El tan esperado 2021 comenzó de manera rara. Confuso y difuso. Como si la realidad hubiera perdido sus contornos. Terminamos el 2020 en una película catástrofe con fronteras cerradas y gente desesperada por llegar a sus casas para navidad. Pocos días después nos encontrábamos en un comic protagonizado por un vikingo disfrazado de Daniel Boom que asaltaba el Capitolio. ¿Esta es la realidad? 

(Paréntesis: vieron que el Gato Silvestre -otro dibujito- siempre dice “la re-a-li-dad” con mucha vehemencia, pero no sé si se fijaron en el gesto, une la yema de los dedos como si formulara una preguntara, los tanos hacen ese gesto cuando dicen ‘ma che cazzo dici’, nada, es gracioso, que la realidad del Gato vaya acompañada con una cara seria y un gesto equívoco)

Volvamos a lo nuestro. Como verán, el año también me encontró dispersa. Por eso me dediqué a lecturas varias. Entre ellas, esas que me gustan para poner en perspectiva la bendita actualidad. Porque para que las cosas ocupen el exacto lugar que les corresponden hay que mirar hacia arriba o hacia atrás. Cielo e historia nos ubican en el efímero y pequeño orden del universo. 

Se acuerdan que les conté cómo fue que llegó el primer ‘homo sapiens’ recorriendo toda Africa durante millones de años a la isla de Chipre. Bueno, parece que siguieron andando, no hacia Europa sino rumbo a Asia y se establecieron en algunas ciudades Esto ocurrió hace seis mil años.  ¡6.000 años!

Una de las primeras construcciones urbanas fue UR, primera gran ciudad luego abandonada. ¿Dónde queda? En la otra mesopotamia, en donde hoy está Irak. Allí fundaron toda una cultura, la primera de la que se tenga noticias, la cultura sumera.

Sentaron sus bases entre Bagdad y el Golfo Pérsico, allá por la edad de bronce. Desarrollaron una agricultura intensiva, inventaron sistemas de riego, ladrillos, cerámicas, y dos genialidades: la rueda y la escritura. ¿Será que ahí empezó la historia? Ya en el 2.900 a.C. podemos hablar de las ciudades-estado que conformaron la civilización. Tenían instituciones políticas y religiosas y tradiciones propias. También inventaron las guerras, y empezaron a pelearse entre sí. Las ciudades más poderosas eran Kish, Lagash, Uruk y Ur.

Justo el otro día les comentaba la creación de la Biblioteca de la sabiduría, en Bagdad, por el ochocientos después de Cristo, en donde se inventó el álgebra, que quería decir: ‘la restauración de las partes rotas’. Para ubicarnos, les dije que era entre el Eufrates y el Tigris, por donde vagaba Nippur de Lagash, el personaje de Dartagnan. 

No sé porqué, pero esta semana caí en la misma geografía y volví a acordarme del buen Nippur, que fue quien me enseñó que existía otra mesopotamia en el mundo. Su guionista le habia puesto el nombre de una de aquellas ciudades iniciales.

Permítanme un salto a la infancia. Me encantaba leer D’Artagnan, revista que compraba mi hermano (porque era más cosa de varones). Y tenía dos historietas preferidas: Nippur de Lagash y Mi Novia y yo. Las dos estaban firmadas por un tal Robin Wood. Yo creía que era un pseudónimo o un yankee. Pues no, vengo a descubrir que era un paraguayo, de origen irlandés, y pobre de toda pobreza. 

Injustamente olvidado en estas tierras, aprovecho esta columna para rendirle un homenaje a Robin Wood y a todos los historietistas que nos alegraron la infancia y nos enseñaron historias varias. 

Me despido, entonces, con una historia de trabajadores, como bien indica nuestro programa. Con ustedes, Robin Wood en primera persona. 

 

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