Opinión
Aeropuertos: negocios, especulación, pandemia, por Pablo Solana
Es sabido que el virus llegó a nuestros países a través de vuelos, casi todos provenientes de Europa y Estados Unidos. Estas empresas hipermillonarias están reclamando, ahora, que no tuvieron más remedio que suspender vuelos, que los gobiernos las subsidien por no tener que dejar de operar. Cuando pase la gravedad de la pandemia, sería bueno que estos procederes criminales del gran capital trasnacional, y de sus socios en los gobiernos locales, no queden impunes.
Algunos datos para que, cuando pase el temblor, se puedan investigar y juzgar como crímenes contra la humanidad las decisiones y presiones empresariales (y las complicidades políticas) que facilitaron la expansión de la pandemia:
#Colombia está teniendo el crecimiento más vertiginoso de coronavirus en los últimos días: de 13 casos informados el viernes 13, a 93 ahora (18/3 al mediodía); la tendencia es más vertiginosa que la del resto de países de la región. El gobierno de Colombia no cerró los vuelos desde Europa sino hasta este lunes, después de lo que hicieron los demás países de América Latina (y niega pedidos de cierre del aeropuerto de Bogotá). La empresa que más capitaliza esas rutas, principal vía de ingreso del virus, es #Avianca: mimada del gobierno de Duque con quien tiene intereses comunes y canal directo: la hermana del presidente es alta directiva de la compañía.
#Chile declaró el lunes la pandemia en Fase 4, es el primer país de la región en llegar a ese punto. Recién el día de hoy, miércoles 18, se cerraron los vuelos, con 238 casos verificados (apenas algo menos que Brasil, que tiene la población de 12 chiles). Fase 4 significa que el virus se transmite ya en forma comunitaria, es decir, se está expandiendo en la sociedad por no haber sido contenido en su etapa de ingreso. En Chile la principal operadora aérea es #Latam, la más amplia aerolínea de América Latina y uno de los principales grupos económicos del país, de verificados lazos con la familia Piñera a cargo del gobierno.
#Panamá tiene un alto índice de infecciones en relación a la población (86, y 1 fallecido, en solo 4 millones de habitantes). Allí tiene su base principal de operaciones #COPA Airlines (Hub de las Américas le llaman al manejo que hace COPA del aeropuerto de Tocumen, donde pasan conexiones a todo el mundo, capitalizando la ubicación privilegiada en el planeta que tiene Panamá). El gobierno de ese país demoró en cerrar los vuelos desde Europa hasta el domingo 15, apenas 4 días atrás, y COPA siguió ofreciendo Panamá como base de interconexiones sin aplicar restricciones propias. Con Latam, COPA es el otro gigante empresarial que domina el mercado de vuelos entre Latinoamérica y Estados Unidos – Europa.
El otro foco de expansión veloz de la pandemia está siendo #Perú (145 casos al día de hoy). En el centro geográfico de América Latina sobre el Pacífico, el aeropuerto Jorge Chávez de Lima es otra de las bases de interconexiones continentales. Sin medidas preventivas graduales, el cierre de vuelos se dio de forma abrupta recién ayer. Allí también domina Latam.
Colombia, Chile, Panamá, Perú: gobiernos dominados por el neoliberalismo, donde mandan las empresas y, como contraparte, los sistemas de salud pública son débiles o inexistentes: dos caras de la misma moneda criminal.
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Toda sociedad profundamente desigual domina el arte de fabricar inferiores. No alcanza con distribuir de manera desigual la riqueza; también necesita convencer a quienes la habitan de que esa desigualdad es natural. El racismo fue una de las formas históricas más eficaces de producir esa ilusión.
Después del Mundial volvieron a aparecer acusaciones que presentaban a la Argentina como uno de los países más racistas del mundo. Como suele ocurrir, la discusión se dividió rápidamente entre quienes negaban el problema y quienes afirmaban que éramos una versión latinoamericana de los Estados Unidos. Ambas posiciones compartían un mismo error: suponían que el racismo adopta siempre las mismas formas.
Pero las sociedades no producen idénticos mecanismos de exclusión. Cada una organiza sus jerarquías a partir de su propia historia. La pregunta, entonces, no es si Argentina es o no es racista, sino qué mecanismos produjo nuestra historia para transformar las diferencias en inferioridades.
Eso es lo que entiendo por inferiorización: es el proceso político y cultural mediante el cual una diferencia producida por la historia comienza a experimentarse como una inferioridad dictada por la naturaleza.
Toda sociedad colonial clasifica personas antes incluso de organizar la distribución de la riqueza. Establece quiénes representan la civilización y quiénes el atraso; quiénes gobiernan y quiénes obedecen. Mientras en los Estados Unidos la segregación convirtió el color de la piel en la frontera visible de esa desigualdad, en la Argentina la historia fue distinta. Aquí existieron el exterminio de los pueblos originarios, la invisibilización de la población afrodescendiente y el ideal de construir una nación blanca y europea. Pero las diferencias étnicas terminaron entrelazándose con las diferencias de clase. La pobreza, el barrio, la forma de hablar o ciertos rasgos físicos comenzaron a funcionar como marcas de inferioridad.
La etnia empezó a hablar el idioma de la clase social.
¿Por qué ocurrió eso?
Porque las sociedades coloniales nunca comienzan de cero. El capitalismo no reemplazó las viejas jerarquías; se edificó sobre ellas. Las antiguas diferencias raciales se tradujeron lentamente en diferencias económicas, culturales y sociales. Las jerarquías cambiaron de lenguaje, pero no de función.
Quizá ningún texto exprese mejor esa traducción que Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento. La oposición entre civilización y barbarie parecía describir una diferencia cultural, pero organizaba una jerarquía social. El gaucho, el indígena y el habitante del interior dejaban de ser simplemente diferentes para convertirse en la representación del atraso. Ya no hacía falta hablar de razas. Bastaba con hablar de barbarie.
Décadas más tarde esa misma matriz reapareció con el peronismo. Los trabajadores llegados desde el interior fueron llamados «cabecitas negras», y la expresión «aluvión zoológico», utilizada por el diputado radical Ernesto Sammartino, no describía solo una posición política: animalizaba a una parte del pueblo. Allí el desprecio de clase y la racialización quedaron definitivamente entrelazados.
Desde entonces cambiaron las palabras, pero no la operación. «Negro de mierda»; «villero»; «planero»; «bolita»; «paragua»; «marrón»; «kuka»; «zurdo». No significan lo mismo. Pero todas participan de un mismo proceso de inferiorización: convierten diferencias históricas, sociales o políticas en defectos aparentemente naturales.
Eso explica una escena que suele desconcertar a muchos extranjeros. En Argentina alguien puede llamar «negro de mierda» a una persona más rubia que él. La contradicción es solo aparente. Hace tiempo que «negro» dejó de nombrar exclusivamente un color de piel para convertirse en una categoría de descalificación social. No clasificamos demasiado bien las etnias. En cambio, clasificamos con enorme eficacia quién merece reconocimiento y quién puede convertirse en objeto de desprecio.
La discriminación nunca opera solamente sobre quien la recibe. También produce subjetividad en quien discrimina. El prejuicio organiza los afectos antes que los argumentos. Enseña qué sentir frente al otro. Produce miedo, desprecio o asco antes incluso de producir razones.
Toda hegemonía necesita producir una sensibilidad que vuelva aceptable el orden existente. Las élites no solo administran recursos. También administran las formas de sentir, percibir y nombrar al otro. En otras palabras, administran la sensibilidad colectiva. Cuando una sociedad aprende a mirar a ciertos grupos como vagos, bárbaros, peligrosos o parásitos, la desigualdad deja de percibirse como una injusticia y comienza a experimentarse como un orden natural.
Por eso resulta caricaturesco que muchos analistas extranjeros reduzcan a la Argentina a un simple cliché racista. No porque nuestro país esté libre de esa historia (sería absurdo sostenerlo), sino porque esa simplificación reproduce exactamente la misma operación que pretende denunciar: transforma una realidad compleja en un estereotipo.
El problema, sin embargo, va mucho más allá del racismo. El verdadero problema es la producción política de la inferioridad. El racismo fue apenas una de sus formas históricas. Más tarde aparecieron otras: la meritocracia convertida en explicación absoluta de la pobreza, la estigmatización de los sectores populares, la criminalización del excluido o la demonización del adversario político. Todas responden a una misma lógica: convertir desigualdades históricas en diferencias aparentemente naturales o, en sus versiones más recientes, en cuestiones de carácter o de voluntad individual.
Toda sociedad profundamente desigual necesita romper el vínculo de empatía que une a quienes la habitan. La psicología social enseña que solo cuando el otro deja de ser percibido como un semejante la exclusión puede volverse moralmente tolerable. Solo entonces la injusticia deja de provocar indignación y comienza a parecer merecida.
La desigualdad no se sostiene solamente distribuyendo de manera desigual la riqueza. Se sostiene produciendo sujetos que parezcan naturalmente inferiores.
Quizá esa sea la herencia más persistente del colonialismo: haber transformado la fabricación de inferiores en una tecnología política que sobrevivió incluso al propio racismo biológico. Cuando una inferioridad históricamente producida logra convertirse, en el sentido común de una época, en una condición que parece dictada por la naturaleza, deja de hablar la biología.
Empieza a hablar el poder.
*Jorge Cascallar: Docente Universitario y psicólogo social.