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Memoria

La historia de los piquetes, por Leónidas Ceruti

Los piquetes no son un invento de estos días, ni de los 90. Tienen, a nivel mundial y en nuestro país, una tradición ya centenaria. Comenzaron con un objetivo bien preciso: cuando un sindicato declaraba una huelga, el gremio montaba piquetes en las inmediaciones de las fábricas para impedir que algunos trabajadores acudieran a trabajar desoyendo las directivas del paro. Los piquetes trataban de persuadir a los rompehuelgas, carneros o esquiroles que se sumaran al paro o, en caso contrario, empleaban medios más contundentes. Por su parte la policía siempre estuvo al servicio de las patronales, atacando a los piquetes con represión, bajo el lema “El plomo es la mejor alimentación de los huelguistas”. Los enfrentamientos fueron violentos.

Semana Trágica. 1919

La tradición de la clase obrera argentina entronca con los piquetes de principios de siglo, en la Semana Roja de 1909, la Semana Trágica de 1919 y la Patagonia Rebelde, con los de las huelga de la Década Infame, las épocas de enfrentamientos a la “Fusiladora”, durante el Cordobazo, los Rosariazos, y las grandes puebladas de los 60 y 70.
En ese sentido, un viejo periódico obrero argentino de la década del 30 que se refería a la importancia de los piquetes en la gran huelga de los obreros de la construcción, comento: “Ninguna huelga se mantiene ni triunfa sin la existencia de los piquetes. Ellos son el vigor de la lucha, el fuego de primera línea, las brigadas de avanzada en el ataque. En el piquete pueden estar el joven y el viejo, contagiados de la misma fiebre audaz. Pero el piquete es del joven, del obrero nuevo en el que el optimismo, el coraje y la inquietud forman una sola línea tensa y vibrante. Esta línea avanza al encuentro del traidor y lo domina, busca al equivocado y lo convence y lo empuja al lado de los camaradas. Del piquete depende la huelga. De la muchachada obrera que lo forma estará siempre pendiente su crecimiento o su receso… haciendo pie en la actividad incesante de los piquetes, para los que nunca han faltado voluntarios, ofreciéndose a llenar los claros dejados por los camaradas presos… los piquetes siguen su trabajo, con el mismo celo y la misma pasión, con la conciencia de que ellos son los que dan y seguirán dándole temple y filo a la huelga…”.

Semana Roja

Uno de los ejemplos más antiguos de los piquetes en Rosario se dio cuando se llevó a cabo una huelga general en solidaridad con los carreros y cocheros, con la participación de 25 sindicatos, en 1907. En esa ocasión la falta de transporte fue total, la represión fue en aumento, y se militarizó la ciudad. Los sectores empresariales se movilizaron y de un informe de la delegación de la Bolsa de Comercio de Rosario, que entrevistó al gobernador Echague, se puede verificar el clima social reinante: “Otra originalidad de esta huelga es la de que ante la insuficiencia de fuerzas, el público y las empresas se ven obligados a reconocer la autoridad del comité de aquella. Tan es así, que los que tienen que conducir los restos de algún deudo al cementerio, para no ser atajado en el camino, solicitan autorización previa al Comité de huelga o a la Federación Obrera. Para que 1os tranvías de tracción a sangre que van a Alberdi circulen sin novedad fue necesario también el consentimiento de los huelguistas. Algunos particulares para poder transitar con sus vehículos pidieron la venia a los huelguistas, siendo unos atendidos y recibiendo otros un “No ha lugar”. De hecho están los huelguistas erigidos en poder público”.
En estas últimas décadas, todo se inició en septiembre de 1991 cuando volvieron los piquetes: fueron las esposas de los mineros del yacimiento de hierro de Hipasam, en la localidad patagónica de Sierra Grande (Pcia. de Río Negro), quienes cortaron la Ruta Nacional 3 e iniciaron una huelga de hambre cuando se había decidido el cierre de la empresa. Fueron las mujeres una vez más en dar el puntapié inicial en esta metodología, que luego en los años venideros de extendieron a lo largo del país.
Y tengamos memoria y recordemos que en el 2012 antes de un paro, la ex presidenta, comento que se terminaron los piquetes, pero antes había recomendado y sugerido: “Les pido que cuando protestemos lo hagamos un poco en la vereda y en el cordón para que la gente pueda circular y llegue a la escuela, al trabajo, para que pueda llegar”. Su exhortación estuvo dirigida a los grupos sindicales y sociales, para que revisaran los métodos de protesta. Al tiempo que había pedido “no complicar la vida a la gente, ni violar la ley ni utilizar métodos violentos”.

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Maco Somigliana: “No nos esperábamos que ‘Argentina, 1985’ conmoviera tanto internacionalmente”

Carlos “Maco” Somigliana, antropólogo forense que formó parte del equipo del fiscal Julio César Strassera durante el Juicio a las Juntas, charló con La Columna Vertebral sobre el éxito de “Argentina, 1985”, su rol en la película y la importancia para las nuevas generaciones.

LCV: ¿Cómo te llega a vos la idea? ¿Desde un primer momento existió la posibilidad, la idea, la propuesta de hacer foco en ese grupo de jóvenes que acompañaron a los fiscales?

-El primer contacto lo tengo con Santiago y con Mariano. Yo a Santiago no lo conocía. Había visto películas, pero no lo conocía. Creo que ellos desde el principio pensaban que la historia la querían contar desde ahí. Yo creo que la colaboración más importante que yo le pude dar es un programa que había hecho en ese momento, en el año 1986. Mi viejo editando los testimonios del juicio y un programa largo que se hizo para dar en la televisión en ATC en ese momento. Después lo que pasó fue que vino la Semana Santa y la posibilidad de pasar el programa se perdió. El programa se perdió de hecho y solo lo pude recuperar unos años después, de una manera que no viene a cuento ahora contar. Pero creo que eso les tiene que haber ayudado mucho, porque los tiene que haber metido mucho en la dinámica del juicio, que era muy importante que pudieran transmitir eso. Todo este proceso se dio en plena pandemia. La mayoría de estos encuentros, salvo uno inicial donde fuimos juntos al Palacio de Justicia para que vieran la sala, fueron todos por Zoom. Todo muy atravesado por esos dos años horribles. Nos ofrecieron después hacer una pequeña aparición en la película que hicimos con mucho gusto. En mi caso fue muy sorprendente ver la cantidad de gente que trabaja para que una película sea. Era impresionante ver la cantidad de fotógrafos, camarógrafos o sonidistas, extras. Había una cantidad fija de 100 personas en el Palacio de Justicia una mañana. Una cosa que a mí me sorprendió mucho fue que se veía muy buena relación entre los que estaban haciendo la película. Obviamente, la figura de Darín era muy preponderante por muchos motivos, pero él también abría y generaba una cosa de compañerismo, de complicidad con otros actores que recién están empezando y había un muy buen clima de laburo y muy distendido clima de trabajo, a pesar de estar filmando todavía en tiempo de pandemia. Había que hacerse un hisopado cuatro días antes, otro el día anterior, se ensayaba con barbijo, todo muy engorroso. Pero a pesar de todo eso, el clima de la filmación, por lo menos el día que fui yo, fue muy cercano.

LCV: ¿Ustedes se dan cuenta de que esto ha sido en esta nueva generación un impulso fuerte?

-Sí. Es un trabajo del que todos, a pesar del tiempo transcurrido, aún estábamos en ese momento, estuvimos siempre y seguimos estando muy orgullosos. Pero me parece que el punto crucial, justamente es, más allá de que en ese momento fuéramos jóvenes, lo interesante que se dio es que personas de distintas generaciones pudieron formar un conjunto Y ese conjunto funcionaba muy así como lo que te dije de que lo que pasaba en la filmación, bueno, eso pasaba en la fiscalía también. Me parece que tiene que ver con cosas que no salen de casualidad. Es gente aprendiendo a trabajar en un equipo y priorizando lo que se puede hacer en conjunto antes que cada uno tenga su ego, que lo tenía, todos lo tenemos. También es parte del cóctel, ¿no?, pero esa cuestión de entender que hay un objetivo que a todos nos interesa más y que se puede trabajar en eso en conjunto. En el caso particular del juicio lo que pasaba era que ese tipo de ambientes es raro que se genere automáticamente o milagrosamente. No, en general también es parte del trabajo, y que en este caso a gente relativamente tan joven como nosotros nos hayan dejado hacer ese trabajo tiene que ver con que eso que se estaba haciendo era novedoso para todos. Nadie tenía una experiencia previa en un juicio como este. Y te decía, sin perjuicio del orgullo que nosotros tenemos por haber hecho el trabajo, en realidad lo que se hizo fue generar las vías de ingreso de algo que ya estaba hecho, era algo que ya tenía muchos eslabones previos. Primero los organismos, CONADEP es un fruto del trabajo investigación que habían hecho los organismos. Si vos te fijas, gran parte del caudal de CONADEP viene por los distintos organismos que aportan. Aparte, ahí mismo en la propia CONADEP se reciben testimonios que no se habían recibido antes. Hay una cuestión de trabajo previo y una cuestión de clima político que permite que gente que no había declarado hasta ese momento, se decida, confíe y dé su declaración. Lo que nosotros hicimos fue traducir eso a la posibilidad de hacer un juicio distinto al que se había hecho hasta ese momento e introducir esa prueba de la manera más emitida posible, que es el testimonio de una persona hablándole a los jueces con la pregunta es cruzada. Las preguntas que ofrece el testigo de la fiscalía y las preguntas cruzadas de la defensa. Fue un trabajo muy bueno y muy edificante para nosotros, pero el nudo de la cuestión fue la gente, fueron los testigos.

LCV: La primera frase que se nos ocurrió a muchos periodistas, no fue nada novedoso, fue que era como la épica de los comunes, la épica de un tipo que hizo el trabajo que había que hacer y lo hizo bien, y le hizo honor a ser fiscal. Estamos tan lejos de eso, se ha construido tanto héroe de barro que me parece que la película le pegó al medio a esta sensación de podemos volver a hacer las cosas bien los comunes. Es más, es la obligación que tenemos cada día de hacerlas bien. Esa figura de ese hombre, de esta manera, sin héroe, sin capa, sin Superman y rodeado de toda esa gente que estaba rodeado, me parece que es un legado que por eso pega tanto internacionalmente, porque se puede leer.

-Sí, sin duda. Y también lo que vos decís, estamos muy acostumbrados a suponer que en este país hacemos siempre las cosas mal. Que todo lo que hagamos está condenado a ser una mierda. Más allá de las intenciones. Eso es mentira. Por ahí hemos reproducido mucho eso de decir “todo se va a ir al carajo”. No. Obviamente después la historia sigue, se termina la película, los personajes siguen haciendo cosas buenas o malas, pero en término de un relato cerrado, sí, se han hecho muchas cosas buenas. Y si vos lo pensás, el juicio en realidad es uno de los momentos y uno de los mecanismos mediante los cuales la sociedad argentina empezó a tratar de digerir algo que era muy difícil de hacer y que lo sigue haciendo. El juicio fue uno de los hitos, pero hay todo un trabajo de una sociedad tratando de deglutir esa cosa horrible que había sucedido y viendo esa cosa horrible que había sucedido también por esa sociedad, tratando de restañar su sucedida, pero también su culpa.

LCV: ¿Qué sentís cuando internacionalmente se entiende el código de la película?

-Me sorprende mucho. Me sorprende para bien, pero era imprevisible. Yo suponía, más allá de los acercamientos que tuvimos y de las charlas incluso con los actores antes de que empezaran a filmar, yo no había leído el guion ni lo había querido leer y vimos la película en septiembre del año pasado y daba la impresión de que era una película que iba a ser muy movilizadora para la Argentina. Pero en absoluto pensaba que se podía dar semejante trascendencia, que podía tener semejante trascendencia en otros públicos porque por ahí le resulta menos cercano. La verdad estoy muy sorprendido.

LCV: Es el lenguaje universal de la falta de justicia. Cuando en España se conmueven muchos, también tiene que ver con que el camino recorrido acá que fue extraordinariamente rápido en aquel momento, a diferencia de muchísimos otros países y además el ser juzgados en el propio país.

-Hay una cosa que vos decías que es muy interesante en término de restarle esa naturaleza épica exagerada a las cuestiones, y justamente en este caso, y creo que es un hallazgo de las película, el transmitir que estábamos viviendo una transición y que nadie sabía qué iba a pasar, y realmente nadie lo sabía y que cada cosa era riesgosa. Incluso cosas que imagínate que cuando, como también muestra la película, cuando salió el fallo, todos estamos bastante contrariados. Es cierto que tanto tiempo después, vos lo mirás y decís bueno, como que determinadas cuestiones que parecían fundamentales y que por ahí eran fundamentales en ese momento, treintipico años después son otras las que terminan pareciendo más importantes.

LCV: ¿Vas a viajar si se da el Oscar?

-No, ni loco. Me encanta, los apoyé en todo, pero no me merezco la felicitación, porque las felicitaciones son para la gente que hizo la película. Nosotros, insisto, yo estuve más cerca sobre todo de Judith (König) y de Lucas Palacios en este momento, pero lo que nosotros queríamos era que se supiera. Nuestro aporte era que se conociera el rol que tuvo mi viejo, que para mí era lo que más me interesaba. Y eso es la partecita que nosotros pudimos aportar. Después hubo un trabajo propiamente artístico, cinematográfico, que me da vergüenza que me feliciten a mí porque no tengo nada que ver con eso.

LCV: Cuando viste la escena en el teatro entre Strassera, un joven Maco y tu padre, Carlos Somigliana, ¿qué sentiste?

-Mira, yo había tenido una experiencia de mucho golpe, porque el día que te cuento que fui a hacer la filmación, estuve un tiempo antes de tener que pasar por vestuario, toda una serie de rituales que hay que hacer, y la gente de cine a las 12:30 cortan, porque cortan para comer siempre. Cortan 12:30 y vuelven 13:30. En ese período yo me puse a hablar con el que iba a hacer de mi viejo, al que yo no conocía. Fue una cosa rarísima, mi viejo murió hace 30 años. En ese sentido, te cuento esto porque sí, para mí, más allá de algunas cosas que no sucedieron exactamente así, ellos lograron captar una cuestión de la relación tan compleja que había entre personajes que eran muy distintos, pero que a pesar de que venían de lugares distintos, que pensaban distinto, ahí se acoplaron de una manera única. En el caso mío con mi viejo no, porque a mi viejo lo conocía desde que había nacido y él a mí. Pero a mí me parece que, y es lo que le traté de trasmitir, es que el aporte que habían hecho como persona mayor, como persona que estaba pensando cómo se iba a sintetizar todo lo que estaba pasando en la sala de audiencia gracias a los testigos en formato de una acusación, sí, a mi también me impresionó. Es como un revival muy extraño.

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Una Rosa es una Rosa y ella fue una Rosa roja | Por Laura Giussani Constenla

Ilustración: Coronha de rifle Mauser, Rosa Luxemburgo, cartucho Luger 9 mm. Adriano Rampazzo.

Nació mujer y judía, en un pueblo polaco llamado Zamosc, allá por 1871. La vida la hizo renga, sabia, revolucionaria, socialista y feminista. Creció padeciendo malos diagnósticos. El primero fue de los médicos: tenía apenas cinco años cuando le dijeron que padecía de una tuberculosis ósea y la dejaron postrada durante un año con un yeso en una de sus piernas. Se habían equivocado, al quitar el yeso descubrieron que esa pierna había quedado más corta que la otra. No la dejaron crecer, por error. Desde entonces tuvo una leve renguera permanente. Imposible saber si ésa fue una de las razones por las cuales desconfió siempre de los hombres que creían saberlo todo. Y se dedicó a aprender.

No le importó ser de las pocas niñas que asistían a la escuela, ni las miradas desconfiadas por su condición de judía hija de un comerciante. Rosa crecía y se volvía roja en el liceo femenino de Varsovia. Empezó a militar en la secundaria con un ideario socialista que la obligó a un exilio adolescente en Suiza. Tenía 18 años cuando dejó su tierra natal porque la perseguía la policía debido a su actividad en el Partido Socialdemócrata Polaco. Seis años después, adquiría la nacionalidad alemana gracias a su matrimonio con Gustav Lübeck.

Estudió todo lo que tuvo a su alcance -filosofía, historia, economía, idiomas- siendo de las pocas mujeres que se le animaban a la Universidad de Berlín. Entre tanto, no se quedaba quieta, con renguera y todo, corría de acá para allá apoyando las luchas del movimiento obrero alemán.

Una millenial de otro milenio, cruzó la frontera del novecientos en tensión permanente con un mundo que, como siempre, parecía construirse y destruirse en partes iguales. Discutió verdades reveladas. De formación marxista no estaba de acuerdo con la idea de crisis cíclicas de Marx. Después de más de medio siglo de protocapitalismo y de más de un momento revolucionario, comprobó que el sistema conseguía regenerarse y superar las crisis. Tampoco la convencían todas las certezas de Lenin y se convirtió en una referente ineludible de la socialdemocracia alemana. Escribió y escribió, aún cuando estaba detenida, sus artículos eran material de debate y formación.

“Por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres”

Se la considera un símbolo feminista. La realidad la nutría tanto como los libros. Supo la diferencia de ser mujer sin necesidad de leer doctrina alguna. Luchó tanto por la igualdad de clase como por la igualdad de género, sin que pudiera haber una sin la otra. Ella sufrió en carne propia la discriminación de sus mismos compañeros por ser mujer, extranjera, judía y lisiada, con un talento, inteligencia y oratoria difíciles de igualar. Al mismo tiempo, fue crítica del feminismo sufragista que no consideraba la clase obrera como protagonista. Así lo expresó En las II Jornadas de Mujeres Socialdemócratas, celebradas en Stuttgart el 12 de mayo de 1912, en donde presentó una ponencia titulada El voto femenino y la lucha de clases.

“En realidad para el Estado actual se trata de negar el voto a las mujeres obreras, y sólo a ellas. Teme, acertadamente, que puedan ser una amenaza para las instituciones tradicionales de la dominación de clase, por ejemplo, para el militarismo (del que ninguna mujer obrera con cabeza puede dejar de ser una enemiga mortal), la monarquía, los impuestos fraudulentos sobre los alimentos y los medios de vida, etc. El voto femenino aterra al actual Estado capitalista porque tras él están los millones de mujeres que reforzarían al enemigo interior, es decir, a la socialdemocracia… Si se tratara del voto de las damas burguesas, el Estado capitalista lo considerará como un apoyo para la reacción. La mayoría de estas mujeres burguesas, que actúan como leonas en la lucha contra los “privilegios masculinos”, se alinearían como dóci­les corderitos en las filas de la reacción conservadora y clerical si tuvieran ­derecho al voto. Serían incluso mucho más reaccionarias que la parte masculina de su clase”.

La paz por sobre la guerra fue una de las tantas disidencias que tuvo con algunos compañeros de ruta. La primera guerra mundial ya se anunciaba y Rosa no dudó en pelear por la paz, más allá de los protagonistas del conflicto.

“Nos incumbe a nosotros defender, no sólo el socialismo, no sólo la revolución, sino también la paz mundial… La paz es la revolución mundial del proletariado”

En medio de la I Guerra Mundial estalló la revolución rusa. Para ella fue una demostración de fuerza del proletariado que se proponía acabar con una guerra imperialista. Tuvo siempre presente el mérito ruso en ser la primera revolución socialista tanto como sus límites. Discrepó con Lenín sobre los conceptos de ‘centralismo democrático’ dentro del Partido –que siempre fue más centralismo que democrático- y ‘Dictadura del Proletariado’. La primera revolución proletaria levantó vientos de revuelta en todo el mundo, también en Alemania. El 28 de enero de 1918, en plena guerra, la izquierda alemana lanzó una huelga general y conformó Consejos Obreros similares a los soviets. Tres días después, el régimen estableció el Estado de Sitio y detuvo a los principales agitadores, miembros de la recientemente creada Liga de Spartacus, Rosa de Luxemburgo. El 9 de noviembre, a raíz de un levantamiento de marinos en Kiel, estalla una nueva revuelta en Alemania: la “Revolución de Noviembre”. Vuelven a conformarse Consejos de Obreros y Soldados en todo el país y obligan a la renuncia del emperador Guillermo II. El objetivo era refundar Alemania como democracia socialista con una nueva Constitución. Rosa Luxemburg, liberada dos días antes, llega a Berlín y coedita “Bandera Roja”, el periódico de la liga de Spartacus, con Karl Liebknecht, para poder influir a diario en los sucesos políticos. En los últimos días del año 1918, participa en la fundación del Partido Comunista Alemán, KPD y se enfrentan al reformismo socialdemócrata de Friedrich Ebert.

En esta erupción de la división social en el seno de la sociedad burguesa, en la profundización internacional y el enaltecimiento del antagonismo de clases radica el mérito histórico del Bolchevismo, y en esta proeza – como siempre en las grandes conexiones históricas – los errores y equivocaciones puntuales desaparecen sin dejar rastro.

La Revolución Espartaquista fue la última gran epopeya de la Rosa Roja. El 15 de enero 1919, los soldados de la República de Weimar reprimen el levantamiento. Allí detuvieron a Rosa de Luxemburgo y Karl Liebknecht, oradores de un mitín espartaquista fueron derribados a culatazos y a tiros y luego arrojaron sus cuerpos a un canal del río Spree. El gobierno sostuvo que fueron linchados por los manifestantes. El cuerpo de Rosa permaneció quince días desaparecido. Su amiga Clara Zetkin no pudo evitar la emoción en su entierro y dijo que con su muerte se perdió “la afilada espada, la llama viviente de la revolución”.

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Liliana Leyes: “La fortaleza de Celeste sigue viva en todos nosotros para continuar luchando”

Liliana Leyes, secretaria de Género de la CTA Autónoma de Santa Fe, contó cómo fue acompañar a su amiga Celeste Lepratti, histórica militante de Rosario, durante sus últimos días, su legado y sus batallas.

LCV: Está bueno que le cuentes a la gente quien era Celeste Lepratti.

-Celeste nació en Concepción del Uruguay. En las últimas semanas yo me trasladé a vivir con ella para acompañarla y charlar de muchas cosas. Una de ellas fueron sus anécdotas con sus hermanos, decía que era malvada con ellos. Ella llegó a Rosario por amor y porque tuvo la convicción que debía de transmitir el legado de Pocho, que fue asesinado en una escuela en los hechos del 21 de diciembre del 2001 mientras le gritaba a los policías que dejen de disparar, que había chicos comiendo. Este legado que llevó adelante fue una mochila que jamás dejó de llevar en la espalda, por la lucha, por la justicia de estos asesinatos y de todos los caídos del 2001, que en el país fueron 39. Nosotros conformamos la asamblea disidente, tuvimos tres encuentros nacionales y recorrimos todo el país conociendo a la familia de los caídos. En el camino tuvo lo más preciado que fueron sus hijos, y fue receptora de cada una de las injusticias que llegaban a sus oídos. Con una profunda convicción social, amorosa hacia todas las violaciones de los derechos que la gente se acercaba a contarles y que ella trataba de ayudar, de solucionar y de acompañar. También conformó una familia ampliada muy grande, la de Ludueña, hacemos muchas cosas donde compartimos la fiesta de fin de año, las vacaciones. Particularmente nos abrazamos los dolores. Celeste fue un ser de luz para todos. Ella creía que no era tarde para formar una utopía que emprendió junto a todos nosotros a través de la política en un momento en el 2015 cuando fue concejala de la ciudad de Rosario. Ahí no paró jamás de recorrer barrios, de ser la voz de los más humildes.

LCV: También fundó el movimiento Arde Matria, que tenía como lema la política está en otra parte. Supongo que habrá quedado mucho de este movimiento dando vuelta.

-Arde Matria se conformó después de que ella fue concejala cuando tuvo el intento de volver a salir como concejala y ahí se conformó Arde Matria. Nosotros creemos que lo simbólico alrededor de Cele era el trabajo de hormiga, que lo comenzamos hace muchísimos años pero que hoy continúa, por eso está La Hormigonera en Ludueña que es una organización social. Hay como muchos símbolos y en esos símbolos mucho contenido y sentido que tiene la hormiga. Así que sí, está multiplicado en miles en Rosario y además, como vos decís, Celeste para nosotras no murió. El día que la llevamos al hospital yo estaba con ella, fue en la ambulancia y hasta último momento ella estuvo de pie y nunca estuvo internada por cáncer. Tenía una fortaleza increíble y creo que esa fortaleza que tuvo, nos la trasmite a nosotros hoy para continuar con esa lucha. Ella decía Pocho vive, la lucha sigue, y eso nos queda a nosotros como lema para continuar esa lucha que ella impulsó con tanta fuerza.

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