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Una historia de sal, por Laura Giussani Constenla
Había una vez un lugar mágico, más cerca del cielo que del mar, en donde el sol y la luna se reflejaban en la tierra porque el suelo era de cristal. Sus habitantes agradecían a los dioses por haber sido elegidos para vivir en un lugar milagroso: colgados de la eternidad, lejos del mundo, cerca del universo.
Un día, todo cambió. Allá por mil ochocientos setenta y cinco, llegó un inglés codicioso en busca de fortuna. Aventurero, el hombre, se animó a subir a cuatro mil metros sobre el mar y descubrió el desierto blanco. Incrédulo, recorrió un tramo del insólito paisaje que abarcaba doce mil kilómetros y atravesaba tres países. Como suele ocurrir, allí donde todos vemos una maravilla, ellos ven un negocio. Así fue que Mr. Humbestone, tal el nombre del inglés aventurero, se hizo millonario fundando una mina en uno de los grandes salitres del continente.
Claro que nadie podría haber logrado tal proeza solo vendiendo sal, pero resultó que, además de inglés, el hombre era ingeniero químico y sabía que si al nitrato de sodio se lo procesaba se convertía en el fertilizante más eficaz inventado hasta el momento. Fundó un pueblo con su nombre en el desierto de Atacama y se cansó de exportar a todo el mundo industrializado su “Oro blanco”, así llamaban al fertilizante en cuestión que se convertía súbitamente en dinero.
Una cosa trajo la otra porque donde hay oro, hay guerra.
Eran tiempos de fronteras desdibujadas. Perú, Bolivia y Chile tenían sus límites en aquel desierto blanco que nadie había marcado con exactitud. A Bolivia le correspondía una franja entre los otros dos países. Por allí tenía que pasar el tren cargado de oro blanco de exportación. Sin consultar, al ver la riqueza que generaba el producto del inglés, decidió poner un impuesto a al pasaje de esa mercadería por su territorio. Discutieron, discutieron. Perú le dio la razón a Bolivia. Siguieron discutiendo hasta que Bolivia dijo basta y rescindió la licencia de la compañía, embargó sus bienes y los puso a remate.
El catorce de febrero de mil ochocientos setenta y nueve, el día que estaba anunciado el remate de la compañía, Chile invadió el pueblo boliviano de Antofagasta, luego ocuparía la provincia peruana de Tarapacá. Había empezado la guerra el día del remate. Así fue como Bolivia perdió su salida al mar y Mr. Humbestone pudo continuar enriqueciéndose de manera vertiginosa.
Unos años después, pasó por allí un periodista del Times y quedó realmente impresionado. El paisaje ya no evocaba nada mágico, era lo más parecido a las minas de carbón del norte de Inglaterra: “El trabajo no cesa, cuadrilla tras cuadrilla, trituradoras de salitre, calderas para hervirlo y cocinarlo en sus propios jugos… y el nitrato de sodio saltando a los tanques noche y día para ser enviados por todo el mundo”, escribió Russell, tal el nombre del periodista. “Hay un parecido general a una planta de gas, con las particularidades de una mina de carbón”, observó el periodista, señalando “los asentamientos miserables donde los obreros y sus familias viven”.
Los habitantes de aquel desierto mágico, de suelo de cristal, habían aceptado con cierta docilidad la llegada del inglés que prometía progreso. Muchos de ellos incluso murieron en una guerra que no los beneficiaría en nada.

Marcha obrera en Iquique, 1907
Las huelgas comenzaron allá por 1907. Y junto con las huelgas, la represión. Todo terminó en la Masacre de Iquique, llamada así porque fusilaron a centenares de trabajadores del salitre que estaban refugiados en la escuela Santa María de Iquique. Murieron cientos o miles, los historiadores nunca se ponen de acuerdo con las masacres de obreros, la cifras varían entre ciento y pico, y tres mil. Como en toda revuelta, los medios no entienden lo que está sucediendo. Para el diario el Mercurio los obreros muertos eran unos ingratos por quejarse: “El jornal alto, la habitación gratuita, la pulpería a precios equitativos, la alimentación abundante y relativamente más baja que en el sur compensaba sobradamente el esfuerzo del hombre y los rigores del clima y las arideces del territorio”.
Lo increíble de éste cuento es que diez años después todas las vidas que se llevó Mr. Humbestone en la conciencia no le sirvieron para nada. Estalló la primera guerra mundial y a Inglaterra no se le ocurrió mejor idea que bloquear las exportaciones de salitre a Alemania. Y los alemanes, que de tontos no tienen nada, se dedicaron a inventar otro fertilizante químico más eficaz.
Ya nadie necesitaba nitrato chileno y la industria se derrumbó. Pocos años después de la escalofriante matanza de Iquique los pueblos salitreros se convirtieron en pueblos a la deriva, semiabandonados. Pueblos fantasmas.

Protesta de trabajadores salitreros 1907
“Ustedes que ya escucharon/la historia que les contamos/no sigan allí sentados/pensando que ya pasó/No basta solo el recuerdo/el canto no bastará/si es que no nos preparamos/resueltos para luchar…”, nos decía Quilapayún en la Cantata de Santa María de Iquique.
En el eterno retorno de la historia, todo vuelve a repetirse. Esta vez no lo llaman “oro blanco”, ahora le dicen ‘petróleo blanco’. Descubrieron que ese hermoso territorio de sal contiene litio, casi todo el litio que se encontró hasta ahora en el mundo. ¿Y para qué sirve el litio? Para las pilas, sí, algún medicamento también, y vaya a saber qué otras tonterías, pero ésta vez los codiciosos en cuestión lo quieren para fabricar autos eléctricos. Cuando el norte se vuelve ecológico quiere que sus coches no emanen gases contaminantes. Venderían decenas de miles y esquivarían la dependencia del petróleo. Negocio seguro.
Los habitantes del desierto blanco ya vivieron esa historia. Y saben que un día se irán y en el medio habrá muertos y pueblos abandonados. El capital no tiene patria ni nación ni familia ni afectos ni valores ni música ni poesía.
Hace pocos días, una Asamblea constituida por veinticinco comunidades kollas se apostaron en una ruta, dieron un ultimatum de tres días al gobierno provincial para que derogue el permiso de exploración de litio en un territorio al que llaman ‘pozo sagrado’ y como no obtuvieron respuesta sacaron de allí a empleados y maquinarias, a pesar de los gendarmes que se habían enviado a la zona. La consideraron una victoria histórica, así la difundieron.

Los trabajadores del salitre hoy continúan en vigilia, en la ruta. Ganaron una batalla pero la resistencia continúa. Su éxito, también está en nosotros.
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Erika Lederer:“La única memoria completa es que digan dónde están los cuerpos”
En la antesala de un nuevo 24 de marzo, Erika Lederer —poeta, abogada y cofundadora de Historias Desobedientes— reflexiona sobre el sentido de la memoria en la Argentina actual. Hija de un represor que actuó en Campo de Mayo, su testimonio interpela desde un lugar singular: el de quienes decidieron romper el pacto de silencio familiar para transformar el dolor en acción. En esta entrevista con LCV, cuestiona el uso del concepto de “memoria completa”, reivindica la apertura de archivos y la búsqueda de identidad, y llama a sostener una memoria activa, colectiva y comprometida con la justicia.
Erika Lederer: Exacto, necesitamos masividad en las calles. En relación a la pregunta: yo soy cofundadora de Historias Desobedientes. Surgimos alrededor de 2017, cuando se intentó aplicar el 2×1 y la Corte Suprema lo avaló. En ese momento, en las calles se dijo de manera masiva que no. Eso es lo que esperamos también ahora.
¿Qué entiendo por “memoria completa”? Es muy sencillo: la única memoria completa es que se abran los archivos. La única memoria completa es que los genocidas que siguen vivos y que no fueron alcanzados por la llamada “impunidad biológica” digan dónde están los cuerpos, digan dónde están los chicos —hoy adultos— cuya identidad todavía no fue recuperada. Esa es la única memoria completa.
LCV: Estoy totalmente de acuerdo, incluso con el recorte histórico que hacés, que no empieza en el ’76. Recién hablábamos del decreto 20.840 de 1974, que ya sentaba bases legales e ideológicas para lo que vino después.
Nos queda poco tiempo, así que quiero que me cuentes: ¿quién sos?, ¿quién era tu papá? ¿Y por qué sos desobediente?
Erika Lederer: Yo soy Erika Lederer, poeta —y después, en segundo lugar, abogada—. Mi padre era Ricardo Lederer, que fue el segundo jefe de la maternidad clandestina de Campo de Mayo. Era quien asistía los partos de mujeres cuyos hijos todavía buscamos. Luego esas mujeres eran parte de los mal llamados “traslados”, es decir, los vuelos de la muerte.
LCV: ¿En qué momento tomás conciencia de lo que hacía tu padre?
Erika Lederer: Una cosa es saber que era militar, médico militar, verlo con uniforme, saber que fue carapintada. Todo eso ya te da una primera conciencia. Pero llegar a caracterizar a tu propio padre como genocida es un proceso paulatino. Va acompañado de una toma de conciencia sobre lo que pasa alrededor, no solo sobre quién era él, sino sobre la realidad en la que vivís.
LCV: ¿Todavía duele?
Erika Lederer: Sí, y va a doler siempre. Pero en 2017 escribí un artículo que se llamaba “Del dolor a la acción”. Duele, pero no me deja inmovilizada. No me deja atrapada en un trauma. Quiero salir del dolor, ser un sujeto activo en la construcción de la memoria colectiva y levantar las banderas de los compañeros desaparecidos. Ellos peleaban por un mundo más justo, y yo quiero insertarme en esa lucha por un mundo mejor.
LCV: ¿Cómo se procesa esto dentro de la familia?
Erika Lederer: Cuando uno rompe con esa lógica —que yo llamo lógica mafiosa de clanes—, porque hubo crímenes y un pacto de silencio, no es fácil. Hablar implica romper ese pacto que impera en estas familias. Pero no quiero quedarme en eso; para eso escribo poesía también. Mi intención es poder ser una voz que amplifique la potencia que tenemos como sociedad para hacer otra cosa, para seguir luchando por esas banderas.
LCV: Te agradezco muchísimo que hayas venido, aunque sea por unos minutos. Si te parece, la semana que viene seguimos con más tiempo. Es muy importante el relato en primera persona: genera empatía, le pone identidad a la historia.
Erika Lederer: Sí, totalmente. Mi intención es que mi voz transmita un mensaje: que nos atrevamos a pensar distinto, a confrontar el estado de cosas. Hay un giro global hacia la derecha que tenemos que interpelar, incluso de manera internacionalista. Invito a que nos animemos a pensar de otro modo y a cambiar el mundo.
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Alejandro Cohen Arazi: “La historia de la CONADEP también la hicieron trabajadores anónimos”
El director y documentalista Alejandro Cohen Arazi pasó por La Columna Vertebral-Historias de Trabajadores para presentar Conadepianos, una película que recupera los testimonios de quienes trabajaron en la CONADEP durante los primeros años de la democracia. Con una mirada centrada en la clase trabajadora, el film busca correrse del relato tradicional y poner el foco en quienes escucharon, registraron y sostuvieron el proceso en el día a día.
LCV: ¿Qué es la CONADEP? Le cuento a la gente, porque tenemos oyentes jóvenes y de todas partes del mundo.
Alejandro Cohen Arazi: La CONADEP es una comisión que se crea en 1983 para reunir testimonios que permitieran construir una causa contra la Junta Militar. Ya desde su origen implicaba una enorme valentía política: llevar adelante los juicios.
Se eligió a un grupo de notables —personas reconocidas que habían tenido un rol durante la dictadura— para encabezar ese trabajo. Pero detrás de ellos había una enorme cantidad de trabajadores y voluntarios, muchos muy jóvenes, que recibían denuncias todos los días y escuchaban cosas muy duras.
LCV: Sobre esa base hacés un documental. ¿Por qué?
Alejandro Cohen Arazi: La historia surge con mi hermano Juan. Él estaba investigando otro tema y encontró en el Archivo Nacional de la Memoria entrevistas a trabajadores de la CONADEP.
No era lo que buscaba, pero vio que había algo muy potente ahí: testimonios de personas que contaban el trabajo cotidiano. Entonces dijimos: hay una historia para contar.
Todos tenemos una idea del Nunca Más asociada a figuras como Sábato o Magdalena Ruiz Guiñazú, pero estas entrevistas muestran que había un grupo enorme de personas que fueron quienes realmente hicieron ese trabajo.
LCV: ¿Cómo se seleccionaban esos trabajadores? ¿Eran voluntarios, gente del Estado?
Alejandro Cohen Arazi: Había de todo. Al principio eran empleados del Ministerio del Interior, pero rápidamente se dieron cuenta de que no alcanzaba.
También se sumó gente de organismos de derechos humanos y muchos voluntarios. Había personas que leían en el diario que existía la CONADEP y se acercaban para dar una mano.
LCV: ¿Se necesitaba algún requisito en particular?
Alejandro Cohen Arazi: Básicamente, saber leer, escribir y tener empatía. No existía todavía la figura del trabajador de la memoria o de derechos humanos como hoy.
Había que sentarse frente a alguien que venía a contar una experiencia terrible, y para eso hacía falta una enorme sensibilidad.
LCV: Estamos hablando de un contexto muy cercano a la dictadura…
Alejandro Cohen Arazi: Sí, y con mucha incertidumbre. Nadie sabía cuánto iba a durar la democracia. Veníamos de décadas de golpes militares, entonces la pregunta era inevitable.
LCV: Y además del impacto emocional, había riesgos…
Alejandro Cohen Arazi: Sí, lo vivían con mucho temor. Recibían amenazas, había llamados intimidatorios, incluso amenazas de bomba en el edificio.
No eran ingenuos: sabían perfectamente en qué se estaban metiendo.
LCV: ¿Tuviste dificultades para financiar la película?
Alejandro Cohen Arazi: Sí, es un documental hecho con presupuesto cero. No pedimos apoyo institucional.
Trabajamos con material del Archivo Nacional de la Memoria y con nuestro propio esfuerzo. Hicimos una campaña con gente cercana para poder cubrir gastos básicos.
LCV: Tenés una trayectoria marcada por este tipo de enfoque…
Alejandro Cohen Arazi: Sí, todos mis trabajos tienen el foco en la clase trabajadora. Incluso en documentales anteriores, como uno sobre call centers, me interesaba mostrar esas realidades invisibilizadas.
LCV: En medio de tantas discusiones políticas sobre ese período, ¿qué lugar ocupa la CONADEP?
Alejandro Cohen Arazi: Más allá de las discusiones, fue un hito fundamental de la democracia argentina.
Se hizo en un contexto de muchísimas presiones, con un margen de maniobra muy limitado, pero se logró. Y lo que se logró es histórico.
LCV: ¿Dónde se puede ver la película?
Alejandro Cohen Arazi: Hay funciones en el Cine Gaumont, en la Sala Norita Cortiñas y también en la Sala Lúcida, en Saavedra, en los próximos días.
Archivo
Carta desde el País del Nomeacuerdo, por Hernán López Echagüe
Publicado en la revista Humor, diciembre de 1990
Che, me olvidaba de algo. Hubo una época en que las personas se pusieron a desaparecer, de pronto, de la noche a la mañana. Sin pausa. Cientos y cientos de personas de toda edad que se ponían a no estar nunca más. Y los ojos de los vecinos no percibían nada. Y las bocas de los vecinos parecían bocas sin fundamento, o quizá con fundamento no más que para abrirlas y tragar fideos italianos, galletas alemanas, quesos franceses. ¡Vinos de Portugal por dos mangos! Había mazapán en las venas. ¿Te acordás? ¿Te acordás del general Acdel Edgardo Vilas? Decía el tipo: “Los mayores éxitos los conseguimos entre las dos y las cinco de la mañana, la hora en que el subversivo duerme (…) Yo respaldo incluso los excesos de mis hombres si el resultado es importante para nuestro objetivo”. ¿Te acordás? ¿No? Pero quizá te acuerdes del general Ibérico Saint-Jean que, entre otras cosas, se hizo famoso por su frase: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos”. O del general Jorge Rafael Videla: “En la Argentina morirán todos los que sean necesarios para acabar con la subversión”. Años más tarde, ya en democracia, al amparo del indulto que le había obsequiado Menem y en tanto se mojaba el garguero con whisky importado durante una cena de camaradería, Videla celebró la matanza, y, con aires de asesino ocurrente, soltó: “La sociedad argentina tendría que habernos pagado por los servicios prestados”.
Luego, a partir de diciembre de 1983, la historia incontrastable del exterminio selectivo que habían tramado los militares con toda meticulosidad cobró vida a partir de relatos de toda naturaleza: jurídico, periodístico, novelesco, televisivo, cinematográfico. Supongo que te acordarás de La historia oficial, también del Nunca más, y, desde luego, del histórico juicio a las Juntas. Fueron años de dolorosas e interminables reconstrucciones. Que a Esteban se lo llevaron de su lugar de trabajo una tarde, a los golpes; que a Cristina, que estaba embarazada, la sorprendieron en la calle, la ocultaron en alguna catacumba, la asistieron en el parto, le robaron el hijo y después la asesinaron; en la casa de Jon, que de la vida no esperaba más que recibirse de ingeniero, casarse y tener un par de hijos, el grupo de Tareas se instaló a lo largo de una semana… Y ya no están, nunca más volverán a estar.
A partir de diciembre de 1983 el dolor se transformó en cifras: más de cuatro mil desaparecidos en 1976; trescientos cuarenta y dos por mes; once cada día. Más de tres mil en 1977; doscientos treinta y ocho por día… Cifras y más cifras. Contados cuerpos. Personas que nunca jamás volvieron a aparecer. Y ahora los ojos han vuelto a cerrarse, los oídos a enlodarse, las bocas a callar.
En fin, no era mi propósito amargarte. Pero el País del Nomeacuerdo es hoy una realidad ineluctable.
Otro abrazo.
Página/12 y su insólita restauración de la teoría de ‘los dos demonios’, por Hernán López Echagüe
50 Años. La falacia de la memoria completa y las verdaderas razones de la masacre, por Laura Giussani C.

