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La Columna Vertebral

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Opinión

La farsa del regreso a la escuela, por Mara Laporte

Nunca, en toda mi vida docente, y llevo más de 20 años, sentí tanta angustia y desconcierto como ahora. Por primera vez me dan ganas de dejarlo todo. Y enseguida sé que no puedo, porque la docencia no es una vocación, como siempre se dice y esa lógica es la misma que al final estigmatiza y abarata; la docencia es una convicción política, una militancia, una postura ética si se quiere, pero también es una profesión que se elige y reivindica.
Todo está terrible hoy. Cuando Trotta dice que viene a proponer un «proceso de reorganización pedagógica», rompe al menos de manera bestial con su sincericidio o idiotez lo que venía siendo (es) una sarta de eufemismos de campaña. Porque nada de lo que empieza hoy tiene su sentido real y es eso, entre tantas otras cosas, lo que duele:
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NO «se vuelve» a las escuelas. Lxs estudiantes NO van a recuperar la experiencia de convivencia con sus compañerxs. NO se volverá a la normalidad. NO se va a avanzar con contenidos. NO se potenciará el aprendizaje. Lxs docentes NO cumplirán el rol de docentes, porque deberán cumplir otros tantos que los exceden. NO se cumplirá el protocolo, por inviable. Las escuelas NO serán lugares seguros. NO se mantendrá el distanciamiento, porque también es inviable. NO hay insumos sanitarios ni de higiene, porque no se enviaron. NO habrá logística organizada, porque nadie en las escuelas sabe qué hacer. NO supondrá este experimento una alivio para la angustia que en niñxs y adolescentes pudo haber generado la pandemia, porque las condiciones en las que se pretende su regreso a las aulas los expondrá a situaciones traumáticas.
Lo que sí habrá con esta farsa de vuelta a las escuelas es un experimento de consecuencias nefastas. Están jugando a prueba y error con la vida de niñxs, adolescentes y docentes. Y con sus familias. Lo que está pasando es grave a nivel sanitario, pedagógico y también en términos de derechos laborales. Están pasando por encima de todo. Desde las escuelas lo venimos advirtiendo de todas las maneras posibles. En un par de semanas, cuando se dimensione el desastre, lamentablemente ya va a ser tarde para muchos.
Queda el consuelo de quienes entendieron y acompañan. Ojalá podamos hacer algo desde ahí para debilitar y frenar esta locura.
 
(tomado del facebook de la autora)
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Destacada

Hadad, San Martín y la Inteligencia Artificial, por Oscar Taffetani

Vi el cortometraje de marras, de 20 minutos, presentado a toda orquesta por el diario Infobae y su propietario Daniel Hadad, en vísperas de un nuevo 17 de Agosto.
En mi opinión, se trata de un producto muy simple, asemejable a una historieta o a un dibujo animado, repleto de lugares comunes y con una visión del general José de San Martín que no tiene nada que envidiar a la antigua revista Billiken o a la peli “El Santo de la Espada”, realizada por Leopoldo Torre Nilsson en el siglo pasado.
“El Libertador” busca un público amplio y futbolero, semejante al que acompañó a nuestra Selección en el úlltimo Mundial. En eso se parece a los comerciales de YPF y hamburguesas que saturaban las pantallas de TV en julio pasado.
En cuanto a la “originalidad” de ofrecer imágenes del encuentro de San Martín con un joven Sarmiento en la casa de Grand Bourg, en 1846, quiero recordar que en la peli “El exilio de Gardel”, Pino Solanas, ya ha mostrado un “encuentro” del Gran Capitán con el Zorzal Criollo, en la casa de Boulogne-sur-Mer. No fue la IA. Fue Pino Solanas. Que allí Sarmiento le pregunte a San Martín qué pasó en la entrevista de Guayaquil, tampoco tiene nada nuevo. Desde la nunca verificada “Carta de Lafond” que los historiadores vienen discutiendo lo que se pactó en esa entrevista.
Y sobre los motivos por los que San Martín se negó a tomar partido en una guerra civil o en diputas intestinas en su patria, no es necesario especular, ya que él mismo dio las razones en cartas que envió desde Montevideo, poco antes de volverse a Europa.
En síntesis, el cortometraje “El Libertador” presenta como única novedad haber sido elaborado con I.A.
Un amigo vinculado con la publicidad y el cine me dijo después de ver el preestreno: “Es una producción de no menos de 60 palos verdes y la pudieron hacer por dos mangos”. Le creo.
Así las cosas en el 176º aniversario de la muerte del general San Martín.
Tomada del FB del autor
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Destacada

La producción política de la inferioridad, por Jorge Cascallar

Toda sociedad profundamente desigual domina el arte de fabricar inferiores. No alcanza con distribuir de manera desigual la riqueza; también necesita convencer a quienes la habitan de que esa desigualdad es natural. El racismo fue una de las formas históricas más eficaces de producir esa ilusión.

Después del Mundial volvieron a aparecer acusaciones que presentaban a la Argentina como uno de los países más racistas del mundo. Como suele ocurrir, la discusión se dividió rápidamente entre quienes negaban el problema y quienes afirmaban que éramos una versión latinoamericana de los Estados Unidos. Ambas posiciones compartían un mismo error: suponían que el racismo adopta siempre las mismas formas.

Pero las sociedades no producen idénticos mecanismos de exclusión. Cada una organiza sus jerarquías a partir de su propia historia. La pregunta, entonces, no es si Argentina es o no es racista, sino qué mecanismos produjo nuestra historia para transformar las diferencias en inferioridades.

Eso es lo que entiendo por inferiorización: es el proceso político y cultural mediante el cual una diferencia producida por la historia comienza a experimentarse como una inferioridad dictada por la naturaleza.

Toda sociedad colonial clasifica personas antes incluso de organizar la distribución de la riqueza. Establece quiénes representan la civilización y quiénes el atraso; quiénes gobiernan y quiénes obedecen. Mientras en los Estados Unidos la segregación convirtió el color de la piel en la frontera visible de esa desigualdad, en la Argentina la historia fue distinta. Aquí existieron el exterminio de los pueblos originarios, la invisibilización de la población afrodescendiente y el ideal de construir una nación blanca y europea. Pero las diferencias étnicas terminaron entrelazándose con las diferencias de clase. La pobreza, el barrio, la forma de hablar o ciertos rasgos físicos comenzaron a funcionar como marcas de inferioridad.

La etnia empezó a hablar el idioma de la clase social.

¿Por qué ocurrió eso?

Porque las sociedades coloniales nunca comienzan de cero. El capitalismo no reemplazó las viejas jerarquías; se edificó sobre ellas. Las antiguas diferencias raciales se tradujeron lentamente en diferencias económicas, culturales y sociales. Las jerarquías cambiaron de lenguaje, pero no de función.

Quizá ningún texto exprese mejor esa traducción que Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento. La oposición entre civilización y barbarie parecía describir una diferencia cultural, pero organizaba una jerarquía social. El gaucho, el indígena y el habitante del interior dejaban de ser simplemente diferentes para convertirse en la representación del atraso. Ya no hacía falta hablar de razas. Bastaba con hablar de barbarie.

Décadas más tarde esa misma matriz reapareció con el peronismo. Los trabajadores llegados desde el interior fueron llamados «cabecitas negras», y la expresión «aluvión zoológico», utilizada por el diputado radical Ernesto Sammartino, no describía solo una posición política: animalizaba a una parte del pueblo. Allí el desprecio de clase y la racialización quedaron definitivamente entrelazados.

Desde entonces cambiaron las palabras, pero no la operación. «Negro de mierda»; «villero»; «planero»; «bolita»; «paragua»; «marrón»; «kuka»; «zurdo». No significan lo mismo. Pero todas participan de un mismo proceso de inferiorización: convierten diferencias históricas, sociales o políticas en defectos aparentemente naturales.

Eso explica una escena que suele desconcertar a muchos extranjeros. En Argentina alguien puede llamar «negro de mierda» a una persona más rubia que él. La contradicción es solo aparente. Hace tiempo que «negro» dejó de nombrar exclusivamente un color de piel para convertirse en una categoría de descalificación social. No clasificamos demasiado bien las etnias. En cambio, clasificamos con enorme eficacia quién merece reconocimiento y quién puede convertirse en objeto de desprecio.

La discriminación nunca opera solamente sobre quien la recibe. También produce subjetividad en quien discrimina. El prejuicio organiza los afectos antes que los argumentos. Enseña qué sentir frente al otro. Produce miedo, desprecio o asco antes incluso de producir razones.

Toda hegemonía necesita producir una sensibilidad que vuelva aceptable el orden existente. Las élites no solo administran recursos. También administran las formas de sentir, percibir y nombrar al otro. En otras palabras, administran la sensibilidad colectiva. Cuando una sociedad aprende a mirar a ciertos grupos como vagos, bárbaros, peligrosos o parásitos, la desigualdad deja de percibirse como una injusticia y comienza a experimentarse como un orden natural.

Por eso resulta caricaturesco que muchos analistas extranjeros reduzcan a la Argentina a un simple cliché racista. No porque nuestro país esté libre de esa historia (sería absurdo sostenerlo), sino porque esa simplificación reproduce exactamente la misma operación que pretende denunciar: transforma una realidad compleja en un estereotipo.

El problema, sin embargo, va mucho más allá del racismo. El verdadero problema es la producción política de la inferioridad. El racismo fue apenas una de sus formas históricas. Más tarde aparecieron otras: la meritocracia convertida en explicación absoluta de la pobreza, la estigmatización de los sectores populares, la criminalización del excluido o la demonización del adversario político. Todas responden a una misma lógica: convertir desigualdades históricas en diferencias aparentemente naturales o, en sus versiones más recientes, en cuestiones de carácter o de voluntad individual.

Toda sociedad profundamente desigual necesita romper el vínculo de empatía que une a quienes la habitan. La psicología social enseña que solo cuando el otro deja de ser percibido como un semejante la exclusión puede volverse moralmente tolerable. Solo entonces la injusticia deja de provocar indignación y comienza a parecer merecida.

La desigualdad no se sostiene solamente distribuyendo de manera desigual la riqueza. Se sostiene produciendo sujetos que parezcan naturalmente inferiores.

Quizá esa sea la herencia más persistente del colonialismo: haber transformado la fabricación de inferiores en una tecnología política que sobrevivió incluso al propio racismo biológico. Cuando una inferioridad históricamente producida logra convertirse, en el sentido común de una época, en una condición que parece dictada por la naturaleza, deja de hablar la biología.

Empieza a hablar el poder.

 

*Jorge Cascallar: Docente Universitario y psicólogo social.

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Opinión

Página/12 y su insólita restauración de la teoría de ‘los dos demonios’, por Hernán López Echagüe

Triste, patética, insolente, desquiciada, digna de algún cerebro extraviado, la sucesión de hechos que, según el diario Página/12, condujeron al golpe militar de marzo de 1976.

La publicaron hoy, 25 de marzo, bajo el título “Se prepara el golpe” y con fotos de la época. Aquí, algunas de las secuencias que subraya el diario:

“Agosto 1975. Isabel Perón nombra a Jorge Rafael Videla como jefe del Ejército, en medio de una reestructuración de Gabinete, a partir de la salida de José López Rega y el ministro de Economía Celestino Rodrigo.

Septiembre 1975. Isabel pide licencia transitoria por razones de salud y asume la presidencia de forma interina Ítalo Lúder, presidente del Senado de la Nación.

Octubre 1975.Montoneros intenta copar el Regimiento de Infantería de Monte 29 de Formosa.

Diciembre 1975. El ERP intenta copar el batallón de arsenales Domingo Viejobueno de Monte Chingolo el 23 de diciembre. La acción había sido delatada por un infiltrado y termina en una matanza que se investiga como crimen de lesa humanidad.

Marzo 1976. El 24 de marzo inicia el golpe de Estado que derroca a María Estela Martínez de Perón e instaura la Junta Militar integrada por Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti. Videla es elegido presidente”.

Sí: «Videla es elegido presidente».

Es decir, Montoneros intenta copar un regimiento de infantería. El ERP intenta copar un batallón de arsenales. Entonces, pues, como no podría ser de otra manera, llega el golpe militar. Nada más que agregar. Por fin nos queda claro, al decir de Página/12, quienes fueron los responsables del advenimiento de la dictadura. Un texto, digamos, que muy bien podría haber sido publicado por Clarín o La Nación. Y que seguramente habrán recibido con beneplácito nuestros trastornados gobernantes.

Ninguna mención a las Tres A, ni al Villazo y otros conflictos obreros. En fin…

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