Podríamos hacer una larga lista de la cantidad de cosas que ocurrieron desde el 19 de marzo del 2020, fecha oficial para los argentinos del día que la ola llegó encarnada en medidas concretas de aislamiento.

El impacto del vacío en las calles y el encierro. La adaptación a los cambios drásticos, el bombazo irreversible sobre trabajos y economías familiares. La novedad de dar clases a través de una pantalla, de extrañar a tanta gente.

Los primeros gestos de unidad, que duraron meses apenas. Pasar de aplaudir filminas y las conferencias de prensa conjuntas a lo de siempre pero en pandemia.

La incapacidad de fijar la atención en algún objetivo. Las pruebas: un presidente puede decir que “estamos vacunando” y en el mismo mensaje decir “no hay vacunas” minutos después.

El embotamiento social que permite que eso suceda. El letargo social que permite que las distintas fuerzas estén en campaña como si no hubiera tanto dolor y daño que reparar. Y que deja que crezca el solucionismo fácil de la derecha represiva, aquí y en tantas partes: los neofascismos que ven un obstáculo en la democracia.

El año pasado vivimos en peligro, este también. Van a ser muchos. Pero no, no me salen listas largas. Me sale pensar en los rostros de los estudiantes a los que solo conocí por zoom. Y en los más de 54.000 muertos. En un puñadito de personas que encarnan algunos de esos números anónimos.

Hoy, cuando vaya a trabajar, me voy a parar en Once. Voy a hacer mi minuto de silencio por todos ellos. Convivimos con la muerte, y de tanto negarla, y banalizarla, hasta jugamos con ella. Yo no. No le tengo miedo, pero sí respeto. Por eso voy a pensar en todas las personas que ya no están con nosotros, para robárselas por un instante a la desmemoria.

(Tomado del muro del autor, Federico Lorenz, profesor y escritor)

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