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Mi primer gatillo fácil, por Ricardo Ragendorfer
La riña había sido desigual: dos roperos –después se supo que jugaban en las inferiores de algún equipo de rugby– contra un muchacho de contextura bien plantada, pero nada más. Fue en una parada de colectivos sobre la Avenida del Libertador, a la altura de la Quinta Presidencial de Olivos. La instancia previa consistió en un ríspido intercambio de palabras, cuando desde una Estanciera los primeros se burlaron del otro por su aspecto algo estrafalario. Todo parecía indicar que éste no iría a salir indemne del asunto. Sin embargo, en menos de un minuto doblegó a sus rivales. Entonces tuvo la deferencia de ofrecerles un armisticio honorable. Ello derivó en una súbita empatía entre los tres hombres, quienes se estrecharon las manos como caballeros. En ese instante, un disparo congeló la escena. Eran las cinco y media de la tarde del 17 de julio de 1966.
Tres semanas antes, Onganía había tomado el poder.
A pesar de que yo apenas tenía ocho años, el día del derrocamiento del presidente Illia quedó grabado en mi memoria. En parte, por la musiquita del informativo de Radio Colonia que aquel lunes mi padre oía con expresión de tristeza. También recuerdo otra melodía de la época: la cortina musical del programa Titanes en el Ring. Al respecto, estoy en condiciones de afirmar que, a sólo horas del golpe de Estado, El Gitano Ivanoff fue vencido en una pelea de fondo por el gran Martín Karadagián.
Lo cierto es que por entonces no había nada en el mundo que esperara tanto como los domingos a las ocho de la noche. Era cuando el relator Rodolfo Di Sarli irrumpía en la pantalla del viejo Canal 9 para anticipar la velada. Lo suyo era literatura oral, y de la buena. Su método: cierta exaltación en los adjetivos y una fantasía desbordante, casi surrealista. Hasta bautizó tomas con nombres un tanto categóricos: “el torniquete”, “la tabla marina” y “el tirante japonés”. Incluso había luchadores con alguno de aquellos recursos a modo de marca personal. Como Rubén “El Ancho” Peucelle y su “quebradora”, los “dedos magnéticos” del Indio Comanche y el inolvidable “cortito” de Karadagián. Todo en ese cuadrilátero era posible. Ulises el Griego no era otro que el de La Odisea, pero estaba allí. Iván el Terrible era zar de todas las Rusias, y estaba allí. Al entrar al ring, Mister Chile hacía bailar sus pectorales y bíceps como si tuvieran vida propia. Don Quijote llegaba a lomo de un matungo. Y el árabe Tufic Memet, un gordo envuelto en sábanas, aparecía rodeado de odaliscas. También Jean Pierre, el Beatle Francés, solía presentarse en buena compañía: cuatro groupies que se sacudían al compás de Eight Days a Week. El público aullaba. Yo seguía su campaña con mucha atención.

Había debutado el 11 de junio de 1965 en un combate contra el italiano Gino Scarzi. Con su melenita inspirada en Paul McCartney y una sólida formación en la lucha grecorromana, el tipo supo cosechar una popularidad vertiginosa. En aquella temporada, haciendo gala de una agilidad rayana con la insolencia, encorvó al Tigre Paraguayo, al campeón nazi Georg Müller y a Barba Roja. Su duelo con El Caballero Rojo fue memorable. Éste lo tenía trabado por la espalda con una “doble Nelson”. Él se zafó para aplicar esa misma llave sobre su rival. Al cabo de unos segundos, quedó nuevamente atrapado, pero luego logró revertir otra vez la situación. Y así, sucesivamente. Como en un paso de baile. Al final, los brazos de ambos luchadores fueron alzados en señal de triunfo. En la tribuna, el delirio era absoluto.
En el otoño del año siguiente, fui con mi madre a ver Titanes en el Ring al estudio mayor de Canal 9, sobre el pasaje Gelly. Ese lugar no era como el que se veía por el televisor; poseía color, otros ángulos y los relatos de Di Sarli se filtraban desde la distancia como un lejano eco.
Días antes hubo que ir por las entradas a un local de la galería situada en la avenida Córdoba, a metros de Callao. Fuimos atendidos de inmediato, ya que no había otra gente a tal fin. En esas circunstancias, advertí una silueta junto al pasillo. No daba crédito a mis ojos: era nada menos que El Beatle Francés. Al percibir mi asombro, hizo una sonrisa. Entonces se acercó, antes de inclinarse para emparejar mi estatura. Cruzamos algunas palabras, recibí un autógrafo y un apretón de manos. Quedé mudo por la emoción.
Ahora transcurría el octavo combate de la noche. El Beatle Francés, tomado por los cabellos, aguantaba el impiadoso castigo del armenio Ararat, una mole de grasa con la espalda peluda y malla de bailarín. Éste descargaba una y otra vez el antebrazo sobre la nuca del rival. Hasta que, de pronto, un palmazo seco le pegó de lleno en la nariz. La montaña humana no acusó el golpe. Pero tres segundos después, los ojos se le pusieron en blanco. Y cayó de bruces. Tuvo que ser retirado. Semejante epílogo hizo rugir a la multitud. En el centro del ring, El Beatle Francés retribuyó las ovaciones agitando un brazo. Aún hoy sigo aferrado a la ilusoria creencia de que llegó a reconocerme y me saludo.
Lo vi luchar por última vez desde el pequeño Noblex rojo que tenía en mi habitación. Su contrincante: Il Bersagliere, un individuo disfrazado de soldado del ejército italiano. Era el 3 de julio de 1966. Por alguna extraña razón, me es imposible recordar el resultado.
Recién ahora –a más de diez lustros de aquellos días– pude saber detalles sobre su existencia. El Beatle Francés se llamaba Alberto Korobeinik, tenía 26 años y era el primogénito de un matrimonio judío afincado en la ciudad de Tandil, tras escapar del Holocausto nazi. Alternaba la lucha profesional con el trabajo de estibador en el puerto. Fue en las playitas de Olivos en donde se relacionó con algunos integrantes de la troupe de Karadagián; entre ellos, Juan Enrique Dos Santos (El Gitano Ivanoff) y Rubén Ovidio Piucelli (El Ancho Peucelle), de quien, además, era vecino. Vivía con su mujer, Nelly Argañaraz, en una prefabricada sobre la calle Arenales y el río, de Vicente López. Ella estaba embarazada.
El 17 de julio, ya en vísperas de dar a luz, se encontraba en un hospital de Florida. Allí estuvo su hombre hasta el atardecer. Luego partió hacia Canal 9. Debía enfrentarse con Benito Durante.
Ese domingo, poco antes de las cinco y media, el sargento primero de la Policía Federal Ramón Rosario Arellano dormitaba en una garita de la Quinta Presidencial de Olivos. El chillido de una vecina –siempre hay una vecina en estos casos– lo arrancó de la modorra. Ella chillaba con un dedo extendido hacia la esquina. El suboficial, aún adormilado, se encaminó en aquella dirección, ya con la reglamentaria sin seguro en la mano. El tinto del mediodía le había enturbiado los sentidos. En tales condiciones, sólo advirtió tres sombras humanas en actitud incierta. Una de ellas –la de pelo largo– lo habría perturbado más de la cuenta. Fue cuando una bala de su Ballester Molina congeló la escena.
Alberto Korobeinik, con el hígado partido por el plomo, murió unas horas después.
Como en las malas novelas, esa noche nació su bebé.
A su modo, Jean Pierre, el Beatle Francés, se había convertido en la primera víctima de la flamante dictadura.
Y fue mi despertar en el mundo del gatillo fácil.
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San Martín: últimas clases de un maestro, por Oscar Taffetani
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Carta desde el País del Nomeacuerdo, por Hernán López Echagüe
Publicado en la revista Humor, diciembre de 1990
Che, me olvidaba de algo. Hubo una época en que las personas se pusieron a desaparecer, de pronto, de la noche a la mañana. Sin pausa. Cientos y cientos de personas de toda edad que se ponían a no estar nunca más. Y los ojos de los vecinos no percibían nada. Y las bocas de los vecinos parecían bocas sin fundamento, o quizá con fundamento no más que para abrirlas y tragar fideos italianos, galletas alemanas, quesos franceses. ¡Vinos de Portugal por dos mangos! Había mazapán en las venas. ¿Te acordás? ¿Te acordás del general Acdel Edgardo Vilas? Decía el tipo: “Los mayores éxitos los conseguimos entre las dos y las cinco de la mañana, la hora en que el subversivo duerme (…) Yo respaldo incluso los excesos de mis hombres si el resultado es importante para nuestro objetivo”. ¿Te acordás? ¿No? Pero quizá te acuerdes del general Ibérico Saint-Jean que, entre otras cosas, se hizo famoso por su frase: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos”. O del general Jorge Rafael Videla: “En la Argentina morirán todos los que sean necesarios para acabar con la subversión”. Años más tarde, ya en democracia, al amparo del indulto que le había obsequiado Menem y en tanto se mojaba el garguero con whisky importado durante una cena de camaradería, Videla celebró la matanza, y, con aires de asesino ocurrente, soltó: “La sociedad argentina tendría que habernos pagado por los servicios prestados”.
Luego, a partir de diciembre de 1983, la historia incontrastable del exterminio selectivo que habían tramado los militares con toda meticulosidad cobró vida a partir de relatos de toda naturaleza: jurídico, periodístico, novelesco, televisivo, cinematográfico. Supongo que te acordarás de La historia oficial, también del Nunca más, y, desde luego, del histórico juicio a las Juntas. Fueron años de dolorosas e interminables reconstrucciones. Que a Esteban se lo llevaron de su lugar de trabajo una tarde, a los golpes; que a Cristina, que estaba embarazada, la sorprendieron en la calle, la ocultaron en alguna catacumba, la asistieron en el parto, le robaron el hijo y después la asesinaron; en la casa de Jon, que de la vida no esperaba más que recibirse de ingeniero, casarse y tener un par de hijos, el grupo de Tareas se instaló a lo largo de una semana… Y ya no están, nunca más volverán a estar.
A partir de diciembre de 1983 el dolor se transformó en cifras: más de cuatro mil desaparecidos en 1976; trescientos cuarenta y dos por mes; once cada día. Más de tres mil en 1977; doscientos treinta y ocho por día… Cifras y más cifras. Contados cuerpos. Personas que nunca jamás volvieron a aparecer. Y ahora los ojos han vuelto a cerrarse, los oídos a enlodarse, las bocas a callar.
En fin, no era mi propósito amargarte. Pero el País del Nomeacuerdo es hoy una realidad ineluctable.
Otro abrazo.
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ARCHIVO/»Modigliani: Los paisajes del alma», por Oscar Taffetani
Con Johnny Depp todavía de visita por nuestro país en donde presentó este martes su filme ‘Modigliani, tres días en Montparnasse’, que se estrenará el próximo jueves en los cines de Argentina, rescatamos del archivo de Oscar Taffetani esta hermosa nota que retrata la vida del gran pintor italiano. Publicada en la revista Nueva, en 1994.

El artista bohemio, ése que pasaba las noches en los cafetines con mujeres de mala vida, ése que cambiaba obras geniales por copas de vino; el que conquistó la gloria exactamente un minuto después de su muerte, ése era Modigliani. Vivió apenas 36 años. Si descontamos la niñez y adolescencia en Liorna -el puerto donde nació, un 12 de julio de 1884-, los viajes por la costa mediterránea (tratando de curar su tuberculosis) y el tiempo de aprendizaje y definición del estilo, nos quedan siete años, siete intensos y borrascosos años de creación plástica, los suficientes para incluirlo en la galería de los maestros del siglo XX. Jamás pintó un paisaje urbano, como ésos que vendía por docenas su compañero de borracheras Maurice Utrillo. Jamás pintó un cielo tormentoso, un trigal y un sendero con cipreses (eso lo había hecho, a la perfección, el maestro Van Gogh).
A Modigliani le interesaban los retratos, los paisajes del alma. A veces, los pintaba por encargo, para poder comprar óleos y bastidores, o para pagar la pieza de pensión. Otras -y eran las más- posaba su mirada en los humildes, en los ignorados: una florista, una gitana, un obrero aprendiz, una prostituta, un niño de la calle.
Pintaba de memoria. Hacía los bocetos desde un modelo, pero luego, al enfrentar la tela, sólo pensaba en la línea, en la composición y el color. Los retratos de Modigliani no son fotográficos, no son objetivos. Representan la mirada -casi siempre triste, melancólica- del artista sobre la vida. Son retratos del alma, sí. De su propia alma, desnuda.
Cuando Dedo (como lo llamaba su madre) o Modí (como lo bautizaron después) llegó a París, tenía veintidós abriles y un bagaje particular. ¿Plata? Poca. La suficiente como para alquilar un studio -especie de buhardilla con mucha luz y sin baño- en la rue Cailaincourt, corazón del barrio de Montmartre. ¿Ropa? La indispensable, incluidos un par de trajes de pana y un sombrero de ésos que dan que hablar.
¿Familia? Ninguna, aunque su madre siempre hablaba de unos tíos de Marsella, los Garsin, librepensadores y políglotas judíos, descendientes del filósofo Baruch Spinoza. ¿Lecturas? Muchas y buenas. Mamá lo había paseado por los clásicos y Dedo, por sí mismo, había hecho amistad (a la distancia) con Percy Shelley, Oscar Wilde, Paul Verlaine, Giacomo Leopardi y Gabriele d’Annunzio. Recordaba de memoria miles de versos, en el idioma original.
¿Estudios? Había abandonado el Liceo de Liorna, a causa de un ataque de tifus, pero tenía una respetable formación pictórica obtenida en la academia de De Micheli (Liorna) y las escuelas de Bellas Artes de Florencia (1902) y Venecia (1903).
Ahora le faltaba conocer a los maestros impresionistas y, sobre todo, a esos locos sin pasaporte, emigrados a Francia, que estaban echando las bases de la Escuela de París.Cerca del studio de Modí se alzaba el Bateau Lavoir («Barco Lavadero»), una olorosa barraca de madera donde solían juntarse Pablo Picasso, Juan Gris, Diego Rivera, Tsugouharu Foujita, Kees Van Dongen y otros ilustres desconocidos que ansiaban brillar en la Ciudad Luz.
«El amigo Emilio» y el «Lapin-Agile», en Montmartre, y los cafés de La Rotonda o del Dôme, en Montparnasse, eran las paradas obligatorias de los artistas bohemios. Allí conoció Modigliani -copas de vino o ajenjo mediante- a Henri Matisse, Maurice Utrillo, Max Jacob, Florent Fels. También alternó con mujeres de la noche, con truhanes y bebedores que muy pronto pasaron al lienzo o al papel, convertidos en material de trabajo de un ignoto pintor italiano.
MECENAS ERAN AQUÉLLOS
«Modigliani fascinaba desde el primer instante. Había una cierta bizarría en su apostura y tenía un modo leal de estrechar la mano. El querer vivir de su propio arte, cuando nadie se interesaba en su obra, lo condenaba a la miseria. Y más siendo como era: generoso y poco previsor…» Ése es el retrato que Paul Alexandre, médico dermatólogo que frecuentaba los cafés de Montmartre, hace del primer Modigliani. Lo conoció en 1907, y lo ayudó de muchas maneras a sobrevivir, alojándolo en su casa, rentándole un atelier, presentándole artistas y marchands, comprándole bocetos, dibujos, esculturas y pinturas a quien era poco más que un estudiante, ávido de aventuras y experiencias.Gracias a Paul, Modigliani conoció al escultor rumano Constantin Brancusi, quien le abrió las ventanas a una nueva percepción y concepción de la pintura. Con la ayuda de Brancusi pudo «leer» la revolución constructivista de Cézanne y también desprenderse del lastre realista heredado de las academias de Bellas Artes.
Otro encuentro importante para Modí fue con el arte negro. En aquel tiempo circulaban por París algunas colecciones de esculturas africanas llevadas por los comerciantes de la Costa del Marfil. Para Picasso -quien ya formaba parte del movimiento cubista-, aquellas máscaras y estatuillas constituían la ruptura total con el naturalismo pictórico (que expresaría en obras como Las señoritas de Avignon). Para Modigliani, aquel arte negro milenario era mucho más (si bien gastaría tiempo y pinceles hasta demostrarlo).
En «La judía», «Retrato de Constantin Brancusi» y «El violoncelista» -telas que pudo exponer en distintos Salones de Otoño de la Sociedad de Artistas Independientes-, se advierte la influencia de Paul Cézanne. En las primeras esculturas, se percibe el parentesco con las cabezas de Gabón y Benín. Podría decirse que la colección Alexandre da cuenta, minuciosamente, de aquel aprendizaje de Modigliani. De lo que no da cuenta (tal vez porque el artista no quiso) es del hambre, el frío y la soledad (interrumpida por la breve compañía de una cocotte). Al tabaco, el vino y el ajenjo de los bodegones se le sumó el haschisch (llevado desde el Africa, como las esculturas). Todos juntos, produjeron un muchacho flaco y pálido, alucinado, que regresó a Italia buscando el regazo de su madre.
LA SEGUNDA ES LA VENCIDA
En 1909, Amadeo Modigliani era un joven escultor que vivía en Liorna y viajaba periódicamente a Carrara en busca de bloques de mármol… En 1910, ya era otra vez un artista bohemio de París, asiduo concurrente de salones y bodegones. Sin embargo, algo había cambiado: Modí comenzaba a desarrollar su manera de ver el mundo. «La gran revelación del arte de Modigliani -escribió el crítico Jean Cassou- es el estilo. Un gracioso arabesco, un color delicadamente cálido, una emoción exquisita…El tema del cuadro se lee inmediatamente en el dibujo, cuyas inflexiones, muy sensibles, traducen hasta los más sutiles matices del sentimiento del artista».
Así como Fernando Botero -salvando las distancias- es reconocible en todo el mundo por sus «gordos» y «gordas», el maestro Modigliani es identificado, a primera vista, por el deliberado «estiramiento» (elongación) de cuerpos y rostros.Cuellos largos y caras ovaladas con ojos almendrados; una paleta sobria, de colores poco resonantes (ocres, tierras, grises, rojos, verdes, blancos, azules apagados, negros profundos); fondos sobre los que se destaca el personaje, contorneado por un solo trazo, armónico. Todo eso identificaba -e identifica- un Modí.Los años que pasaron hasta el estallido de la Gran Guerra fueron prolíficos. Siete esculturas presentadas en el Salón de Otoño de 1912 causaron revuelo y apasionadas discusiones. En eso, Modí se parecía a sus amigos cubistas, fauvistas, futuristas y dadá surgidos del Bateau Lavoir.Si 1914 -especialmente, después de Sarajevo- fue importante para el mundo, lo fue más para Modigliani: conoció a la poetisa inglesa Beatriz Hastings, con quien convivió en Montmartre un par de años; conoció al marhand Paul Guillaume, quien le compró varias de sus telas; y, por último, conoció al joven poeta polaco Leopold Zborowski.Todos fueron retratados, varias veces, o sirvieron de modelos para otras obras. Para ganar fuerza y expresión, Modí borraba los fondos, los objetos accesorios, cualquier cosa que distrajera al espectador del rostro o la mirada del personaje.
La escultura lo marcó para siempre. Algunas figuras quieren tener volumen, son tratadas como materia detenida en el instante, en un gesto. Hasta los ojos son escultóricos: sólo una sombra -y a veces ni eso- en el lugar de las pupilas.En el arte y el amor, la vida le sonreía. En los otros aspectos le hacía una mueca, persistente, de dolor.
EL LENTO CAMINO A PERE LACHAISE
Zborowski y su mujer representaron, en la segunda parte del drama, el papel que antes había cumplido el doctor Alexandre. Leopold tenía 17 años cuando conoció a Modí. Vio en él la llama del genio, creyó en su arte y sacrificó sus ahorros por conseguir que llegara a las galerías y el gran público.En 1917, Modí se enamoró de Jeanne Hébuterne, alumna de la Escuela de Arte Decorativo. Cuando ella quedó embarazada fueron a compartir sueños y miserias al studio de Montparnasse (una gran habitación, en el mismo departamento que alquilaban los Zborowski).Tanto Jeanne como los amigos polacos procuraron que bebiera menos, que se alimentara mejor y oxigenara sus pulmones (llegaron a pagarle unos meses de descanso en la Costa Azul). Pero Modí no cambiaba por nada del mundo el humo de los cabarets.»Recitaba fragmentos de la Divina Comedia -escribió Arthur Pfannstiel- como si estuviera viviendo en ese más allá fantástico o, lleno de nostalgia y alegría, cantaba a su patria y a su ciudad natal, en la que aún vivía su madre: Livorno! / Rondini e strida / del Mediterraneo…»»Una mañana de invierno -contó Maurice de Vlaminck, otro amigo- sobre el refugio del boulevard Raspail, fiero y altivo, miraba desfilar los taxis con la actitud de un general en los grandes desfiles. Una brisa glacial mordía la piel. En cuanto me vio, vino hacia mí y con toda simplicidad, como si para él fuese algo superfluo, me dijo: Te vendo mi sobretodo, es demasiado grande para mí; a ti te quedará muy bien…»Zborowski, mientras tanto, luchaba por la obra. En 1917 consiguió hacer una muestra individual de Modigliani en la galería de Berta Weill. ¡La primera!…El día de la inauguración, la policía retiró los cuadros de desnudos, juzgándolos ofensivos a la moral. Fracaso completo.Con un bebé a cuestas (llamada Jeanne, como la madre) y otro en camino, los Modí le peleaban las últimas batallas al destino. Finalmente, en el otoño de 1919, una puerta se abrió: la galería Hill de Londres expuso los desnudos y retratos, con éxito de crítica y público. Zborowski colocó unos primeros cuadros y embolsó unas primeras libras esterlinas para la famélica cofradía de París. Tanto se alegraron los Modí de aquel pequeño éxito, que alquilaron un estudio en la rue de la Grande-Chaumière y comenzaron a planear el retorno a Italia, cuando naciera su segundo hijo. En ese momento, cuando menos lo esperaban, llegó la muerte.El 22 de enero de 1920, por una súbita nefritis, Amadeo debió ser internado en el hospital. El cuadro clínico, como era de prever, se complicó por la tuberculosis. Dos días después falleció, balbuceando en sueños “Cara, cara Italia.. ”.
La familia Hébuterne no pudo ocultarle a Jeanne -refugiada en su casa- la muerte de su amado Modí. Desconsolada, la joven se arrojó a la calle desde el quinto piso.Un raro cortejo de artistas, poetas y mujeres de la noche acompañó al gran Modí hasta el cementerio de Père Lachaise, en el barrio que tanto amaba. Jeanne, por inhumana decisión de su familia (que no permitió que fuera enterrada al lado de un judío) tuvo que esperar hasta 1928 para reunirse con él. Cerca de Abelardo y Eloísa (otros dos trágicos amantes, del siglo XI) y de la tumba del rockero Jim Morrison, cubierta de graffiti, en Père Lachaise, descansan el pintor bohemio y su amante.
Hay quien se acuerda y les pone una flor. Y hay muchos más que, a la distancia, escuchan las voces que surgen de los retratos, esa música del alma. Para ellos -para todos nosotros- Modí pintó y amó.