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Historias de trabajadores

Historias del otro lado del río.

Testimonio de una infamia, por Rosario Echagüe, médica uruguaya.  (Escrita en el año 2003, diez años antes de que el aborto fuera legal en el país vecino, cosas que hoy siguen pasando del otro lado del río)

Mi nombre es Rosario Echagüe y trabajo desde hace 12 años como médica en el hospital de Nueva Palmira, ciudad en la que vivo con mi esposo y mis dos hijas de 8 y 10 años. El día 14 de agosto hizo exactamente un año que viví un hecho que me conmovió de tal forma que me llevó a escribir este testimonio. Como mujer y como médica siento que debo decir lo que ocurre en nuestros hospitales, reflejo de una grave problemática de nuestro país y que podría aliviarse –en parte- con la aprobación del proyecto de ley de Defensa de la Salud Reproductiva que hoy se está debatiendo en la Comisión de Salud del Senado de la República.

Ella tenía 16 años y un bebe de 6 meses -sin padre que se hiciera cargo- que aún amamantaba por las noches. Tenía educación primaria completa y algún que otro año de secundaria. Tenía una familia numerosa y muy pobre con la que vivía y que los alimentaba a ella y a su bebé.

No tenía novio. Tenía un retraso menstrual. Tenía mucho miedo de estar nuevamente embarazada. Tenía una pastilla para matar “tucu-tucu”, la tenía desde hacia tiempo. La había comprado cuando se enteró de su anterior embarazo … pero en aquel entonces no se animó a usarla. La tenía guardada … porque nunca se sabe! 

Flavia no había tenido nunca acceso a educación sexual y reproductiva, tampoco a las “clínicas de aborto seguras”. En esas condiciones un embarazo no deseado se vuelve una situación bien peliaguda. Más jodida aún, si hay problemas con el puchero en la casa. ¡Y con el tema del dólar! … peor! Aunque Flavia nunca vio un billete norteamericano y no tiene idea de lo que es un blastómero, sintió en su barriga y en su alma el terrible efecto que ambos podían tener sobre ella y su familia.

Sólo tenía un retraso menstrual, un bebe de 6 meses y mucho miedo.

Sólo tenía 16 años.

¡Lástima! … también tenía esa pastilla de veneno que colocó en su vagina con la idea de abortar. 

La recibí en la puerta del Hospital de Nueva Palmira a las once y media de una noche triste, hoy hace exactamente un año y dos días. Hacía una hora que se había puesto la pastilla. Tenía mucho dolor de barriga, una diarrea abundante que olía muy mal y vómitos imparables. Estaba muy pálida y temblorosa, no sabía lo que le estaba pasando y tenía mucho miedo.

En la sala de espera un familión aguardaba a que yo –la médica de guardia- pudiera ayudarla. Ahora yo también tenía mucho miedo.

Llamé a cuanto médico y veterinario tuve a mi alcance. El veterinario que le había vendido el veneno –y que podía informarme el nombre del plaguicida- había emigrado, estaba viviendo en España. Los otros me daban pistas que no servían. No era un compuesto fosforado ni un anticoagulante, los síntomas no coincidían.

Dos médicos llegaron de apoyo. El ginecólogo lavó la vagina de Flavia y sacó los magros restos de veneno que aún no habían sido absorbidos, constató y me mostró la úlcera que había quedado en el lugar donde estuvo la pastilla. La médica de la emergencia móvil vigilaba a Flavia, mientras yo llamaba por teléfono a Toxicología en Montevideo en búsqueda de un antídoto o de pautas para manejar la situación.

Su pulso se iba perdiendo y su presión se hizo intomable. Comenzó a adormilarse. “Flavia no te duermas. Flavia tenés que colaborar!!” . 

La médica de Toxicología estaba tan confundida como nosotras, quedó en llamar a su profesora y tratar de obtener más información.

Flavia tenía mucho frío y le dolía el pecho, su presión ya era audible, de sus brazos salían las cánulas que nos permitían pasarle suero “a baldes” y mantener su presión en 60/40. La cubrían 4 frazadas que no lograban abrigarla.

Le duele el pecho” –me informó la madre. “Tranquila ha de ser la angustia”-proyecté. “Viste Flavia, la doctora dice que estés tranquila que ya llega la ambulancia para llevarte donde puedas estar mejor.”

Había reservado cama en el CTI más próximo y mientras hacíamos el papeleo de autorizaciones, llega de Montevideo el aviso de que la sustancia era seguramente Fosfuro de Aluminio, un potentísimo plaguicida. 

¿De dónde lo sacó? –me preguntó la médica de Montevideo- no es de venta libre y además se usa en medio del campo”

Estamos en medio del campo –le contesté.

Mándala urgente a un CTI –y siguió dándome indicaciones para mantenerla hasta que llegara la ambulancia. 

A las dos de la mañana partió rumbo al CTI de Carmelo, a sólo 20 km. Con pulso lleno, presión 70/40, despierta y algo más calientita, despedí a Flavia.

¿Cómo está?” –preguntó la madre que no pudo acompañarla porque se quedó a cuidar del bebé. “Bueno está mejor que cuando llegó y va a un lugar especializado, yo creo que va a estar bien.”

Flavia hizo un paro cardíaco a las 6 de la mañana en el CTI de Carmelo. Varios médicos intensivistas y enfermeros especializados intentaron reanimarla por el lapso de 1 hora. Su corazón no pudo volver a latir.

Tenía 16 años, un bebé de 6 meses y mucho miedo. No tenía apoyo legal, ni social, ni económico, ni cultural, ni médico para afrontar con éxito la situación que le tocó vivir.

El semanario local informó ese fin de semana, que según la autopsia Flavia murió por los efectos directos del veneno y, reveló además, que no estaba embarazada.
Como mujer, como médica y como ciudadana yo me hago responsable de lo que pasó, esta muerte que por acción y/u omisión yo no pude evitar tiene que ver conmigo y me duele.

Unos meses más tarde, estaba pasando visita en sala a mis pacientes (también soy siquiatra) cuando desde una rincón una señora desconocida me llama. “Dra, dra. Echagüe, acérquese que quiero agradecerle … Ud. trató a mi hija.”

– “De nada –le respondí- ¿cómo está ella ahora? 
– Está muerta doctora, yo soy la mamá de Flavia ¿la recuerda?

Del rostro de la mamá de Flavia no me recordaba, pero de Flavia, sí. Me senté a los pies de la cama y ella comenzó a llorar …. “Fue culpa mía doctora, usted hizo lo que pudo, la culpa fue mía y de los médicos de Carmelo … ella salió de acá hablando y en Carmelo la descuidaron.” 

– “No doña, usted no tuvo la culpa y tampoco en Carmelo, el veneno era muy fuerte.” 
– ¿En serio?¿Usted está segura que hicieron todo lo posible?
– Sí, yo hablé con ellos y fue así.
– Pero yo si soy culpable, si ella me hubiera dicho … otro bebé podíamos haberla ayudado a tener.
– Pero ella no le dijo y usted no podía saberlo. 

Pensó un rato en silencio y dijo: – Yo tengo la culpa doctora, yo permití que la alcanzara la miseria”
– La culpa no es de nadie o es de todos … pero no es suya. En este país las leyes no están hechas para ayudar a los pobres y esa es nuestra culpa y no otra. 
– En esto tiene razón, a nosotros nadie nos ayuda. La noche del entierro de Flavia era un martes 13, ¿se acuerda? y nosotros creíamos que era suerte. Totó, el bebé, lloraba desesperado, extrañaba la tetita. Un tío viejo le dio a Fanny –mi otra hija- la ropa de Flavia para que se pusiera y así se durmió tranquilo, con el olor de la madre … y así unos días hasta que se acostumbró. 

Personalmente creo que cuando debatimos sobre leyes, sobre las normas que nos damos para convivir en sociedad, su discusión se enriquece y clarifica cuando la idea deja de ser abstracta y sustituimos los números y las estadística por nombres y rostros concretos. Por eso traigo esta historia y algunas fotos de Flavia, su hijo Tomás y su mamá Nelda.

Así resulta más fácil ponerse en el lugar del otro, saber que se siente en esta situación o más concretamente que sintió Flavia ese día y que la impulsó a hacer lo que hizo que finalmente, y sin que ella lo deseara, la llevó a la muerte.

Flavia a pesar de ser mamá era una adolescente, una adolescente que no sabía como controlar su fertilidad. Una adolescente que provenía de un nivel social pobrísimo. 

Creo que ella pensó que no podía darse el lujo de traer otra boca más a la familia. Pero no se animó a decirlo, no se animó a consultar a nadie sobre lo que le estaba pasando y decidió sola –como creo que lo hace la mayoría de las mujeres que están en una situación similar a la suya. Flavia era casi una niña, una niña desesperada, que ya tenía un bebé, que decidió sola, decidió mal y se murió. 

Ahora ….. ¿podía ella haber decidido bien? ¿Tenía ella realmente la posibilidad de elegir? Yo creo que no. 

Cuando se debate sobre este proyecto de ley lo más importante –a mi entender- es tener muy presente que ahora las mujeres más humildes no tienen la posibilidad de elegir. 

La ley que no permite a ninguna mujer embarazada decidir sobre la pertinencia o no de traer un hijo al mundo, en realidad, no se lo permite sólo a las mujeres pobres, las otras –entre las que me incluyo- tenemos el privilegio gracias a nuestra posición socio-económica y cultura, de elegir. 

Hoy yo puedo acceder –sin mayores inconvenientes- a panificar mi vida y mis hijos a voluntad, y en caso de que quedara embarazada sin desearlo, también podría acceder a un aborto en condiciones mínimas de higiene. Incluso, si quedara embarazada sin desearlo también podría tener ese otro hijo. Tengo marido, me puedo mantener, podría tener otro hijo sin problemas económicos ni afectivos y sin que eso significara una pérdida de calidad de vida de mis otras dos hijas. Yo puedo hacerlo, y ese derecho no me lo brinda una legislación, me lo da mi situación social. Puedo defender mis derechos, incluso hasta los que me han sido negados, puedo pensar con independencia, puedo sortear o sufrir con menor intensidad la presión social de lo “que está bien y lo que está mal”, de lo que es “legal o ilegal”. 

Pero ese privilegio no lo tienen las mujeres de escasos recursos, las mujeres sin derechos, las mujeres sin voz, las que no importan porque no tienen plata ni educación, las que no pueden defenderse, las que no pueden elegir. Porque si eligen abortar seguramente mueran desangradas, infectadas o trágicamente como murió Flavia. Y si eligen tener ese otro hijo no deseado probablemente se sumerjan más en la pobreza económica o afectiva, ellas y sus otros hijos. 

La ley vigente que penaliza el aborto es –a mi entender- inútil, injusta y discriminatoria. 

Inútil porque no evita que las mujeres que quedan embarazadas sin desearlo, aborten si así es su voluntad. El aborto existe –y aquellos que argumentan en contra de su despenalización siguen hablando del aborto como si no existiera, como si sólo fuera a existir a partir del momento en que una ley lo apruebe. El aborto existe desde tiempos inmemoriales, tanto donde es legal como donde está prohibido y va a seguir existiendo de todas maneras.

La ley es injusta y discriminatoria porque desfavorece –como ya dijimos- a las que menos tienen. Afecta nuestra libertad y atenta contra los derechos de las mujeres y la sufren con mayor intensidad, las más pobres. 

Flavia no murió sólo por el efecto del plaguicida, ya había comenzado a morir antes … y de puro desamparo. 

Tenía 16 años y un bebé en sus brazos, pero no tenía a nadie a quien consultar, ni que pudiera ayudarla. 

La ley vigente la condenó,
el poder político la desamparó,
el ser pobre la condenó,
el no saber nada sobre el tema la desamparó,

finalmente nosotros los médicos aunque intentamos hacer todo para salvarle la vida … también la hubiéramos desamparado.

La aprobación de esta ley de Salud Reproductiva sería un salto importante en la libertad de todas las mujeres de este país y sería el comienzo del final de esta pesadilla que sólo viven –en todo su horror- las mujeres más desposeídas. 

Para ellas, todo mi respeto y solidaridad. 

Gracias.

Dra. Rosario Echagüe.
16 de agosto 2003

………………..

Esta nota fue escrita antes de la vigencia del aborto legal en Uruguay en el 2013. Hoy es el segundo país en América, después de Canadá con menos mortalidad maternal. Después de la ley el embarazo no deseado descendió un 8%. Por suerte estas cosas ya no son habituales en Uruguay

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A los trabajadores de Teatro, salú

El 30 de noviembre de 1783 se creaba el primer teatro de lo que después se dio en llamar Argentina, fundado en la esquina porteña de Alsina y Perú, bajo el nombre de la Ranchería. Más que nombre, se trataba de una estricta descripción. Nada de simbólico había en él. El primer teatro fue un rancho, ubicado en terreno de los jesuitas, con techo de paja y paredes de adobe. Duró hasta que desapareció bajo las llamas. Un incendio, fortuito o intencional, terminó con aquella novedosa aventura oficial. Vaya aquí una breve reseña para comprender el contexto de semejante aparición.

Podemos ubicarnos en lo que por entonces era la ciudad Santa María de los Buenos Aires. Año 1783. El mapa de América respondía a los caprichos del rey de España. Juan José de Vértiz y Salcedo, nacido en el continente conquistado -en México, para ser más precisos-, dejó su cargo de gobernador de Buenos Aires, cuando todavía pertenecía al Virreinato de Perú, al crearse el nuevo Virreinato del Río de la Plata, el 1 de agosto de 1776. Dos años después obtuvo el título de Virrey de esa difusa y amplia región que abarcaba parte de los territorios de lo que hoy se llaman Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Brasil. Con Capital en Buenos Aires.

Cómo era La Ranchería, el primer teatro de Buenos Aires
TEATRO LA RANCHERÍA

Cuenta la leyenda -o la historia, que no es lo mismo pero es igual- que los objetivos de Vértiz como funcionario de la Corona fueron múltiples y variados. El primero, militar: echar a los portugueses de la banda oriental y resistir a los malones de los habitantes originales de la región que se negaban a entender de qué hablaban estos extraterrestres llegados de las aguas.

Pero don Vértiz también se preocupó por el conocimiento y la cultura, fundó el Real Colegio San Carlos, actual Nacional Buenos Aires, censó la ciudad que resultó tener 24.754 habitantes, a los que había que sumar los 12 925 habitantes de la campaña bonaerense; agrupó a los artesanos en gremios tal como lo hacían en Europa, y creó el primer teatro de la incipiente ciudad, en la misma manzana del Colegio, ese solar de los Jesuitas en donde habían erigido su Iglesia. Estas fueron sus primeras medidas en el primer año de gobierno. Todo un accionar que dejó una huella identitaria, la sociedad empezaba a conformarse en torno a los militares, la Iglesia, el conocimiento científico, los gremios de artesanos, y el teatro.

Dicen que dicen que ya en 1717, en la ciudad de Santa Fé, se presentó la primera obra teatral argentina, escrita por Antonio Fuentes del Arco y protagonizada por tres hombres, en cuyo texto se agradecía a Felipe V por suprimir el impuesto a la yerba mate.

Hay que reconocer que teatro siempre hubo, con o sin edificios, con o sin actores, pero fue en 1783, cuando el Virrey Vértiz, quien ya había demostrado su voracidad militar en la campaña contra Tupac Amarú y la represión a la rebelión de Oruro, descubría que no solo de guerras vive el hombre y fundaba el primer teatro oficial.

Entre los fundamentos de la medida que ordenaba la creación de la primera ‘Casa de Comedias’ establecía que al teatro “no solo lo conceptúan muchos políticos como una de las mejores escuelas para las costumbres, para el idioma y para la urbanidad general, sino que es conveniente en esta ciudad que carece de diversiones públicas”.

Algo así como admitir que sin un poco de teatro la ciudad era un embole.

El Teatro de la Ranchería y su fuego inextinguible | Argentores

Historia de la Ranchería

“En todo acto fundacional hay un componente mitológico. Quizá también en eso resida la importancia de cierta clase de conmemoraciones, recordatorios o aniversarios. No se trata sólo de legar a las futuras generaciones la impronta de determinadas fechas ligadas a acciones que resultan necesarias salvar del olvido; por sobre todo se trata de lograr que, con el pasos de los años, incluso de los siglos, haya siempre una posibilidad de lo más esencial: seguir rescatando de entre los escombros de las palabras restos de verdad, por más mínima que sea, con la esperanza de dar un día con una muestra arqueológica lo suficientemente sólida capaz de revertir definitivamente un discurso homogéneo, discurso que generalmente está del lado del poder de turno. Mucho de esto hay en cada 30 de noviembre para quienes amamos el teatro en todas sus manifestaciones.”, escribe Sebastián Basualdo para Argentores.

Tal como recuerda José María Gutiérrez en la Revista de Buenos Aires: “La casa de comedias se construyó bajo un humildísimo techo de paja en La Ranchería”, el lugar elegido era un depósito de frutos y productos de las misiones de los Jesuitas. Esta hermosa conjunción de comidas, palabras, canciones y colores, formó parte del nacimiento de nuestro teatro nacional.

En la esquina de Chacabuco y Alsina, frente a la ‘Botica de los Angelitos’, la farmacia del lugar, había un cartel que decía: “Es la Comedia espejo de la vida’, y a modo de marquesina, cuando había función se encendía el farol de la botica. Entre obra y obra, se ofrecían las clásicas tonadillas españolas en donde se lucían actrices y actores quienes cantaban alegres boleras´´ y ‘seguidillas’ que solían culminar con un festivo baile en las calles.

Fue en La Ranchería en donde debutó en 1788, la actriz María Mercedes González y Benavidez. Viuda, con tres hijos a cargo, pudo ganarse la vida gracias a sus buenas dotes para la poesía y el baile. Recibía una paga de 100 pesos por función. Una precursora que tuvo que pelear contra su propio padre quien consideró el trabajo de su hija como una verdadera deshonra: “no sólo echa sobre sí la nota de infamia sino que la hace trascender a todos sus parientes“. Le inició juicio pero después de seis meses la justicia falló a favor de la actriz. En carnaval se imponía el Fandango, el más popular de los bailes.

A pesar de la incomodidad o la crítica abierta de algunos buenos vecinos de la aldea, el público fue en aumento y se transformó en lugar de reunión para asistir a su actividad lírica y teatral que ofrecía una rica selección de obras escritas por autores de la lírica y el teatro clásico español. Los sedientos burgueses de arte pudieron asistir a puestas de Lope de Vega y también del porteño Manuel José Lavardén.

Fue justamente Siripo, el drama de Lavardén que contaba la triste historia de Lucía, la últma que se representó en la ranchería. Rápidamente se quemó el techo de paja y con él se perdió el texto original de la obra.

Todo indicaba que las buenas costumbres no siempre iban de la mano de la diversión, y La Ranchería empezó a molestar a políticos y clérigos -tan parecidos ellos-. Lo cierto es que un día el teatro ardió. Así lo cuenta José María Gutiérrez: “se incendió en la noche del 16 de agosto de 1792, con uno de los cohetes disparados desde el atrio de la iglesia de San Juan Bautista del convento de Capuchinas, cuya colocación se celebraba. Algunos comentarios piadosos debieron hacer las madres y sus capellanes sobre aquel fuego del Cielo que reducía a cenizas la casa del error y de los placeres mundanos.

Siripo, considerada la primera obra no religiosa escrita en nuestro país, narra la destrucción del fuerte Sancti Spiritus y la leyenda de Lucía Miranda, cautiva española en manos de los indios. Sólo que Lucía Miranda nunca existió”, dice Sebastián Basualdo que dijo Lorena Misetich. La leyenda de Lucía Miranda, parece que fue una imaginería del conquistador y cronista Ruy Díaz de Guzmán, quien entre los cuentos publicados en el siglo XVII en el libro La Argentina manuscrita. 

Lo cierto es que la leyenda continuó de boca en boca, fue vista y revista, y en el siglo XXI apareció de la  Compañía Experimental Los Toritos, de Daniel Fermani, titulada: A Lucía Miranda, que perdió su belleza.

Dos conclusiones Dos

Con relación a los fundamentos de la creación del teatro, Basualdo concluye: “Quién sabe si durante su breve período de vida, no resultó demasiado bueno para las costumbres y el idioma. Sobre todo lo último, lugar de donde nace el pensamiento hasta volverse crítico, independiente. La esencia misma del Teatro.”

Por su parte, la actriz Antonia De Michelis así recuerda en su muro de Facebook este ’30 de noviembre, día del teatro nacional e independiente’:

“Un día como hoy pero de 1783 se inauguraba en Santa María de los Buenos Ayres, el teatro de la Ranchería. Dicen que molestó tanto a la sacrosante Iglesia vecina que, para purificar el lugar, lo prendieron fuego. Parece que el destino de algunos teatros es la fogata: el Nacional, el Picadero, el Argentino de La Plata y tantos otros a través del tiempo dan cuenta de esa fogosa costumbre. Mostrar el cielo y el abismo, los mostruoso y sagrado de la especie humana, es lo que enciende y también hace arder al teatro.”

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Feo, judío, peronista y revolucionario, por Teodoro Boot

Hijo de Abraham, actor, cantor y jazán de la sinagoga de Uriburu y Sarmiento, Germán Rozenmacher vino al mundo el 27 de marzo de 1936 en el hospital Rivadavia, pero llegó a Buenos Aires en un conventillo de la calle Larrea, en pleno barrio de Once. Periodista, narrador, dramaturgo, linotipista ,“feo, judío, rante y sentimental”, con una obra vinculada a la discriminación, la soledad, el desarraigo y las preocupaciones políticas y sociales, fue considerado el escritor más talentoso de su generación.

Quiso primero ser rabino para luego seguir la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires. Marcado a fuego por la violencia libertadora y democrática (“Germán se hizo peronista en setiembre de 1955 al ver la represión de la Revolución Libertadora”, dirá su esposa, la periodista Amelia Figueiredo), amigo de Horacio Eichelbaum, Rodolfo Walsh, Roberto Cossa y Pedro Orgambide, dirigió la sección Cultura del semanario “Compañero”, donde compartió la redacción con Juan José Hernández Arregui, Rodolfo Ortega Peña, Pedro Barraza, José María Rosa y Ávaro Abós, para quien “en la prosa tersa de Germán se combinaban la tradición judía y el peronismo. Era una mezcla explosiva.

El peronismo siempre fue para Germán el espacio de los perseguidos”. Además de en “Compañero”, como periodista, se desempeñó en la revista de ciclismo “Ruedas”, “Panorama”, “Siete Días”, el diario “Crónica” y fue encargado de Policiales de la revista “Así”, que con tres ediciones semanales de 800 mil ejemplares cada una era la joya de la Editorial Sarmiento creada por Héctor Ricardo García. En 1961, edita por su cuenta, con sus manos y de su bolsillo el volumen de cuentos “Cabecita negra”. Distribuido por su esposa en las librerías porteñas, pronto agota los 2000 ejemplares. Rápidamente Jorge Álvarez hace una segunda edición.

Al año siguiente escribió su primera obra teatral: “Réquiem para un viernes a la noche”, que trata de los conflictos familiares de un joven judío que decide adherir a los valores nacionales del país en el que nació. La presentó en una reunión de jóvenes aspirantes a dramaturgos (Emilio Jáuregui, Roberto Cossa, Ricardo Halac) convocada por el director teatral Augusto Fernándes, a fin de que leyeran la pieza que tenían entre manos. Rozenmacher los decolocó al empezar haciendo la música que imaginaba para su obra. Cossa lo cuenta así: . “Recuerdo que él comenzó haciendo con la voz la trompeta, como sentía la música (‘Me gusta cantar, soplar el trombón a vara y la trompeta, pero como no sé tocar, me entretengo haciendo toda una orquesta con la boca’). No estábamos habituados a eso. ¿Qué es esto? ¿Cómo empieza? Lee, lee, lee… se termina la obra y quedamos todos impactados. Elogios. Después siguió Halac, ya ni me acuerdo qué era, pero no lo podíamos seguir”, pero hubo un silencio ominoso y nadie pudo hacer más que callar”.

“Réquiem para un viernes a la noche” se estrenó con gran éxito en junio de 1964 en el teatro IFT. Permaneció tres temporadas en cartel, a sala llena.

En 1967 da a conocer “Los ojos del tigre”, otro espléndido volumen de cuentos, en el que no se aparta de su problemática (“…será un lugar común, pero, ¿no tienen la impresión de que los autores escribimos siempre un solo libro a lo largo de todas nuestras páginas? Y es difícil hacerlo, no crea, porque el striptís al principio parece lindo, pero después…”).

Además de “El avión negro”, en colaboración con Roberto Cossa, Carlos Somigliana y Ricardo Talesnik y de una versión escénica de “El lazarillo de Tormes”, en 1970 finaliza la que será considerada su obra cumbre “Simon Brumelstein, el caballero de Indias”, en la que el protagonista es un joyero de la calle Libertad que abandona sus negocios, convive con su amante y el marido de ella mientras imagina una religión universal, hasta terminar en el manicomio. La leyó en casa de Walter Vidarte y, al decir de Luis Brandoni “la oímos también Sergio Renán, Héctor Alterio y yo. Nos fascinó a todos”.

La obra le traerá muchos sinsabores y una enorme amargura. El teatro de la Sociedad Hebraica Argentina se negó en redondo a poner la obra en escena al considerar que no era adecuado para una institución judía difundir una obra que mostraba a un judío en conflicto con sus tradiciones. Será estrenada por Brandoni recién en 1982, once años después de su tan prematura muerte, a los 35 años de edad.

Ocurre que, al decir de Abós “por judío, perturbaba a algunos peronistas que lo sospechaban sionista. Por peronista, incomodaba a ciertos judíos, defraudaba a la izquierda y era insoportable para la derecha. Por defender a los palestinos fue tachado de traidor. Por revolucionario, para los amantes del orden”.

Ya en su momento había sido sorprendido por las reacciones que provocó el estreno de “Réquiem para un viernes a la noche”. Cuando la obra concluyó, la ovación fue aplastante, pero también se escucharon algunos gritos en contra. Rozenmacher, que no solía ir al teatro, quedó anonadado ante tanta conmoción. No entendía por qué tanto hasta que en el hall del teatro la actriz Cipe Lincovsky lo increpó: ‘Como judía no puedo aceptarlo’.

En opinión del notable dramaturgo Roberto Tito Cossa, la frase más poética y teatral de la generación del 60 fue escrita por Germán justamente en esa obra. Después que un padre judío maltrata a su hijo porque se va a casar con una católica, cuando el muchacho se está por ir de la casa, le dice “Llevá la bufanda”.

(El texto forma parte del libro: “La Verdad Verdadera. Glosas, aguafuertes y crónicas de acá y más allá”, de Teodoro Boot, editado por Ciccus)

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Una lágrimita por Palo Pandolfo, por Américo Schvartzman

Era uno de los (muchos) artistas distintos que da nuestra Argentina. En cada uno de sus proyectos, en cada una de sus bandas (“Don Cornelio y la zona”, “Los Visitantes”), en cada disco nos dejó puñados de canciones diferentes, con matices de una belleza muy particular, con textos cargados de una mirada del mundo que invitaba a reflexionar, a revisar. (Atesoro en especial “Maderita”, “Ritual criollo” y “Antojo”).

En canciones como “Estaré” o “La Pampa” decía con sencillez cosas tremendas, profundas, que revelaban una mirada de lo social y lo ambiental que no sé si era deliberada o si le brotaba como parte de su talento. Le perdí el rastro en estos últimos años, no sé en qué andaba. En 2005 visitó la ciudad y dio una nota a un compañero de El Miércoles (en esa época todavía en papel). En esa charla confirmó que cuando cantaba cosas que sonaban extrañamente valientes (como “Que se abra Buenos Aires, / que se esparza por la tierra”) lo que se decía ahí era exactamente lo que él quería decir. En la entrevista lo ratificó: había que irse de ese conglomerado. Había que deshacerlo, debía esparcirse. “O por lo menos bajar el copete”, dijo literalmente.

En “Antojo” (2004) hizo una selección de canciones en donde se revelaba la heterogeneidad de sus influencias: desde Quilapayún a David Bowie, de La Máquina de Hacer Pájaros a Radiohead, desde Spinetta a Silvio Rodríguez, hasta una versión impar de “Yuyo verde”. En “Ritual criollo”, él, de raíz rockera, incluyó cuarteto (“Argentina 2002”), canciones folclóricas y una cumbia hermosa (“Río Reconquista”). Demasiado complejo para los medios masivos, demasiado sofisticado para las “tribus”, demasiado popular para la intelectualidad, demasiado genuino para la careteada.

En 2005, número 176 de El Miércoles, en la charla con Javier Kolker, Palo dijo cosas como: “Yo no soy rock, soy raíces. A esta altura del partido y montado en mi carrera rescato el bajo perfil, me gusta mucho. No creo en el éxito personal en el Tercer Mundo. Acá, si vos laburás, morfás. Yo vivo de la música, soy un afortunado total. Fluyo con el país, voy acompañando la evolución de la clase trabajadora. El lugar que ocupo me lo construí con mis errores y mis virtudes. Yo no caigo más, estoy re tranquilo. Cuando me hice solista pensé que iba a venir una multinacional, que me iban a poner 40 lucas verdes, que iba a saldar la hipoteca de un día para otro (risas)… Lo mío es popular, no es rock… Por eso estoy donde estoy, si hubiera dicho ‘soy Rock’, no hubiera tenido los problemas que tuve con las compañías. Yo no soy rock. Yo soy raíces con actitud proletaria. (…) En la mejor época de Los Visitantes tocamos para 30.000 personas. Pero creo que los mejores shows son en bares, en lugares chicos”.

También fue duro con el rock: “Toda esa energía ritual quedó en una zona fantasma, en un limbo de la droga y el reviente, sin salida. Nunca hubo un mensaje que ayude primero a uno mismo y después al resto de la gente. Y para eso estamos, para ayudarnos los unos a los otros. A mí antes me interesaba la masividad. Hoy creo que el éxito y los millones no conducen a nada”.

Hasta siempre Palo, y gracias por todo.

(Tomada del ‘muro’ de Américo Schvartzman. La foto y el título son de la nota, publicada en El Miércoles 176, 17 de agosto de 2005) 

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