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La Columna Vertebral

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Memoria

Las obsesiones del teniente coronel, por Teodoro Boot

En octubre de 1955 el teniente coronel Héctor Eduardo Cabanillas asumía como jefe del Servicio de Informaciones del Estado. Su misión era limpiar el Estado de peronistas, pero no olvidaba la ambición de su vida: matar al Tirano, que ahora era prófugo pero seguía tan tirano y charlatán como siempre, lo que sacaba de quicio al teniente coronel.
“Desde que llegó a Asunción empezó a hacer declaraciones contra nuestro gobierno –informó Cabanillas al periodista Tomás Eloy Martínez en 1989–. Elevamos una protesta diplomática y conseguimos que lo confinaran en Villarrica, un pueblo de poco más de 20 mil habitantes, pero ni siquiera ahí se callaba la boca. Andaba todo el día en motoneta, con la pistola al cinto y ofreciendo conferencias de prensa”.
Había que darle su merecido, para lo que Cabanillas ordenó a un grupo de siete suboficiales de inteligencia a  cargo de un oficial, cruzar la frontera fingiendo ser peones en busca de trabajo. El propósito: transformar al flamante Tirano Prófugo en Dictador Extinto.
La obsesión de Cabanillas había nacido diez años atrás, cuando en su ascendente carrera rumbo al estrellato, el entonces coronel Perón alentaba el resentimiento de las clases bajas, dictaba leyes que protegían a las turbas obreras contra la autoridad de los patrones y apilaba cargos como si fueran cajones de fruta: secretario de Trabajo y Previsión, ministro de Guerra, vicepresidente de la Nación…
Como si eso hubiese sido poco, el muy desvergonzado había instalado a una bataclana en una garçonnière contigua a su propio domicilio, vivía abiertamente en concubinato, y con el desparpajo de que era capaz le daba todos los gustos. ¡Hasta había designado al hermano de esa mujerzuela como su secretario privado!
El sábado 6 de octubre de 1945, a las 1030 horas, el general Ávalos, jefe de la guarnición de Campo de Mayo, le había hecho una visita para exigirle que quitara del gobierno a Juan Duarte, pero con tan poca fortuna que quien le abrió la puerta fue la bataclana.
“¡Pobre Ávalos –se lamentaría Cabanillas ante el estupefacto Tomás Eloy–, vaya uno a saber qué insultos habrá proferido la chirusa con sus modales de prostíbulo! Imagínese lo que significa para la dignidad de un oficial superior ser maltratado por una cómica que se le apareció metida dentro de una holgada robe de chambre masculina y en chancletas ¡Encima en chancletas de tacos altos!”
Evidentemente, matar al Tirano era sólo una de las obsesiones del teniente coronel. La otra: las sandalias de taco alto, que exhibían al pie femenino tan desnudo como estilizado.
La noche en que el comandante de Campo de Mayo regresó a la guarnición con la cabeza gacha, un grupo de oficiales decidió que la única manera de quitar de en medio al demagogo sería matándolo.
En el atardecer del lunes 8 de octubre, en la Escuela Superior de Guerra, donde el entonces capitán Cabanillas realizaba el curso de oficial de Estado Mayor, el teniente coronel Mora llevó a treinta discípulos a un descampado. Y les preguntó si estaban al tanto de lo que ocurriría al día siguiente. Por lo que los alumnos sabían, nada extraordinario: apenas la inauguración de un nuevo curso sobre energía atómica.
Desde que el 6 y el 9 de agosto de ese año la fuerza aérea estadounidense había evaporado en un abrir y cerrar de ojos las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, la energía atómica era el último grito de la moda.
Si había algo que podía decirse del aprendiz de tirano era que, además de hablar hasta por los codos y rodearse de artistas, se las pillaba de moderno. De manera que concurriría personalmente a inaugurar el curso.
–Necesito diez voluntarios –dijo el teniente coronel Mora–. Cuando el auto de Perón llegue a la vía del tren bajaremos la barrera, lo que aprovecharán para capturarlo. Luego de eso, lo van a llevar a una fábrica abandonada cuya ubicación se les informará oportunamente y procederán a juzgarlo y ejecutarlo. Necesito saber quiénes son los voluntarios.
Según relatará el propio Cabanilla, fue el primero en levantar la mano.
–Sabía que podía contar con usted –sonrió Mora, evidentemente enterado de al menos una de las obsesiones de su subordinado–. Le ordeno dirigir la captura. En la guantera del camión va a encontrar los datos de la fábrica donde tiene que llevarlo.
El teniente coronel Cabanillas evocaba el momento en que había estado a punto de matar al coronel Perón antes de que fuera presidente, librando a la patria de los siguientes diez años de ignominia.
–El plan era perfecto y no podía fallar, pero el demonio protegía a ese hombre. Esa misma noche, el general Ávalos reunió a todos los jefes de Campo de Mayo y les dijo que Perón tenía noticias de que se preparaba una sublevación y que, como ministro de Guerra, estaba dispuesto a reprimir. “Existe el peligro de una guerra civil”, advirtió Ávalos. “Hay que mantenerse quietos”.
Cabanillas clavó la mirada en los ojos de Tomás Eloy Martínez. El teniente coronel era un torbellino de ira con forma vagamente humana.
–Por mi parte, yo estaba dispuesto a desobedecer –dijo– Si para acabar con la tiranía hay que desatar la guerra civil, bienvenida sea. Pero el demagogo suspendió la visita del día siguiente y perdimos nuestra oportunidad.
La siguiente se le presentaría diez años después, en octubre de 1955, cuando no conforme con dar conferencias de prensa todo el tiempo, el Tirano había aprendido algunas palabras en guaraní.
–¿Bhá eicha pá la porte, general? –preguntaban los periodistas.
–I-porá la porte –era la invariable respuesta. A veces, se dignaba a traducirla: “Me encuentro magníficamente”.
Los agentes de inteligencia viajaron en camiones y caminando hasta el pequeño pueblo de Borja, cercano a Villarrica, donde alojados en humildes ranchos y fingiendo ser peones rurales, aguardaron el día D, fijado por Cabanillas para el 22 de octubre. En ese momento asaltarían al extrovertido exiliado y, una vez reducido, lo subirían a un jeep para llevarlo por sendas y picadas de la selva hasta Puerto Esperanza, ya en territorio argentino. Recién ahí lo ejecutarían, pues Cabanillas se reservaba el derecho a pegarle el tiro de gracia.
Pero el teniente coronel se quedaría con las ganas: uno de los agentes, preocupado por el estado de salud de su hijo, cometió el error de llamar a su casa desde una cabina pública de Borja. El hecho llamó la atención del servicio secreto paraguayo, que a partir de ese momento ejerció una discreta vigilancia sobre esos extraños peones que hacían llamadas de larga distancia a Buenos Aires. Las alarmas del servicio secreto se encendieron cuando, sin motivo aparente, los supuestos campesinos, ya identificados como argentinos, se desplazaron hacia Villarrica, instalándose en un barrio de las afueras.
Informado por el teniente Luis Gilberto Medina, jefe del batallón 40, encargado de vigilar la casaquinta de Rigoberto Caballero, donde se alojaba, Perón le dirigió una amplia sonrisa y dio dos golpecitos sobre la Walther P38 que llevaba en la cintura:
–Si me tiran y yerran, van a quedar pagando.
En beneficio de su presión arterial, el teniente coronel Cabanillas permaneció ignorante de las bravuconadas de Perón, pero llegó al borde de sucumbir víctima de una apoplejía cuando el 18 de octubre uno de sus agentes lo llamó al Hotel de Turismo de las cataratas para informarle que el día anterior una multitud de vecinos de Villarrica se había desplazado hasta la finca de Caballero en ómnibus, automóviles, carros y toda clase de vehículos, llevando un conjunto musical que le ofreció a Perón una serenata con la marcha “Los muchachos peronistas”.
Como si todo esto fuera poco, el Tirano hacía declaraciones a la United Press International.
“No pienso seguir en la política –dijo Perón al sorprendido Germán Chaves, gerente de la UPI en Paraguay–. Nunca me interesó hacer el filibustero o el malabarista y, para ser elegido presidente constitucional no hice política alguna. Me fueron a buscar, yo no busqué serlo. Ya he hecho por mi pueblo cuanto podía hacer. Recibí una colonia y les devuelvo una patria justa, libre y soberana.
“Cuando llegué al gobierno, ni los alfileres se hacían en el país –bolaceó el Tirano, indiferente a la presión arterial del teniente coronel Cabanillas–. Los dejo fabricando camiones, tractores, automóviles, locomotoras. Les dejo recuperados los ferrocarriles, los teléfonos, el gas, para que los vuelvan a vender otra vez. Les dejo una marina mercante, una flota aérea, les dejo…. ¿pero a qué voy a seguir? Esto lo saben mejor que yo todos los argentinos. Ahora espero que el pueblo sepa defender lo conquistado contra la codicia de sus falsos libertadores. El pueblo conoce a sus verdaderos enemigos. Si es tan tonto que se deja engañar y despojar, suya será la culpa y suyo será el castigo”.
Los acontecimientos se precipitaron cuando el 21 de octubre dos de los agentes fueron sorprendidos intentando introducirse subrepticiamente en los terrenos de la finca en la que se alojaba Perón. De inmediato, las fuerzas de seguridad paraguayas detuvieron en la modesta casa de los arrabales de Villarrica a los otros cinco agentes argentinos sospechados de ser guerrilleros marxistas.
Luego de un mes de febriles aunque discretas gestiones, y tras pasar algún bochorno, el gobierno argentino consiguió que los maltrechos agentes fueran dejados en libertad. El incidente le costó el puesto a Cabanillas, desplazado del primer lugar de la Side y destinado al Servicio de Inteligencia del Ejército, donde reemplazó al perturbado coronel Carlos Eugenio Moori Koenig.
En compensación, el 1 de noviembre Perón se vería obligado a abandonar Paraguay.
La noticia no significó para Cabanillas ningún consuelo: una vez más, por un pelo, el Tirano se le había escapado de las manos.
Por suerte, todavía le quedaban las sandalias.

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Historias de trabajadores

Siempre hasta la victoria, querido Vasco Irurzun, por Alvaro Hilario

murió René «el Vasco» Irurzun, militante de larga trayectoria, que atravesó los 60, 70 y la dictadura. En el 2000 participó activamente desde Allen en la creación de los nuevos Movimientos de Trabajadores Desocupados quienes hoy lloran su ausencia. Aquí el recuerdo de uno de ellos.

Era invierno de 2002. Hacía pocas semanas del asesinato de Maxi Kosteki y Darío Santillán. Después de dieciocho horas de viaje, llegué a Allen, formando parte de un grupo formado por gentes de los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTD) de Florencio Varela, Lanús y Solano. Esperándonos, un hombre flaco y alto, con anteojos y pelo blanco, ya entrado en los sesenta: René Irurzun, el Vasco Irurzun. Pronto fui avisado que su sobrenombre se debía tanto a su carácter testarudo como al origen de su apellido. Era una persona que defendía con firmeza sus posiciones pero que también sabía escuchar y recoger cable. Con el visitaríamos los MTD de la zona, la okupada Zanon; con él compartiríamos mantel, rondas de pensamiento y un buen número de anécdotas que recuerdo como si hubiesen sucedido ayer mismo. Así comenzó una relación que continuó con más viajes suyos a la provincia de Buenos Aires y más visitas mías (o nuestras) a su casa. En el transcurso de una de estas, sentados en un galpón del conurbano bonaerense, tuvo a bien concederme una entrevista en la que recorrió su periplo vital y militante. En su momento, vio la luz en la revista “Nabarra”, publicación que llevaba el nombre del territorio del cual procedía la familia del Vasco y que este tuvo la oportunidad de conocer. El momento, el interés de la nota, hacen que la recuperemos ahora.

«La vida está hecha de momentos de gran intensidad»

“Nací en Santiago del Estero, pero fui muy joven a estudiar a Rosario. Estando en el liceo, con 14 años, comenzó el movimiento ´libre y laica`: los estudiantes nos oponíamos a las intenciones del Estado de imponer la obligatoriedad de la enseñanza católica. En casa eran socialistas; curas y militares eran los enemigos tradicionales. Así que, cuando se prendió el conflicto, todo lo aprendido en casa me empujó a sumarme. Aunque la lucha fue dura, ganamos: no pudieron meter la religión en las escuelas. Todo aquello fue importante para mí: ganar las calles, impregnarme de la lucha y vivir la libertad. Aquello fue al principio de la década de los 60; aquel fue mi primer contacto con la política”. Sin apenas tomar aliento, continuó: “Cuando fui a la universidad, las luchas emergían y ya habían aparecido las organizaciones políticas de nuevo cuño. Para entonces, mi hermano y mi hermana ya estaban en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Yo era muy amigo de la joda; me gustaba más la fiesta que estudiar; no era tan disciplinado como mi hermana y mi hermano. De todos modos, entré en el PRT”. Estaba en vigor la dictadura de Onganía (1966-1970); el ministro de Economía Krieger Vasena imponía el modelo liberal. El 28 de julio de 1966, la Noche de los Bastones Largos, Onganía acaba con la autonomía universitaria. El malestar de la clase obrera y el medio estudiantil era cada vez mayor. En mayo de 1969, los obreros y estudiantes de Córdoba se apoderan de la ciudad: era la primera de una serie de revueltas que anunciaban el fin de la dictadura. “En Rosario éramos muchos los estudiantes y la mayoría almorzábamos en el comedor barato de la universidad. Este se convirtió, así, en el lugar de reunión. Los mandatarios afines a Onganía redujeron los presupuestos universitarios: los efectos en el comedor fueron inmediatos; las protestas, también. Una vez en la calle, la policía nos reprimió con dureza, pero obreros y gente normal nos apoyaron, se unieron a nosotros. Tomamos la ciudad de Rosario; tomamos las cadenas de radio y televisión y los ferrocarriles. La policía se quedó sin munición y se acuarteló. La pueblada fue muy valiosa: para animar a la gente, para organizar la resistencia, para aumentar las ganas de participar. Allí comencé a aproximarme al PRT. Con el paso del tiempo, empecé a tomar responsabilidades; en 1974, pasé a la clandestinidad y, a fines de 1975, fui detenido en Santa Fe. Estuve preso en la cárcel de Córdoba durante ocho años”.

La clase obrera italiana, la juventud de California y París y el medio estudiantil de México también se rebelaron en aquellos años. La revolucionaria década de los años 70. Se dibuja la figura de Hugo Irurzun, el Capitán Santiago, el hermano del Vasco. Comandante de la compañía de monte Ramón Rosa Jiménez del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), nacida en la selva tucumana de la mano del PRT. Miembro del comando que ejecutó en Asunción, el 17 de septiembre de 1980, al ex dictador nicaragüense Anastasio Somoza. La policía de Stroessner lo detendría y torturaría. Fallecería al día siguiente de la acción. El fundador del PRT-ERP, Mario Roberto Santucho, también era de Santiago del Estero y gran amigo del Capitán Santiago: “En aquellos tiempos, Santiago era un luchador respetado y destacado porque era una persona inteligente y capaz; además, su adhesión al modo de vida del PRT era total. Se destacó pronto como líder militar. No tenía par en la lucha contra el Ejército, no lo había más hábil. Dispuesto siempre para el combate, sabía cómo sostener el liderazgo”.

Una vez terminada la última dictadura cívico-militar (1976-1983), el Vasco quedó en libertad. “En prisión habíamos hablado que, una vez fuera, intentaríamos abrir espacios para hacer política. Así, estando en la calle, algunos de nosotros, con la intención de ser efectivos, entramos en el Partido Intransigente. Cuando nos desengañamos de la política, de tomar parte en el Estado, volvimos a la militancia social”. Una oferta de trabajo lo llevo a Cipolletti (Río Negro). “En Cipolletti, participamos en el desarrollo de diferentes espacios, entre otros, una revista que resultó de cierta importancia: hicimos saber que queríamos dejar a un lado la política tradicional. A través de esta empezamos a conocernos quienes estábamos involucrados en las luchas, entre otros, los desocupados; así nos integramos al Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de Allen. Aquel, surgido en 1999, era un movimiento con dinámica propia; no era un grupo surgido de la iniciativa de militantes con experiencia previa. La Autonomía era su característica definitoria. Recogía la influencia de todo el entorno: la cultura mapuche y la lucha mapuche contra el Estado y la lucha por la autonomía, por ejemplo. Consecuencia de la lucha contra las políticas caciquiles desarrolladas por la UCR en los últimos veinte años. Aquí, la miseria, la opresión y la represión, el estrecho control gubernamental, son habituales. Así las cosas, el movimiento nació superando las presiones que le venían tanto por derecha como por izquierda. En estas tierras, la tradición de lucha es vieja e importante: Cutral-có, Plaza Huincul, las luchas del profesorado, los primeros piquetes, todo esto ha tenido mucha influencia en los movimientos sociales y en el nacimiento de los MTD”.

“¿Qué te ha dado la militancia?”, pregunté, antes de finalizar la conversación. “Tuve la suerte de participar en dos rupturas: la de la década de los 70 y la de diciembre de 2001. La primera, aquella explosión vivida en el PRT-ERP, la guerrilla y todo lo demás. Viví todo aquello con gran intensidad: ganar las calles, abrir espacios. A la sensación de libertad le corresponde otra de felicidad; todo lo nacido en la lucha, los valores colectivos desarrollados por la lucha -la alegría, la amistad que devienen de ser uno con los demás- me dan una felicidad tremenda. Lo mismo el 19 y 20 de diciembre de 2001. En esos procesos de ruptura, hice míos esos nuevos valores, esas nuevas prácticas de vida. Estos procesos han tenido una gran influencia en mi vida. La vida está hecha de momentos de gran intensidad. Esos procesos tienen una intensidad tan grande que tienen en nosotros efecto de por vida, nos impregnan por siempre. Esos procesos me han condicionado”.

Ez agur, gero arte baizik, René, lagunhori. Gurea da garaipena.

(No adiós, sino hasta luego, René, amigo. Nuestra es la victoria)

 

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Destacada

Adiós a Juan Actis, referente histórico del Villazo y de la UOM local, por Ariel Fabián Gómez

El movimiento sindical de Villa Constitución atraviesa horas de profundo pesar tras conocerse este lunes 6 de abril el fallecimiento de Juan Actis, histórico referente metalúrgico y protagonista clave del Villazo.

Actis fue uno de los trabajadores que, desde el corazón de las plantas industriales, impulsó el proceso de organización que derivó en aquella gesta de 1974, considerada una de las mayores conquistas del movimiento obrero argentino. Su participación quedó registrada en un documento difundido en 2009, al cumplirse 35 años del Villazo, donde se destacaba el carácter colectivo y democrático de aquella lucha encabezada, entre otros, por Alberto Piccinini, Dante Manzano, Adolfo Curti y el propio Actis.

En ese texto se subrayaba que el movimiento “generó desde el corazón mismo de las plantas industriales un proceso genuino que, en unidad con la sociedad, logró el objetivo de elegir y ser elegidos libremente por los trabajadores metalúrgicos como sus representantes”, consolidando un hito histórico apoyado también en experiencias como el Cordobazo y el Rosariazo.

Durante la última dictadura militar, Actis continuó comprometido con la lucha sindical. El 6 de diciembre de 1982 fue parte del proceso de reorganización de la seccional local de la Unión Obrera Metalúrgica, junto a dirigentes como Piccinini y Tito Martín, sentando las bases de la recuperación institucional tras los años de intervención.

Ya en una etapa más reciente, asumió la conducción de la UOM Villa Constitución como secretario general entre 2010 y 2012, tras la renuncia de Piccinini por su jubilación, manteniendo viva la tradición de lucha y organización del gremio. Previo a ello se desempeñaba como Secretario Adjunto desde 2008.

Además de su militancia, Actis dejó reflexiones escritas sobre la importancia del Villazo en la historia argentina. En 2010, en el prólogo de un libro de Jorge Winter, destacó que aquella experiencia “nunca podrá ser omitida ni minimizada”, y la definió como una herramienta indispensable de aprendizaje para las nuevas generaciones de trabajadores.

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30 de marzo de 1982: gran paro obrero contra la dictadura.

Para el 30 de marzo de 1982, los trabajadores nucleados en la CGT Brasil y bajo la conducción de Saúl Ubaldini convocaron a una jornada de protesta en todo el país, bajo las consignas «Paz, Pan y Trabajo”, «Abajo la dictadura militar”.

La posible movilización de amplios sectores de la población, motivó que el Ministerio del Interior presionara para que la marcha no se hiciera, bajo el argumento que la CGT no había solicitado la autorización correspondiente para realizar el acto y que estas situaciones podían producir alteraciones a la seguridad y el orden público, a la vez se recordó que seis dirigentes sindicales, entre ellos Saúl Ubaldini, se encontraban procesados por haber declarado otras huelgas generales.

Volante de convocatoria a la marcha de la CGT

El día de la protesta, Buenos Aires amaneció con carros de asalto, carros hidrantes, la montada de la policía federal, militares en traje de fajina, armas largas y cortas, por todo el centro porteño.

Desde horas tempranas los obreros y trabajadores de todas las especialidades se fueron agrupando para marchar hacia el centro. Los dirigentes llegaron abrazados por Av. de Mayo hasta la avenida 9 de julio y detrás, cientos de activistas. La marcha pretendía entregar un documento en Casa Rosada. Se cantaba «Pueblo Unido jamás será vencido», «Se va a acabar, se va a acabar la dictadura militar» y «Luche luche que se van».

Hubo al menos tres horas de violentos enfrentamientos entre los manifestantes, que intentaban llegar hasta la Plaza de Mayo, y centenares de policías. Las fuerzas de seguridad no sólo arremetieron contra quienes integraban las columnas de manifestantes, sino que detuvieron también a tres periodistas (uno de ellos de una cadena de televisión norteamericana) y a tres reporteros gráficos. Uno de los problemas que debieron enfrentar los uniformados se centraba en que los grupos populares se armaban y disolvían rápidamente en distintas esquinas, para reaparecer una y otra vez a corta distancia, improvisando con ello una táctica que obligó a la policía a redoblar su acción y a endurecer la represión.

Se reprimió duramente las concentraciones que se efectuaron en los alrededores de Tribunales y en el puerto; por primera vez, empleados y funcionarios de la zona céntrica de Buenos Aires arrojaban desde balcones y ventanas todo tipo de proyectiles contra los elementos de la represión.

Organismos de Derechos Humanos con Adolfo Pérez Esquivel a la cabeza intentaban llegar a Casa Rosada a entregar el petitorio.

Por la noche los noticieros informaron del asesinato de dos trabajadores, uno en Mendoza, José Benedicto Ortiz, trabajador y sindicalista textil. La jornada arrojó más de 2500 heridos y unos 4000 detenidos en todo el país.

Entre los detenidos figuraban el entonces secretario general de la CGT nacional, Saúl Ubaldini, y cinco integrantes de la comisión directiva; el Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, junto a un grupo de madres de Plaza de Mayo. Las imágenes trascendieron adentro y afuera del país.

Hubo manifestaciones en Mendoza, donde la represión culminó con el asesinato de un sindicalista; en Rosario, dos mil trabajadores recorrieron el centro de la ciudad con consignas contra la dictadura; en Mar del Plata y San Miguel de Tucumán detuvieron a doscientas personas por repudiar al gobierno militar; en Córdoba, el Tercer Cuerpo del Ejército patrulló las calles con columnas de hasta siete vehículos militares por temor a la movilización de los trabajadores».

Al día siguiente, la CGT elaboró un documento afirmando que el proceso militar estaba «en desintegración y desbande» y reclamando un gobierno cívico militar de transición a la democracia. Ese texto nunca llegó a difundirse, porque antes los militares salieron de la sombría situación en que se habían colocado fugando a Malvinas.

Los diarios reflejaron en sus tapas los «importantes disturbios» y la sensación de que la estabilidad de la Junta Militar estaba seriamente amenazada. Sin embargo, tres días después, tropas argentinas tomaron las islas Malvinas.

La CGT y los trabajadores le habían demostrado a los dictadores que debían dejar el gobierno, que ya nada era igual, que se había alcanzado un grado de organización suficiente para hostigarlos hasta echarlos. El movimiento obrero hizo el 30 de marzo del 82 una jornada tan trascendente como lo fueron en los años 60 y 70, las grandes movilizaciones donde se cantaba «Obreros y Estudiantes unidos y adelante”, y en cada barricada se vivía un clima de lucha, libertad y solidaridad .

LEONIDAS F. CERUTI, HISTORIADOR

Ver nota completa en AnRed: https://www.anred.org/dictadura-militar-resistencia-obrera-y-el-paro-del-30-de-marzo-de-1982/

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