Destacada
Depilación, tortura y feministómetro, Lucía Chonakian Herrera, en El Grito del Sur. Lectura recomendada.
Depilarse es uno de esos tantos mandatos que se nos aparece como natural y tiene detrás convenciones, estereotipos, intereses económicos y de reproducción social. Conversamos con Pao Raffetta, especialista en la temática, para orientarnos en cómo leer este fenómeno.
“Método de autoflagelación por el cual las mujeres se quemaban vivas bajo la creencia de verse más bellas”. Así describen “Mujeres públicas” a la cera depilatoria en «Instrumentos de tortura”, una lectura de cómo podría ser que en el futuro se piense aquello que naturalizamos tanto. Pensándolo en frío y a la distancia, la cera depilatoria es todo eso (y a veces mucho más).
Cavado, cavado completo, cavado profundo, tira de pelvis, de cola, media tira, tira completa, bozo, cejas, tira de panza, pierna completa, media pierna, empeine, axilas. Desde muy jóvenes a las mujeres se nos imponen prácticas depilatorias que van aumentando con los años y tienen un objetivo: la construcción de una ‘naturalidad’ bajo la cual los cuerpos feminizados hegemónicos no poseen vello.
La depilación es uno de los ritos de pasaje socioculturales hacia la adolescencia: la primera depilación va acompañada de la primera bikini, la primera menstruación, los primeros corpiños. Es parte del combo de modelación de un cuerpo listo para constituirse en parte de una heteronorma, una suerte de modelo fordista de producción donde la reproductibilidad es la meca. El patriarcado no deja loop-holes en nuestra constitución social y subjetiva, y en todo ese entramado entran las prácticas de eliminación de los pelos de nuestro cuerpo.
Pero antes de sumergirnos en un universo complejo e interconectado de mandatos patriarcales hace falta hacernos más preguntas: ¿de dónde viene la depilación? ¿se origina en el sistema capitalista o antes? ¿qué cuerpos se modelan y qué cuerpos se excluyen en estos mandatos? ¿somos menos feministas por depilarnos a pesar de saber todo esto?

Pao Raffetta
Pao Raffetta es activista y docente trans, especialista en ESI y en Estudios de Género. Trabaja en el Centro Cultural Tierra Violeta (CABA). Conversamos acerca de estos temas y posibles ideas para tomar como punto de partida a la hora de pensar en la depilación más allá del método.
¿Cuál es el origen de la depilación y qué pensás que motiva su existencia?
La depilación es una práctica regulada desde hace milenios, a nivel social y religioso. Por ejemplo, las pinzas de depilar no han cambiado desde el Antiguo Egipto hasta nuestros días. Los textos religiosos cristianos, judíos y musulmanes regulan la depilación, las zonas prohibidas, la frecuencia con la que las personas deben depilarse, afeitarse y cortarse el pelo.
Una de las motivaciones está en el control social. En la «fabricación» de una naturalidad. Si la depilación es obligatoria para todas, luego es fácil decir «las mujeres naturalmente no tienen vello y las que lo tienen son monstruos». Esto permite, junto con los códigos de vestimenta, aparentemente distinguir a simple vista a hombres de mujeres.
¿Por qué se dice que es patriarcal?
Hubo (y hay) contextos en los cuales los hombres deben también depilarse, afeitarse y cortarse el cabello, pero los condicionantes para las mujeres alcanzan profundidades dolorosas. La vigilancia entre pares, entre familiares, condiciona a las mujeres a aceptar los mandatos depilatorios sin mayor discusión, más allá del método elegido para hacerlo. La que no lo hace, recibirá el estigma: «sucia», «lesbiana», «lesbiana sucia», «monstruosidad», etc. Sin faltar los «fenómenos» del Siglo XIX, las mujeres barbudas.

¿Qué estrategias para repensar la depilación por fuera de los mandatos existen y cómo entra esta discusión en las comunidades travestis y trans?
Algunas personas, particularmente mujeres trans y travestis, reciben sistemáticamente la denuncia de «reforzar los mandatos de género», por depilarse o tomar otras decisiones sobre su cuerpo para feminizarlo según los mandatos establecidos. La que no lo hace recibe invalidación automática. Frases como «si quiere que le reconozcan su identidad femenina debe hacer el esfuerzo de pasar por mujer», usando ropas tradicionalmente femeninas, usando su voz en falsete y sobre todo, con una depilación perfecta.
Como si reforzar el mandato patriarcal estuviera en el uso de técnicas depilatorias para encajar en la sociedad (conseguir trabajo, acceso a vivienda, salud y educación en condiciones dignas, etc.) y no en las millonarias inversiones en publicidad por parte de los grandes laboratorios y fabricantes de productos depilatorios. O en las revistas para niñas, adolescentes y mujeres.

¿Una persona es menos feminista si decide depilarse?
Entiendo al feminismo como una serie de movimientos políticos que buscan avanzar el estatus de las mujeres en la sociedad. En ese sentido, la lucha contra la obligatoriedad de la depilación puede ser uno de sus objetivos.
Lo que claramente no es una práctica feminista es vigilantear los cuerpos de las otres, ya sea porque se depilan o porque no se depilan. pero sepamos que aquello que se defiende como «un gusto personal» puede estar influenciado por muchos factores. Entonces, el solo argumento de «a mi me gusta» puede ser sospechoso cuando el gusto es: a) -casi- universal, b) -casi- obligatorio (como la heterosexualidad, la delgadez, la blancura, etc.).
Hacer el ejercicio de desmontar los mandatos patriarcales es una práctica feminista. Pero no puede ser utilizada en ningún caso para establecer una escala arbitraria. ¡Abajo el feministómetro!
Publicado en http://elgritodelsur.com.ar el 10 de enero de 2020
Destacada
Erika Lederer:“La única memoria completa es que digan dónde están los cuerpos”
En la antesala de un nuevo 24 de marzo, Erika Lederer —poeta, abogada y cofundadora de Historias Desobedientes— reflexiona sobre el sentido de la memoria en la Argentina actual. Hija de un represor que actuó en Campo de Mayo, su testimonio interpela desde un lugar singular: el de quienes decidieron romper el pacto de silencio familiar para transformar el dolor en acción. En esta entrevista con LCV, cuestiona el uso del concepto de “memoria completa”, reivindica la apertura de archivos y la búsqueda de identidad, y llama a sostener una memoria activa, colectiva y comprometida con la justicia.
Erika Lederer: Exacto, necesitamos masividad en las calles. En relación a la pregunta: yo soy cofundadora de Historias Desobedientes. Surgimos alrededor de 2017, cuando se intentó aplicar el 2×1 y la Corte Suprema lo avaló. En ese momento, en las calles se dijo de manera masiva que no. Eso es lo que esperamos también ahora.
¿Qué entiendo por “memoria completa”? Es muy sencillo: la única memoria completa es que se abran los archivos. La única memoria completa es que los genocidas que siguen vivos y que no fueron alcanzados por la llamada “impunidad biológica” digan dónde están los cuerpos, digan dónde están los chicos —hoy adultos— cuya identidad todavía no fue recuperada. Esa es la única memoria completa.
LCV: Estoy totalmente de acuerdo, incluso con el recorte histórico que hacés, que no empieza en el ’76. Recién hablábamos del decreto 20.840 de 1974, que ya sentaba bases legales e ideológicas para lo que vino después.
Nos queda poco tiempo, así que quiero que me cuentes: ¿quién sos?, ¿quién era tu papá? ¿Y por qué sos desobediente?
Erika Lederer: Yo soy Erika Lederer, poeta —y después, en segundo lugar, abogada—. Mi padre era Ricardo Lederer, que fue el segundo jefe de la maternidad clandestina de Campo de Mayo. Era quien asistía los partos de mujeres cuyos hijos todavía buscamos. Luego esas mujeres eran parte de los mal llamados “traslados”, es decir, los vuelos de la muerte.
LCV: ¿En qué momento tomás conciencia de lo que hacía tu padre?
Erika Lederer: Una cosa es saber que era militar, médico militar, verlo con uniforme, saber que fue carapintada. Todo eso ya te da una primera conciencia. Pero llegar a caracterizar a tu propio padre como genocida es un proceso paulatino. Va acompañado de una toma de conciencia sobre lo que pasa alrededor, no solo sobre quién era él, sino sobre la realidad en la que vivís.
LCV: ¿Todavía duele?
Erika Lederer: Sí, y va a doler siempre. Pero en 2017 escribí un artículo que se llamaba “Del dolor a la acción”. Duele, pero no me deja inmovilizada. No me deja atrapada en un trauma. Quiero salir del dolor, ser un sujeto activo en la construcción de la memoria colectiva y levantar las banderas de los compañeros desaparecidos. Ellos peleaban por un mundo más justo, y yo quiero insertarme en esa lucha por un mundo mejor.
LCV: ¿Cómo se procesa esto dentro de la familia?
Erika Lederer: Cuando uno rompe con esa lógica —que yo llamo lógica mafiosa de clanes—, porque hubo crímenes y un pacto de silencio, no es fácil. Hablar implica romper ese pacto que impera en estas familias. Pero no quiero quedarme en eso; para eso escribo poesía también. Mi intención es poder ser una voz que amplifique la potencia que tenemos como sociedad para hacer otra cosa, para seguir luchando por esas banderas.
LCV: Te agradezco muchísimo que hayas venido, aunque sea por unos minutos. Si te parece, la semana que viene seguimos con más tiempo. Es muy importante el relato en primera persona: genera empatía, le pone identidad a la historia.
Erika Lederer: Sí, totalmente. Mi intención es que mi voz transmita un mensaje: que nos atrevamos a pensar distinto, a confrontar el estado de cosas. Hay un giro global hacia la derecha que tenemos que interpelar, incluso de manera internacionalista. Invito a que nos animemos a pensar de otro modo y a cambiar el mundo.
Destacada
Alejandro Cohen Arazi: “La historia de la CONADEP también la hicieron trabajadores anónimos”
El director y documentalista Alejandro Cohen Arazi pasó por La Columna Vertebral-Historias de Trabajadores para presentar Conadepianos, una película que recupera los testimonios de quienes trabajaron en la CONADEP durante los primeros años de la democracia. Con una mirada centrada en la clase trabajadora, el film busca correrse del relato tradicional y poner el foco en quienes escucharon, registraron y sostuvieron el proceso en el día a día.
LCV: ¿Qué es la CONADEP? Le cuento a la gente, porque tenemos oyentes jóvenes y de todas partes del mundo.
Alejandro Cohen Arazi: La CONADEP es una comisión que se crea en 1983 para reunir testimonios que permitieran construir una causa contra la Junta Militar. Ya desde su origen implicaba una enorme valentía política: llevar adelante los juicios.
Se eligió a un grupo de notables —personas reconocidas que habían tenido un rol durante la dictadura— para encabezar ese trabajo. Pero detrás de ellos había una enorme cantidad de trabajadores y voluntarios, muchos muy jóvenes, que recibían denuncias todos los días y escuchaban cosas muy duras.
LCV: Sobre esa base hacés un documental. ¿Por qué?
Alejandro Cohen Arazi: La historia surge con mi hermano Juan. Él estaba investigando otro tema y encontró en el Archivo Nacional de la Memoria entrevistas a trabajadores de la CONADEP.
No era lo que buscaba, pero vio que había algo muy potente ahí: testimonios de personas que contaban el trabajo cotidiano. Entonces dijimos: hay una historia para contar.
Todos tenemos una idea del Nunca Más asociada a figuras como Sábato o Magdalena Ruiz Guiñazú, pero estas entrevistas muestran que había un grupo enorme de personas que fueron quienes realmente hicieron ese trabajo.
LCV: ¿Cómo se seleccionaban esos trabajadores? ¿Eran voluntarios, gente del Estado?
Alejandro Cohen Arazi: Había de todo. Al principio eran empleados del Ministerio del Interior, pero rápidamente se dieron cuenta de que no alcanzaba.
También se sumó gente de organismos de derechos humanos y muchos voluntarios. Había personas que leían en el diario que existía la CONADEP y se acercaban para dar una mano.
LCV: ¿Se necesitaba algún requisito en particular?
Alejandro Cohen Arazi: Básicamente, saber leer, escribir y tener empatía. No existía todavía la figura del trabajador de la memoria o de derechos humanos como hoy.
Había que sentarse frente a alguien que venía a contar una experiencia terrible, y para eso hacía falta una enorme sensibilidad.
LCV: Estamos hablando de un contexto muy cercano a la dictadura…
Alejandro Cohen Arazi: Sí, y con mucha incertidumbre. Nadie sabía cuánto iba a durar la democracia. Veníamos de décadas de golpes militares, entonces la pregunta era inevitable.
LCV: Y además del impacto emocional, había riesgos…
Alejandro Cohen Arazi: Sí, lo vivían con mucho temor. Recibían amenazas, había llamados intimidatorios, incluso amenazas de bomba en el edificio.
No eran ingenuos: sabían perfectamente en qué se estaban metiendo.
LCV: ¿Tuviste dificultades para financiar la película?
Alejandro Cohen Arazi: Sí, es un documental hecho con presupuesto cero. No pedimos apoyo institucional.
Trabajamos con material del Archivo Nacional de la Memoria y con nuestro propio esfuerzo. Hicimos una campaña con gente cercana para poder cubrir gastos básicos.
LCV: Tenés una trayectoria marcada por este tipo de enfoque…
Alejandro Cohen Arazi: Sí, todos mis trabajos tienen el foco en la clase trabajadora. Incluso en documentales anteriores, como uno sobre call centers, me interesaba mostrar esas realidades invisibilizadas.
LCV: En medio de tantas discusiones políticas sobre ese período, ¿qué lugar ocupa la CONADEP?
Alejandro Cohen Arazi: Más allá de las discusiones, fue un hito fundamental de la democracia argentina.
Se hizo en un contexto de muchísimas presiones, con un margen de maniobra muy limitado, pero se logró. Y lo que se logró es histórico.
LCV: ¿Dónde se puede ver la película?
Alejandro Cohen Arazi: Hay funciones en el Cine Gaumont, en la Sala Norita Cortiñas y también en la Sala Lúcida, en Saavedra, en los próximos días.
Archivo
Carta desde el País del Nomeacuerdo, por Hernán López Echagüe
Publicado en la revista Humor, diciembre de 1990
Che, me olvidaba de algo. Hubo una época en que las personas se pusieron a desaparecer, de pronto, de la noche a la mañana. Sin pausa. Cientos y cientos de personas de toda edad que se ponían a no estar nunca más. Y los ojos de los vecinos no percibían nada. Y las bocas de los vecinos parecían bocas sin fundamento, o quizá con fundamento no más que para abrirlas y tragar fideos italianos, galletas alemanas, quesos franceses. ¡Vinos de Portugal por dos mangos! Había mazapán en las venas. ¿Te acordás? ¿Te acordás del general Acdel Edgardo Vilas? Decía el tipo: “Los mayores éxitos los conseguimos entre las dos y las cinco de la mañana, la hora en que el subversivo duerme (…) Yo respaldo incluso los excesos de mis hombres si el resultado es importante para nuestro objetivo”. ¿Te acordás? ¿No? Pero quizá te acuerdes del general Ibérico Saint-Jean que, entre otras cosas, se hizo famoso por su frase: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos”. O del general Jorge Rafael Videla: “En la Argentina morirán todos los que sean necesarios para acabar con la subversión”. Años más tarde, ya en democracia, al amparo del indulto que le había obsequiado Menem y en tanto se mojaba el garguero con whisky importado durante una cena de camaradería, Videla celebró la matanza, y, con aires de asesino ocurrente, soltó: “La sociedad argentina tendría que habernos pagado por los servicios prestados”.
Luego, a partir de diciembre de 1983, la historia incontrastable del exterminio selectivo que habían tramado los militares con toda meticulosidad cobró vida a partir de relatos de toda naturaleza: jurídico, periodístico, novelesco, televisivo, cinematográfico. Supongo que te acordarás de La historia oficial, también del Nunca más, y, desde luego, del histórico juicio a las Juntas. Fueron años de dolorosas e interminables reconstrucciones. Que a Esteban se lo llevaron de su lugar de trabajo una tarde, a los golpes; que a Cristina, que estaba embarazada, la sorprendieron en la calle, la ocultaron en alguna catacumba, la asistieron en el parto, le robaron el hijo y después la asesinaron; en la casa de Jon, que de la vida no esperaba más que recibirse de ingeniero, casarse y tener un par de hijos, el grupo de Tareas se instaló a lo largo de una semana… Y ya no están, nunca más volverán a estar.
A partir de diciembre de 1983 el dolor se transformó en cifras: más de cuatro mil desaparecidos en 1976; trescientos cuarenta y dos por mes; once cada día. Más de tres mil en 1977; doscientos treinta y ocho por día… Cifras y más cifras. Contados cuerpos. Personas que nunca jamás volvieron a aparecer. Y ahora los ojos han vuelto a cerrarse, los oídos a enlodarse, las bocas a callar.
En fin, no era mi propósito amargarte. Pero el País del Nomeacuerdo es hoy una realidad ineluctable.
Otro abrazo.
50 Años. La falacia de la memoria completa y las verdaderas razones de la masacre, por Laura Giussani C.
Erika Lederer:“La única memoria completa es que digan dónde están los cuerpos”

