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La Columna Vertebral

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Destacada

A cien años de la huelga general y sus 1356 muertos

Agradecemos a Christian Ferrer quien en el 2005 encargó la traducción de éste capítulo del libro de Katherine Dreier para publicar en la Revista Sociedad, número 24, de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Y en el Centenario de la histórica huelga de 1919 quiso compartir este increíble testimonio.

Traducción de Marie Longobardi

Huelga General, Buenos Aires, enero de 1919. Capítulo del libro «Five Months in the Argentine from a Woman’s Point of View» de Katherine Dreier -millonaria y feminista que vivió esos días en Buenos Aires-.

Katherine Dreier

“Cuando sugerí por primera vez la posibilidad de ir a Sudamérica muchos me advirtieron acerca de lo peligroso que podía ser, recordándome sus constantes revoluciones, pero yo simplemente me reí ante esta idea, diciendo que hablaban de una Buenos Aires de hace cincuenta años atrás, no de la Argentina de hoy. Sin embargo estaba equivocada, pues el Espíritu de la Revolución aun acecha a este país grande e inquieto. Como ya he citado, “la historia de los pueblos del sur está llena de revoluciones y es rica en sueños de una perfección inalcanzable”. Es esta audacia para hacer frente a revoluciones lo que los vuelve tan interesantes. Somos todos una mezcla tan curiosa de valentía y miedo… lo que en el norte nos deja impertérritos, a ellos en cambio los sobrecoge de temor, tal como se ve ilustrado en la época de la epidemia de la que hablaré más tarde, ¡pero quién en New York no estaría aterrorizado ante la idea de una revolución! ¡Sin embargo García Calderón se refiere a ella como la única manera de conseguir la perfección inalcanzable! Y yo por mi parte estaba feliz de encontrarme casualmente en Buenos Aires en el momento en que una nueva ola de búsqueda de lo inalcanzable arrasó con la ciudad.
Para la mayoría fue como un rayo que cayera de los cielos. ¡Tan inesperado! Todos sabíamos de la “Huelga Vasena”, había durado semanas, ¿pero a quién le importaba? ¿Quién realmente estaba interesado salvo de manera vaga y lejana? Pero entonces cayó el rayo. Se llamó a una Huelga General y los trabajadores de Buenos Aires abandonaron sus herramientas. Fuimos entonces forzados a prestar atención – nosotros, gente cómoda. Tuvimos que escuchar la historia de la Huelga Vasena, la Huelga del Puerto y otras huelgas; la gente exigía que escucháramos, nos obligaron a escuchar. ¡Y vaya que escuchamos! Cuán diferentemente fue que escuchamos todos, es lo que trataré de contar. También intentaré contar la historia imparcialmente, tal como a mí me llegó, una de los tantos oyentes forzados en Buenos Aires.
La huelga se convocó para las tres de la tarde del jueves 9 de enero, una huelga general para asistir al funeral y honrar a los muertos que habían caído el día anterior en los Talleres Vasena. Esto, como ya dije, fue como si una bomba hubiera caído del cielo, puesto que nadie lo esperaba. Nunca había creído posible que los trabajadores pudieran estar tan enardecidos como para organizar satisfactoriamente semejante huelga. Caí en la cuenta de lo terribles que debían ser las condiciones en las que estaban viviendo y trabajando como para lograr que ésta fuera posible, ya que se trató de una huelga general en la que todos participaron. Incluso nosotros fuimos obligados a hacer caso de sus muertos, dado que quienes hacían a nuestra comodidad se rehusaron a trabajar. 
El nuestro fue el único hotel que consiguió servir las comidas a sus huéspedes durante los siguientes días, así como continuar con el aseo de las habitaciones. Todos los otros hoteles, incluso los mejores, como el Plaza, el Majestic y el Savoy, no pudieron hacer nada por sus huéspedes más que permitirles conservar sus habitaciones. Éramos, por lo tanto, más afortunados y personalmente padecí poco, siendo la única diferencia el tener que tomar el desayuno en el comedor en vez de tenerlo servido, de acuerdo a la costumbre europea, en nuestras habitaciones (costumbre que existe en toda Sudamérica). Si uno puede llamar incomodidad al tener que presentarse puntualmente para el almuerzo y la cena (que se servía a modo de table d’hote ), entonces estábamos incómodos. Que nuestro hotel pudiera servirnos tan bien se debía a la lealtad personal de un cocinero, dos camareras, el conserje, el maitre d’hotel y el cajero; todos daban una mano. Pero en otros hoteles donde el espíritu de cooperación entre el patrón y los empleados no existía, los huéspedes sufrieron bastante. Todo se detuvo; todos los panaderos, todos los lecheros, todos los carniceros, todas las tiendas, todos los carruajes y coches, todos los automóviles, todos los tranvías. De hecho el trabajo mismo se detuvo y el indefenso millonario se vio obligado a depender de sus propios recursos. Después de todo, quedó demostrada la inutilidad del oro cuando la gente se rehúsa a reconocerlo como bien de cambio. Porque el oro no podía llevarnos de aquí para allá, u hornear o freír o realizar ninguna de las tantas cosas que hacen agradable la vida. Tan bien organizada estaba esta huelga que ningún coche privado siquiera intentó aventurarse a las calles. La comida que se traía del campo fue abandonada a pudrirse en el depósito, ya que no había hombres para descargarla del tren ni nadie que luego la cargara a los vagones para ser transportada, como tampoco ningún vagón para llevarla. Los hospitales se vieron forzados a enviar sus ambulancias, enarbolando la Cruz Roja, a recolectar sus alimentos de la estación. Esto devino en duras privaciones para las madres con criaturas y para los niños pequeños, puesto que no habría de comprarse ningún pan, no habría de tenerse nada de leche.
   La causa de este tremendo trastorno era la huelga que había durado tres semanas en los Talleres Metalúrgicos Vasena. Vasena, un inmigrante italiano, había logrado montar los talleres metalúrgicos más grandes de esta parte de Sudamérica. Después de su muerte, los talleres se convirtieron en una compañía mayormente adquirida por capitalistas ingleses. Los hombres exigían menos horas de trabajo y mejores salarios. Al haber sido rechazadas estas demandas declararon la huelga. La compañía, no obstante, mantuvo los talleres en funcionamiento contratando rompehuelgas japoneses en un número de alrededor de trescientos. Los ánimos se exaltaron y el resultado fue que el miércoles, ocho de enero, el estallido causó la muerte de varios huelguistas. Se llamó a una huelga general al principio únicamente para la tarde del jueves, dirigida a la gente de Buenos Aires con el fin de honrar a los trabajadores muertos. Esto era un jueves nueve de enero, el funeral a realizarse a las tres de la tarde. Lo que ocurrió luego nadie lo sabe, pues cada parte niega rotundamente haber sido autor del primer disparo. ¡Pero hubo un primer disparo! Una tremenda multitud de condolientes había precedido los coches fúnebres. Entre las personas que formaban el cortejo se encontraban algunos diputados socialistas, uno de los cuales le contó a la Doctora Moreau que al entrar al enorme cementerio llamado Chacarita, donde los pobres entierran a sus muertos, fueron repentinamente atacados y baleados por la policía. Se desencadenó un terrible tiroteo que resultó en la muerte de cuarenta o cincuenta personas más. Los huelguistas firmemente sostenían –y estaban respaldados por el diputado socialista– no haber sido los primeros en atacar. No es de extrañarse que este incidente, espantoso desde todo punto vista y sobre todo si uno se coloca en el lugar de aquellos que lloran a sus víctimas, lograra una expresión de apoyo entre todos los trabajadores a lo largo de toda ciudad.
Esa noche se llamó a una huelga general a la que todos respondieron, y el viernes por la mañana Buenos Aires despertó para descubrir que no había periódicos en sus mesas de desayuno, y hacia la tarde todos los empleados habían salido de sus casas y fábricas. La policía a su vez sostiene que simplemente se encontraba vigilando la entrada al cementerio para prevenir disturbios, y que ellos habían sido los primeros en ser atacados. No tomaré partido puesto que nadie sabe quién disparó, pero sí sé que el trabajador propiamente dicho en Buenos Aires está trabajando en condiciones que hacen que mis simpatías estén de su lado cuando lo que intenta es mejorar su situación.
Buenos Aires se encontraba en una curiosa posición, puesto que el día en que se declaró la Huelga no tenía Jefe de Policía. El Presidente Irigoyen (sic ) inmediatamente dio orden al General Dellepiane a tomar el mando total de las tropas y la policía durante la huelga. Esta fue, sin duda, una sabia decisión, ya que el General Dellepiane era un hombre que contaba con la total confianza y respeto de todos, patrones y obreros, argentinos y extranjeros. Dado que, por extraño que pueda parecer, el mayor alboroto provino de los extranjeros. El Dr. Gonzales (sic ), anterior Ministro de Guerra, fue entonces nombrado Jefe de Policía bajo las órdenes del General Dellepiane. Inmediatamente se convocó a la milicia y se ubicaron ametralladoras en los edificios administrativos, en la Casa Rosa (sic) en la Plaza de Mayo, en la Plaza Constitucione (sic), y en la Bocca (sic). Se situaron guardias armados ante la residencia privada del presidente, los edificios de la compañía de agua, los edificios de la compañía de gas y electricidad, el correo y las estaciones telegráficas, los cuarteles centrales de policía, el arsenal, las diversas estaciones de ferrocarril, los Talleres Metalúrgicos Vasena y frente a los depósitos del puerto. ¡Ni el famoso Jockey Club fue pasado por alto! Algunos barrios, aquellos en donde vive el trabajador más humilde, estaban particularmente vigilados y se encontraban cortados por cordones de tropas y policía que inspeccionaban a todos quienes quisieran pasar. Yo no podía sino sentir admiración hacia los hombres que habían organizado la huelga. Tan perfecta era, que en una ciudad de un millón y medio de habitantes no se podían encontrar suficientes rompehuelgas para contrarrestar la huelga general organizada. No creo que en los Estados Unidos sea posible lograr tal organización, y esto pienso habla bien de los Estados Unidos. Creo que solamente cuando el sufrimiento del hombre ha alcanzado tal intensidad y llega a agotar su última resistencia, la naturaleza humana recurre a medidas tan drásticas. La policía montada dispersaba todas las reuniones y, al mirar las calles desde mi balcón o al dar un paseo diario por mi zona, quedaba impresionada ante la seria expresión en los rostros de los hombres así como ante su serena dignidad.

Durante todo el día, el viernes diez, los únicos ruidos que llegaban de la calle fueron el retumbar de las grandes furgonetas que iban y venían, llevando su carga de infantes de marina armados para vigilar el puerto y los Talleres Vasena. Desde mi balcón pude observar muchos pequeños episodios donde la huelga se hacía presente más claramente. La desdichada llegada de los viajeros a la Estación Retiro sin ningún vehículo que los trasladara a su destino final; dándose cuenta súbitamente cuán lejos y a trasmano quedaba la estación, locación que siempre había parecido tan conveniente. Pero vaya si no es una historia totalmente diferente cuando uno tiene que cargar todo su equipaje uno mismo y caminar pesadamente, dificultosamente, en el insoportable calor de verano, hacia la zona residencial de la ciudad. 
A las nueve y media de la noche se llevó a cabo una emboscada bajo mi ventana en el Passeo de Julian (sic ), uno de los bulevares montado de la manera más espléndida en la ciudad. Un escuadrón de soldados de infantería de marina estaba persiguiendo a unos huelguistas que habían escapado del arresto y era realmente escalofriante ver a estas figuras revestidas de blanco lanzándose velozmente, entrando y saliendo entre los arbustos y árboles, a la caza de estos hombres con sus bayonetas relucientes al descubierto. A las diez en punto las ametralladoras abrieron fuego y el intenso cañoneo se prolongó durante media hora.
Cuando la comida comenzó a escasear, se tomaron por asalto varias comisarías, entre otras las No. 12, 20, 21, 30 y 32, imponiéndose a los guardias. Se dispusieron ametralladoras en los techos en estos sitios. Se tomaron por asalto la oficina de correos y el arsenal y todos los comercios que tuvieran armas de fuego fueron saqueados. Los huelguistas también intentaron cortar todos los cables eléctricos, de manera que toda la ciudad quedara sumida en la oscuridad total, pero en esto no tuvieron éxito. Sí lograron, no obstante, destruir muchas lámparas, 1500 lámparas de petróleo, 300 lámparas de arco voltaico y 1000 bulbos eléctricos, alcanzando su cometido a lo largo de todos los sectores residenciales, que se encontraban ahora en completa oscuridad. Esto aumentaba la confusión general al anochecer, y como muchas personas con malas intenciones utilizaban esta oportunidad bajo el pretexto de la huelga para ajustar alguna cuenta o llevar a cabo alguna venganza privada, el peligro se vio incrementado. En consecuencia, muchos jóvenes de buenas familias se ofrecieron como voluntarios en la fuerza policial para mantener bajo vigilancia su sector y, como se requería a la policía en todos lados al mismo tiempo, aun siendo asistidos por la milicia, esta ayuda agregada permitió que algunos pudieran descansar un rato. 
La posición del Gobierno no fue aliviada por los títulos de algunos periódicos extranjeros, especialmente los ingleses. Ya que, después de todo, el Presidente Irigoyen como presidente de la Argentina del rico y del pobre, del patrón y del obrero, contaba con la clarividencia como para advertir que cada parte tenía sus verdades a favor. Como le sucede a todo quien intenta ser justo, fue atacado por todas partes –por los empleadores por aliarse con los huelguistas, por los huelguistas por aliarse con los empleadores. Como yo veía la situación desde el punto de vista de alguien ajeno a la misma, no siendo ni patrón ni obrero, me parecía que el Presidente estaba tratando de ver las razones a favor de ambas partes, así como las razones en contra. Los ánimos se caldearon y el intenso calor durante esos días lo estimulaban en vez de aplacarlo. Por mi parte, pienso que, tomando todo bajo consideración, el gobierno controló la situación notablemente bien, y, en general, la gente mostró gran dominio de sí misma.
El once de enero La Prensa y La Nación volvieron a publicar sus periódicos por primera vez. Salí a dar mi paseo habitual, y, al caminar por Sarmiento llegando al cruce con la Calle San Martín pasé a tres policías armados que montaban guardia para impedir que nadie circulara por San Martín entre Sarmiento y Corrientes, la cuadra donde La Nación tiene su edificio. Cada policía portaba un arma cargada y una bayoneta. Al llegar al cruce, un hombre intentó abrirse paso a través de la policía, y entonces me di cuenta cómo fue que se mató a tanta gente inocente el día anterior, pues si el policía hubiera tenido que disparar, la bala perfectamente hubiera podido darme a mí tanto como a aquel a quien en realidad estaba destinada.
Se colocaron carteles por todas partes pidiendo a la gente que permaneciera tranquila. Se abrió fuego de metralla nuevamente a las 6 de la tarde, aunque se rumoreaba que la huelga terminaría esa noche. A la mañana siguiente, 12 de enero, aparecieron todos los periódicos. La huelga se había dado por terminada al final de la noche anterior excepto en los puertos. A las tres del día 11, un Comité de la Federal Obrera Regional , compuesto por los trabajadores Sebastián Marola , Manuel Gonzáles, Petro Vengut y Juan Curmos, presentó sus condiciones al General Dellepiane. El comité de trabajadores exigía, primero: La libertad de todos quienes hubieran sido detenidos durante la huelga; segundo: La aceptación de las condiciones que los huelguistas presentaran a la firma Vasena; tercero: La reincorporación de todos los trabajadores que habían sido despedidos por los Ferrocarriles Southern Pacific. Al mismo tiempo aprovecharon esta oportunidad para asegurar al gobierno que en ningún modo eran ellos responsables de los ataques perpetrados contra la oficina de correos y al Jefe de Policía. Esto sucedía a las tres. A las cuatro el Sr. Alfredo Vasena asistió a una conferencia con el Ministro del Interior y aceptó los términos de los trabajadores. Por consiguiente, el Jefe de Policía en nombre del Presidente Irigoyen declaró que los prisioneros serían liberados y aceptó los términos. Después de lo cual el comité de trabajadores emitió un manifiesto declarando que la huelga había concluido.
Algunos extractos de mi diario durante esos días quizás puedan agregar detalles de color a la historia general.
“Cerraron sus puertas todos los teatros, todas las salas de cine, la ciudad quedó completamente muerta. Apenas un puñado de cafeterías, de las menos costosas, tenían sus persianas de hierro a medio abrir, dado que en Buenos Aires todos los restaurantes y tiendas están equipados con persianas corredizas de hierro corrugado frente a sus ventanas y entradas principales. Estas persianas se encontraban abiertas de modo tal que al agacharse uno pudiera entrar a comer algo y, al mismo tiempo, en caso que los huelguistas lo objetaran, las persianas podían cerrarse y obstruirse. Los médicos debían enarbolar la bandera de la Cruz Roja para poder pasar sin ser importunados”.
“The Standard, en su publicación del 12 de enero, asume que la mayoría de los ataques de los trabajadores estaban dirigidos contra las firmas inglesas o de propiedad de los Aliados y, por lo tanto, creía que la huelga era fomentada por Alemania. Los rumores, por el contrario, dicen que las firmas inglesas explotan a sus hombres más que otras firmas. Quién tiene a la verdad de su lado es difícil de aseverar, pero esto es seguro: si las condiciones y horas de trabajo no hubieran sido tan terribles, la huelga nunca podría haber tenido lugar”.
“Hacia el mediodía del domingo 12 pasó el primer tranvía, y para las doce y media ya circulaban regularmente cada pocos minutos. Alrededor de la una y media, las tres líneas de vuelta al hotel hacían su recorrido normalmente, aunque pararon a las siete de la tarde”. 
“El odio de clase se puede observar en muchos pequeños incidentes. En particular, quedé sorprendida por un episodio que había presenciado entre un hombre de la denominada clase superior y un obrero. La indiferencia del obrero había despertado tal ira en el otro hombre que éste se hizo de una piedra afilada del suelo con intención de arrojársela al primero, pero luego, en vez de cumplir con este cometido, fue poseído por tal pasión que comenzó a patear a su adversario tal como lo hubiera hecho un niño malcriado. El obrero permanecía absolutamente pasivo hasta que algo que se dijo lo irritó, y entonces, repentinamente, extrajo su cuchillo. Afortunadamente para ambos, un hombre interfirió, un policía hizo sonar su silbato, apareció un automóvil con cuatro soldados armados, se acercó, dio una vuelta alrededor lentamente. Finalmente la multitud se disipó y un policía se marchó con el caballero, otro con el obrero… el auto se alejó”.
“Al atardecer los oficiales de marina circulaban nuevamente camino del cumplimiento del deber. En la misma mañana del 12 de enero volvieron a aparecer todos los periódicos. Alguien atacó a un canillita que vendía periódicos en mi esquina. Se había reunido una inmensa multitud y tres policías para escuchar la historia del chico. Dos de los policías fueron tras el hombre que había hurtado y destruido los periódicos del muchacho, pero no lograron atraparlo. Hacía calor y volvieron exhaustos y exasperados, y, queriendo dar rienda suelta a sus sentimientos reprimidos, comenzaron a golpear al pobre canillita con el llano de sus espadas y a gritarle que se marchara de una vez. Me hubiera gustado poder entender todo lo que se decía en la acalorada discusión entre aquellos que quedaron luego, pero, ¡ay!, sólo pude captar alguna que otra palabra, alguna que repetían constantemente. Algo acerca de ‘esta americana’. Puedo asegurar que no somos exactamente amados. Tampoco lo son los ingleses. No culpo de todas maneras enteramente a la gente, especialmente cuando uno acierta a escuchar comentarios como el siguiente: ‘Era un buen deporte ver las ametralladoras apuntando a los hombres, especialmente si uno se encontraba a salvo en el techo’. ¡Dicha observación proveniente de un escocés! O el comentario de un robusto e hinchado americano que se encontraba tomando su desayuno a las diez, desayuno compuesto de huevos, pan y manteca y dos tazas de café. Insatisfecho por no poder contar también con algo de jamón, dijo en algo parecido a un tono despectivo: ‘Todos aquí se comportan como enclenques. Deberían matar a tiros a algunos cuantos y así darles una lección’. Estaba furioso con el gobierno por interferir con su jamón y huevos, ¡y sin embargo habría de comer algo nuevamente en dos horas y vaya si contaba con ello!”.
“El Lunes, 13 de enero, los coches circularon hasta las ocho de la noche. Los camareros retornaron al mediodía, así como los otros sirvientes, y el hotel una vez más se encontraba en el orden de siempre. Habrían de encontrarse algunos aventurados choferes con sus caballos y carruajes de alquiler, pero no habría de verse ningún taxi”.
“Los informes hablan de 2000 personas muertas en los últimos días. La mayor cantidad de muertos y heridos se produjo en las proximidades de los Talleres Metalúrgicos Vasena. Si bien se hacía responsable de esta huelga a los Talleres Vasena, no se puede soslayar, como ya he mencionado, el hecho de que si la condición del obrero no hubiera sido tan terrible, la Huelga Vasena nunca podría haber devenido la cerilla que envolviera en llamas a los trabajadores en la Argentina”.
“El incidente de los Talleres Metalúrgicos Vasena fue en realidad simplemente la última cerilla que sirviera para prender fuego la ciudad y, a partir de lo que pude averiguar, la historia se sucede como sigue (recibí este relato de un amigo del hombre que actuó como delegado de la Policía bajo el Dr. Casas. El Dr. Casas renunció tres semanas antes de que se llamara a la huelga general): Hace aproximadamente cuatro semanas, cuando comenzó la huelga en los Talleres Metalúrgicos Vasena (donde se emplea a 1400 hombres) ésta tomó una dirección tan seria que la Compañía buscó protección en el Gobierno, protección que le fue garantizada. Como los trabajadores objetaran tal resolución, el Gobierno aconsejó a la Compañía Vasena que cerrara sus talleres y viera de llegar a un acuerdo. Ya se había consentido a esto, cuando desafortunadamente esa misma tarde del miércoles ocurrió el incidente entre los rompehuelgas japoneses y los huelguistas, causando la muerte de estos últimos, con los serios y trágicos resultados que siguieron al momento del funeral el jueves nueve de enero. Me dijeron que el Dr. Casas había renunciado porque creía haber descubierto, a través de la policía de Montevideo, un grupo de bolcheviques rusos que había formado un partido maximalista tanto en Montevideo como en Buenos Aires; por lo que aconsejó al Presidente mandar a detener a estos hombres. Al negarse a esto el Presidente, el Dr. Casas decidió renunciar. El domingo 12 de enero, en una casa en la esquina de Corrientes y Verinejo (sic) , se apresó a los líderes. Se declaró que contaban con el suficiente dinero, municiones y vituallas como para llevar a cabo la conspiración. Un hombre joven de aproximadamente treinta años, cuyo nombre era Pedro Wald –así contaba las historia– fue elegido Presidente Maximalista, y Jean Selestuk, Jefe de Policía. Se rumorea que más tarde Wald murió en la cárcel y que se tomaron como prisioneros alrededor de dos mil Maximalistas, todos ellos embarcados a bordo de una nave que convenientemente habría de naufragar a la altura del Cabo de Buena Esperanza. Más adelante toda esta historia en relación a Wald y el barco resultó ser una ficción periodística. Wald resultó ser no un bolchevique, sino un inocente judío que escribía para el periódico Die Presse, sin siquiera tendencias radicales. El clima estaba tan enrarecido y tan grande era la confusión que existía en la mente de la gente entre rusos y judíos, que muchos judíos fueron atacados al ser confundidos con rusos, y a su vez los rusos fueron tildados de bolcheviques. Incluso muchas firmas ya habían despedido a todos sus empleados rusos y judíos. La Dra. Moreau , médica, fue llamada a muchas casas judías para atender a los heridos. Su descripción de la devastación en estas casas fue muy gráfica: los libros habían sido rotos o quemados, los muebles destruidos, y muchos habían infligido heridas a personas inocentes, todo por una fábula de periódico sumada a la confusión y el temor de la gente. Este fue el primer atentado en la historia de la Argentina contra los judíos. El periódico anarquista La Protesta fue cerrado por la policía y fueron arrestadas las 40 personas que en él trabajaban. El número de detenidos era tan grande que tuvieron que abrirse los inutilizados recintos de la prisión en el Palacio de Justicia”.
“La huelga de los puertos se expandió a todas las embarcaciones de las líneas del Atlántico. Otra vez los rumores exageraban, diciendo que todos los servicios de ferrocarril se encontraban suspendidos, pero este era un informe falso ya que, en realidad, había pocos pasajeros, todos quienes pudieran hacerlo se quedaban en casa”.
“Para el 14 de enero los coches no se aventuraban fuera más tarde de las diez de la noche. Este día las ametralladoras se escucharon nuevamente en dirección de la estación de ferrocarril. Las emociones se enervaron y estuvieron tan incubadas por los residentes ingleses y americanos que la Cámara de Diputados aprobó una resolución el 15 de enero declarando la ley marcial. Esto, sin embargo, no fue aprobado por el Senado. Considerando que la demanda de la ley marcial provenía no de los argentinos sino de los americanos e ingleses, me alegraba que el Senado mostrara tal determinación. ¿Por qué deberían interferir estos poderes extranjeros?”.
“El año anterior había tenido lugar una huelga de siete semanas en los ferrocarriles erigidos con capital inglés. Los huelguistas demandaban pensiones de retiro y el Gobierno finalmente obligó a la gerencia a claudicar al aprobar una Ley de Pensión de Retiro para los empleados de los ferrocarriles. El servicio se restauró, pero incluso hoy es precario, pues nunca se sabe cuándo comenzará una huelga, ya que la política de los ferrocarriles ha sido despedir a los hombres poco tiempo antes de poder reclamar su pensión”.
“El 16 de enero aparecieron los primeros taxis, y el primer barco salió de Montevideo hacia Buenos Aires. En tanto la huelga continuaba, se transfirió a los pasajeros, en Montevideo, del transatlántico a los barcos fluviales pudiendo de esa manera arribar o partir”.
“Fue la primera noche que me animé a salir luego de que oscureciera. Me sentía aburrida de estar tan encerrada, exceptuando mi caminata diaria, que decidí aceptar la invitación a cenar en un restaurante cercano. Comparativamente, poca gente se había animado a salir aparte de nosotros, y todos los policías todavía portaban rifles cargados por la noche. Personalmente, como mujer, nunca me sentí tan segura como durante toda la huelga. Los hombres de verdad estaban demasiado ocupados y los cobardes se quedaban en casa. No se era importunado”.
“El final de la Huelga General, excepto la huelga del puerto, llegó el viernes 17 de enero, cuando el General Dellepiane llamó a una junta de representantes de la Federación del Trabajo y a los Anarquistas para discutir con ellos sus motivos de queja. El Presidente había dado su palabra a la Federación del Trabajo que se encargaría de que las compañías no se desquitaran con los huelguistas, quienes serían reincorporados en sus trabajos. Quinientos hombres arrestados ya habían sido puestos en libertad, ciento cincuenta más habrían de ser liberados durante el día, quedando alrededor de cuatrocientos todavía encarcelados a ser liberados al día siguiente. La huelga del puerto, no obstante, se mantuvo hasta el lunes 3 de febrero y se reinició nuevamente el martes 4 de febrero, como cierre patronal forzoso por parte de los navieros”.
Fue una experiencia maravillosa haber sobrevivido a la Gran Huelga, pero tal experiencia no tiene valor alguno a menos que se derriben los muros que nublan nuestra vista. Todo el tremendo cataclismo que el mundo ha atravesado en estos cinco últimos años no servirá para nada, y sólo engendrará uno mayor, a menos que haya reconciliado al mundo entero en una mayor comprensión a través de su sufrimiento. A través del sufrimiento, el mundo entero se emparenta. Y esta gran huelga de Buenos Aires no fue más que el círculo exterior del blanco de los movimientos que alcanzan a los países lejanos que radiaban de la bomba que había perforado a la civilización; expresión de una de las agitaciones periféricas de la calamidad del mundo.
Tenía que suceder. Bajo toda nuestra prosperidad y paz aparente, descansa una injusticia hacia la vida humana que tenía que hacerse conocer a todos. Como el Dr. Enrique Mouchet tan sucintamente nos expusiera en una conferencia: “Hace cien años la Revolución Francesa tuvo lugar porque el pueblo había caído en la cuenta de la injusticia de la entonces existente iniquidad política. Esta Revolución habría de instaurar la igualdad política en el mundo. Le llevó cien años evolucionar al pensamiento que había explotado en ese tiempo. Hoy la igualdad política existe prácticamente en todo el mundo, o al menos un trabajo más completo hacia ella. La Revolución Rusa es, a su vez, una explosión hoy para obligar al pueblo a tomar conciencia de la injusta distribución que impide la satisfacción de las necesidades primarias y fundamentales. No debemos impacientarnos si esto también lleva cien años, pues una revolución no cesa cuando se restaura el orden externo, es justamente entonces que la evolución comienza”. Mouchet hablaba a un grupo de trabajadores argentinos y lo que se me ocurrió en relación con lo que estaba diciendo era la idea de la bondad fundamental de las leyes de Dios. Un pensamiento nace –y crece hasta alcanzar a muchos– mediante el sufrimiento. Tomemos el pensamiento que hizo erupción en el tiempo de la Revolución Francesa, cien años atrás, para traer igualdad política al mundo. Para los hombres de entonces la igualdad política significaba un poder a ser atesorado, tal como los hombres acuñan el oro hoy en día. Era un terrible desgarro renunciar a un poco de este poder, y cuanto más uno tenía más duro era cederlo o compartirlo. Pero el tiempo hace maravillas y actualmente la persona promedio estaría sorprendida, si se detuviera a mirar atrás, al darse cuenta que compartir el poder político significaba entonces un desgarro tan grande como lo significa la demanda que se hace en el presente por compartir el oro. A la gente de hoy en día le parece simplemente natural que cada hombre y mujer pueda disponer de igualdad política. Cada uno de nosotros sabe que la mayoría no insistirá en ser Presidente de los Estados Unidos, empero, ese era el temor cien años atrás. Se temía que al compartirse la igualdad política se pudiera desembocar en un caos donde todos querrían convertirse en presidente. Y es el mismo temor en la revolución económica que estamos enfrentando hoy. Porque hay miles que sienten el derecho de satisfacer algo de sus deseos espirituales así como de sus necesidades básicas; de tener un poco de tiempo libre al cual llamar suyo y hacer de éste lo que se les antoje, para sí mismos solamente, en vez de ser constantemente esclavos del tiempo, simplemente a los fines de la sustentación y existencia; las personas que cuentan con un tiempo de ocio, una cantidad de medios con los que saciar sus necesidades espirituales, han inmediatamente concluido en que todo el mundo quiere ser millonario, un Pierpont Morgan o un Rothschild . Pero la gente, en general, no reclama ser un Rothschild o un Morgan más de lo que reclama ser presidente de los Estados Unidos. La riqueza implica una pesada responsabilidad a todos quienes desobedecen su ley. Puede tardar una generación, pueden ser dos o tres, pero la ley divina no puede romperse sin sufrir el castigo. Esa es la diferencia fundamental entre las leyes concebidas por el hombre y las leyes de Dios. Mediante el esfuerzo, político o social, las leyes del hombre pueden evadirse, pero ninguna ley divina podrá evadirse jamás, debe ser enfrentada. Y si se hace el intento de evadir la evolución natural de las leyes divinas, el miedo será una de las grandes retribuciones que el quebrantamiento de tales leyes conlleve. El miedo, de una u otra manera la raíz de todo mal; y el miedo entra en la casa del pobre tanto como en la casa del rico, en la del rico tanto como en la del pobre.”

Traducción de Marie Longobardi, Revista Sociedad número 24, invierno de 2005.

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Flavio Vergara: “De voluntario no hay nada”

El Gobierno nacional estableció, mediante el decreto 1203/2026, un nuevo régimen de retiro voluntario para trabajadores estatales. Flavio Vergara, trabajador del Instituto Malbrán e integrante de ATE, cuestionó la medida y denunció que el ajuste, la pérdida salarial y el vaciamiento de organismos públicos generan presión sobre los empleados.

LCV: Flavio, ¿cómo cayó entre los trabajadores estatales el decreto 1203/2026?

Flavio Vergara: «Nos cae muy mal, porque forma parte de una política de ajuste que viene golpeando al sector público. Los trabajadores estatales ya perdimos una parte muy importante de nuestro salario y estamos lejos de recuperar el poder adquisitivo. En lugar de discutir cómo recomponer los ingresos y recuperar las funciones que el Estado tiene que cumplir, se vuelve a plantear una salida que implica reducir la cantidad de trabajadores.»

LCV: ¿Cuánto hay de voluntario en un retiro de estas características? ¿Quiénes pueden estar pensando en irse?

Flavio Vergara: «De voluntario no hay nada cuando se genera una situación de hostigamiento, incertidumbre y deterioro de las condiciones de trabajo. Hay compañeros que pueden pensar en retirarse porque están cerca de la edad jubilatoria o porque no soportan más la situación. Pero una cosa es elegir libremente y otra es que te empujen a irte porque te vacían de tareas, te bajan el salario o te hacen sentir que ya no tenés lugar.»

LCV: ¿Qué condiciones establece el régimen y a quiénes alcanza?

Flavio Vergara: «Hay distintos grupos y condiciones. Se contempla a trabajadores que están cerca de la edad jubilatoria, con requisitos diferentes para mujeres y varones, y también a personas que todavía no completaron los aportes necesarios. En algunos casos se propone que cobren el 60% del salario durante un período de hasta 36 meses, manteniendo los aportes jubilatorios. También hay modalidades que contemplan pagos de hasta 18 salarios, con condiciones particulares según la situación de cada trabajador. El problema es que se presenta como una solución cuando, en realidad, implica que la persona se vaya a su casa con menos ingresos y sin tener garantizada una salida laboral. No se trata de una política para mejorar las condiciones de los trabajadores, sino de una manera de achicar el Estado.»

LCV: ¿Qué sucede con los trabajadores que todavía no reúnen los aportes para jubilarse?

Flavio Vergara: «Quedan en una situación muy difícil. Hay que analizar qué pasa con los años de aportes que les faltan, qué ingresos van a tener y cómo van a sostenerse hasta alcanzar la edad jubilatoria. No es solamente una cuestión administrativa: estamos hablando de personas y familias que necesitan vivir y que no pueden quedar de un día para el otro sin un ingreso suficiente.»

LCV: ¿Qué consecuencias tiene esta política en los organismos públicos?

Flavio Vergara: «El ajuste no solamente se traduce en menos trabajadores. También se pierden funciones que se desarrollaban al servicio de la comunidad. Hay organismos que quedan esperando cómo van a recuperar las tareas que antes realizaban. Cuando se vacían esas áreas, el perjuicio no es solamente para quienes trabajan allí, sino también para la población que necesita esos servicios. En el Malbrán conocemos la importancia de contar con un Estado que tenga personal capacitado y recursos suficientes. Lo mismo ocurre con otros organismos, como el Servicio Meteorológico Nacional, el INTA y el INTI. El debilitamiento de esas instituciones afecta capacidades que son fundamentales para el país.»

LCV: ¿Cómo describirías el clima que se vive entre los trabajadores?

Flavio Vergara: «Hay mucha incertidumbre y angustia. Los trabajadores sienten que sus puestos están permanentemente amenazados y que no saben qué va a pasar con sus funciones. Se los somete a una situación de violencia que termina condicionando las decisiones que toman. En ese contexto, hablar de voluntariedad es engañoso.»

LCV: ¿Qué medidas están preparando para enfrentar esta situación?

Flavio Vergara: «Estamos organizándonos para visibilizar lo que está pasando y exigir que se frene el ajuste. Hay una convocatoria de ATE frente a Olivos para reclamar por la situación de los trabajadores estatales y denunciar este nuevo intento de reducir el Estado. Necesitamos defender los puestos de trabajo y las funciones públicas, porque detrás de cada trabajador hay una familia y un servicio que la sociedad necesita.»

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Alfredo Suhring: “Zivals no es solo un negocio, es parte de la historia de Buenos Aires”

La histórica disquería y librería Zivals, ubicada en la esquina de Corrientes y Callao, enfrenta la posibilidad de ser desplazada por las obras de la futura Línea F del subte. Alfredo Suhring explicó la importancia cultural del espacio, el impacto que tendría su pérdida y las alternativas para preservar el negocio.

LCV: Alfredo, ¿cómo están viviendo esta situación con Zivals y el proyecto de la Línea F?

Alfredo Suhring: «Estamos preocupados porque Zivals no es solamente un negocio. Es un lugar que tiene una historia muy importante y forma parte de la vida cultural de Buenos Aires. La posibilidad de que desaparezca o tenga que dejar su ubicación por las obras del subte nos genera una enorme incertidumbre.»

LCV: ¿Qué significa Zivals para la cultura porteña?

Alfredo Suhring: «Es un espacio que durante décadas fue un punto de encuentro para quienes buscan música, discos y libros. Por acá pasó muchísima gente y también artistas. Hay una historia que se construyó durante años, con un catálogo muy amplio y una relación con el público que no se puede reemplazar de un día para el otro.»

LCV: ¿Qué dimensiones tiene el negocio y cuántas personas trabajan allí?

Alfredo Suhring: «Tenemos un catálogo de alrededor de 50.000 títulos y una trayectoria de aproximadamente 55 años. Trabajan unas 40 personas. No es solamente el local y la mercadería: hay un equipo que conoce el material, atiende a los clientes y sostiene una actividad cultural que se fue construyendo a lo largo del tiempo.»

LCV: ¿Qué respuesta recibieron frente a la posibilidad de que las obras afecten el local?

Alfredo Suhring: «Hubo muestras de apoyo de mucha gente, incluidos artistas y personas vinculadas a la cultura. Eso demuestra que existe una valoración que va más allá de lo comercial. Entendemos que las obras públicas son importantes, pero también creemos que se deben buscar alternativas que permitan preservar un espacio con esta trayectoria.»

LCV: ¿Sería posible trasladar Zivals a otro lugar?

Alfredo Suhring: «Es una posibilidad que se puede analizar, pero no es sencillo. Un negocio con esta historia, con tantos títulos y con una ubicación tan identificada por el público no se traslada como si fuera cualquier comercio. Hay que evaluar qué alternativas existen y si permiten mantener la actividad y los puestos de trabajo.»

LCV: ¿Qué esperan de las autoridades?

Alfredo Suhring: «Esperamos que se escuche nuestro planteo y que se encuentre una solución. No estamos diciendo que no haya que hacer obras, sino que se tenga en cuenta la importancia cultural de Zivals. Sería una pérdida muy grande que desapareciera un lugar que forma parte de la historia de Buenos Aires.»

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Salvador Femenía: “El comercio que subsiste hace un esfuerzo muy grande para mantenerse en pie”

La Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME) informó una caída del 1,4% en las ventas minoristas por el Día de la Madre. Salvador Femenía, dirigente de la entidad, analizó la retracción del consumo, el cierre de comercios, la pérdida de puestos de trabajo y las dificultades que enfrentan las pymes.

LCV: Salvador, ¿cómo estuvieron las ventas por el Día de la Madre y qué mediciones hicieron?

Salvador Femenía: «Yo venía diciendo durante la semana pasada que no esperaba que hubiera un resultado muy distinto de lo que está pasando con el consumo. La medición mostró una caída del 1,4%. Es un dato que se suma a una tendencia que venimos observando desde hace tiempo.»

LCV: ¿Esa caída se suma a los retrocesos de años anteriores?

Salvador Femenía: «Sí. Hay que tener en cuenta que es una caída sobre otra caída. El fenómeno se viene acumulando y no empezó ahora. El consumo ya tenía dificultades, pero la situación actual sigue profundizando ese problema.»

LCV: ¿Cómo está el comercio minorista? ¿Qué pasa con los pequeños negocios?

Salvador Femenía: «Estamos atravesando una etapa en la que cambian las condiciones de la economía y también las formas de comercialización. Hay mucho comercio electrónico y eso modifica la actividad. Al mismo tiempo, el comercio minorista viene perdiendo empleo desde hace muchos años. En algún momento hubo cerca de dos millones de trabajadores de comercio; hoy la cifra es considerablemente menor.»

LCV: ¿Esa caída se produjo principalmente en los últimos tres años?

Salvador Femenía: «No toda. Hubo una caída importante en períodos anteriores y la situación se fue modificando con el tiempo. En los últimos años también hubo retrocesos, pero hay que observar el proceso completo. Además, existe informalidad y hay rubros que crecieron con grandes superficies comerciales que demandan muchos empleados. Aun así, el resultado general es una reducción de la cantidad de puestos de trabajo.»

LCV: La caída del empleo también significa menos consumo. Si hay menos trabajadores con ingresos, hay menos personas que pueden comprar. ¿Cómo repercute eso en los comercios?

Salvador Femenía: «La situación del consumo viene muy mal y se nota. Las empresas pymes hacen un esfuerzo importante para sostenerse, mantener a sus empleados y contar con mercadería. Pero si la demanda cae, llega un momento en que resulta muy difícil mantener la actividad.»

LCV: ¿Qué ocurre con los comercios de distintos rubros, desde los kioscos hasta las zapaterías?

Salvador Femenía: «Hay dificultades en muchos sectores. La situación no es uniforme, porque cada rubro tiene sus particularidades, pero el problema general es la caída de la demanda. Los comerciantes necesitan vender para cubrir sus costos y sostener sus negocios. Si las ventas no alcanzan, se complica mantener los locales abiertos y conservar el empleo.»

LCV: ¿Qué diálogo tienen con la Secretaría de Comercio y con el Ministerio de Economía? ¿Pueden plantearles estas dificultades?

Salvador Femenía: «Tenemos algunos contactos con la Secretaría de Comercio y con la Subsecretaría Pyme, pero en la práctica no son áreas que tomen las decisiones centrales. No encontramos un interlocutor que pueda articular respuestas concretas a los problemas que estamos planteando.»

LCV: ¿La caída del consumo se explica principalmente por los precios o por la falta de ingresos?

Salvador Femenía: «No descarto que haya otros factores, pero lo que vemos con claridad es una fuerte caída de la demanda. Cuando una persona tiene que elegir entre comprar un producto o pagar otros gastos esenciales, el consumo se resiente. Los ingresos no alcanzan para sostener el nivel de compras que los comercios necesitan.»

LCV: ¿Qué pasó con los salarios y el poder adquisitivo?

Salvador Femenía: «Durante 2025 hubo un retraso salarial de entre el 10% y el 14%, aproximadamente. Las paritarias posteriores se fueron ubicando en niveles cercanos a la inflación, pero eso no significa que se haya recuperado lo perdido. Además, cada vez hay que destinar una mayor proporción del ingreso familiar al pago de los servicios públicos.»

LCV: ¿Qué peso tienen los alquileres en la estructura de costos de los comercios?

Salvador Femenía: «Los alquileres son un problema importante porque los propietarios de los locales no suelen bajar los valores. Es una variable bastante rígida. Siempre representaron un costo alto para el comerciante, pero en una situación de caída de ventas se vuelven todavía más difíciles de afrontar. He conocido casos de locales que se abrieron desde cero, lograron consolidarse y después, al momento de renovar el contrato, se encontraron con aumentos muy grandes. En algunos casos, el propietario termina apropiándose de parte del esfuerzo que hizo el comerciante, a través de alquileres elevados o del cobro de un valor llave.»

LCV: Es una situación muy difícil para las pymes, que tienen que pagar el alquiler del negocio, los servicios y, muchas veces, también el alquiler de su propia vivienda.

Salvador Femenía: «Exactamente. La situación es muy complicada para el pequeño comerciante, que tiene que sostener el alquiler del local, los gastos de su hogar y servicios cada vez más onerosos. El comercio que subsiste hace un esfuerzo muy grande para mantenerse en pie.»

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