Historias de trabajadores
Quiso pasar al VIP sin pulserita, apareció muerto en el Paraná
Rosario todavía no puede creer lo que le pasó al Bocacha. Un pibe de 23 años que trabajaba en la empresa de electrodomésticos Liliana y quiso festejar el carnaval en un boliche. Salió con un grupo de amigos y entraron al Ming River House, uno de los tantos lugares de la ribera rosarina. Horas después, su cadaver flotaba en el río Paraná.
Según el portal Enredando «Los primeros testigos dijeron que Carlos intentó pasar a ese VIP sin tener la pulsera obligatoria. Que la respuesta fue agresiva por parte de los guardias de seguridad privada, los patovicas, que lo sacaron del lugar a los golpes.»
Eran las cuatro y media de la madrugada y fue lo último que se supo de él. Cómo se ahogó el Bocacha? se ahogó o lo mataron antes? Hijo de un pescador de las islas que algo debía saber del río que lo vio morir. Su madre, era asistente escolar. Familia humilde, querida y respetada.
Una historia repetida, historia de trabajadores. Pibes morochos, alegres, que tienen prohibido pasar del otro lado del límite, ahí donde van las personas importantes.
Nadie cree en la inverosimil versión del suicidio que alguien echó a rodar. Pescadores de la zona declararon que vieron a los patovicas del boliche arrinconarlo contra la baranda del río.
Hoy, 27 de febrero, Rosario marcha para pedir justicia por Carlos Orellano, el hijo del pescador. Por él, y por todos los pibes trabajadores que encuentran la muerte de manera violenta, absurda, como si la vida no valiera nada para ellos.
El intendente hoy clausuró el boliche.
Historias de trabajadores
Siempre hasta la victoria, querido Vasco Irurzun, por Alvaro Hilario
murió René «el Vasco» Irurzun, militante de larga trayectoria, que atravesó los 60, 70 y la dictadura. En el 2000 participó activamente desde Allen en la creación de los nuevos Movimientos de Trabajadores Desocupados quienes hoy lloran su ausencia. Aquí el recuerdo de uno de ellos.
Era invierno de 2002. Hacía pocas semanas del asesinato de Maxi Kosteki y Darío Santillán. Después de dieciocho horas de viaje, llegué a Allen, formando parte de un grupo formado por gentes de los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTD) de Florencio Varela, Lanús y Solano. Esperándonos, un hombre flaco y alto, con anteojos y pelo blanco, ya entrado en los sesenta: René Irurzun, el Vasco Irurzun. Pronto fui avisado que su sobrenombre se debía tanto a su carácter testarudo como al origen de su apellido. Era una persona que defendía con firmeza sus posiciones pero que también sabía escuchar y recoger cable. Con el visitaríamos los MTD de la zona, la okupada Zanon; con él compartiríamos mantel, rondas de pensamiento y un buen número de anécdotas que recuerdo como si hubiesen sucedido ayer mismo. Así comenzó una relación que continuó con más viajes suyos a la provincia de Buenos Aires y más visitas mías (o nuestras) a su casa. En el transcurso de una de estas, sentados en un galpón del conurbano bonaerense, tuvo a bien concederme una entrevista en la que recorrió su periplo vital y militante. En su momento, vio la luz en la revista “Nabarra”, publicación que llevaba el nombre del territorio del cual procedía la familia del Vasco y que este tuvo la oportunidad de conocer. El momento, el interés de la nota, hacen que la recuperemos ahora.
«La vida está hecha de momentos de gran intensidad»
“Nací en Santiago del Estero, pero fui muy joven a estudiar a Rosario. Estando en el liceo, con 14 años, comenzó el movimiento ´libre y laica`: los estudiantes nos oponíamos a las intenciones del Estado de imponer la obligatoriedad de la enseñanza católica. En casa eran socialistas; curas y militares eran los enemigos tradicionales. Así que, cuando se prendió el conflicto, todo lo aprendido en casa me empujó a sumarme. Aunque la lucha fue dura, ganamos: no pudieron meter la religión en las escuelas. Todo aquello fue importante para mí: ganar las calles, impregnarme de la lucha y vivir la libertad. Aquello fue al principio de la década de los 60; aquel fue mi primer contacto con la política”. Sin apenas tomar aliento, continuó: “Cuando fui a la universidad, las luchas emergían y ya habían aparecido las organizaciones políticas de nuevo cuño. Para entonces, mi hermano y mi hermana ya estaban en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Yo era muy amigo de la joda; me gustaba más la fiesta que estudiar; no era tan disciplinado como mi hermana y mi hermano. De todos modos, entré en el PRT”. Estaba en vigor la dictadura de Onganía (1966-1970); el ministro de Economía Krieger Vasena imponía el modelo liberal. El 28 de julio de 1966, la Noche de los Bastones Largos, Onganía acaba con la autonomía universitaria. El malestar de la clase obrera y el medio estudiantil era cada vez mayor. En mayo de 1969, los obreros y estudiantes de Córdoba se apoderan de la ciudad: era la primera de una serie de revueltas que anunciaban el fin de la dictadura. “En Rosario éramos muchos los estudiantes y la mayoría almorzábamos en el comedor barato de la universidad. Este se convirtió, así, en el lugar de reunión. Los mandatarios afines a Onganía redujeron los presupuestos universitarios: los efectos en el comedor fueron inmediatos; las protestas, también. Una vez en la calle, la policía nos reprimió con dureza, pero obreros y gente normal nos apoyaron, se unieron a nosotros. Tomamos la ciudad de Rosario; tomamos las cadenas de radio y televisión y los ferrocarriles. La policía se quedó sin munición y se acuarteló. La pueblada fue muy valiosa: para animar a la gente, para organizar la resistencia, para aumentar las ganas de participar. Allí comencé a aproximarme al PRT. Con el paso del tiempo, empecé a tomar responsabilidades; en 1974, pasé a la clandestinidad y, a fines de 1975, fui detenido en Santa Fe. Estuve preso en la cárcel de Córdoba durante ocho años”.
La clase obrera italiana, la juventud de California y París y el medio estudiantil de México también se rebelaron en aquellos años. La revolucionaria década de los años 70. Se dibuja la figura de Hugo Irurzun, el Capitán Santiago, el hermano del Vasco. Comandante de la compañía de monte Ramón Rosa Jiménez del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), nacida en la selva tucumana de la mano del PRT. Miembro del comando que ejecutó en Asunción, el 17 de septiembre de 1980, al ex dictador nicaragüense Anastasio Somoza. La policía de Stroessner lo detendría y torturaría. Fallecería al día siguiente de la acción. El fundador del PRT-ERP, Mario Roberto Santucho, también era de Santiago del Estero y gran amigo del Capitán Santiago: “En aquellos tiempos, Santiago era un luchador respetado y destacado porque era una persona inteligente y capaz; además, su adhesión al modo de vida del PRT era total. Se destacó pronto como líder militar. No tenía par en la lucha contra el Ejército, no lo había más hábil. Dispuesto siempre para el combate, sabía cómo sostener el liderazgo”.
Una vez terminada la última dictadura cívico-militar (1976-1983), el Vasco quedó en libertad. “En prisión habíamos hablado que, una vez fuera, intentaríamos abrir espacios para hacer política. Así, estando en la calle, algunos de nosotros, con la intención de ser efectivos, entramos en el Partido Intransigente. Cuando nos desengañamos de la política, de tomar parte en el Estado, volvimos a la militancia social”. Una oferta de trabajo lo llevo a Cipolletti (Río Negro). “En Cipolletti, participamos en el desarrollo de diferentes espacios, entre otros, una revista que resultó de cierta importancia: hicimos saber que queríamos dejar a un lado la política tradicional. A través de esta empezamos a conocernos quienes estábamos involucrados en las luchas, entre otros, los desocupados; así nos integramos al Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de Allen. Aquel, surgido en 1999, era un movimiento con dinámica propia; no era un grupo surgido de la iniciativa de militantes con experiencia previa. La Autonomía era su característica definitoria. Recogía la influencia de todo el entorno: la cultura mapuche y la lucha mapuche contra el Estado y la lucha por la autonomía, por ejemplo. Consecuencia de la lucha contra las políticas caciquiles desarrolladas por la UCR en los últimos veinte años. Aquí, la miseria, la opresión y la represión, el estrecho control gubernamental, son habituales. Así las cosas, el movimiento nació superando las presiones que le venían tanto por derecha como por izquierda. En estas tierras, la tradición de lucha es vieja e importante: Cutral-có, Plaza Huincul, las luchas del profesorado, los primeros piquetes, todo esto ha tenido mucha influencia en los movimientos sociales y en el nacimiento de los MTD”.
“¿Qué te ha dado la militancia?”, pregunté, antes de finalizar la conversación. “Tuve la suerte de participar en dos rupturas: la de la década de los 70 y la de diciembre de 2001. La primera, aquella explosión vivida en el PRT-ERP, la guerrilla y todo lo demás. Viví todo aquello con gran intensidad: ganar las calles, abrir espacios. A la sensación de libertad le corresponde otra de felicidad; todo lo nacido en la lucha, los valores colectivos desarrollados por la lucha -la alegría, la amistad que devienen de ser uno con los demás- me dan una felicidad tremenda. Lo mismo el 19 y 20 de diciembre de 2001. En esos procesos de ruptura, hice míos esos nuevos valores, esas nuevas prácticas de vida. Estos procesos han tenido una gran influencia en mi vida. La vida está hecha de momentos de gran intensidad. Esos procesos tienen una intensidad tan grande que tienen en nosotros efecto de por vida, nos impregnan por siempre. Esos procesos me han condicionado”.
Ez agur, gero arte baizik, René, lagunhori. Gurea da garaipena.
(No adiós, sino hasta luego, René, amigo. Nuestra es la victoria)

Entrevistas
Del Bagazo al Humus: Economía Circular con Mosca Soldado Negra en La Plata
En la ciudad de La Plata, una cooperativa gastronómica viene desarrollando un proyecto pionero que combina producción alimentaria, reciclaje de residuos orgánicos y desarrollo sustentable con tecnología basada en insectos. Ezequiel De Los Santos, integrante de la cooperativa, nos cuenta cómo el trabajo colectivo, la economía circular y la ciencia pueden transformar desechos en recursos valiosos, generar empleo y fomentar una mirada distinta sobre la producción y el consumo.
LCV: ¿De qué se trata exactamente el tema de la mosca soldado negra?
Ezequiel De Los Santos: «La Mosca Soldado Negra es un insecto que, en su etapa de larva, consume productos orgánicos. Luego, cuando se convierte en mosca, ya está genéticamente modificada: no tiene boca y no es la misma que solemos ver en la comida. Junto con otras cooperativas, hace un año y medio comenzamos una planta piloto ubicada en nuestra fábrica de panificados y cerveza, en La Plata. A través de esta planta, procesamos nuestros residuos orgánicos.»
LCV: ¿Cómo se vincula una cosa con la otra? ¿Los residuos del emprendimiento gastronómico se procesan con esta mosca para provocar qué?
Ezequiel: «Los subproductos que genera la mosca incluyen una harina que no es apta para consumo humano, pero sí se usa como alimento para animales de granja. En nuestro patio tenemos gallinas ponedoras que consumen este subproducto. También se produce humus que mejora la tierra, aceites esenciales, y la larva disecada sirve como proteína para animales. En algunos países ya se utiliza incluso en alimentos comestibles. Este proceso nos permite extender la cadena de valor que comenzó, por ejemplo, cuando se preparó una empanada.»
LCV: ¿Cuál es el acompañamiento que tienen con la cooperativa de trabajo “Creando Inclusión” de Benavides?
Ezequiel: «Fueron fundamentales en la formación, redacción del proyecto y desarrollo de materiales de comercialización como etiquetas. En este momento estamos por lanzar el humus y haciendo pruebas alimenticias con nuestros animales. Aún no trabajamos con los aceites esenciales, pero sí reciclamos el bagazo de la cerveza, que es el grano húmedo posterior a la cocción. Reciclamos casi el 80% de ese residuo con la mosca. Antes se lo llevaba gente que cría porcinos o iba a relleno sanitario. También trabajamos con otras cooperativas como el grupo Alfa de Quilmes y la cooperativa de ingenieros de CABA, que fueron clave en la investigación. Nosotros aportamos el espacio físico y los residuos orgánicos.»
LCV: ¿Cuántos son ustedes trabajando?
Ezequiel: «Somos 22 compañeros.»
LCV: ¿Cómo es la formación del grupo? ¿Tienen capacitaciones o formación profesional específica?
Ezequiel: «Tenemos una formación interna para quienes ingresan a la cooperativa que abarca economía social, cooperativismo, derechos humanos, masculinidades y género. Además, hay compañeros que han estudiado ingeniería química, cine, gastronomía, medicina, sociología, trabajo social y gestión cultural. Al ser una ciudad universitaria, hay mucha diversidad de saberes. En lo técnico trabajamos articuladamente con la cooperativa de ingenieros para llevar adelante el proyecto.»
LCV: ¿Las empanadas y las pizzas las recomendás? ¿Hacen delivery? ¿Tienen clientela fija o empresas con las que trabajan?
Ezequiel: «Sí, tenemos un local en 10 y diagonal 73, a dos cuadras de Plaza Moreno. Abrimos de 12 a 15 y de 19 a 23. Hacemos delivery propio, no usamos aplicaciones. Todos los compañeros de reparto son parte de la cooperativa. Ofrecemos 13 variedades de empanadas vegetarianas, omnívoras y veganas; pizzas individuales y grandes, horneadas o para hornear. Tenemos 43 variedades de pizzas que se pueden pedir mitad y mitad. Las masas son de harina integral y blanca, ambas agroecológicas. Además, hacemos panificados como panes de molde integrales y multicereal orgánicos, y producimos cerveza artesanal. Llegamos a casi todo el casco urbano, y a través de la cooperativa ‘Mi Ciudad de La Plata’, llegamos a barrios periféricos como Berisso, Ensenada y Los Hornos. También participamos en ferias, festivales, catering y eventos privados. Mucho trabajo.»
Destacada
Dos Miguel Ángel en la misma cárcel. Un Cristo y una Estrella.
Míguel Ángel ‘Cristo’ Olivera. Uruguayo, nacido en 1943, militante del MLN en los 60/70. El destino quiso que compartiera prisión con otro Ángel, Miguel Ángel Estrella, en la cárcel Libertad. Así lo recuerda en una nota de la Agencia Paco Urondo que hoy compartió nuevamente en su facebook:
«Suena un piano / la luz está sobrando…»A mi tocayo el pianista, Miguel Ángel Estrella, el Nº 2314.
Corría el año bravo de 1977. Como a veces sucedía, llegó primero al penal de Libertad el antecedente, la anécdota, la información, la “fama”. Antes que estos presos argentinos fueran rapados, numerados y enmamelucados, la “población reclusa” ya sabíamos parte de los hechos, ya teníamos una versión de su caída. Habían caído denunciando ante embajadas la represión desatada por la dictadura uruguaya contra ciudadanos argentinos que vivían tranquilos en nuestro país. Una “cacería” de supuestos Montoneros, sospechosos de conspiración… Una clara operación del Plan Cóndor, trasnacional, que combinaba la represión entre las dictaduras de la región.
Los procesados fueron cuatro, dos compañeras y dos compañeros. A nosotros nos tocó recibir al “Jimy” y al “Chango”, las compañeras fueron llevadas al Penal de Punta de Rieles.
La población “residente” del E.M.R.1 (Penal de “Libertad”) continuaba “internacionalizándose”: teníamos brasileros, chilenos, un francés, varios españoles, algún italiano, varios de “orígen desconocido” y ahora teníamos argentinos. Un obrero y un artista, dos presos más, dos compañeros.

El “Chango” Estrella es tucumano: habla con la ERRE “amontonada”, junta muchas para decir “rrrosa”, para decir “rrrío”, para decir “rrrevolución”. El “Chango” Estrella es músico, un prestigioso concertista, un maestro nato. El “Chango” fue enseguida “uno más de nosotros”. Es uno de nosotros, un hermano.
Fue de “los presos serios”, pero alegre. Los había jodones, tristes, circunspectos, dicharacheros, callados, “apretados”, “linces”, conspiradores permanentes, “cuadros”, prolijos, rompepelotas, tranquis, ansiosos, “bolaceros”/manijeros, rayados, optimistas perpetuos.
Fuimos tres mil tipos en el penal combinando aptitudes y carencias, pros y contras, buenas y malas, para “bancar la cana” y resistir. Tres mil tipos tratando de sobrevivir esa muela de moler, esa máquina de destruir que era la cárcel.
El “Chango” aportó su parte en eso de hacer de una cárcel una trinchera.
Para un preso político toda cárcel es –debe ser- una trinchera. Y el “Chango” Estrella lo entendió así, la “vivió” así, la “militó” así…
La cárcel de Libertad está construida sobre columnas, por razones de seguridad, para impedir los túneles, para dificultar las fugas, para no repetir abusos como el de Punta Carretas.
El penal como trinchera, como bastión de resistencia de luchadores presos, también se sostuvo de columnas concretas, de compañeros referentes y activos de la solidaridad, la asistencia mutua, el respaldo recíproco, la autodisciplina, la austeridad, el fraterno sostén, el análisis claro, la línea meridiana, la paciencia sabia, la unidad imprescindible. Podríamos -algún día en homenaje memorioso- bautizar esas columnas con nombres señeros de los compañeros que sostuvieron esa cana, los pilares. Sin duda, el nombre de Miguel Ángel Estrella, el “Chango”, será uno de ellos.
El “Chango” fue un pilar, y, sobre todo, fue un maestro, como compañero y como artista: fraterno, solidario, generoso, un constructor.
La música en la cárcel
“Todo preso canta”, es una afirmación dudosa. Si la dice un interrogador, al pie del tacho, no es cierto. Si la dice un compañero, seguro que es verdad.
El que no “cantó” en la máquina, cantó alguna vez en la celda, otro tipo de canción, claro.
Cantar para soñar, para evocar, para acompañar, para “zafar”, pero cantar un tanguito maltrecho, una milonga rasca, una zamba olvidada, un bolero perdido, un tema de Serrat o de Laura Canoura pero alguna vez cantamos en la celda hasta que “la fuerza nos hizo callar” (como cuando al Rucdy Cabrera, en medio de “Las 40”, justo en esa parte de la letra que dice eso mismo, le abren la ventanilla de la celda, por la que salía su vozarrón de boliche, y un cabo de Colonia, intolerante y arbitrario, “lo hizo callar ya mismo», y lo mandó a la isla, al calabozo, por “cantar en horas no autorizadas”).
Digo, todos fuimos un ratito cantor o un ratito músico mientras estuvimos presos. Los había “de verdad”, guitarristas y guitarreros, bandoneonistas, violinistas, percusionistas en serio o de mesa de cemento o de cajón de herramientas.
Compositores, letristas, payadores.
Hasta un arpa tuvimos, la del Palomo Sampayo.
Y un fueye –el del Gordo Belo- y la primera guitarra de Los Olimareños (una Senchordi berreta que hizo entrar el Laucha Prieto).
Y los instrumentos hechos en el penal por los finos “luthiers” de mameluco: violines, flautas, muchas guitarras, que se fueron salvando de los malones de las requisas que cada tanto las destruían a fuerza de borceguíes aplastantes.
¿Quién no intentó aprender a jugar al ajedrez y a tocar la guitarra en 12 años de cana? ¿Quién no rascó un viola en los atardeceres de la celda?
¿Quién no desafinó con una retirada de Los Diablos o de La Soberana recordando tablados del ´70?
¿Quién no escribió un versito, pa´entonar a media voz y olvidarse de las penas?
En tres mil tipos, había de todo. Desde músicos de escuela, refinados, hasta rascatripas. Desde cantorsitos de ocasión hasta uno que había grabado con Rodolfo Biaggi.
Y estaban “los grandes”: Anibal Sampayo, el Laucha Prieto, el Pollo Herrera, el Toro Díaz Marrero, el Gallego Más Calvetti, el Tito Botto, el Gordo Collazo, el Macario y el Indio Baladán (que ganó el primer premio de un festival folclórico, desde una celda del cuarto piso, sector A, ala derecha, del Penal de Libertad)
Pero no era fácil componer, arreglar, musicalizar. El periplo era largo y dificultoso y no siempre se lograba. El Cristo escribía un poema en el primer piso; se lo tenía que hacer llegar al Indio Baladán al cuarto, éste le ponía música en guitarra y se lo “pasaba por ventana” al gordo Belo en el quinto, quien le hacía los arreglos del fueye. Después había que hacérselo llegar al Gordo Ocampo en el primero o al Pacho Esperoni en la Barraca B o al Ñato Sassarini en la “A” para que lo cantaran. Otras veces “viajaban” las letras embagayadas hasta Punta de Rieles, allí las compañeras le hacían la música y, a los muchos meses, volvía hecha canción completa, en la versión de un hijo que te la cantaba en visita de niños, porque la aprendió de memoria en varias visitas a su madre presa en el E.M.R.2.
Todo era así hasta que llegó el “Chango”. Podemos decir que instaló un conservatorio en la celda y hacía “talleres” creativos en los recreos de la cancha chica, o en los trilles de invierno en la planchada del primer piso. Le llovían consultas, inquietudes, composiciones, dudas creativas. Y él respondía meticulosamente, pacientemente, sabiamente, pedagógicamente: compañerilmente.
Debo decir que llegó el “Chango” y después llegó “su piano”.
Y esta es toda una historia…
Maestro y concertista profesional riguroso, Miguel Ángel Estrella tenía su rutina de ejercicios y digitación, su “gimnasia de manos”, su acrobacia de dedos que practicaba con dedicación y disciplina. El “Chango” resistía y a la vez cuidaba su técnica, preservaba sus herramientas primordiales. Como debe ser. No importaba que tuviera que levantarse a las tres de la mañana, a oscuras en el cubículo de la celda, los dedos duros de frío, los ejercicios previos de estiramiento y calentamiento, la puesta de manos sobre el teclado inexistente en la dura mesa de cemento –el piano imaginario- y convocara a sus clásicos favoritos a reunirse con él y a “tocar como los dioses.”
Y así eran tres o cuatro horas por las mañanas y otras tantas por las tardes.
El Chango practicaba, la cabeza del Chango –y sus manos- lo salvaban.
Más de una vez un miliquito sorprendido y fascinado lo observó, por mirilla o por la ventanilla de la celda, “dar” sus conciertos magistrales y mudos. Sin entender nada, pensando para sí –en su castrense ignorancia: “estos pichis están cada día más locos”
Pero un día –un buen día- le llegó, de verdad, “su piano”.
Fue un gesto de la corona británica, antes de Las Malvinas.
La Reina Madre (o la Reina Hija) no se sabe muy bien, en honor al talento y al prestigio del pianista argentino, le envió como regalo oficial un teclado de ejercicios para que no decayera la maestría del artista, prisionero en condiciones tan extremas.
Y –obviamente- la peculiar “lógica militar» rechazó “el aparato ese”. No estaba “autorizau”, no figuraba en la lista de elementos con permiso de ingreso en el paquete del preso. No era gofio ni azúcar ni galleta marina…
Vino el embajador del Reino Unido al Penal, a insistir. El Foreing Office presionó. La diplomacia inglesa hizo su viejo juego, persuadió, convenció, ablandó y “el artefato ése” terminó en la celda del “Chango”, encima de la mesa (antiguo piano duro y primitivo), listo para “sonar” en su falso mutismo.
Eso sí, le cortaron las patas, “no vaya a ser que los reclusos la usen de garrotes”.
Y así la celda del Chango, en el cuarto piso, sector A, ala izquierda, se convirtió en un Mozarteum, en un Colón, en un Solís, de 2,20 por 3,20, con pileta, un biorse y dos cuchetas. ¿El público masivo? Su compañero de celda, el Gato Embert, absorto, embelesado.
No sabían que, desde el principio, desde que Estrella entró a la celda esa, la convirtió en un teatro abierto para la música y la libertad…con la cabeza, la convicción y el compañerismo. Así fue desde el comienzo de la cárcel desde que entró el primer preso político: el 001, el Gordo Torres, el Penal fue un permanente escenario, a la vez doloroso y digno, de ejercicio de libertad.
Una cárcel vacía es una cárcel, pero una cárcel con un preso político, ya no lo es.
Claro está que ese piano le trajo problemas al Chango Estrella.
No era para menos; su sola –e insólita presencia- casi troféica, era la viva muestra de un escore adverso a la fuerza bruta. Como en un luminoso del estadio cantaba: uno a cero, le gana la belleza artística a la brutalidad militar.
Y eso, los milicos, no lo bancaban. Entonces, ese objeto de placer se volvía objetivo de verdugueo.
Todo “objeto de placer” del preso, es objetivo militar. Una revista Siete Días, un Gráfico, un libro, una foto familiar, una guitarra, un barco de palillos, un cuadro al óleo, un tarro de yerba, un mate. “Que te lo saco, que te lo piso, que te lo rompo, que te lo prohibo, ¡¡que te lo reviento!!” Y pijeo va, pijeo viene y se entabla la batallita diaria, la escaramuza cotidiana, la guerrita constante entre el verde y el gris, el resistir, durar, bancar. Hasta que viene la sanción y el calabozo y otra vez a empezar. Como dijera el Bocha Benavídes “con años que albañilean y años de derrumbamientos”.
Pero el Chango “albañileó” toda la cana. Que fue corta pero intensa, aunque no hay “cana corta” ni liviana. Todo es cana al fin, una terrible aberración del hombre.
La del Chango fue una cana seria, madura, productiva. Consolidó mojones, ejemplarizó. La vivió intensamente. Todos creemos que “ le faltó tiempo” en la cana, como a tantos de nosotros.
El Viejo Julio -Marenales- siempre dijo: una escuela de cuadros no es un local, pero todo local debe ser una escuela de cuadros: la cárcel es un local más grande, vivámosla con furor y pasión, aprendamos, formémonos, foguiémonos, salgamos mejores compañeros de lo que entramos.
Creo, estoy seguro, que lo logramos, que ese objetivo se cumplió. Y el Chango lo cumplió. Es uno de nosotros, un compañero, un hermano, que nos dio nuestra ración de libertad imprescindible que la música alcanza.
Dejó atrás episodios mortificantes, propios de su condición de prisionero, como cuando un oficial lo observa en su ejercicio diario con “el piano mudo” y le pregunta: “¿Lo hizo usté?”. No –le contesta el Chango- me lo regaló la reina de Inglaterra. Y el chabón lo mandó castigado al calabozo de “La Isla” por pretender burlarse de un “señor oficial”.
Del Chango quedan anécdotas y enseñanzas, bromas y aportes, santoiseñas “muy presas” y entrañables. Verlo hacer la fajina de celda con la camiseta de Boca Juniors y guantes de goma “pa’ cuidarse las manos”. Verlo esconderse en un parapeto hecho con una tabla de dibujo, en la pequeña celda, antes de las visitas, para tratar de eludir al peluquero que pasaba revista para cortarte el pelo al rape (cosa que el Chango odiaba). Oírlo exclamar por el “ventilador” (la ventana): “¡¡Hoy es un día peronista, compañeros!!”, saludando con optimismo exhalativo y “manijero” el sol radiante que nos alumbraba. Verlo preparar sus clases especiales para un “alumno”, también muy especial, que él atendía con dedicación de hermano, El Pirata, un compañero preso, músico talentoso sufriente de problemas neurológicos y motrices como secuela de la tortura.
En fin, el Chango fue un preso más de los que sirven, una cana derecha, constructiva, sin doblegamientos, ni egoísmos. Un preso político como se debe ser.
Y aquí va la última de esta nota:
Cuando -por esas cosas pícaras que tiene la conspiración en situaciones límite, que te hacen intentar y muchas veces lograr impensadas victorias- pudimos tener en el penal de Libertad una “radio propia”, quizás la primera radio comunitaria del Uruguay (una emisora interna que duró 10 años y que llegó a emitir hasta 8 horas diarias en sus mejores momentos) y cuya historia queda para otra ocasión, el “Chango” tuvo –claro- su espacio, su micrófono, su audición, su tribuna, “su púlpito”. Desde allí dio cátedra de teoría musical, enseñó a tratar instrumentos y composición, a analizar una pieza musical, a disfrutar un concierto, a valorar la música como esencial al ser humano, a apropiarnos un poco más de la belleza.
Tuvo sus programas propios, que él mismo conducía (aunque tuviésemos que escucharle anunciar, con todas sus ERRES tucumanas y amuchadas: “A continuación, interpretaciones de RRRenata TaRRRagó RRRós…”
Pero qué impresionantes sus Programas de Concierto. Los sábados, de noche. Todas las luces de las celdas apagadas, los compañeros en sus lechos, expectantes y ansiosos, el penal entero en silencio y los parlantes que zumbaban de pronto y el E.M.R.1 temblaba con Brahms, flotaba con Vivaldi, soñaba con Mozart y se llenaba –nos llenábamos- de asombro y vibración con el mejor y cojonudo Beethoven.
Y, claro está, ya no estábamos presos.
Pero un día le llegó la libertad. La posta, no el nombre berreta y absurdo del penal, sino la libertad grosa, la de salir a la yeca. La de volar en serio, la de volver a curtirla.
Y en eso siempre hay dos sentimientos cruzados, biunívocos, terribles:
¡Se va un ñery a la calle! / ¡Se nos va un compañero!
Y reímos, lloramos, le deseamos lo mejor. Lo mejor de nosotros se va con él y lo mejor de él se queda en nosotros.
Lo vimos irse caminando: sus ojos enormes, su sonrisa más grande. Lo saludábamos en silencio desde las ventanas. Él se tocaba la pelada en señal de “tranquilo”, de “bigote p´arriba”, de “arruca”, de “hasta siempre”.
Caminaba despacio, custodiado, pero libre. Llevaba bajo el brazo izquierdo “su pianito mudo” que parecía sonar, es más, sonaba, estoy seguro que el “Chango” lo tocaba y le salía como un Aleluya de los valles calchaquíes…
Se tuvo que llevar consigo el piano, “el teclado real”. Los muy mezquinos se lo obligaron a llevar. La voluntad del Chango fue dejárselo a Aníbal Sampayo (o al Indio Baladán) y no se lo permitieron. Así, hasta último momento lo verduguearon. El cartel luminoso marcaba 1 a 1, fue un empate, aunque todos sabemos que “el Chango” les ganó el partido.
Y el Chango se nos fue, salió al aire libre, a viviRRRR, con todas las eRRRes tucumanas.

¿Quién es Miguel Angel Olivera además del autor de este entrañable recuerdo del pianista del pueblo? ¿Cómo fue a dar a la cárcel y se convirtió en artista? Así lo relata en un reportaje:
»Para nosotros, Chile no fue inicialmente nada más que un peldaño. Queríamos recuperarnos del encarcelamiento y la tortura y luego ir a Cuba para preparar la próxima misión armada», dice Olivera, secamente. Al principio, los Tupamaros en Chile fueron recibidos con mucha desconfianza: eran silenciosos, comprometidos con la disciplina ascética y veían el mundo a través de una lógica guerrillera. Pero son precisamente estos atributos los que pronto los convierten en importantes colaboradores de Allende. Por ejemplo, los Tupamaros blindan el auto del presidente y al principio forman también parte de su guardia personal. Se ocupan de rastrear a los espías del servicio secreto uruguayo que están activos en Chile y más de una vez, también, participan por desactivar los conflictos dentro de la izquierda gobernante.
El 3 de noviembre de 1970, el día de asunción presidencial de Allende su impulsivo compañero de partido, Carlos Altamirano, ocupa un fundo cerca de Santiago. «Pero el terrateniente tenía un pequeño ejército privado con jeeps y ametralladoras. Estaba armado para recuperar la tierra. Así que nos tocó armar a los campesinos para que pudieran defenderse en caso de emergencia».Después de su regreso clandestino a Uruguay, El Cristo es arrestado de nuevo. Otra vez, vive el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 en Chile en prisión. Pero, esta vez no es liberado sino hasta 1985. Hasta el día de hoy Olivera cree que la lucha armada es la única forma posible de «derrotar al imperio». Sólo en la elección de los medios se ha vuelto más creativo: «En la cárcel empecé a escribir. Poemas y letras de tango, ¡son mis nuevas armas!»