Hay una corriente de la neurobiología que es seria, abierta al diálogo transdisciplinario, contraria al reduccionismo biologista, que viene haciendo, junto con la psicología, grandes contribuciones para la renovación de las estrategias educativas, entre otros avances y exploraciones. Algunos de sus impulsores fueron médicos como Oliver Sack y Alfonso Llinás, y filósofos del Lenguaje como John Searle.

Hay otra corriente, temible, marketinera, reduccionista, mecanicista, capaz de encontrarle raíces genéticas hasta a las orientaciones políticas, y que promueve la resignación con envase de felicidad, envase que eventualmente trae también algún psicofármaco, porque de algo hay que currar.

Ésta última, cuyo emergente mundial más conocido es el vendedor de humo Deepak Chopra –aún cuando él no se autotitule neurocientífico-, se ha revestido con el curioso nombre de Neurociencias, en plural.

En este segundo espacio milita el neurocirujano Facundo Manes.

En mayo de 2017 la psicoanalista Laura Kiel publicó un artículo titulado – con fina ironía – La felicidad al alcance de cualquier cerebro, una crítica demoledora a la más reciente de las “neurociencias”, la que se adjetiva como “cognitiva”.

Dice Kiel en su artículo:

“Hoy las neurociencias cognitivas están tomando por asalto no solo a la comunidad científica sino a la sociedad en su conjunto: todo, desde el marketing hasta la ley, y desde la educación hasta la política, exige una explicación basada en los hallazgos de esta disciplina que cada vez atrae a un mayor número de “adeptos”. ¿Adeptos? Según la RAE, son partidarios o seguidores de alguien o algo, como una idea o un movimiento. ¿Por qué necesitarán adeptos?

“Hay un tono de euforia casi megalómana que impregna la redacción de estos libros de divulgación. Si no apelaran a las ciencias, creería que por momentos se deslizan a un discurso religioso. ¿Cuál es la buena nueva tan bien recibida por tantos adeptos?

“El libro del neurocientífico más popular propone “pensar el cerebro con el objetivo de que podamos vivir mejor”. Parte de la siguiente hipótesis: “cuanto uno más comprende sobre sí mismo, más va a atenderse y cuidarse, es decir, vivir plenamente”.

“Evidentemente hay algo que se me escapa. No puede ser que todo un libro de neurociencias se base en una hipótesis de sentido común, que no forma parte de su campo disciplinar y que ni siquiera se verifica en la realidad.

“… A casi tres décadas de ese descubrimiento de la pastilla de la felicidad, el número de enfermos mentales se ha #disparado a cifras inauditas y estamos lejos de aprender a vivir mejor. La realidad actual en cifras y estadísticas resulta aterradora. Según, Alan Frances, quien dirigió durante años el DSM (Manual de la Psiquiatría Mundial): “Durante los últimos quince años, cuatro grandes epidemias de trastornos mentales han hecho explosión repentinamente, el número de niños bipolares ha aumentado extrañamente en un 40 por ciento, los autistas en 30 por ciento, los hiperactivos con déficit de atención se han triplicado, mientras que la proporción de adultos candidatos a un diagnóstico de bipolaridad se ha duplicado”. Un pantallazo por las condiciones de salud de la población alcanzaría para disipar tanta esperanza. Sobre todo, cuando los avances del reino del cerebro y los embates de las Terapias Cognitivo-Comportamentales (TCC), ambos de la mano de la creciente industria farmacológica son responsables de transformar la salud en una mercancía dirigida al público en tanto consumidor.

“Es el mercado quien distribuye hoy las nuevas categorías de síndromes y trastornos, en una maquinaria fuera de control donde la población en su conjunto devino consumidora. Las publicidades dirigidas a los padres –induciendo al consumo de psicofármacos para que la crianza de los niños resulte más sencilla– se realizan en medios de comunicación masiva.

“Nuevas enfermedades se inventaron para satisfacer el ritmo de producción de los grandes laboratorios, lo confirmó Leon Eisenberg, el inventor del ADDH (Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad), quien confesó meses antes de morir su connivencia con los laboratorios a la hora de pretender lanzar la Ritalina al mercado. Y el resultado es hoy una infancia hipermedicalizada, equipos de terapeutas repartiéndose una cantidad indiscriminada de sesiones, el crecimiento desmedido de certificados de discapacidad, las demandas abusivas de integraciones escolares.

“Esta crisis no la denunciamos solo los psicoanalistas, se hace oír desde el corazón mismo del sistema de salud en términos de seguridad social, gasto público, etc. Traducido en términos económicos, no hay sistema de salud que aguante la hiperinflación diagnóstica con su consecuente medicalización” (Fin de la cita)

Conclusión

Es de una coherencia perfecta que el doctor Manes – imputado y sobreseído en una escandalosa causa penal por falsificar un diagnóstico de insania contra una artista plástica para desapoderarla de su patrimonio, diagnóstico que fue rehazado a pesar del sobreseimiento – se presente como candidato de la derecha neoconservadora, mejor conocida como fascismo de mercado.

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