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Thriller leninista, por Ricardo Ragendorfer
La Primera Guerra Mundial desplomó de manera abrupta la edad de oro del capitalismo liberal europeo, el parlamentarismo y el socialismo reformista que habían florecido juntos durante casi medio siglo de paz, interrumpida sólo por escaramuzas bélicas de relevancia secundaria en las colonias y en la periferia balcánica. Ahora, en cambio, buena parte del Viejo Continente era un polvorín y la sangre corría en plano inclinado.
Pero no en Suiza, la patria de los bancos y los relojes cucú, inmune a tal horror por su proverbial neutralidad. De modo que Zúrich, su metrópoli más cosmopolita, con refugiados de diverso origen, situación y calaña, parecía el paisaje idílico de un mundo paralelo.
Corría la gélida noche del 22 de marzo de 1916 en un cuarto del burdel situado frente al parque de la Villa Bleuer, tapizada por la nieve. El cliente, un ruso que decía llamarse Gregori, había elegido una pupila albanesa; su cuerpo, más blanco que la leche, era pequeño, compacto y con nalgas que lo atraían sobremanera. Pero no era muy animada. De hecho, actuó sencillamente como receptáculo del deseo ajeno. Y cuando la apurada unión acabó, el hombre, con medio litro de vodka en el estómago, quedó dormido. Aunque lo hacía apenas por debajo de la línea del subconsciente. Había llevado una vida peligrosa y estaba acostumbrado a no dormirse del todo.
Lo cierto es que estaba en esa ciudad por una razón específica.
La guerra y la paz
Un mes antes, durante el también gélido atardecer de un sábado, el tal Gregori presenciaba en un cafetín del casco viejo de Zúrich una partida de ajedrez. Su atención estaba puesta en el sujeto que jugaba con las piezas negras.
Éste frunció el entrecejo al mover su rival un alfil para desarrollar así la apertura Ruy López. Y su respuesta fue enrocar. Recién entonces su expresión se relajó. La mirada de Gregori continuaba clavada en la calva de ese hombre con ojos rasgados y barbita sólo en el mentón. Se trataba nada menos que de Vladimir Ilich Uliánov, más conocido como Lenin.
A la hora, tras un violento cambio de piezas, únicamente quedaban en el tablero los dos reyes y un peón negro. El otro jugador entonces le extendió la mano al líder revolucionario en señal de capitulación. Gregori lo conocía de vista; era un artista algo extravagante de apenas 20 años; su nombre, Tristán Tzara. También sabía que paraba en el Cabaret Voltaire, un antro de poetas y pintores vanguardistas ubicado a metros de allí, sobre la Spiegelgasse –“Calle del espejo”, en alemán–, junto al modesto edificio donde vivía Lenin con su esposa, Nadia Krupúskaya.
Gregori también estaba al tanto de que la pareja se había mudado allí a comienzos de ese año al llegar desde Berna, donde Lenin se había asilado en 1914 tras un breve arresto en la Galitzia austrohúngara. El interés que sentía hacia su figura parecía el de un típico admirador silencioso; como tal, tampoco ignoraba ciertos aspectos de su profusa actividad política. Con ese fin empezó a nutrirse de comentarios que circulaban entre los exiliados rusos. Y a la vez solía leer artículos suyos en periódicos partidarios, además de sus obras.
Tanto es así que, días antes, Lenin lo había sorprendido en aquel mismo cafetín enfrascado en las páginas de Notas críticas sobre la cuestión nacional, un texto de su autoría publicado en 1913. Entonces le dedicó una sonrisa casi imperceptible, y siguió de largo.
¿Acaso Gregori llegó a saber que Lenin se había establecido en Zúrich con el único propósito de utilizar su biblioteca pública para la redacción de El imperialismo, etapa superior del capitalismo?
Lenin había empezado a escribirlo en enero. Alternaba esa tarea con los quehaceres propios de su proyecto insurreccional, cuyos detalles no eran muy secretos puesto que se deslizaban a través de los debates en la ya agonizante Segunda Internacional. Ocurre que el súbito estallido de la Gran Guerra había causado al movimiento obrero una grave crisis que hasta alcanzaba a su propia identidad. Motivos no faltaban
En 1914, los emigrados rusos –con pocas excepciones– apenas pudieron dar crédito a sus ojos al ver a los jefes del socialismo europeo arrojar al tacho de basura todas sus solemnes resoluciones antimilitaristas y las proclamas a favor del internacionalismo para exhortar a sus respectivas bases a combatir por los emperadores y odiar al “enemigo”.
Lenin, desde el momento de su arribo a Berna, comenzó a reunirse con algunos bolcheviques para idear una estrategia ante el conflicto. Su proyecto fue convertir aquella puja armada de carácter imperialista en una guerra civil. La contienda mundial debía servir para acelerar el proceso revolucionarios en la vieja Rusia. Y ya en Zúrich esa tesitura llegó a acercarlo a un antiguo rival, León Trotsky, quien se movía entre Francia, Bélgica y Suiza.
Claro que informes muy minuciosos de tales cuestiones eran enviados por los espías zaristas con suma puntualidad a las autoridades rusas.
Pero, ahora, durante aquel apacible sábado de febrero, Lenin disfrutaba del final de otra lucha, la que acababa de ganar en ese tablero de 64 casilleros.
Y tras despedirse de Tzara, le dedicó a Gregori –en esta ocasión a modo de saludo– otra sonrisa casi imperceptible, como de compromiso. Después se perdió tras la puerta.
Es posible que aquel tipo no haya sido para Lenin más que una sombra empeñosa e insignificante. Tenía 45 años. Era de Rostov, una urbe pegada al rio Don, en la zona occidental del imperio ruso. Alguna vez había pertenecido al Partido Social-Revolucionario, fruto de la unión de varios grupos populistas de comienzos del siglo. Ahora se movía en la periferia de los bolcheviques. Pero Gregori en realidad de llamaba Vlasheslav Smyslov y era un agente de la Ojrana, la policía secreta del régimen zarista.
La juerga imperfecta
¿Acaso la misión de Gregori era asesinar a Lenin? Imposible saberlo. Pero aún así cabe una especulación. Si la respuesta a ese enigma fuera afirmativa, ¿por qué hizo tan extenso su acercamiento hacia él? Y en caso contrario, ¿cuál sería entonces su verdadero propósito? Quizás haya algo de luz al respecto en uno los protocolos que regían la oscura labor de los espías; a saber: “La Seguridad Política debe tender a destruir el movimiento revolucionario en el momento de su mayor actividad y no desviar su trabajo dedicándose a empresas menores.
De manera que el principio es: dejar desarrollarse libremente al movimiento para luego liquidarlo mejor”.
En eso sin duda él estaba concentrado antes de permitirse aquella noche de lujuria en el burdel de Madame Juliette, cuando el vodka lo tumbó.
Pero los párpados se le abrieron de golpe. Y pescó a la albanesa, todavía desnuda, sirviéndose de su abultada billetera.
Su reacción fue estrellarle los nudillos en la cara. La cabeza de la mujer se estrelló con estrépito contra la pared. Y cayó revoleando los ojos, mientras el dinero se escurría de su pequeña mano.
El tipo gruño y empezó a recoger los billetes. Recién cuando terminaba de vestirse se dio cuenta de que algo andaba mal. Se inclinó sobre ese cuerpo inmóvil para sacudirlo por los hombros. Y su única reacción fue un horrendo bamboleo de cabeza. Tenía la nuca rota. No había escapatoria posible.
Tres horas después, ya en manos de las autoridades suizas, el espía ruso Vlasheslav Smylslov fue acusado formalmente de homicidio.
Lenin había salvado su pellejo.
Publicado en Revista Caras y Caretas / Noviembre de 2017
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San Martín: últimas clases de un maestro, por Oscar Taffetani
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Carta desde el País del Nomeacuerdo, por Hernán López Echagüe
Publicado en la revista Humor, diciembre de 1990
Che, me olvidaba de algo. Hubo una época en que las personas se pusieron a desaparecer, de pronto, de la noche a la mañana. Sin pausa. Cientos y cientos de personas de toda edad que se ponían a no estar nunca más. Y los ojos de los vecinos no percibían nada. Y las bocas de los vecinos parecían bocas sin fundamento, o quizá con fundamento no más que para abrirlas y tragar fideos italianos, galletas alemanas, quesos franceses. ¡Vinos de Portugal por dos mangos! Había mazapán en las venas. ¿Te acordás? ¿Te acordás del general Acdel Edgardo Vilas? Decía el tipo: “Los mayores éxitos los conseguimos entre las dos y las cinco de la mañana, la hora en que el subversivo duerme (…) Yo respaldo incluso los excesos de mis hombres si el resultado es importante para nuestro objetivo”. ¿Te acordás? ¿No? Pero quizá te acuerdes del general Ibérico Saint-Jean que, entre otras cosas, se hizo famoso por su frase: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos”. O del general Jorge Rafael Videla: “En la Argentina morirán todos los que sean necesarios para acabar con la subversión”. Años más tarde, ya en democracia, al amparo del indulto que le había obsequiado Menem y en tanto se mojaba el garguero con whisky importado durante una cena de camaradería, Videla celebró la matanza, y, con aires de asesino ocurrente, soltó: “La sociedad argentina tendría que habernos pagado por los servicios prestados”.
Luego, a partir de diciembre de 1983, la historia incontrastable del exterminio selectivo que habían tramado los militares con toda meticulosidad cobró vida a partir de relatos de toda naturaleza: jurídico, periodístico, novelesco, televisivo, cinematográfico. Supongo que te acordarás de La historia oficial, también del Nunca más, y, desde luego, del histórico juicio a las Juntas. Fueron años de dolorosas e interminables reconstrucciones. Que a Esteban se lo llevaron de su lugar de trabajo una tarde, a los golpes; que a Cristina, que estaba embarazada, la sorprendieron en la calle, la ocultaron en alguna catacumba, la asistieron en el parto, le robaron el hijo y después la asesinaron; en la casa de Jon, que de la vida no esperaba más que recibirse de ingeniero, casarse y tener un par de hijos, el grupo de Tareas se instaló a lo largo de una semana… Y ya no están, nunca más volverán a estar.
A partir de diciembre de 1983 el dolor se transformó en cifras: más de cuatro mil desaparecidos en 1976; trescientos cuarenta y dos por mes; once cada día. Más de tres mil en 1977; doscientos treinta y ocho por día… Cifras y más cifras. Contados cuerpos. Personas que nunca jamás volvieron a aparecer. Y ahora los ojos han vuelto a cerrarse, los oídos a enlodarse, las bocas a callar.
En fin, no era mi propósito amargarte. Pero el País del Nomeacuerdo es hoy una realidad ineluctable.
Otro abrazo.
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ARCHIVO/»Modigliani: Los paisajes del alma», por Oscar Taffetani
Con Johnny Depp todavía de visita por nuestro país en donde presentó este martes su filme ‘Modigliani, tres días en Montparnasse’, que se estrenará el próximo jueves en los cines de Argentina, rescatamos del archivo de Oscar Taffetani esta hermosa nota que retrata la vida del gran pintor italiano. Publicada en la revista Nueva, en 1994.

El artista bohemio, ése que pasaba las noches en los cafetines con mujeres de mala vida, ése que cambiaba obras geniales por copas de vino; el que conquistó la gloria exactamente un minuto después de su muerte, ése era Modigliani. Vivió apenas 36 años. Si descontamos la niñez y adolescencia en Liorna -el puerto donde nació, un 12 de julio de 1884-, los viajes por la costa mediterránea (tratando de curar su tuberculosis) y el tiempo de aprendizaje y definición del estilo, nos quedan siete años, siete intensos y borrascosos años de creación plástica, los suficientes para incluirlo en la galería de los maestros del siglo XX. Jamás pintó un paisaje urbano, como ésos que vendía por docenas su compañero de borracheras Maurice Utrillo. Jamás pintó un cielo tormentoso, un trigal y un sendero con cipreses (eso lo había hecho, a la perfección, el maestro Van Gogh).
A Modigliani le interesaban los retratos, los paisajes del alma. A veces, los pintaba por encargo, para poder comprar óleos y bastidores, o para pagar la pieza de pensión. Otras -y eran las más- posaba su mirada en los humildes, en los ignorados: una florista, una gitana, un obrero aprendiz, una prostituta, un niño de la calle.
Pintaba de memoria. Hacía los bocetos desde un modelo, pero luego, al enfrentar la tela, sólo pensaba en la línea, en la composición y el color. Los retratos de Modigliani no son fotográficos, no son objetivos. Representan la mirada -casi siempre triste, melancólica- del artista sobre la vida. Son retratos del alma, sí. De su propia alma, desnuda.
Cuando Dedo (como lo llamaba su madre) o Modí (como lo bautizaron después) llegó a París, tenía veintidós abriles y un bagaje particular. ¿Plata? Poca. La suficiente como para alquilar un studio -especie de buhardilla con mucha luz y sin baño- en la rue Cailaincourt, corazón del barrio de Montmartre. ¿Ropa? La indispensable, incluidos un par de trajes de pana y un sombrero de ésos que dan que hablar.
¿Familia? Ninguna, aunque su madre siempre hablaba de unos tíos de Marsella, los Garsin, librepensadores y políglotas judíos, descendientes del filósofo Baruch Spinoza. ¿Lecturas? Muchas y buenas. Mamá lo había paseado por los clásicos y Dedo, por sí mismo, había hecho amistad (a la distancia) con Percy Shelley, Oscar Wilde, Paul Verlaine, Giacomo Leopardi y Gabriele d’Annunzio. Recordaba de memoria miles de versos, en el idioma original.
¿Estudios? Había abandonado el Liceo de Liorna, a causa de un ataque de tifus, pero tenía una respetable formación pictórica obtenida en la academia de De Micheli (Liorna) y las escuelas de Bellas Artes de Florencia (1902) y Venecia (1903).
Ahora le faltaba conocer a los maestros impresionistas y, sobre todo, a esos locos sin pasaporte, emigrados a Francia, que estaban echando las bases de la Escuela de París.Cerca del studio de Modí se alzaba el Bateau Lavoir («Barco Lavadero»), una olorosa barraca de madera donde solían juntarse Pablo Picasso, Juan Gris, Diego Rivera, Tsugouharu Foujita, Kees Van Dongen y otros ilustres desconocidos que ansiaban brillar en la Ciudad Luz.
«El amigo Emilio» y el «Lapin-Agile», en Montmartre, y los cafés de La Rotonda o del Dôme, en Montparnasse, eran las paradas obligatorias de los artistas bohemios. Allí conoció Modigliani -copas de vino o ajenjo mediante- a Henri Matisse, Maurice Utrillo, Max Jacob, Florent Fels. También alternó con mujeres de la noche, con truhanes y bebedores que muy pronto pasaron al lienzo o al papel, convertidos en material de trabajo de un ignoto pintor italiano.
MECENAS ERAN AQUÉLLOS
«Modigliani fascinaba desde el primer instante. Había una cierta bizarría en su apostura y tenía un modo leal de estrechar la mano. El querer vivir de su propio arte, cuando nadie se interesaba en su obra, lo condenaba a la miseria. Y más siendo como era: generoso y poco previsor…» Ése es el retrato que Paul Alexandre, médico dermatólogo que frecuentaba los cafés de Montmartre, hace del primer Modigliani. Lo conoció en 1907, y lo ayudó de muchas maneras a sobrevivir, alojándolo en su casa, rentándole un atelier, presentándole artistas y marchands, comprándole bocetos, dibujos, esculturas y pinturas a quien era poco más que un estudiante, ávido de aventuras y experiencias.Gracias a Paul, Modigliani conoció al escultor rumano Constantin Brancusi, quien le abrió las ventanas a una nueva percepción y concepción de la pintura. Con la ayuda de Brancusi pudo «leer» la revolución constructivista de Cézanne y también desprenderse del lastre realista heredado de las academias de Bellas Artes.
Otro encuentro importante para Modí fue con el arte negro. En aquel tiempo circulaban por París algunas colecciones de esculturas africanas llevadas por los comerciantes de la Costa del Marfil. Para Picasso -quien ya formaba parte del movimiento cubista-, aquellas máscaras y estatuillas constituían la ruptura total con el naturalismo pictórico (que expresaría en obras como Las señoritas de Avignon). Para Modigliani, aquel arte negro milenario era mucho más (si bien gastaría tiempo y pinceles hasta demostrarlo).
En «La judía», «Retrato de Constantin Brancusi» y «El violoncelista» -telas que pudo exponer en distintos Salones de Otoño de la Sociedad de Artistas Independientes-, se advierte la influencia de Paul Cézanne. En las primeras esculturas, se percibe el parentesco con las cabezas de Gabón y Benín. Podría decirse que la colección Alexandre da cuenta, minuciosamente, de aquel aprendizaje de Modigliani. De lo que no da cuenta (tal vez porque el artista no quiso) es del hambre, el frío y la soledad (interrumpida por la breve compañía de una cocotte). Al tabaco, el vino y el ajenjo de los bodegones se le sumó el haschisch (llevado desde el Africa, como las esculturas). Todos juntos, produjeron un muchacho flaco y pálido, alucinado, que regresó a Italia buscando el regazo de su madre.
LA SEGUNDA ES LA VENCIDA
En 1909, Amadeo Modigliani era un joven escultor que vivía en Liorna y viajaba periódicamente a Carrara en busca de bloques de mármol… En 1910, ya era otra vez un artista bohemio de París, asiduo concurrente de salones y bodegones. Sin embargo, algo había cambiado: Modí comenzaba a desarrollar su manera de ver el mundo. «La gran revelación del arte de Modigliani -escribió el crítico Jean Cassou- es el estilo. Un gracioso arabesco, un color delicadamente cálido, una emoción exquisita…El tema del cuadro se lee inmediatamente en el dibujo, cuyas inflexiones, muy sensibles, traducen hasta los más sutiles matices del sentimiento del artista».
Así como Fernando Botero -salvando las distancias- es reconocible en todo el mundo por sus «gordos» y «gordas», el maestro Modigliani es identificado, a primera vista, por el deliberado «estiramiento» (elongación) de cuerpos y rostros.Cuellos largos y caras ovaladas con ojos almendrados; una paleta sobria, de colores poco resonantes (ocres, tierras, grises, rojos, verdes, blancos, azules apagados, negros profundos); fondos sobre los que se destaca el personaje, contorneado por un solo trazo, armónico. Todo eso identificaba -e identifica- un Modí.Los años que pasaron hasta el estallido de la Gran Guerra fueron prolíficos. Siete esculturas presentadas en el Salón de Otoño de 1912 causaron revuelo y apasionadas discusiones. En eso, Modí se parecía a sus amigos cubistas, fauvistas, futuristas y dadá surgidos del Bateau Lavoir.Si 1914 -especialmente, después de Sarajevo- fue importante para el mundo, lo fue más para Modigliani: conoció a la poetisa inglesa Beatriz Hastings, con quien convivió en Montmartre un par de años; conoció al marhand Paul Guillaume, quien le compró varias de sus telas; y, por último, conoció al joven poeta polaco Leopold Zborowski.Todos fueron retratados, varias veces, o sirvieron de modelos para otras obras. Para ganar fuerza y expresión, Modí borraba los fondos, los objetos accesorios, cualquier cosa que distrajera al espectador del rostro o la mirada del personaje.
La escultura lo marcó para siempre. Algunas figuras quieren tener volumen, son tratadas como materia detenida en el instante, en un gesto. Hasta los ojos son escultóricos: sólo una sombra -y a veces ni eso- en el lugar de las pupilas.En el arte y el amor, la vida le sonreía. En los otros aspectos le hacía una mueca, persistente, de dolor.
EL LENTO CAMINO A PERE LACHAISE
Zborowski y su mujer representaron, en la segunda parte del drama, el papel que antes había cumplido el doctor Alexandre. Leopold tenía 17 años cuando conoció a Modí. Vio en él la llama del genio, creyó en su arte y sacrificó sus ahorros por conseguir que llegara a las galerías y el gran público.En 1917, Modí se enamoró de Jeanne Hébuterne, alumna de la Escuela de Arte Decorativo. Cuando ella quedó embarazada fueron a compartir sueños y miserias al studio de Montparnasse (una gran habitación, en el mismo departamento que alquilaban los Zborowski).Tanto Jeanne como los amigos polacos procuraron que bebiera menos, que se alimentara mejor y oxigenara sus pulmones (llegaron a pagarle unos meses de descanso en la Costa Azul). Pero Modí no cambiaba por nada del mundo el humo de los cabarets.»Recitaba fragmentos de la Divina Comedia -escribió Arthur Pfannstiel- como si estuviera viviendo en ese más allá fantástico o, lleno de nostalgia y alegría, cantaba a su patria y a su ciudad natal, en la que aún vivía su madre: Livorno! / Rondini e strida / del Mediterraneo…»»Una mañana de invierno -contó Maurice de Vlaminck, otro amigo- sobre el refugio del boulevard Raspail, fiero y altivo, miraba desfilar los taxis con la actitud de un general en los grandes desfiles. Una brisa glacial mordía la piel. En cuanto me vio, vino hacia mí y con toda simplicidad, como si para él fuese algo superfluo, me dijo: Te vendo mi sobretodo, es demasiado grande para mí; a ti te quedará muy bien…»Zborowski, mientras tanto, luchaba por la obra. En 1917 consiguió hacer una muestra individual de Modigliani en la galería de Berta Weill. ¡La primera!…El día de la inauguración, la policía retiró los cuadros de desnudos, juzgándolos ofensivos a la moral. Fracaso completo.Con un bebé a cuestas (llamada Jeanne, como la madre) y otro en camino, los Modí le peleaban las últimas batallas al destino. Finalmente, en el otoño de 1919, una puerta se abrió: la galería Hill de Londres expuso los desnudos y retratos, con éxito de crítica y público. Zborowski colocó unos primeros cuadros y embolsó unas primeras libras esterlinas para la famélica cofradía de París. Tanto se alegraron los Modí de aquel pequeño éxito, que alquilaron un estudio en la rue de la Grande-Chaumière y comenzaron a planear el retorno a Italia, cuando naciera su segundo hijo. En ese momento, cuando menos lo esperaban, llegó la muerte.El 22 de enero de 1920, por una súbita nefritis, Amadeo debió ser internado en el hospital. El cuadro clínico, como era de prever, se complicó por la tuberculosis. Dos días después falleció, balbuceando en sueños “Cara, cara Italia.. ”.
La familia Hébuterne no pudo ocultarle a Jeanne -refugiada en su casa- la muerte de su amado Modí. Desconsolada, la joven se arrojó a la calle desde el quinto piso.Un raro cortejo de artistas, poetas y mujeres de la noche acompañó al gran Modí hasta el cementerio de Père Lachaise, en el barrio que tanto amaba. Jeanne, por inhumana decisión de su familia (que no permitió que fuera enterrada al lado de un judío) tuvo que esperar hasta 1928 para reunirse con él. Cerca de Abelardo y Eloísa (otros dos trágicos amantes, del siglo XI) y de la tumba del rockero Jim Morrison, cubierta de graffiti, en Père Lachaise, descansan el pintor bohemio y su amante.
Hay quien se acuerda y les pone una flor. Y hay muchos más que, a la distancia, escuchan las voces que surgen de los retratos, esa música del alma. Para ellos -para todos nosotros- Modí pintó y amó.