Hasta ese momento no había caído en la dimensión real de la decisión que había tomado. En la pantalla en frente de mi asiento se mostraba el mapa y el itinerario de viaje. El avión sobrevolaba el desierto del Sahara, sobre el sur de Argelia. La línea roja que dejaba como una estela se extendía desde Bélgica y cruzaba el sur Europa, el Mediterráneo, entraba en Marruecos y seguía hasta donde estaba ahora.

Volaba sobre un continente en el que nunca había estado, sobre un lugar que para mí solo existía en libros, películas y en mi propia fantasía. El continente madre debajo de mis pies.

Me lo dijo apenas nos conocimos. “Voy a aplicar a un trabajo en Sierra Leone”. “Ah, mira vos”, respondí, y poco más. Pero a medida que nuestra relación avanzaba al ritmo de la pandemia, el tema dejó de ser un dato de color y paso a ser una cuestión central. En enero empezó su entrenamiento (virtual) y en marzo le dijeron que su pasaje era para principios de Mayo. “¿Querés venir conmigo? Son, por lo menos, dos años”. Lo pensé, tenía mis dudas. Después de todo y por más crítico que pueda ser uno, vivir casi tres años en Berlín, la capital del motor económico europeo, a uno lo aburguesa.

Tres cosas volcaron la balanza, además de la principal claro, que es el amor que le tengo a mi compañera.

Primero, mi pasión por lo desconocido y las lecciones nuevas en lugares nuevos, ¿cuándo podría tener la oportunidad de vivir en un país africano? Un nuevo desafío, una nueva aventura, un nuevo continente. Aprender es una filosofía de vida para mí.

“Europa está atascada culturalmente; aburre”

Segundo, algo que tal vez para muchos sea polémico: Europa está atascada culturalmente hace, más o menos, 30 años. No produce nada interesante, es una sociedad de clase media alta liberal y conservadora que vive en piloto automático en una burbuja que ni siquiera se molestan en preguntarse quién la paga. Y les aseguro que no la pagan ellxs, por más sistema impositivo que el resto del mundo envidie. Da igual si uno está en el centro de Madrid o de Copenhague, los lugares se parecen, las plazas centrales se parecen, las estaciones centrales se parecen, cambian matices, y cada vez son menos. En síntesis, Europa aburre, es una sociedad mayoritariamente blanca y privilegiada que da por sentado su privilegio y se cree moralmente superior. Por su parte Berlín ya hace rato que no es esa ciudad “pobre pero sexy” de los 70, sino un lugar donde la gentrificación avanza a pasos agigantados, los precios suben, la ciudad se “hipsteriza” (es decir se vuelve cheta) y va quedando la carcasa de una ciudad que alguna vez fue centro de la contracultura y la rebelión, y hoy es más una pose que una realidad.

Sería hipócrita decir que no la pasé bien viviendo ahí, porque la verdad es que tuve una gran experiencia, pero estaba cumpliendo su ciclo y yo, mentalmente al menos, ya estaba preparando la partida. Sobre todo después de unos encuentros bastante racistas que tuve que fumarme en tres oportunidades del último año y medio.

Tercero, la pandemia se había llevado mi trabajo (turismo) y no había (y sigue sin haberla) señal de cuándo podría volver.

Así las cosas, después de pensarlo un poco me decidí. Del país más rico de Europa y uno de los más ricos del mundo (aunque en la comida deje mucho que desear) a uno de los 10 países más pobres del planeta. Sin escala. Bah, una, en Bruselas. De 5 grados a 29, sensación térmica de 37.

Cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de Lunghi y se abrieron las puertas, me abrazó un calor húmedo con olor a lluvia que hacía mucho tiempo no sentía. Era de noche y había un solo avión en la pista. El edificio del aeropuerto era un hangar, viejo y gastado. Mi compañera me había dado el aviso: “vos dejate llevar”. Y hasta que aterrizamos no tenía claro que había querido decir con eso. Me fui acercando  a la puerta de ingreso, donde se había formado una fila. Una mujer me preguntó algo que no entendí y sin esperar mi respuesta me dio un papel con un número. Esperé unos 5 minutos hasta que llegó mi turno, no me pidieron el número así que simplemente se lo di al tipo que me estaba tomando la temperatura. Sí me pidieron los papeles de la visa y me dijeron que siguiese. En la ventanilla siguiente me pidieron el pasaporte. “¡Argentina! ¡Messi!” me dijo sonriente el agente de aduanas. Yo asentí y le devolví la sonrisa. Me pidió que haga fila para que me estampen el pasaporte. Ya dentro del hangar /aeropuerto caigo en la cuenta de que sigo usando la camisa de invierno que me había puesto cuando salí de mi casa en Berlín para el aeropuerto con 5 grados. Era el único en la fila transpirando de la forma en que lo hacía. Esperé unos 10 minutos más hasta que nuevamente mi turno. No me piden la visa, ni el test PCR (nueva forma de viajar en tiempos de pandemia) ni me preguntan qué hago en Sierra Leone ni cuánto tiempo me voy a quedar. Solo miran mi pasaporte y de nuevo: “¡Argentina! ¡Messi! ¡Maradona!” y sonrisas nuevamente. Me estampan el pasaporte con un sello y me lo devuelven.

“DEL PAÍS MÁS RICO DE EUROPA A UNO DE LOS DIEZ MÁS POBRES”

Voy a buscar mis valijas y, mientras espero, una señora con la que había estado hablando en el avión, enfermera en Inglaterra ella, se me acerca y me dice en inglés (el idioma oficial de Sierra Leone): “no te olvides de tomarte las pastillas contra la malaria. Ahora sos mi paciente”. “Todos los días a la misma hora”, le respondo. “Muy bien”, y se va. Nota mental: en algún momento me va a dar Malaria.

Agarro mi valija y mi mochila, no termino de ponérmela al hombro que un chico joven y muy sonriente se acerca con un carrito y me dice “let me help you, sir”, mientras sin esperar respuesta de mi parte sube mi valija y mi mochila al carrito y empieza a caminar. Lo sigo y me lleva hasta donde puedo cambiar los Euros por Leones, la moneda local con uno de los mejores nombres del planeta. Se me acercan (muy cerca) varios hombres gritando cosas inentendibles, de entre todos uno me agarra del brazo y me planta frente a una ventanilla, le doy el dinero y a cambio recibo una absurda cantidad de billetes. Fajos del tamaño de un bloque de hormigón atados con hilo de nylon. No tengo forma de saber si la cantidad que me están dando está bien o no, así que solamente digo gracias y me doy vuelta. El que me agarró del brazo me mira con cara de circunstancia, lo miro hasta que entiendo, del montón de billetes saco uno de 5 mil leones (aprox. 40 centavos de euro) y se lo doy. El del carrito me señala la puerta de salida. Hacia allá vamos cuando justo antes de salir se me planta un militar en frente, arma en mano, y me pide que me haga a un costado para hacerme un chequeo de seguridad. Me pregunta de dónde soy, contesto y se repite el ritual, “Argentina, Messi”. “But where are you coming from now?”, “Germany”, le respondo y, aparentemente solo por eso, me deja ir. El tipo con mis valijas ya me estaba esperando del otro lado de la puerta de salida, donde hay una fila enorme de gente, muchas personas gritando, militares, policías y 4 puestos comerciales, dos de telefonía móvil y dos de ferrys para poder ir a la ciudad, ya que el aeropuerto está del otro lado, cruzando el mar.

Primero compro el pasaje de ferry. Y después me acerco a uno de los puestos de teléfono. El del carrito y una chica de la empresa de celular hablan en Krio, la otra lengua oficial y que está mas extendida que el inglés, mezcla de dialectos originarios, basada en el inglés y alguna que otra palabra de portugués. Yo solo los miro y voy preparando un billete de 10 mil leones. Se lo alcanzo y el muchacho me sonríe y “tenki tenki sir”. Se va. Mi valija y mochila a un costado. La chica me dice que las deje ahí y vaya a hacerme el test de covid, pero que primero deberíamos activar una tarjeta sim de celular, tiene las uñas muy largas pintadas de colores, me pide que abra el teléfono para poder poner la sim y no romperse las uñas. Obedezco. “Were are you from sir?”, “Argentina”, “Oh how nice! Do you live in Argentina”, “No from this moment onwards I live here in Salone”, “Oh even better, and are you married?”, “Kind of”, “I would like to be your friend.”, “Sure we can be friends”. La sim no funciona así que mi nueva amiga me dice que primero me haga el test y vuelva después para activar el chip. Me da mi número de teléfono en un papel y se va.

Me sumo a la fila y espero, veo que hay gente que entra y sale. A esta altura había perdido noción del tiempo, no sé si esperé 15 minutos o media hora. Otro militar armado me recibe, me pide que espere un segundo y me deja pasar. Otra vez un papelito con un número. Me piden que me siente a esperar, y me señalan donde. Cada vez que llaman un número y la persona se va de su asiento, el reto nos levantamos del nuestro y nos movemos una posición. Repito la acción 4 veces hasta que me toca a mí. Nombre, apellido, nacionalidad, fecha de nacimiento y edad. Hace ya tiempo que entendí que mi nombre, fuera del mundo hispano parlante, es bastante difícil de pronunciar, así que lo anoto y se lo muestro a la chica que toma mis datos. Cuando terminamos un tipo cubierto de pies a cabeza con un traje de laboratorio me lleva a una sala contigua, con un pequeño alfiler aguja me hace un corte en el dedo y toma la muestra de sangre. Me alcanza otro número y me pide que vuelva a esperar. “Dejate llevar”, me había dicho mi compañera. Me siento y el procedimiento se repite, alguien llama un número, la persona se levanta y se va, el resto de nosotros también nos levantamos y nos movemos dos pasos al costado y nos sentamos en nuestro nuevo asiento/número. Me llaman, me piden mi número de teléfono y me dicen que me van a avisar del resultado en 48 horas (cosa que no va a suceder, ni en 48 horas, ni antes ni después). Salgo de la sala de testeo y busco a la chica de la tarjeta sim. Mis cosas siguen ahí, pero atrás de una pila de valijas recién llegadas. Me dice que las agarre y que nos vamos. “¿A dónde?”, pregunto. “Al ferry, no sé a qué hora sale pero mejor estar ahí por las dudas”. El calor y la humedad parecen ir in crescendo, o tal vez soy yo de la emoción, nerviosismo y excitación. En la sala de espera del ferry me dicen que va a venir un minibús a buscar a los pasajeros para llevarnos hasta el ferry y que tengo que esperar. Me miran raro. No hay más que 3 personas blancas esperando, una soy yo. Aparentemente de aquí en adelante en este país seré blanco, como si fuese inglés o portugués o alemán. La idea me horroriza pero la entiendo con resignación. Mi nueva amiga intenta e intenta pero no logra activar la tarjeta sim. Me informa que se cayó la red, que vaya a un local en la ciudad cuando pueda y que me la activarán ahí. Me pide mi número de teléfono de WhatsApp y se va.

“ES LA PRIMERA VEZ QUE VEO EL ATLÁNTICO DEL OTRO LADO”

Mientras espero al minibús intento ordenar mis ideas y pensamientos que a esta altura están por todas partes: Berlín, Bruselas, Freetown. Argentina. Messi. Maradona. Esclavismo. Colonia Portuguesa después colonia Inglesa. Guerra civil. Diamantes. Ébola. África. América. En América también hay negros, muchos. En Argentina también hay negros aunque no lo quieran reconocer, negros y aborígenes que no bajaron de ningún barco. El tango viene de los negros aunque los porteños pelotudos crean que solamente italianos y españoles y alemanes. Yo vengo de familia inmigrante pero también una parte indígena. Mi mamá no me enseñó guaraní para que no me discriminen en la escuela. Corrientes, calor y humedad. En Argentina hay racismo y mucho, mezclado con clasismo y los porteños clase miedo se creen avanzados y hace 14 años votan a la derecha recalcitrante. ¿Qué hago en África? Hace semanas que no veo a mi novia y hasta que no la vea y no la toque y no la bese no voy a creer que estamos juntos de nuevo. Hoy a la mañana tomé café en un Le Crobaig en Ostkreuz. Ahora hay un enorme árbol de mango en frente de esta oficina y es de noche y está por llover.

El minibús llega, mis valijas van a parar a no sé dónde pero ya no me importa demasiado. Un tipo me pide plata, le doy 5 mil leones y se me queda mirando. Me empujan y apuran para subir. Yo solo me dejo llevar. No veo nada por la ventanilla, solamente un camino de tierra y noche. Llegamos a un muelle, mis valijas ya están ahí, pero el ferry no. Toca esperar, de nuevo. Una caseta de madera con el muelle al fondo. Todo abierto para que corra aire. Un balcón que da sobre el mar, cerca de la pasarela del muelle. Una tele prendida con la CNN. Una barra pequeña donde pido una gaseosa. Pago y de nuevo de dónde vengo y la sonrisa cuando digo Argentina, el tipo me cuenta que es pescador pero que si lo necesito para que me lleve a algún lado que lo llame y me da su número. A mi también me cuestan sus nombres así que lo anoto como puedo, por pudor no se lo muestro. Se me queda mirando. Cinco mil leones.

Gaseosa en mano me acodo sobre la baranda del balcón y miro al mar, en la playa unos cangrejos chiquititos corren y tratan de evitar que las olas que llegan hasta la orilla los lleven marea adentro. Levanto un poco la vista, es la primera vez que veo el Atlántico desde el otro lado, y geográficamente es lo más cerca que estoy de casa desde que me fui hace cuatro años. Lo que hay en frente mío es un océano con forma de signo de pregunta. Supongo que las respuestas las iré encontrando ola a ola, o no, quién sabe. En este momento todavía ni siquiera sé que preguntas tengo que hacer.

Las luces del ferry, la pasarela, el aire acondicionado a temperatura ártica, un chaleco salvavidas viejo y sucio. El barco va tranquilo en el agua, hasta que de la nada una tormenta, la lluvia cae como si fuese a acabarse el mundo. El barco golpea contra las olas y siento una leve náusea, desde algún lado me caen gotas aunque la ventana está sellada. Las luces, borrosas atrás de la cortina de agua, se van acercando y las estelas viajan como fuera de foco. La tarjeta sim no funciona así que tengo que usar mi número alemán. “Esto me va a salir una fortuna”, pienso. Estoy a los gritos en el teléfono como si eso fuese a mejorar la conexión. Espero que nos hayamos entendido. El barco sigue subiendo y bajando entre olas.

Cuando llegamos a la terminal, en el muelle un chico con una sombrilla que hace de paraguas va escoltando a cada uno de los pasajeros hasta adentro. Cinco mil leones. Me siento con mi valija y mi mochila y son varios intentos de ayudarme a llevarlos que rechazo con una sonrisa que empieza a costarme mantener. Esta vez la llamada entra y no, no nos habíamos entendido bien y mi compañera está en la otra oficina de la otra empresa. De nuevo a esperar. Que venga, que sea real, y que tenga alguna respuesta para las preguntas que aún no se formular.

Buenos Aires, Rio de Janeiro, Copenhague, Bergen, Berlín, Freetown.

La veo llegar, se baja corriendo del taxi, empapada y con una sonrisa enorme que me ilumina la noche. El pelo rojo por todas partes. Nos abrazamos fuerte, nos besamos, nos reímos. Subimos las valijas al taxi. Ella negocia el precio con el conductor, siempre en inglés. “No, es un montón, es acá nomás. No más de 15 mil. Ok. Trato”.

Nos sentamos, nos reímos. Estoy en Sierra Leone.

Mi nueva vida acaba de empezar.


DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here