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Dossier LCV: “Siglo XXI, de las 8 a las 6hs” / II parte
Desde principios de abril que estamos tirando del hilo de este ovillo: cómo y por qué existe una tensión entre progreso tecnológico y trabajo. En estos últimos días dos noticias llamaron nuestra atención.
En el acto conmemorativo por el Día Internacional de la CGT por primera vez la central sindical puso el tema sobre la mesa. En consonancia con el documento oficial del Consejo Directivo y el discurso de Héctor Daer, Carlos Acuña ratificó a la salida del encuentro que la reducción de la jornada laboral será uno de los principales temas a abordar si quieren reformular la legislación laboral, las 6 horas “van a ser una realidad”.
Desde la vereda opuesta, el director ejecutivo de IBM internacional, Arvind Krishna, acaba de anunciar que reducirán en los próximos años su plantilla de empleados en alrededor de 7.800 puestos que serán reemplazados por la Inteligencia Artificial. «Estos puestos que no lidian con clientes casi llegan a los 26.000 trabajadores. Puedo ver fácilmente que 30 % de eso ser reemplazado por IA y la automatización en un período de cinco años», detalló.
La IA podría provocar el despido de 300 millones de trabajadores de las economías centrales
El banco de inversión Goldman Sachs realizó una investigación que llegó a la conclusión de que alrededor de dos tercios de las más de 900 ocupaciones que existen en el mercado laboral estadounidense estarán expuestos a algún grado de automatización a medida que avanza la tecnología en materia de inteligencia artificial. La tendencia afectaría sobre todo a las profesiones administrativas (al 46 %) y legales (al 44 %), mientras que en los oficios con trabajos físicos intensos, como la construcción y el mantenimiento, se prevé una exposición mucho más baja: 6 y 4 %, respectivamente. El mismo estudio advierte que podría producirse «perturbación significativa» que provocaría el despido de 300 millones de trabajadores en las principales economías del mundo.
Progreso y bienestar obrero no parecen ir de la mano. Por eso, el debate en el mundo del trabajo vuelve a ser la jornada laboral, esta vez de 6 horas, frente a un panorama de avance tecnológico que si no se reglamenta puede producir una desocupación masiva.
Las razones por las cuales se impulsa el recorte horario son diversas. Varios empresarios han comprobado que reduciendo la jornada laboral aumenta la productividad, es decir, ganarán más. Por su parte, los gremios impulsan esa medida, menos horas por igual sueldo, porque mejora la situación de los trabajadores.
¿Por qué los hijos de obreros recibidos en la universidad deberían regalarle todo su conocimiento y esfuerzo a las grandes empresas?
La pregunta que provocó este Dossier LCV, fue desde un inicio: ¿si el conocimiento es patrimonio de la humanidad por qué se benefician solo los dueños del capital? ¿Por qué los hijos de obreros que llegan a la universidad deben regalarle todo su esfuerzo, conocimiento y talento a las grandes empresas para aumentar sus multimillonarias ganancias?
Idas y vueltas de una conquista
En nuestra primera entrega vimos cuáles fueron los primeros países que aceptaron legislar una jornada de 8 horas. Salvo Uruguay, que lo hizo en 1916, el resto del mundo se montó a las ideas de la revolución rusa. Así lo hizo, también, la República de Weimer en Alemania surgida por una revolución socialdemócrata a fines de la primera guerra mundial. Sin embargo, las guerras son momentos de extrema producción, y vino el nazismo a poner fin a semejante ‘ambición’ trabajadora frente a las necesidades de aumentar la industria bélica.
En Estados Unidos, los primeros en implementar una reducción horaria fueron dos empresarios exitosos: W.K. Kellog (sí, el de los cereales) y Henry Ford (sí, Ford, el el del automóvil) descubrieron que jornadas laborales largas y productividad no iban de la mano. En 1926 Henry Ford otorgó una semana laboral de 40 horas, de lunes a viernes. No significó una concesión a sus obreros, más bien un frío cálculo de eficiencia. “Cuando la realidad choca contra nuestras convicciones más profundas, preferimos recalibrar la realidad que corregir nuestra visión del mundo”. Definitivamente el joven emprendedor Henry Ford no lo hacía para mejorar la vida de sus trabajadores ya que era el empresario norteamericano admirado por Hittler por sus pensamientos xenófonos y racistas ¿Hay que agradecerle las 8 horas?

Era el año 1930 cuando el economista británico John Maynard Keynes creyó que los empresarios podían tener tan buenos gestos como el racista Ford, quizás por eso, en una conferencia en España se le ocurrió contar cómo imaginaba la vida en el siglo XXI. Aseguró que el mayor desafío de la humanidad sería ‘qué hacer con el tiempo libre”. Optimista irredento, Keynes vaticinó que para el año 2030 sólo deberíamos trabajar 15 horas por semana (algo así como tres horas por día) y el consumo se habría multiplicado por cuatro. El paraíso capitalista. Los Supersónicos de Keynes.
Eran los años treinta y quizás no se daban cuenta. La gran depresión. ¿Cómo comprender este entrevero de luchas, represiones, guerras y generosidad empresaria? Con la ventaja de cien años de distancia, entrevistados por Jesús Rocamora, Alex Williams y Nick Srnicek, autores del libro ‘Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo’, publicado en el 2017, sostienen:
“Nuestra sensación es que hubo una ruptura fatal durante la Gran Depresión. Se abrieron entonces dos opciones para responder al paro masivo: reducir la jornada laboral y repartir el trabajo, o bien crear empleo y mantener la jornada laboral. En Norteamérica se optó por la primera opción como respuesta inicial. Se llegó a poner sobre la mesa una legislación para recortar la semana laboral a 30 horas. Pero el mundo de los negocios presionó en la otra dirección y el gobierno terminó cambiando de idea. Y así la posibilidad de resolver el paro a través de semanas de trabajo más cortas se aparcó.”
Seguimos atados a un viejo y obsoleto conjunto de relaciones sociales
Williams y Srnicek ya habían movido el tablero intelectual al escribir su ‘Manifest for an Accelerationist Politics‘, un conjunto de veinticuatro tesis tendientes a apostar por un futuro poscapitalista gracias a una aceleración de la automatización técnica junto a una política contrahegemónica planetaria. Unos años después, en ‘Inventar el futuro’, escriben:
“En la actualidad, buena parte de las demandas clásicas de izquierda –menos trabajo, eliminación de la escasez, la democracia económica, la producción de bienes útiles para la sociedad y la liberación de la humanidad– son materialmente más factibles que en cualquier otro momento de la historia. Sin embargo, a pesar de la brillante apariencia de nuestra época tecnológica, seguimos atados a un viejo y obsoleto conjunto de relaciones sociales.”
Esos raros empresarios nuevos
Curiosamente, fueron los japoneses quienes dieron el envión a estas pruebas de productividad con menos horario. En el 2020, la sede en Tokio de Microsoft realizó un verano de prueba de reducción horaria. Por el mismo sueldo trabajaron solo cuatro días por semana, un total de apenas 32 horas. La experiencia fue un rotundo éxito. La empresa aumentó un 40% su producción y se ahorró el 23% de gastos en servicios. Prueba piloto que demostró que la alegría de los trabajadores por tener más horas libres se traducía en capacidad de concentración y voluntad de producción. También se redujo el pedido de días libres y las interminables reuniones fueron más cortas y efectivas.
Según la periodista española Esther Miguel Trulla, responsable de ‘calidad, procesos e innovación’ de Webedia: “El éxito fue tal que Microsoft incorporó el experimento a otras oficinas. Es bien conocido que Japón es uno de los países con las jornadas laborales más largas e insostenibles, y que pese a ello, o precisamente por ello, es el país menos productivo del G7. Tamaña cultura del sobreesfuerzo existe a menores niveles en el resto de países. De modo que una hipotética reducción de la jornada salarial no sólo es una cuestión económica, sino también de salud pública.”

La primera compañía en poner en práctica esta modalidad fue la también japonesa Toyota que en el 2003 aplicó con buenos resultados una reducción horaria en su planta ubicada en la ciudad sueca de Gotemburgo.
Las experiencias fueron avanzando. El pasado 7 de febrero, Fingersoft, compañía desarrolladora de videojuegos con sede central en Oulu (Finlandia), anunció que los empleados que lo desearan podrían trabajar seis horas diarias, cinco días a la semana, percibiendo el 90% del salario. Jaakko Kylmäoja, CEO de la compañía, dijo que el experimento probó que “hay maneras para mejorar el bienestar de los trabajadores mientras la productividad se mantiene o incluso aumenta”.
Ya existe un movimiento denominado 4 Day Week que coordina desde hace unos años diversos ensayos a lo largo del mundo para imponer una jornada laboral de cuatro días cobrando el 100% del salario.
Así como vimos en la primera parte de este informe cómo los Estados se fueron amoldando a principios de mil novecientos al reclamo de 8 horas de trabajo, ya aparecieron los países precursores en la experiencia de las 6 horas en el siglo XXI. De ellos nos vamos a ocupar en la tercera parte de este dossier LCV.
Investigación y texto: Laura Giussani Constenla
4 de mayo de 2023
Internacionales
Miguel Mellino: «El racismo es estructural al capitalismo»
Ya que el racismo parece haberse ‘puesto de moda’, recibimos en el Planeta Giussani, a Miguel Mellino, Profesor de Estudios post coloniales y relaciones interétnicas en la Universidad L’Orientale de Napoli, para intentar comprender el significado de un término que desde su propio origen es equivocado. «El concepto de raza nació junto a la Conquista de América para denominar a los nativos. Su falta de justificativo científico ya ha sido comprobado». Según Mellino, la conquista de América fue el verdadero envión inicial del Capitalismo moderno.
Como no podía se de otro modo, la conversación estuvo atravesada por la tragedia de Ceuta. La encrucijada europea frente a la migración, la estampida de marroquíes, el discurso ambivalente del presidente Sánchez frente al aprovechamiento de la ultraderecha más rancia de Europa. El falaz debate sobre el racismo argentino luego del mundial.
La crisis social de Ceuta, en la que ya se cuentan más de ochenta muertos al intentar abandonar Marruecos para saltar la frontera española que queda como resabio colonial en el norte de África se está convirtiendo en un ejemplo de cómo se manejan los países poderosos con el tema migración. Un artículo de Osservatorio Repressione expresa sin ambigüedades las lecciones de Ceuta:
«Ochenta y cuatro muertos deberían ser suficientes para poner en discusión cualquier sistema político. Debería abrir un debate sobre la legitimidad de las políticas que produjeron esta tragedia, interpelar las conciencias, obligar a gobiernos e instituciones a preguntarse si el precio pagado en vidas humanas sea compatible con los principios que declaran defender. Sin embargo, después de las jornadas de Ceuta, el enfrentamiento público europeo siguió un camino completamente distinto. Los cueros sin vida recuperados en ese fragmento de mar que separa Marruecos del enclave español desaparecieron rápidamente del horizonte de la discusión, y fueron substituidos por un lenguaje ya familiar: invasión, defensa de los confines, traficantes, seguridad, control de las fronteras, integridad territorial. Una vez más, las víctimas salieron de escena, mientras el lenguaje del miedo se convirtió en protagonista absoluto.»
Aquí, la entrevista completa con el Prof. Miguel Melillo para quien el racismo no es una cuestión personal, ni subjetiva, corresponde a las necesidades del sistema, es estructural y ningún país que haya tenido un origen colonial y un desenlace capitalista puede sustraerse de sus consecuencias. Ni Argentina, ni España.
https://www.youtube.com/watch?v=nCLZm-UhWfc
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Destacada
Martín Bergel: “Génova 2001 fue una batalla global y una experiencia de enorme vitalidad política”
A 25 años de las jornadas de protesta contra la cumbre del G8 en Génova, el historiador Martín Bergel reconstruyó aquel episodio que marcó al movimiento altermundialista y que terminó con una feroz represión policial. En diálogo con Laura Giussani Constenla para La Columna Vertebral, Bergel recordó su participación en aquellas movilizaciones, analizó la vigencia de sus consignas y reflexionó sobre los vínculos entre Génova 2001, la crisis argentina de diciembre de ese año y las luchas sociales actuales.
En julio de 2001, mientras en Argentina comenzaba a gestarse la crisis que terminaría con el estallido del 19 y 20 de diciembre, en la ciudad italiana de Génova se desarrollaba una de las mayores movilizaciones del movimiento altermundialista. Más de 300.000 personas llegaron desde distintos países para protestar contra la cumbre del G8, en un contexto de fuerte crecimiento de los movimientos sociales que cuestionaban el orden neoliberal.
La respuesta del Estado italiano fue una represión brutal. El asesinato de Carlo Giuliani, las detenciones masivas y las torturas sufridas por cientos de manifestantes en la escuela Díaz y en la cárcel de Bolzaneto quedaron como una de las páginas más oscuras de la historia reciente italiana.
A 25 años de aquellos acontecimientos, el historiador e investigador del CONICET Martín Bergel, quien participó de las movilizaciones de Génova, volvió a reconstruir aquella experiencia a través de una serie de crónicas tituladas Retorno a Génova: memorias de una batalla global. En diálogo con Laura Giussani Constenla, repasó el contexto político de la protesta, la diversidad de movimientos que confluyeron en las calles y la vigencia de aquellas luchas en un presente atravesado nuevamente por la movilización social.
LCV: Martín, contanos brevemente qué ocurrió en Génova en el año 2001.
Martín Bergel: “En julio de 2001, en pleno verano europeo, se reunía en Génova el G8, el grupo de los ocho países más poderosos del mundo. Eran reuniones que se realizaban periódicamente y en las que se discutían cuestiones muy importantes para todos nosotros, en cualquier rincón del mundo. En ese momento se había producido un movimiento, mal llamado movimiento antiglobalización, que en Italia era conocido como movimiento no global o movimiento de movimientos, por la cantidad de organizaciones que lo integraban. Ese movimiento buscaba señalar que en esos cónclaves se estaban decidiendo cuestiones que afectaban a las poblaciones de todo el mundo y que, la mayoría de las veces, no iban en un sentido favorable para ellas. Desde algunos años antes, y particularmente desde la cumbre de la Organización Mundial del Comercio en Seattle, en noviembre de 1999, se había comenzado a organizar una gran galaxia de grupos y movimientos. Allí se produjo una victoria popular porque la reunión fracasó, y eso dio un enorme impulso a ese movimiento. Génova 2001 se inserta en ese contexto, entre Seattle y otras contracumbres que se fueron desarrollando en distintos lugares del mundo. En Buenos Aires, por ejemplo, hubo una movilización contra el ALCA en marzo de 2001. Génova llegó además en un contexto nacional italiano muy cargado, con movimientos sociales importantes de distintas tradiciones de izquierda. Había centros sociales autónomos, movimientos de los llamados desobedientes y una enorme diversidad de organizaciones. También estaba el contexto del gobierno de Berlusconi, que había asumido poco tiempo antes. Todo eso generó un verdadero escenario de una ciudad militarizada para proteger a los poderosos de la tierra de las manifestaciones. Las manifestaciones fueron gigantescas. Se calcula que participaron alrededor de 300.000 personas de toda Italia y de muchos otros países del mundo. Yo fui uno de esos miles de manifestantes. También hubo varios argentinos, como Hebe de Bonafini y Nora Cortiñas, además de muchísimas otras personas. Había un componente italiano muy importante, pero también sindicatos griegos, movimientos sociales españoles, grupos de Alemania e Inglaterra y distintas tradiciones políticas y sociales. Participaban movimientos cristianos progresistas, organizaciones pacifistas y una enorme cantidad de sensibilidades políticas. Fueron jornadas sumamente intensas y emotivas, pero con un saldo trágico. La cantidad de policías y de servicios especiales que llegaron desde toda Italia fue enorme. Era una cita en la que, de alguna manera, se venía preparando una batalla que finalmente se consumó en las calles.”
LCV: Una de las cosas que más impresionan al revisar los testimonios es cómo una manifestación gigantesca terminó siendo desvirtuada. Apareció el Black Bloc, comenzaron los rumores y la policía terminó realizando una verdadera cacería sobre toda la manifestación. Hubo detenidos en la escuela Díaz y en Bolzaneto, y organizaciones como Amnistía Internacional han señalado que fue una de las peores represiones ocurridas en Italia desde los años 70. Sin embargo, parece haber quedado una sensación de que quienes participaron hicieron algo mal. Incluso la consigna de las movilizaciones actuales es “Senza rimorso”, sin remordimiento. ¿Cómo explicás ese fenómeno?
Martín Bergel: “Hay varias cosas para señalar. En primer lugar, el escenario de represión se montó antes de la actuación del Black Bloc. Efectivamente, hubo mucho debate sobre su accionar. Era una tendencia que tenía un conjunto de prácticas que muchos otros manifestantes no compartíamos. Su lema era ‘Smash capitalism’, golpear al capitalismo, y entre sus prácticas estaba, por ejemplo, atacar bancos. Pero muchos otros manifestantes defendíamos la idea de la pluralidad de tácticas. Una de las riquezas de ese movimiento era precisamente que distintas sensibilidades políticas podían expresarse de modos diferentes. Eso se trató de hacer en Génova. La ciudad, además, es sumamente intrincada, con una geografía muy compleja. Había distintos grupos y distintos tipos de manifestaciones. Todo esto ocurría en un contexto en el que la ciudad estaba profundamente alterada. Se había establecido una zona roja, completamente vedada a la circulación de personas, para preservar un espacio para los presidentes que participaban de la cumbre. Finalmente, todo se desbordó y hubo una feroz represión, que se convirtió en un momento de violación sistemática de los derechos humanos, sobre todo por las torturas a cientos de manifestantes en la cárcel de Bolzaneto, en la escuela Díaz y en otros lugares. Hubo juicios y toda una historia posterior muy compleja. También se hicieron muchísimos documentales. Sin embargo, es interesante lo que señalás sobre cómo se recuerda hoy. El momento de la represión es la cara más visible y los medios italianos de aquel momento se encargaron de demonizar al conjunto del movimiento. Esa cara terminó oscureciendo la enorme vitalidad, la pluralidad y la esperanza que existían. En este momento, a 25 años de distancia, hay una recuperación de esa memoria. La alcaldesa de Génova dio un discurso muy interesante, recuperando la vitalidad de aquel momento y la participación juvenil. También señaló algo muy importante: el carácter global de ese movimiento. En Italia se lo recuerda mucho, pero en el mundo se lo ha olvidado bastante. Y, sin embargo, era realmente un movimiento global, tanto por la procedencia de sus participantes como por las resonancias que tenía en otros lugares. En Buenos Aires, por ejemplo, en esos días se hizo una acción en el barrio de La Boca evocando los vínculos entre Génova y Buenos Aires. Era también el momento de florecimiento de los grupos piqueteros. Por eso la conexión entre el 2001 de Buenos Aires y Génova no es en absoluto ociosa. Había muchos puntos de contacto, incluso en las consignas: ‘Otro mundo es posible’ o ‘Un mundo donde quepan todos los mundos’.”
LCV: En Argentina muchas veces pensamos que inventamos todo, pero en realidad había una circulación internacional de ideas y experiencias. En Italia, además, la crisis de los partidos tradicionales y la pérdida de legitimidad de las viejas izquierdas dio lugar a nuevos movimientos. ¿Cómo se relaciona aquella experiencia con las luchas actuales?
Martín Bergel: “En estos 25 años hubo muchos momentos de recuperación de la memoria de Génova. No es la primera vez que se la recuerda. Todos los años, por ejemplo, se recuerda a Carlo Giuliani, cuyo nombre es muy conocido en Italia y también en otros lugares del mundo. En la segunda edición del Foro Social Mundial, en Porto Alegre, el campamento de la juventud se llamó Campamento Intercontinental Carlo Giuliani. Ha habido muchos momentos de rememoración, pero es cierto que, por el contexto político italiano, primero con los gobiernos de Berlusconi y luego con el gobierno de Meloni, esta memoria tendió a quedar soterrada o a ocupar un lugar menor. Y ni hablar del resto del mundo, donde la experiencia quedó bastante evaporada. Sin embargo, en este contexto particular de los 25 años hay un revival general que tiene muchos puntos de contacto con las luchas actuales. En Génova, por ejemplo, fue muy importante la acción de los trabajadores portuarios. También hay movimientos contra el rearme y contra los bloqueos de puertos y trenes. Hay un tejido muy interesante de luchas. En marzo de este año estuve en Roma y participé de una manifestación muy grande del movimiento No Kings. Tiene muchos elementos de contacto con aquella experiencia. Son movilizaciones que, cuando las convoca un partido político, no suelen ser tan multitudinarias, pero en estos casos la gente sale masivamente a la calle, incluso sin saber si habrá represión o no.”
LCV: También llama la atención que en Italia se esté hablando tanto de desindustrialización. Parecía un problema exclusivamente argentino, pero ahora aparece con fuerza en Europa. ¿Qué ves en ese sentido?
Martín Bergel: “Sí, absolutamente. En estos días pude ver varias situaciones de conflictos laborales. En Génova hay una fuerte movilización de trabajadores portuarios. También hay fábricas que están cerrando y trabajadores que ocupan los lugares de trabajo. La desindustrialización es un problema muy importante en Italia y está generando conflictos en distintos lugares. Hay una continuidad entre las luchas de aquel momento y las luchas actuales, aunque naturalmente el contexto es diferente. La memoria de Génova funciona como un punto de referencia para muchas de estas experiencias.”
LCV: Hay algo que también me parece muy importante: en 2001 las redes sociales estaban comenzando y tenían una lógica muy diferente a la actual. Existía Indymedia, por ejemplo, y había una posibilidad de organizar acciones globales de manera horizontal. ¿Qué lugar ocupó esa experiencia?
Martín Bergel: “El año 2001 es fascinante y trágico al mismo tiempo. Es el año de las Torres Gemelas, del 19 y 20 de diciembre en Argentina y también un momento muy importante para la evolución de las redes sociales. En muchos sentidos, las redes de ese momento eran bastante más interesantes que las actuales. El correo electrónico tenía un primer momento revolucionario. Podías enviar un mensaje a diez personas en diez ciudades del mundo y organizar algo conjuntamente para el día siguiente. Las redes sociales no estaban todavía atravesadas por la oligarquización que tienen hoy, donde unas pocas personas concentran el poder sobre las plataformas. Indymedia es un símbolo de ese momento. Había una verdadera fascinación porque existía la idea de que era posible construir una alternativa al poder mediático mundial. Era una red organizada por ciudades, con nodos en Italia, Buenos Aires, Santiago de Chile, distintos lugares de África y muchas otras partes del mundo. Era una verdadera internacional mediática de la contrainformación. También proponía una nueva forma de hacer periodismo, donde la frontera entre el activista y el periodista era mucho más anfibia. Uno de sus lemas era ‘Don’t hate the media, be the media’: no te limites a decir que los medios mienten, sino construí tus propios medios. Había quizás un exceso de optimismo, pero también una enorme creatividad y una convicción de que era posible construir herramientas de comunicación alternativas. Esa experiencia forma parte de la vitalidad que tuvo aquel movimiento.”
LCV: Se nos está terminando el tiempo, pero seguramente vamos a volver a convocarte porque es muy interesante hablar con un historiador que, además, participó de los acontecimientos que analiza.
Martín Bergel: “Para mí fue una de las experiencias más fuertes de mi vida. Estas crónicas que estoy escribiendo tienen un sentido que no es solamente académico. Yo escribo libros y trabajos académicos, pero estas crónicas tienen también una dimensión afectiva. Estoy escribiendo una serie de textos que se titulan Retorno a Génova: memorias de una batalla global. En principio van a ser cuatro crónicas y quizás, si me da el tiempo y la energía, pueda convertirse en un pequeño libro. Hay muchos resortes afectivos en esta historia. Algunos amigos que participaron de aquellas movilizaciones murieron en estos 25 años. También murió recientemente en Roma un activista muy importante, muy conocido. Todo eso forma parte de una memoria personal y colectiva. Las crónicas se publican en la revista mexicana Común, que realizan historiadores, intelectuales y jóvenes profesores con una perspectiva internacional. Me pone muy contento que puedan circular en castellano y que también puedan publicarse en La Columna Vertebral.”
LCV: Sirva esta primera comunicación con Martín Bergel, a quien seguramente volveremos a convocar. Cerramos este espacio recordando Génova 2001 y a Carlo Giuliani, asesinado por la policía durante aquellas jornadas. Porque no se puede disparar a matar contra un joven de 23 años por el simple hecho de que un policía tenga miedo de que pueda arrojarle algo. Nos despedimos hasta la próxima.
LCV
«Autorrepresentación y mitos de la memoria obrera». Charla con el historiador italiano Camillo Robertini
Camillo Robertini es un historiador italiano que tuvo un intercambio universitario en Argentina y eligió para su tesis de doctorado la historia de la Fiat en Argentina. Hijo de una familia de izquierda, llegó al ‘país de las revoluciones’ con una mirada impregnada de imágenes del Cordobazo o el Rosariazo, de puebladas y rebeliones. Comprobó que había cantidad de estudios, ensayos y bibliografía sobre la lucha obrera en nuestro país. Curiosamente, nadie apuntó su mirada hacia aquellos trabajadores que no fueron igual de combativos. Cuyos líderes no eran Tosco, Piccinini ni Ongaro.

Cómo entender lo que pasó en el país si nadie estudiaba a ‘los otros obreros’? Los que no estaban dispuestos a dar sus vidas por la revolución. Eligió la planta de Palomar de la FIAT, cuyos delegados obedecían al vandorismo en los sesenta. Entrevistó a decenas de obreros, consultó archivos estatales, militares, policiales, empresarios, tanto argentinos como italianos, y escribió «Erase una vez la Fiat en Argentina (1964-1980)». Un material imprescindible para comprender el ascenso y caída del desarrollismo, el mito del progreso o del ascenso social. Aquí la versión completa de la charla realizada por Zoom por Laura Giussani C. desde el corazón de Italia, su centro geográfico en Umbria, y el profesor Robertini desde el sur profundo, en Messina.
En tiempos de Reforma Laboral, mientras Patricia Bullrich arenga empresarios para volver a aquellos buenos tiempos en los que cada fábrica negociaba con el sindicato local, y la FIAT Palomar tenía una dirigencia por demás dialoguista, en donde los obreros respondían a la propaganda del buen empresario paternalista que los invitaba a formar parte de una gran familia, que se jubilaba en el mismo establecimiento en el que había obtenido su primer trabajo, mientras la policía provincial realizaba informes sobre posibles organizadores subversivos. En esa planta ‘no combativa’ igual fueron secuestrados 14 obreros. Una entrevista sin prejuicios, que nos ayuda a entender que buena parte de esa clase media argentina, que apoyó el golpe, estaba conformada por obreros e hijos de obreros, también. Muchos de los cuales entraron a formar parte del país pobre y endeudado que los militares dejaron y la democracia no quiso o no pudo revertir. Hoy el 50% de los habitantes no ganan lo suficiente para comprar una canasta básica. Por eso, tenemos que revisar nuestra historia, no apelar sólo a la memoria. Agradecemos a Camilo Robertini por ayudarnos en este recorrido.