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La democracia ha muerto. Viva la Democracia, por Laura Giussani Constenla
“Muy buenas tardes, mis queridos planetarios. Qué manera de empezar un año nuevo, ¿no? Es como si todo el mundo se hubiese puesto de acuerdo para dejarnos bien en claro de qué se trataba el 2026.
Acá, particularmente, está lloviendo desde hace una semana más o menos: una lluvia fuerte, intensa, que parece casi el diluvio universal. Así que esta sensación de fin del mundo, de Apocalipsis, es todavía mayor.
Hubo tantas noticias que la primera que voy a mencionar es una que no quedó en el olvido, pero fue la primera que recibimos en Italia el 1° de enero del 2026: un hecho tipo Cromañón. Muy parecido. Uno veía las imágenes y realmente no lo podía creer de lo parecido que era. Una pista de esquí transformada en boliche, en una de las tradicionales estaciones de esquí de Suiza. El boliche se incendiaba por una bengala que prendía fuego todo el techo y morían más de cuarenta chicos de alrededor de 16 años. Entre ellos había once o quince italianos y más de cien heridos, algunos de gravedad.
Eso fue lo primero que apareció en el horizonte. Pero después, ese mismo 1° de enero, iban apareciendo otras noticias. Por ejemplo, lo de la tregua, la paz y las negociaciones entre Rusia y Ucrania, que por lo visto no funcionaban, porque ni siquiera pararon ese día: los rusos bombardearon la ciudad de Jersón y mataron a 27 personas.
Ese mismo jueves, Netanyahu anunció que retiraba a 37 ONGs de Gaza, entre ellas algunas muy respetadas y reconocidas como Médicos Sin Fronteras y Cáritas, que quedaban fuera tanto de Gaza como de Cisjordania, de los territorios ocupados. Todo esto ocurrió el 1° de enero.
Hasta que llegó el 3 de enero, cuando nos despertamos ese sábado con las imágenes de los bombardeos en Caracas. Por supuesto, imagino que todos creímos al principio que era fake, que eso no podía estar pasando, y sin embargo estaba pasando. Dicen que Trump quería hacerlo el 1° de enero, pero tuvo algunos problemas, quizá con el clima, y se postergó hasta el 3.
Hoy pasé todo el día escuchando radio y viendo televisión, porque con este diluvio universal no puedo salir, y noto una sensación muy particular, sobre todo en los oyentes de radio. Ya no es exactamente la misma indignación que provocó el genocidio en Gaza, que generó marchas multitudinarias, denuncias y protestas. Lo de Venezuela provocó miedo en Europa.
Ver que Trump se permitía no solo bombardear un país, sino también secuestrar a su presidente de la manera en que lo hizo, produjo una sensación de que ya está todo perdido, de que no hay más derecho internacional y de que pueden hacer cualquier cosa.
Creo que siempre hay que tratar de ver no solo la violación del derecho internacional —tan evidente que casi no hace falta mencionarla— sino cuál es la ideología que está detrás de esta invasión a Venezuela, dejando de lado si a uno le gusta o no Maduro, algo que en este momento no tiene la menor importancia.
En La Columna Vertebral publicamos el sábado un informe, terminado a las apuradas, sobre el secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Brian Hegseth, un tipo joven, de buena presencia, de 45 años, ex veterano de guerra de Afganistán e Irak, que también operó en Guantánamo y luego se dedicó a la televisión. Parece que hoy nadie puede hacer política sin haber pasado antes por la TV. Escribió cinco libros, en los que explica claramente su ideología.
Uno de esos libros se llama La cruzada americana. Para él, estamos viviendo una cruzada. Allí escribe: ‘La pregunta clave de nuestra generación, tras las guerras de Irak y Afganistán, es mucho más complicada: ¿qué haces si tu enemigo no respeta las Convenciones de Ginebra? Nunca obtuvimos una respuesta, solo más guerras, más bajas y ninguna victoria. ¿No sería eso un incentivo para que la otra parte reconsiderara su barbarie? Al Qaeda, si se rinden, podríamos perdonarles la vida; si no, les arrancaremos los brazos y se los daremos de comer a los cerdos. ¿No nos conviene más ganar nuestras guerras según nuestras propias reglas?’. Y también dice: ‘¿A quién le importa lo que piensen otros países?’. Esto lo escribió en 2020, así que no podemos decir que no sabíamos.
Lo grave no es solo que se violen las leyes internacionales. Uno podría decir que las leyes están perimidas, que pasaron muchos años y que quizás haya que cambiarlas. Pero acá no se trata solo de eso. Esto se parece mucho más a la invasión de Hitler a Polonia. La ideología que está detrás de esta invasión es de terror.
Creo que esto lo ha entendido al menos el pueblo italiano, no así sus representantes. Giorgia Meloni dijo que estaba en contra de la violación del derecho internacional, pero puso un ‘pero’: sostuvo que cualquier intervención podría ser legítima si se tratara de una intervención defensiva contra ataques híbridos. ¿Qué serán los ataques híbridos? No lo sé.
El resto de los presidentes europeos también fue ambiguo. Macron ni siquiera mencionó la invasión de Trump; se limitó a celebrar que los venezolanos se hubieran deshecho del ‘dictador Maduro’. En Alemania, Merz dijo que la situación es muy compleja y requiere una cuidadosa consideración. La representante de la Unión Europea, Kaja Kallas, pidió calma y moderación de todas las partes.
El único que tuvo una postura más clara fue Pedro Sánchez, en España, quien dijo: ‘Así como no reconocimos a Maduro, no reconoceremos la violación del derecho internacional por parte de Trump’. Orbán, en Hungría, como siempre, no tuvo pelos en la lengua y dijo que la operación de Trump había sido brillante.
Así empezamos el 2026. Hoy escuché el miedo en oyentes, periodistas y comentaristas no oficialistas. Los oficialistas, en Italia, están más bien apoyando la intervención. El miedo se instaló porque este mismo secretario de Defensa estuvo en la conferencia de prensa posterior al ataque y dijo que lo que quería que se reconociera en el mundo era que el presidente Trump habla en serio, que lo que dice lo hace.
Y hay que recordar que Trump también dijo que necesita Groenlandia, que es un territorio europeo dependiente de Dinamarca. La idea de que esto abra la puerta a una invasión a Groenlandia, es decir, a Europa, y luego quién sabe a dónde más —Colombia, México— es aterradora.
Por otro lado, leo en redes sociales un negacionismo extraño. Se repite mucho la frase de que Trump ‘se tiró un tiro en el pie’, como si todo esto le fuera a salir mal. No sé quién va a salir a frenarlo. Europa no lo hará. El pueblo venezolano está aterrorizado, incluso más que el europeo.
Creo que hay que tomarse las cosas más en serio. Veo mucho chusmerío, mucho análisis superficial. Hay que prestar atención al miedo, porque el miedo tiene fundamentos y no podemos refugiarnos en explicaciones banales.
Vivimos un tiempo muy difícil. Cuando el mundo parece quedarse sin reglas, sin leyes, cuando la democracia demuestra que no da de comer ni cura, cuando todo parece caerse, es cuando tenemos que poner la fuerza en levantarlo. Yo, que no soy una amante de la democracia tal como está hoy, siento que es momento de decir: la democracia ha muerto, viva la democracia.
No podemos mirar para otro lado. Veremos qué pasa. Lo veo todo muy difícil con los representantes políticos actuales, sobre todo en Europa. En América Latina no veo fuerzas capaces de oponerse, y tampoco queremos la intervención de Rusia o China, porque eso podría derivar en un conflicto nuclear.
Quizás la única esperanza sea el propio pueblo norteamericano, que está muy preocupado por un gobierno espantoso y por verse involucrado en tantas guerras. Ojalá por ese lado se consiga algo.
Europa tiene que revisar su posición. Pensé que América Latina siempre fue el patio trasero de Estados Unidos, pero Europa era el jardín. La casa, sin embargo, siempre fue de Estados Unidos. Ahora el jardín también está siendo pisoteado.
Como escribió este mismo secretario de Defensa en La cruzada americana, la OTAN es obsoleta, impotente y pagada por Estados Unidos. Esto lo decía en 2020. Discúlpenme si me extendí, pero son muchas cosas de las que hay que hablar.
El riesgo ya no es solo para el patio trasero. También es para el jardín de enfrente. La democracia ha muerto. Viva la democracia.”
Internacionales
Miguel Mellino: «El racismo es estructural al capitalismo»
Ya que el racismo parece haberse ‘puesto de moda’, recibimos en el Planeta Giussani, a Miguel Mellino, Profesor de Estudios post coloniales y relaciones interétnicas en la Universidad L’Orientale de Napoli, para intentar comprender el significado de un término que desde su propio origen es equivocado. «El concepto de raza nació junto a la Conquista de América para denominar a los nativos. Su falta de justificativo científico ya ha sido comprobado». Según Mellino, la conquista de América fue el verdadero envión inicial del Capitalismo moderno.
Como no podía se de otro modo, la conversación estuvo atravesada por la tragedia de Ceuta. La encrucijada europea frente a la migración, la estampida de marroquíes, el discurso ambivalente del presidente Sánchez frente al aprovechamiento de la ultraderecha más rancia de Europa. El falaz debate sobre el racismo argentino luego del mundial.
La crisis social de Ceuta, en la que ya se cuentan más de ochenta muertos al intentar abandonar Marruecos para saltar la frontera española que queda como resabio colonial en el norte de África se está convirtiendo en un ejemplo de cómo se manejan los países poderosos con el tema migración. Un artículo de Osservatorio Repressione expresa sin ambigüedades las lecciones de Ceuta:
«Ochenta y cuatro muertos deberían ser suficientes para poner en discusión cualquier sistema político. Debería abrir un debate sobre la legitimidad de las políticas que produjeron esta tragedia, interpelar las conciencias, obligar a gobiernos e instituciones a preguntarse si el precio pagado en vidas humanas sea compatible con los principios que declaran defender. Sin embargo, después de las jornadas de Ceuta, el enfrentamiento público europeo siguió un camino completamente distinto. Los cueros sin vida recuperados en ese fragmento de mar que separa Marruecos del enclave español desaparecieron rápidamente del horizonte de la discusión, y fueron substituidos por un lenguaje ya familiar: invasión, defensa de los confines, traficantes, seguridad, control de las fronteras, integridad territorial. Una vez más, las víctimas salieron de escena, mientras el lenguaje del miedo se convirtió en protagonista absoluto.»
Aquí, la entrevista completa con el Prof. Miguel Melillo para quien el racismo no es una cuestión personal, ni subjetiva, corresponde a las necesidades del sistema, es estructural y ningún país que haya tenido un origen colonial y un desenlace capitalista puede sustraerse de sus consecuencias. Ni Argentina, ni España.
https://www.youtube.com/watch?v=nCLZm-UhWfc
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Destacada
Martín Bergel: “Génova 2001 fue una batalla global y una experiencia de enorme vitalidad política”
A 25 años de las jornadas de protesta contra la cumbre del G8 en Génova, el historiador Martín Bergel reconstruyó aquel episodio que marcó al movimiento altermundialista y que terminó con una feroz represión policial. En diálogo con Laura Giussani Constenla para La Columna Vertebral, Bergel recordó su participación en aquellas movilizaciones, analizó la vigencia de sus consignas y reflexionó sobre los vínculos entre Génova 2001, la crisis argentina de diciembre de ese año y las luchas sociales actuales.
En julio de 2001, mientras en Argentina comenzaba a gestarse la crisis que terminaría con el estallido del 19 y 20 de diciembre, en la ciudad italiana de Génova se desarrollaba una de las mayores movilizaciones del movimiento altermundialista. Más de 300.000 personas llegaron desde distintos países para protestar contra la cumbre del G8, en un contexto de fuerte crecimiento de los movimientos sociales que cuestionaban el orden neoliberal.
La respuesta del Estado italiano fue una represión brutal. El asesinato de Carlo Giuliani, las detenciones masivas y las torturas sufridas por cientos de manifestantes en la escuela Díaz y en la cárcel de Bolzaneto quedaron como una de las páginas más oscuras de la historia reciente italiana.
A 25 años de aquellos acontecimientos, el historiador e investigador del CONICET Martín Bergel, quien participó de las movilizaciones de Génova, volvió a reconstruir aquella experiencia a través de una serie de crónicas tituladas Retorno a Génova: memorias de una batalla global. En diálogo con Laura Giussani Constenla, repasó el contexto político de la protesta, la diversidad de movimientos que confluyeron en las calles y la vigencia de aquellas luchas en un presente atravesado nuevamente por la movilización social.
LCV: Martín, contanos brevemente qué ocurrió en Génova en el año 2001.
Martín Bergel: “En julio de 2001, en pleno verano europeo, se reunía en Génova el G8, el grupo de los ocho países más poderosos del mundo. Eran reuniones que se realizaban periódicamente y en las que se discutían cuestiones muy importantes para todos nosotros, en cualquier rincón del mundo. En ese momento se había producido un movimiento, mal llamado movimiento antiglobalización, que en Italia era conocido como movimiento no global o movimiento de movimientos, por la cantidad de organizaciones que lo integraban. Ese movimiento buscaba señalar que en esos cónclaves se estaban decidiendo cuestiones que afectaban a las poblaciones de todo el mundo y que, la mayoría de las veces, no iban en un sentido favorable para ellas. Desde algunos años antes, y particularmente desde la cumbre de la Organización Mundial del Comercio en Seattle, en noviembre de 1999, se había comenzado a organizar una gran galaxia de grupos y movimientos. Allí se produjo una victoria popular porque la reunión fracasó, y eso dio un enorme impulso a ese movimiento. Génova 2001 se inserta en ese contexto, entre Seattle y otras contracumbres que se fueron desarrollando en distintos lugares del mundo. En Buenos Aires, por ejemplo, hubo una movilización contra el ALCA en marzo de 2001. Génova llegó además en un contexto nacional italiano muy cargado, con movimientos sociales importantes de distintas tradiciones de izquierda. Había centros sociales autónomos, movimientos de los llamados desobedientes y una enorme diversidad de organizaciones. También estaba el contexto del gobierno de Berlusconi, que había asumido poco tiempo antes. Todo eso generó un verdadero escenario de una ciudad militarizada para proteger a los poderosos de la tierra de las manifestaciones. Las manifestaciones fueron gigantescas. Se calcula que participaron alrededor de 300.000 personas de toda Italia y de muchos otros países del mundo. Yo fui uno de esos miles de manifestantes. También hubo varios argentinos, como Hebe de Bonafini y Nora Cortiñas, además de muchísimas otras personas. Había un componente italiano muy importante, pero también sindicatos griegos, movimientos sociales españoles, grupos de Alemania e Inglaterra y distintas tradiciones políticas y sociales. Participaban movimientos cristianos progresistas, organizaciones pacifistas y una enorme cantidad de sensibilidades políticas. Fueron jornadas sumamente intensas y emotivas, pero con un saldo trágico. La cantidad de policías y de servicios especiales que llegaron desde toda Italia fue enorme. Era una cita en la que, de alguna manera, se venía preparando una batalla que finalmente se consumó en las calles.”
LCV: Una de las cosas que más impresionan al revisar los testimonios es cómo una manifestación gigantesca terminó siendo desvirtuada. Apareció el Black Bloc, comenzaron los rumores y la policía terminó realizando una verdadera cacería sobre toda la manifestación. Hubo detenidos en la escuela Díaz y en Bolzaneto, y organizaciones como Amnistía Internacional han señalado que fue una de las peores represiones ocurridas en Italia desde los años 70. Sin embargo, parece haber quedado una sensación de que quienes participaron hicieron algo mal. Incluso la consigna de las movilizaciones actuales es “Senza rimorso”, sin remordimiento. ¿Cómo explicás ese fenómeno?
Martín Bergel: “Hay varias cosas para señalar. En primer lugar, el escenario de represión se montó antes de la actuación del Black Bloc. Efectivamente, hubo mucho debate sobre su accionar. Era una tendencia que tenía un conjunto de prácticas que muchos otros manifestantes no compartíamos. Su lema era ‘Smash capitalism’, golpear al capitalismo, y entre sus prácticas estaba, por ejemplo, atacar bancos. Pero muchos otros manifestantes defendíamos la idea de la pluralidad de tácticas. Una de las riquezas de ese movimiento era precisamente que distintas sensibilidades políticas podían expresarse de modos diferentes. Eso se trató de hacer en Génova. La ciudad, además, es sumamente intrincada, con una geografía muy compleja. Había distintos grupos y distintos tipos de manifestaciones. Todo esto ocurría en un contexto en el que la ciudad estaba profundamente alterada. Se había establecido una zona roja, completamente vedada a la circulación de personas, para preservar un espacio para los presidentes que participaban de la cumbre. Finalmente, todo se desbordó y hubo una feroz represión, que se convirtió en un momento de violación sistemática de los derechos humanos, sobre todo por las torturas a cientos de manifestantes en la cárcel de Bolzaneto, en la escuela Díaz y en otros lugares. Hubo juicios y toda una historia posterior muy compleja. También se hicieron muchísimos documentales. Sin embargo, es interesante lo que señalás sobre cómo se recuerda hoy. El momento de la represión es la cara más visible y los medios italianos de aquel momento se encargaron de demonizar al conjunto del movimiento. Esa cara terminó oscureciendo la enorme vitalidad, la pluralidad y la esperanza que existían. En este momento, a 25 años de distancia, hay una recuperación de esa memoria. La alcaldesa de Génova dio un discurso muy interesante, recuperando la vitalidad de aquel momento y la participación juvenil. También señaló algo muy importante: el carácter global de ese movimiento. En Italia se lo recuerda mucho, pero en el mundo se lo ha olvidado bastante. Y, sin embargo, era realmente un movimiento global, tanto por la procedencia de sus participantes como por las resonancias que tenía en otros lugares. En Buenos Aires, por ejemplo, en esos días se hizo una acción en el barrio de La Boca evocando los vínculos entre Génova y Buenos Aires. Era también el momento de florecimiento de los grupos piqueteros. Por eso la conexión entre el 2001 de Buenos Aires y Génova no es en absoluto ociosa. Había muchos puntos de contacto, incluso en las consignas: ‘Otro mundo es posible’ o ‘Un mundo donde quepan todos los mundos’.”
LCV: En Argentina muchas veces pensamos que inventamos todo, pero en realidad había una circulación internacional de ideas y experiencias. En Italia, además, la crisis de los partidos tradicionales y la pérdida de legitimidad de las viejas izquierdas dio lugar a nuevos movimientos. ¿Cómo se relaciona aquella experiencia con las luchas actuales?
Martín Bergel: “En estos 25 años hubo muchos momentos de recuperación de la memoria de Génova. No es la primera vez que se la recuerda. Todos los años, por ejemplo, se recuerda a Carlo Giuliani, cuyo nombre es muy conocido en Italia y también en otros lugares del mundo. En la segunda edición del Foro Social Mundial, en Porto Alegre, el campamento de la juventud se llamó Campamento Intercontinental Carlo Giuliani. Ha habido muchos momentos de rememoración, pero es cierto que, por el contexto político italiano, primero con los gobiernos de Berlusconi y luego con el gobierno de Meloni, esta memoria tendió a quedar soterrada o a ocupar un lugar menor. Y ni hablar del resto del mundo, donde la experiencia quedó bastante evaporada. Sin embargo, en este contexto particular de los 25 años hay un revival general que tiene muchos puntos de contacto con las luchas actuales. En Génova, por ejemplo, fue muy importante la acción de los trabajadores portuarios. También hay movimientos contra el rearme y contra los bloqueos de puertos y trenes. Hay un tejido muy interesante de luchas. En marzo de este año estuve en Roma y participé de una manifestación muy grande del movimiento No Kings. Tiene muchos elementos de contacto con aquella experiencia. Son movilizaciones que, cuando las convoca un partido político, no suelen ser tan multitudinarias, pero en estos casos la gente sale masivamente a la calle, incluso sin saber si habrá represión o no.”
LCV: También llama la atención que en Italia se esté hablando tanto de desindustrialización. Parecía un problema exclusivamente argentino, pero ahora aparece con fuerza en Europa. ¿Qué ves en ese sentido?
Martín Bergel: “Sí, absolutamente. En estos días pude ver varias situaciones de conflictos laborales. En Génova hay una fuerte movilización de trabajadores portuarios. También hay fábricas que están cerrando y trabajadores que ocupan los lugares de trabajo. La desindustrialización es un problema muy importante en Italia y está generando conflictos en distintos lugares. Hay una continuidad entre las luchas de aquel momento y las luchas actuales, aunque naturalmente el contexto es diferente. La memoria de Génova funciona como un punto de referencia para muchas de estas experiencias.”
LCV: Hay algo que también me parece muy importante: en 2001 las redes sociales estaban comenzando y tenían una lógica muy diferente a la actual. Existía Indymedia, por ejemplo, y había una posibilidad de organizar acciones globales de manera horizontal. ¿Qué lugar ocupó esa experiencia?
Martín Bergel: “El año 2001 es fascinante y trágico al mismo tiempo. Es el año de las Torres Gemelas, del 19 y 20 de diciembre en Argentina y también un momento muy importante para la evolución de las redes sociales. En muchos sentidos, las redes de ese momento eran bastante más interesantes que las actuales. El correo electrónico tenía un primer momento revolucionario. Podías enviar un mensaje a diez personas en diez ciudades del mundo y organizar algo conjuntamente para el día siguiente. Las redes sociales no estaban todavía atravesadas por la oligarquización que tienen hoy, donde unas pocas personas concentran el poder sobre las plataformas. Indymedia es un símbolo de ese momento. Había una verdadera fascinación porque existía la idea de que era posible construir una alternativa al poder mediático mundial. Era una red organizada por ciudades, con nodos en Italia, Buenos Aires, Santiago de Chile, distintos lugares de África y muchas otras partes del mundo. Era una verdadera internacional mediática de la contrainformación. También proponía una nueva forma de hacer periodismo, donde la frontera entre el activista y el periodista era mucho más anfibia. Uno de sus lemas era ‘Don’t hate the media, be the media’: no te limites a decir que los medios mienten, sino construí tus propios medios. Había quizás un exceso de optimismo, pero también una enorme creatividad y una convicción de que era posible construir herramientas de comunicación alternativas. Esa experiencia forma parte de la vitalidad que tuvo aquel movimiento.”
LCV: Se nos está terminando el tiempo, pero seguramente vamos a volver a convocarte porque es muy interesante hablar con un historiador que, además, participó de los acontecimientos que analiza.
Martín Bergel: “Para mí fue una de las experiencias más fuertes de mi vida. Estas crónicas que estoy escribiendo tienen un sentido que no es solamente académico. Yo escribo libros y trabajos académicos, pero estas crónicas tienen también una dimensión afectiva. Estoy escribiendo una serie de textos que se titulan Retorno a Génova: memorias de una batalla global. En principio van a ser cuatro crónicas y quizás, si me da el tiempo y la energía, pueda convertirse en un pequeño libro. Hay muchos resortes afectivos en esta historia. Algunos amigos que participaron de aquellas movilizaciones murieron en estos 25 años. También murió recientemente en Roma un activista muy importante, muy conocido. Todo eso forma parte de una memoria personal y colectiva. Las crónicas se publican en la revista mexicana Común, que realizan historiadores, intelectuales y jóvenes profesores con una perspectiva internacional. Me pone muy contento que puedan circular en castellano y que también puedan publicarse en La Columna Vertebral.”
LCV: Sirva esta primera comunicación con Martín Bergel, a quien seguramente volveremos a convocar. Cerramos este espacio recordando Génova 2001 y a Carlo Giuliani, asesinado por la policía durante aquellas jornadas. Porque no se puede disparar a matar contra un joven de 23 años por el simple hecho de que un policía tenga miedo de que pueda arrojarle algo. Nos despedimos hasta la próxima.
LCV
«Autorrepresentación y mitos de la memoria obrera». Charla con el historiador italiano Camillo Robertini
Camillo Robertini es un historiador italiano que tuvo un intercambio universitario en Argentina y eligió para su tesis de doctorado la historia de la Fiat en Argentina. Hijo de una familia de izquierda, llegó al ‘país de las revoluciones’ con una mirada impregnada de imágenes del Cordobazo o el Rosariazo, de puebladas y rebeliones. Comprobó que había cantidad de estudios, ensayos y bibliografía sobre la lucha obrera en nuestro país. Curiosamente, nadie apuntó su mirada hacia aquellos trabajadores que no fueron igual de combativos. Cuyos líderes no eran Tosco, Piccinini ni Ongaro.

Cómo entender lo que pasó en el país si nadie estudiaba a ‘los otros obreros’? Los que no estaban dispuestos a dar sus vidas por la revolución. Eligió la planta de Palomar de la FIAT, cuyos delegados obedecían al vandorismo en los sesenta. Entrevistó a decenas de obreros, consultó archivos estatales, militares, policiales, empresarios, tanto argentinos como italianos, y escribió «Erase una vez la Fiat en Argentina (1964-1980)». Un material imprescindible para comprender el ascenso y caída del desarrollismo, el mito del progreso o del ascenso social. Aquí la versión completa de la charla realizada por Zoom por Laura Giussani C. desde el corazón de Italia, su centro geográfico en Umbria, y el profesor Robertini desde el sur profundo, en Messina.
En tiempos de Reforma Laboral, mientras Patricia Bullrich arenga empresarios para volver a aquellos buenos tiempos en los que cada fábrica negociaba con el sindicato local, y la FIAT Palomar tenía una dirigencia por demás dialoguista, en donde los obreros respondían a la propaganda del buen empresario paternalista que los invitaba a formar parte de una gran familia, que se jubilaba en el mismo establecimiento en el que había obtenido su primer trabajo, mientras la policía provincial realizaba informes sobre posibles organizadores subversivos. En esa planta ‘no combativa’ igual fueron secuestrados 14 obreros. Una entrevista sin prejuicios, que nos ayuda a entender que buena parte de esa clase media argentina, que apoyó el golpe, estaba conformada por obreros e hijos de obreros, también. Muchos de los cuales entraron a formar parte del país pobre y endeudado que los militares dejaron y la democracia no quiso o no pudo revertir. Hoy el 50% de los habitantes no ganan lo suficiente para comprar una canasta básica. Por eso, tenemos que revisar nuestra historia, no apelar sólo a la memoria. Agradecemos a Camilo Robertini por ayudarnos en este recorrido.