte, por Laura Giussani Constenla

Cada quien hace del mundo un escenario íntimo en el que los hechos tienen una relación casi mágica. Hasta el más racional de los seres crea lazos insondables que no son otra cosa que el dibujo que nos hacemos del universo, la vida, la muerte, el amor o el odio, unidos por finos hilos de telarañas invisibles.

Murió Menem y yo recuerdo a mi padre -de quien se dice que murió de cáncer en 1991 pero yo sé que murió de melancolía, tristeza, y una buena cuota de desazón- ¿Quién sabe? Quizás prefirió no asistir a ese festín de fin de ciclo, al desmoronamiento de la razón y la moral, cuestiones a las que era especialmente afecto. Un derrumbe del que hasta hoy no pudimos reponernos y quizás jamás lo haremos.

Los noventa destruyeron el país de forma más brutal que la misma dictadura. Con los militares sucumbió la moral de muchos y se fortaleció la de otros. Continuaba la batalla entre el “bien y el mal”. Fueron responsables de un descalabró pavoroso del tejido social pero no llegaron a destruirlo.

Sin embargo, con la mayoría de los votos y una multitud de aduladores que aplaudía las ocurrencias del riojano, todo se vino abajo. Sin estruendo. En sordina. Indulto a los militares. Privatización de todo lo privatizable. Indemnizaciones que funcionaron como un espejismo para todos los que quedaron sin trabajo y se distrajeron pensando un futuro promisorios en negocios improbables. Mientras los medios masivos reían y los medios críticos se excitaban en denuncias que le hacían cosquillas a un gobierno al que poco le importaban las palabras.

 

Yo trabajaba en Radio Belgrano cuando asumió Menem y puso como interventor a un hombre con apellido acorde: Frega. Obviamente me despidieron. Después de boyar por ‘La Costilla de Adán’ en radio Municipal, dirigida por Pepe Eliashev -la conductora de La Costilla era la hermosa poetisa Ana Calabrese que poco tiempo después saltó por el balcón, no eran tiempos fáciles de soportar- , y por algunos laburitos de prensa en editoriales, recalé como asistente todo terreno de Babilonia, icónico Centro Cultural de los noventa. Fue entonces cuando fui a buscar el resultado de unos análisis por una cuestión de acidez de mi padre, y el médico me dio los resultados: cáncer de esófago, uno de los peores, haremos lo posible pero…

¿Por qué tuve que ser yo la primera en conocer el diagnóstico? Soy la menor de los giussanis. Managgia, porqué me tocaba a mí escucharlo por primera vez. A quién decírselo, de qué manera? Y como nada está echado al azar en nuestra mente, o por pura soberbia desarmada, sentí que había sido la ‘elegida’. Caminé hasta Babilonia, a pocas cuadras del consultorio, y lloré. Javier Grosman y Graciela Casabé, los dueños del lugar, me abrazaron y acompañaron. Fueron los segundos en saberlo. Papá murió un año después, luego de una operación inútil. Creo que fue el 1º de octubre de 1991 -no logro recordar esas fechas- a los 63 años. Entonces no sabía que era muy joven. 

El último libro que llegó a escribir mi padre fue “Menem, su lógica secreta”, publicado por Editorial Sudamericana en 1990. No había pasado un año de la asunción del riojano y aparecía uno de primeros textos sobre el sorpresivo fenómeno de un peronismo neoliberal. En su libro advertía sobre el carácter de “espectáculo” del menemismo que impedía una consideración seria sobre el mismo. Los argentinos creen “estar asistiendo a una ficción”, decía. Pero no, después comprendimos que todo era real y perverso.

Después pasaron muchas cosas, trabajé en otra radio, FM La Isla y supe que ya no existía un sueldo, todos nos transformamos en trabajadores ‘autónomos’, la jubilación pasaba a ser privada. Y las agresiones a los periodistas no eran pura chicana. Con un marido periodista formado a la vieja usanza, lo vi llegar con un navajazo, sufrir amenazas, un intento de secuestro. ‘Gajes del oficio’ justificó Menem y su diario, Página 12, le soltaba la mano.

Argentina era irrespirable. Nos fuimos. Del otro lado del río, a criar con tranquilidad a nuestros hijos. Después volvimos, obvio. Siempre volvemos.

Para mí, el menemismo fue ésto. Cada cual lo habrá vivido a su manera. 

 

La Columna Vertebral, periodismo a la gorra. Echá una moneda

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