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La V Columna | Genuino y natural

Era bastante chiquita cuando escuché por primera vez la expresión ‘hijo natural’. Quizás allí tuve mi primera frustración con las palabras. Pregunté: ‘¿mamá, yo soy hija natural?’ ‘No, hijita’, exclamó mi madre entre risas.

¡Horror! No era hija natural, entonces, ¿qué era? Me había sonado tan lindo eso de ser natural pero resultaba que yo no formaba parte de ese grupo de privilegiados nacidos de la naturaleza misma. ¿Qué sería, entonces? ¿Una hija artificial? Me costó bastante comprender que para los valores de la época era mucho mejor no ser natural. Como si los hijos gestados en un matrimonio fuesen algo diferente: ellos habían sido encargados, gestados en el santo matrimonio, pedidos quizás a un cigüeña que los traía de París. Todo era confuso para esa niña que fui, y sigue siéndolo para esta adulta que soy.

El lenguaje está plagado de palabras engañosas. La política está repleta de ellas: se llama guerra a una invasión; enfrentamiento a las matanzas. Costó sacar el mote de ‘Proceso’ a la dictadura, y ni qué hablar de la Libertadora, máxima expresión del cinismo..

¿Quién inventa esas palabras que definen algo por su contrario? No lo sé. Lo cierto es que a través de ellas nos hacemos una idea de la realidad. Así que el inventor de palabras, si es que existe, tiene el poder de crear la realidad, moldearla a su imagen y semejanza.

Algo parecido a lo que me pasó de niña con la idea de ‘hijo natural’ me sucede ahora con la expresión ‘trabajo genuino’. ¿Qué significa que algo es ‘genuino’? Según el diccionario: que conserva con total pureza o autenticidad sus características propias o naturales. Es un sinónimo de ‘puro’, ‘auténtico’, ‘legítimo’, ‘real’, ‘natural’.

Ofrecer un trabajo genuino, pues, es ofrecer algo tan puro y natural que resulta absurdo rechazarlo. Pero ¿debemos dar por hecho que es natural trabajar por un salario, en general miserable? Si me preguntan, para mí un trabajo genuino es exactamente lo contrario: producir por el puro placer de hacerlo, porque lo necesitás como el aire para vivir.

En estos días está de moda luchar por un trabajo genuino. Dijo un diputado hace unos días: “Ingresaremos una ley que convierte los planes sociales en trabajo genuino’, como si el trabajo que hacen los que están fuera del sistema no fuera tan o más natural que el de someterse a los arbitrios de un patrón.  Comprendo la buena intención. Se trata de incorporarlos a la legislación que les garantizará obra social y jubilación, además de un aporte al Estado que se supone los protege. Quizás es una buena política; lo ignoro. Lo que me molesta es que no se diga lo que es: vamos a terminar con los planes sociales para convertirlos en trabajadores asalariados, como Dios manda. Lo cierto es que el trabajo asalariado no es un mandamiento de Dios ni de la naturaleza, más bien de un sistema político y económico. Quizás es el mejor sistema existente, lo ignoro, pero digan las cosas como son. Lo único que me inquieta, como a Jimenez, es el don de palabra exacta.

El otro día escuché algo así como que el ‘Estado debe ser quien medie entre el Trabajo y el Capital’, como si el capital no fuera fruto del trabajo. Por arte de magia, la historia tiene un solo sujeto: el Estado. Mientras que el Trabajo y el Capital son meras cosas, despojados de su carácter de sujetos históricos los los trabajadores y los patrones. Personas que actúan, piensan, pelean. Lo mismo ocurre con ‘el campo’: se le quita la subjetividad a los grandes productores agropecuarios, que con el campo tienen poco que ver. Mera alquimia del lenguaje.

Para ir cerrando, leo por ahí un artículo del periodista y escritor mexicano Camilo Rodríguez que dice:

Para Nietzsche las palabras son espadas de doble filo. Inventadas para darle orden a una realidad heterogénea y compleja, permiten la comunicación pero tratan de imponer su lógica en un mundo contradictorio que se resiste a entrar en sus casillas. Esta “voluntad de verdad” ha confundido a la humanidad, haciéndole creer que los signos lingüísticos son más que simples asignaciones colectivas. En su deseo de dominación, y conservación del poder, los hombres han convertido las palabras en meros instrumentos de control para las élites (los reyes, los sacerdotes y los “letrados”) que dictan las leyes, las verdades y los ideales éticos y estéticos. Esa innegable arbitrariedad ha desnudado las estructuras que subyacen bajo la construcción del lenguaje. “¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades? ¿Las cosas necesitan nuestro señalamiento para ser?”.

Queda en el aire esta pregunta de Nietzsche. Lo cierto es que estamos hechos de agua, aire, carne, huesos, sangre y palabras. ¿Quién inventa las palabras será un misterio tan grande como el que inventó las cosas? Me despido con Juan Ramón Jimenez que en las antípodas de Nietzsche cree que existe la palabra justa:

“¡Inteligencia!, dame el nombre exacto de las cosas! … Que mi palabra sea la cosa misma, creada por mi alma nuevamente. Que por mí vayan todos los que no las conocen, a las cosas; que por mí vayan todos los que ya las olvidan, a las cosas; que por mí vayan todos los mismos que las aman, a las cosas… ¡Intelijencia, dame el nombre exacto; y tuyo, y suyo, y mío, de las cosas! “

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