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El cadáver exquisito, por Ricardo Ragendorfer
Publicado en Caras y Caretas, enero de 2009
El comienzo de aquel trámite judicial fue fijado para las 8.00 de la mañana del viernes 22 de septiembre de 2000. Por esa razón, la vigilancia en el acceso principal del cementerio privado La Pradera, ubicado en Esteban Echeverría, había sido reforzada; tres custodios uniformados y con cara de pocos amigos estaban apostados en ambos extremos de la barrera que cruzaba el portal, mientras otros dos escrutaban el panorama desde una caseta. Al parecer, tenían orden de ser parcos. Uno de ellos simplemente gruñó una negativa, cuando se le preguntó si ya habían llegado los forenses. Y su compañero aclaró, también con un gruñido, que los periodistas tenían absolutamente vedado el ingreso. Entonces el fotógrafo, que yacía tumbado sobre el asiento trasero del auto, bostezó y volvió a reclinar la cabeza para seguir dormitando. Yo consulte mi reloj; ya eran las 8.15 y el asunto aún no tenía visos de empezar.
Una revista de actualidad nos había enviado allí para cubrir un evento poco gratificante: la necropsia de los restos del cantante Rodrigo para extraer muestras de ADN, en el marco del juicio de filiación por su presunto hijo. En realidad, solo teníamos que apuntar la identidad de los verdaderos invitados a tan macabro festín, sacarles fotos al entrar, otras al salir, arrancarles un breve textual y, finalmente, volver a la redacción. No pude imaginar entonces que en esa mañana el destino se torcería irremediablemente.
II
Tras consultar el reloj por enésima vez, se hicieron las 9.00. Y las novedades no habían sido demasiadas. Sólo había ingresado al cementerio un remis que llevaba a una pareja de ancianos, que obviamente nada tenía que ver con la necropsia. Pero después, otro auto se detuvo delante de la barrera y su único ocupante, un hombre obeso y entrado en años, extendió una credencial y deslizó unas palabras a los guardias, quienes diligentemente levantaron la barrera.
Yo observaba la escena desde nuestro auto, que permanecía estacionado en una calle de tierra. También había un móvil de Crónica TV y un puesto de flores, atendido por una mujer que acomodaba su mercadería sin siquiera mirarnos. Y transcurrieron otros diez minutos sin que pasara absolutamente nada. Hasta que la barrera volvió a levantarse, esta vez para franquear el paso de un viejo Falcon con la pintura cascada, y conducido por un tipo muy flaco, de bigote espeso y rasgos macilentos; junto a él iba un sujeto más joven, de expresión reconcentrada y piel cetrina. Ambos exhibieron a los vigiladores unas hojas que, a la distancia, tenían aspecto de oficio judicial. En ese instante el fotógrafo y yo abrimos las puertas al unísono y saltamos de la cabina para correr hacia el portal del cementerio. Pero fue una iniciativa infructuosa; al llegar, el Falcon ya se había escabullido de nuestro alcance. El fotógrafo, sin embargo, le disparó unas fotos. Lo miré, pensando que se trataba de otra iniciativa infructuosa. Y comencé a caminar hacia el mullido microclima de la cabina del auto. Pero me detuve al oír un bocinazo a mis espaldas.
Provenía de una cuatro por cuatro blanca que aminoró la velocidad al pasar junto a mí. Y de inmediato reconocí la inconfundible silueta del hombre que iba al volante; era nada menos que un viejo conocido mío: el Gordo Pierri, que era abogado de la familia del cuartetero muerto. El tipo me guiñaba un ojo y remató ese mensaje con un leve cabeceo. No lo pensé dos veces y trepé a la camioneta como un pistolero a un blindado.
Pierri entonces me miró de soslayo y frenó unos metros más adelante, a la altura del piquete de seguridad. Los guardias lo reconocieron de inmediato y lo saludaron con un solemne “Buen día, doctor”. Pero uno de ellos preguntó por mí. Y Pierri, respondió
–El señor es uno de mis peritos.
Al decir eso no se le movió un sólo músculo del rostro. Y volvió a mirar de soslayo, ahora con picardía.
Luego nos enteraríamos que los de Crónica TV, al ver que me dejaban pasar, también intentaron ingresar al cementerio, pero los guardias bajaron la barrera, reiterando que “la prensa tenía absolutamente vedada la entrada por orden del juez”
– ¡El que va en el otro coche es un cronista!”- bramó un camarógrafo, con un dejo de furia.
–Está equivocado –lo contuvo uno de los guardias– El caballero que acompaña al doctor es un perito de parte.
En tanto, la cuatro por cuatro avanzaba a paso de procesión hacía el depósito del crematorio, ubicado a casi un kilómetro de la entrada. El paisaje, que carecía de bóvedas y cruces, no parecía el de un camposanto; más bien, tenía el aspecto de un parque escaso de árboles e inmaculadamente pulcro. Las parcelas desiertas se extendían hasta recortarse en el horizonte como un fantasmagórico campo de golf. Y el silencio era perturbador. Pero no solo el del ambiente, sino también el de Pierri, a quien se le había disipado la picardía; bajo aquel cielo inoportunamente primaveral y con algunas gotas de sudor corriéndole por las sienes, el Gordo parecía cocinarse en la salsa de su propio pánico.
– Lo que vamos a ver es escalofriante…- farfulló, de pronto, sin apartar los ojos del camino.
No respondí de inmediato. Pero sospeché que me había invitado a su vehículo precisamente para no ir solo a una ceremonia tan espeluznante. A mí, en cambio, me envolvía una emoción no menos compleja. Recién ahora tomaba conciencia del espectáculo que nos esperaba. Y me sacudió un escalofrío, pero ya era tarde para volver atrás. Aunque tampoco me hubiera hecho feliz hacerlo, porque sabía que ese viaje al horror contenía un desafío mío. Finalmente dije:
–Si me banco ésta, de acá en más no me como ninguna.
Y la frase sonó como una declaración de guerra.
También recordé una vieja historia protagonizada por Gustavo Germán González, el mítico cronista policial del diario Crítica. En 1925, disfrazado de plomero, se metió en la morgue y develó para el gran público la verdad de un crimen que en esos días conmovía a todos: el del concejal radical Carlos Ray, que supuestamente murió víctima de un asalto, mientras los investigadores creían que quizás había sido envenenado y que luego le dispararon un balazo para fraguar la causa de la muerte, en el marco de un drama amoroso. En la misma tarde de esa autopsia, Crítica salió a la calle revelando el enigma con un explosivo titular: “No hay cianuro”. Ese titular se repitió muchas veces y hasta se puso de moda un tango con dicho nombre. Lo que nunca se repitió desde entonces, pensé, fue la presencia de otro cronista infiltrado en un acto de esa naturaleza. Hasta hoy.
En eso seguía pensando cuando la camioneta se detuvo en el camino lindante a una construcción que parecía una capilla, sólo que en vez de campanario tenía una chimenea. Era el crematorio.
III
El recibidor era amplio y tenía forma hexagonal. Había casi una docena de personas agrupadas en pequeñas tertulias. Entre ellos, dos genetistas, algunos peritos, los abogados que patrocinan al presunto hijo del ídolo y la abuela materna. También estaba el hombre macilento que había llegado a bordo del Falcón. Y su acompañante. Ahora lucían batas de cirugía con mascarillas de oxígeno colgadas del cuello. Eran los forenses. Y comenzaron a pasar revista al instrumental, que incluía dos serruchos. Junto a ellos estaba el gordinflón canoso que al entrar había exhibido una credencial; se trataba del juez Ricardo Sangiorgi, quien tenía a su cargo la causa por la filiación.
– ¿Quién es usted? – me preguntó.
– Perito de parte –contesté, sin mirarle a los ojos.
El gerente del cementerio, envuelto en un impecable traje negro y con el pelo teñido de rubio, pululaba entre la gente como un maestro de ceremonias. A Pierri lo saludó con familiaridad y, tal vez para romper el hielo, se permitió una humorada:
–En un rato llega el servicio de catering.
Poco después entraron tres tipos de aspecto torvo, empuñando martillos y barretas. Y se encaminaron hacia el ataúd de quien en vida fuera Rodrigo Alejandro Bueno, que estaba en un contenedor de fibra de vidrio, depositado en una habitación contigua. Hacia allí convergieron todas las miradas.
El gerente, precavido, había llevado barbijos empapados en vinagre aromático y los distribuyó entre los presentes. Luego profirió una revelación desencarnada:
–El cajón es recuperado…
– ¿Como, recuperado? –quiso saber alguien.
– Si…de segunda mano, o sea, usado. Y los de la funeraria lo cobraron por nuevo –aclaró, enarcando piadosamente las cejas
Entonces se produjo un silencio.
Dentro del ataúd propiamente dicho había otro de metal, cerrado a presión. Los tres hombres comenzaron a martillar para abrirlo. Y, como las válvulas estaban obstruidas, al quedar la tapa separada del resto se dispararon de golpe los gases cadavéricos, ahuyentando a la concurrencia en diferentes direcciones.
Minutos después, el Gordo Pierri extendió hacia mí una pequeña cámara, y, dijo:
– ¿Sacarías unas fotos para el peritaje?
No hubo modo de negarme. Con los ojos cerrados y la respiración contenida, corrí hacia el féretro, sin poder evitar estrellarme contra ese olor espantoso e insondable. Y ya a pocos centímetros del cuerpo, abrí los ojos para oprimir tres veces el disparador. La expresión facial del finado, atiborrada en formol, conservaba sus rasgos, aunque tenía un color entre azulado y verdoso. Y estaba encogido por la deshidratación. Por último observé que le faltaba un ojo. Entonces aparté la mirada y corrí hacia la salida.
Luego entraron los forenses con sus serruchos. Y se escucharon unas arcadas. Entonces llegaron a la conclusión de que la necropsia no se podía hacer en ese ambiente cerrado y, tras unos cabildeos, el cajón fue llevado a cielo abierto. En ese instante Pierri vio de refilón al muerto. Y palideció, llevándose la mano a la boca. Tuvo que ser retirado.
El trabajo de los forenses se prolongó durante más de una hora. El resto de los presentes intercambiaba opiniones y observaba desde una distancia prudencial como iban cortando partes del cuerpo -un pedazo de fémur, huesos de los dos brazos y seis piezas dentales-, que fueron siendo introducidas en frascos de vidrio y catalogadas. Finalmente se vio como volvían a acomodar las extremidades dentro del ataúd. Al ver eso, la abuela del presunto hijo del ídolo, musitó:
–El nene tiene las manitas como las del padre…
Y rompió en llanto.
Aquel viernes llegué a mi casa poco antes del mediodía. Aún tenía impregnada en la ropa el olor de aquella experiencia. Me desvestí para arrojar las prendas en un balde de agua y, durante más de una hora, permanecí bajo la ducha. Al salir del baño, la mesa ya estaba preparada y mi mujer repartía dos porciones de matambre casero con ensalada rusa.
Ese día no almorcé.
(Título original: El cadáver de Rodrigo)
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San Martín: últimas clases de un maestro, por Oscar Taffetani
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Carta desde el País del Nomeacuerdo, por Hernán López Echagüe
Publicado en la revista Humor, diciembre de 1990
Che, me olvidaba de algo. Hubo una época en que las personas se pusieron a desaparecer, de pronto, de la noche a la mañana. Sin pausa. Cientos y cientos de personas de toda edad que se ponían a no estar nunca más. Y los ojos de los vecinos no percibían nada. Y las bocas de los vecinos parecían bocas sin fundamento, o quizá con fundamento no más que para abrirlas y tragar fideos italianos, galletas alemanas, quesos franceses. ¡Vinos de Portugal por dos mangos! Había mazapán en las venas. ¿Te acordás? ¿Te acordás del general Acdel Edgardo Vilas? Decía el tipo: “Los mayores éxitos los conseguimos entre las dos y las cinco de la mañana, la hora en que el subversivo duerme (…) Yo respaldo incluso los excesos de mis hombres si el resultado es importante para nuestro objetivo”. ¿Te acordás? ¿No? Pero quizá te acuerdes del general Ibérico Saint-Jean que, entre otras cosas, se hizo famoso por su frase: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos”. O del general Jorge Rafael Videla: “En la Argentina morirán todos los que sean necesarios para acabar con la subversión”. Años más tarde, ya en democracia, al amparo del indulto que le había obsequiado Menem y en tanto se mojaba el garguero con whisky importado durante una cena de camaradería, Videla celebró la matanza, y, con aires de asesino ocurrente, soltó: “La sociedad argentina tendría que habernos pagado por los servicios prestados”.
Luego, a partir de diciembre de 1983, la historia incontrastable del exterminio selectivo que habían tramado los militares con toda meticulosidad cobró vida a partir de relatos de toda naturaleza: jurídico, periodístico, novelesco, televisivo, cinematográfico. Supongo que te acordarás de La historia oficial, también del Nunca más, y, desde luego, del histórico juicio a las Juntas. Fueron años de dolorosas e interminables reconstrucciones. Que a Esteban se lo llevaron de su lugar de trabajo una tarde, a los golpes; que a Cristina, que estaba embarazada, la sorprendieron en la calle, la ocultaron en alguna catacumba, la asistieron en el parto, le robaron el hijo y después la asesinaron; en la casa de Jon, que de la vida no esperaba más que recibirse de ingeniero, casarse y tener un par de hijos, el grupo de Tareas se instaló a lo largo de una semana… Y ya no están, nunca más volverán a estar.
A partir de diciembre de 1983 el dolor se transformó en cifras: más de cuatro mil desaparecidos en 1976; trescientos cuarenta y dos por mes; once cada día. Más de tres mil en 1977; doscientos treinta y ocho por día… Cifras y más cifras. Contados cuerpos. Personas que nunca jamás volvieron a aparecer. Y ahora los ojos han vuelto a cerrarse, los oídos a enlodarse, las bocas a callar.
En fin, no era mi propósito amargarte. Pero el País del Nomeacuerdo es hoy una realidad ineluctable.
Otro abrazo.
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ARCHIVO/»Modigliani: Los paisajes del alma», por Oscar Taffetani
Con Johnny Depp todavía de visita por nuestro país en donde presentó este martes su filme ‘Modigliani, tres días en Montparnasse’, que se estrenará el próximo jueves en los cines de Argentina, rescatamos del archivo de Oscar Taffetani esta hermosa nota que retrata la vida del gran pintor italiano. Publicada en la revista Nueva, en 1994.

El artista bohemio, ése que pasaba las noches en los cafetines con mujeres de mala vida, ése que cambiaba obras geniales por copas de vino; el que conquistó la gloria exactamente un minuto después de su muerte, ése era Modigliani. Vivió apenas 36 años. Si descontamos la niñez y adolescencia en Liorna -el puerto donde nació, un 12 de julio de 1884-, los viajes por la costa mediterránea (tratando de curar su tuberculosis) y el tiempo de aprendizaje y definición del estilo, nos quedan siete años, siete intensos y borrascosos años de creación plástica, los suficientes para incluirlo en la galería de los maestros del siglo XX. Jamás pintó un paisaje urbano, como ésos que vendía por docenas su compañero de borracheras Maurice Utrillo. Jamás pintó un cielo tormentoso, un trigal y un sendero con cipreses (eso lo había hecho, a la perfección, el maestro Van Gogh).
A Modigliani le interesaban los retratos, los paisajes del alma. A veces, los pintaba por encargo, para poder comprar óleos y bastidores, o para pagar la pieza de pensión. Otras -y eran las más- posaba su mirada en los humildes, en los ignorados: una florista, una gitana, un obrero aprendiz, una prostituta, un niño de la calle.
Pintaba de memoria. Hacía los bocetos desde un modelo, pero luego, al enfrentar la tela, sólo pensaba en la línea, en la composición y el color. Los retratos de Modigliani no son fotográficos, no son objetivos. Representan la mirada -casi siempre triste, melancólica- del artista sobre la vida. Son retratos del alma, sí. De su propia alma, desnuda.
Cuando Dedo (como lo llamaba su madre) o Modí (como lo bautizaron después) llegó a París, tenía veintidós abriles y un bagaje particular. ¿Plata? Poca. La suficiente como para alquilar un studio -especie de buhardilla con mucha luz y sin baño- en la rue Cailaincourt, corazón del barrio de Montmartre. ¿Ropa? La indispensable, incluidos un par de trajes de pana y un sombrero de ésos que dan que hablar.
¿Familia? Ninguna, aunque su madre siempre hablaba de unos tíos de Marsella, los Garsin, librepensadores y políglotas judíos, descendientes del filósofo Baruch Spinoza. ¿Lecturas? Muchas y buenas. Mamá lo había paseado por los clásicos y Dedo, por sí mismo, había hecho amistad (a la distancia) con Percy Shelley, Oscar Wilde, Paul Verlaine, Giacomo Leopardi y Gabriele d’Annunzio. Recordaba de memoria miles de versos, en el idioma original.
¿Estudios? Había abandonado el Liceo de Liorna, a causa de un ataque de tifus, pero tenía una respetable formación pictórica obtenida en la academia de De Micheli (Liorna) y las escuelas de Bellas Artes de Florencia (1902) y Venecia (1903).
Ahora le faltaba conocer a los maestros impresionistas y, sobre todo, a esos locos sin pasaporte, emigrados a Francia, que estaban echando las bases de la Escuela de París.Cerca del studio de Modí se alzaba el Bateau Lavoir («Barco Lavadero»), una olorosa barraca de madera donde solían juntarse Pablo Picasso, Juan Gris, Diego Rivera, Tsugouharu Foujita, Kees Van Dongen y otros ilustres desconocidos que ansiaban brillar en la Ciudad Luz.
«El amigo Emilio» y el «Lapin-Agile», en Montmartre, y los cafés de La Rotonda o del Dôme, en Montparnasse, eran las paradas obligatorias de los artistas bohemios. Allí conoció Modigliani -copas de vino o ajenjo mediante- a Henri Matisse, Maurice Utrillo, Max Jacob, Florent Fels. También alternó con mujeres de la noche, con truhanes y bebedores que muy pronto pasaron al lienzo o al papel, convertidos en material de trabajo de un ignoto pintor italiano.
MECENAS ERAN AQUÉLLOS
«Modigliani fascinaba desde el primer instante. Había una cierta bizarría en su apostura y tenía un modo leal de estrechar la mano. El querer vivir de su propio arte, cuando nadie se interesaba en su obra, lo condenaba a la miseria. Y más siendo como era: generoso y poco previsor…» Ése es el retrato que Paul Alexandre, médico dermatólogo que frecuentaba los cafés de Montmartre, hace del primer Modigliani. Lo conoció en 1907, y lo ayudó de muchas maneras a sobrevivir, alojándolo en su casa, rentándole un atelier, presentándole artistas y marchands, comprándole bocetos, dibujos, esculturas y pinturas a quien era poco más que un estudiante, ávido de aventuras y experiencias.Gracias a Paul, Modigliani conoció al escultor rumano Constantin Brancusi, quien le abrió las ventanas a una nueva percepción y concepción de la pintura. Con la ayuda de Brancusi pudo «leer» la revolución constructivista de Cézanne y también desprenderse del lastre realista heredado de las academias de Bellas Artes.
Otro encuentro importante para Modí fue con el arte negro. En aquel tiempo circulaban por París algunas colecciones de esculturas africanas llevadas por los comerciantes de la Costa del Marfil. Para Picasso -quien ya formaba parte del movimiento cubista-, aquellas máscaras y estatuillas constituían la ruptura total con el naturalismo pictórico (que expresaría en obras como Las señoritas de Avignon). Para Modigliani, aquel arte negro milenario era mucho más (si bien gastaría tiempo y pinceles hasta demostrarlo).
En «La judía», «Retrato de Constantin Brancusi» y «El violoncelista» -telas que pudo exponer en distintos Salones de Otoño de la Sociedad de Artistas Independientes-, se advierte la influencia de Paul Cézanne. En las primeras esculturas, se percibe el parentesco con las cabezas de Gabón y Benín. Podría decirse que la colección Alexandre da cuenta, minuciosamente, de aquel aprendizaje de Modigliani. De lo que no da cuenta (tal vez porque el artista no quiso) es del hambre, el frío y la soledad (interrumpida por la breve compañía de una cocotte). Al tabaco, el vino y el ajenjo de los bodegones se le sumó el haschisch (llevado desde el Africa, como las esculturas). Todos juntos, produjeron un muchacho flaco y pálido, alucinado, que regresó a Italia buscando el regazo de su madre.
LA SEGUNDA ES LA VENCIDA
En 1909, Amadeo Modigliani era un joven escultor que vivía en Liorna y viajaba periódicamente a Carrara en busca de bloques de mármol… En 1910, ya era otra vez un artista bohemio de París, asiduo concurrente de salones y bodegones. Sin embargo, algo había cambiado: Modí comenzaba a desarrollar su manera de ver el mundo. «La gran revelación del arte de Modigliani -escribió el crítico Jean Cassou- es el estilo. Un gracioso arabesco, un color delicadamente cálido, una emoción exquisita…El tema del cuadro se lee inmediatamente en el dibujo, cuyas inflexiones, muy sensibles, traducen hasta los más sutiles matices del sentimiento del artista».
Así como Fernando Botero -salvando las distancias- es reconocible en todo el mundo por sus «gordos» y «gordas», el maestro Modigliani es identificado, a primera vista, por el deliberado «estiramiento» (elongación) de cuerpos y rostros.Cuellos largos y caras ovaladas con ojos almendrados; una paleta sobria, de colores poco resonantes (ocres, tierras, grises, rojos, verdes, blancos, azules apagados, negros profundos); fondos sobre los que se destaca el personaje, contorneado por un solo trazo, armónico. Todo eso identificaba -e identifica- un Modí.Los años que pasaron hasta el estallido de la Gran Guerra fueron prolíficos. Siete esculturas presentadas en el Salón de Otoño de 1912 causaron revuelo y apasionadas discusiones. En eso, Modí se parecía a sus amigos cubistas, fauvistas, futuristas y dadá surgidos del Bateau Lavoir.Si 1914 -especialmente, después de Sarajevo- fue importante para el mundo, lo fue más para Modigliani: conoció a la poetisa inglesa Beatriz Hastings, con quien convivió en Montmartre un par de años; conoció al marhand Paul Guillaume, quien le compró varias de sus telas; y, por último, conoció al joven poeta polaco Leopold Zborowski.Todos fueron retratados, varias veces, o sirvieron de modelos para otras obras. Para ganar fuerza y expresión, Modí borraba los fondos, los objetos accesorios, cualquier cosa que distrajera al espectador del rostro o la mirada del personaje.
La escultura lo marcó para siempre. Algunas figuras quieren tener volumen, son tratadas como materia detenida en el instante, en un gesto. Hasta los ojos son escultóricos: sólo una sombra -y a veces ni eso- en el lugar de las pupilas.En el arte y el amor, la vida le sonreía. En los otros aspectos le hacía una mueca, persistente, de dolor.
EL LENTO CAMINO A PERE LACHAISE
Zborowski y su mujer representaron, en la segunda parte del drama, el papel que antes había cumplido el doctor Alexandre. Leopold tenía 17 años cuando conoció a Modí. Vio en él la llama del genio, creyó en su arte y sacrificó sus ahorros por conseguir que llegara a las galerías y el gran público.En 1917, Modí se enamoró de Jeanne Hébuterne, alumna de la Escuela de Arte Decorativo. Cuando ella quedó embarazada fueron a compartir sueños y miserias al studio de Montparnasse (una gran habitación, en el mismo departamento que alquilaban los Zborowski).Tanto Jeanne como los amigos polacos procuraron que bebiera menos, que se alimentara mejor y oxigenara sus pulmones (llegaron a pagarle unos meses de descanso en la Costa Azul). Pero Modí no cambiaba por nada del mundo el humo de los cabarets.»Recitaba fragmentos de la Divina Comedia -escribió Arthur Pfannstiel- como si estuviera viviendo en ese más allá fantástico o, lleno de nostalgia y alegría, cantaba a su patria y a su ciudad natal, en la que aún vivía su madre: Livorno! / Rondini e strida / del Mediterraneo…»»Una mañana de invierno -contó Maurice de Vlaminck, otro amigo- sobre el refugio del boulevard Raspail, fiero y altivo, miraba desfilar los taxis con la actitud de un general en los grandes desfiles. Una brisa glacial mordía la piel. En cuanto me vio, vino hacia mí y con toda simplicidad, como si para él fuese algo superfluo, me dijo: Te vendo mi sobretodo, es demasiado grande para mí; a ti te quedará muy bien…»Zborowski, mientras tanto, luchaba por la obra. En 1917 consiguió hacer una muestra individual de Modigliani en la galería de Berta Weill. ¡La primera!…El día de la inauguración, la policía retiró los cuadros de desnudos, juzgándolos ofensivos a la moral. Fracaso completo.Con un bebé a cuestas (llamada Jeanne, como la madre) y otro en camino, los Modí le peleaban las últimas batallas al destino. Finalmente, en el otoño de 1919, una puerta se abrió: la galería Hill de Londres expuso los desnudos y retratos, con éxito de crítica y público. Zborowski colocó unos primeros cuadros y embolsó unas primeras libras esterlinas para la famélica cofradía de París. Tanto se alegraron los Modí de aquel pequeño éxito, que alquilaron un estudio en la rue de la Grande-Chaumière y comenzaron a planear el retorno a Italia, cuando naciera su segundo hijo. En ese momento, cuando menos lo esperaban, llegó la muerte.El 22 de enero de 1920, por una súbita nefritis, Amadeo debió ser internado en el hospital. El cuadro clínico, como era de prever, se complicó por la tuberculosis. Dos días después falleció, balbuceando en sueños “Cara, cara Italia.. ”.
La familia Hébuterne no pudo ocultarle a Jeanne -refugiada en su casa- la muerte de su amado Modí. Desconsolada, la joven se arrojó a la calle desde el quinto piso.Un raro cortejo de artistas, poetas y mujeres de la noche acompañó al gran Modí hasta el cementerio de Père Lachaise, en el barrio que tanto amaba. Jeanne, por inhumana decisión de su familia (que no permitió que fuera enterrada al lado de un judío) tuvo que esperar hasta 1928 para reunirse con él. Cerca de Abelardo y Eloísa (otros dos trágicos amantes, del siglo XI) y de la tumba del rockero Jim Morrison, cubierta de graffiti, en Père Lachaise, descansan el pintor bohemio y su amante.
Hay quien se acuerda y les pone una flor. Y hay muchos más que, a la distancia, escuchan las voces que surgen de los retratos, esa música del alma. Para ellos -para todos nosotros- Modí pintó y amó.