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“En la era de 140 caracteres, la música se traduce en singles”

“Queríamos armar algo para componer las canciones que nosotros no escuchábamos en la radio”, explica el guitarrista Gabe Treiyer mientras comienzan a sonar los primeros acordes de Ya no hay lugar (Dónde Volver), el primer single de Laberinto, banda que comparte junto a Fernando Nalé, Braulio D’Aguirre y Fred Maduro.

El grupo, conformado por músicos de gran experiencia nacional e internacional (Nalé supo ser bajista de Gustavo Cerati, D’Aguirre comenzó en los Auténticos Decadentes, Maduro formaba parte de la banda panameña The Vox, Treiyer colaboró con la banda británica Gene Loves Jezebel, entre muchas otras), intenta combinar una amplia paleta sonora que va desde Soda Stereo hasta el Indio Solari, pasando por todos los artistas que los influenciaron a lo largo de su carrera. En una charla con Nora Anchart y Laura Giussani Constenla, el músico se explaya sobre los cambios en la industria y el desafío de adaptarse.

-Vivimos en la era de 140 caracteres, y eso se traduce en la música en singles. El que quiere la obra completa escucha el disco entero porque es una radiografía del momento que está pasando el músico, pero la gente hoy escucha eso: el single. Mi mujer me carga porque yo Despacito lo escuché ya un año después de que había salido. No sabía qué era. Todos con Despacito y yo decía ‘¿qué es el Despacito’?. Hasta que lo escuché y dije ‘menos mal’. Ahí vos tenés algo. Decime la obra de Luis Fonsi. Es el single, Despacito. No hay mucho más que eso. No digo que el tipo no tenga peso, pero lo que se conoce es eso.

“HOY NI SIQUIERA LAS ESTRELLAS VIVEN DE SUS DISCOS”

Bastan unos minutos de charla con el músico para entender que Laberinto planea producir música que escape a lo efímero de los 140 caracteres, pero sin renegar del siglo 21. Su single, Ya no hay lugar (Dónde volver) forma parte de un EP que será lanzado en marzo.

-Queremos un sonido actual, no es la idea sonar a los 80 o a los 70. Pero al tener influencias en común es que congeniamos bastante. Nosotros veníamos todos de cierta base de pop rock de afuera, porque nos gustaba The Cure o Durán Durán, etc. Después cada uno desarrolló su carrera. (…) Para mí es increíble, me doy vuelta y tengo al baterista de Siete Delfines, Decadentes y tantos otros. Veo al lado y tengo al bajista de Cerati y el Indio Solari. Y Fred tiene una banda grande en Panamá. Yo me miro en esta banda y digo ‘guau’.

Luego de más de veinte años en la escena musical nacional e internacional, Treiyer puede hablar en primera persona sobre los cambios en la industria y en las carreras de los nuevos músicos. Adaptarse se ve tan difícil como necesario.

“HAY UNA GENERACIÓN QUE CRECIÓ SIN EL FORMATO FÍSICO”

-Hoy cambió todo. Ni siquiera las estrellas viven de los discos. Discos no se venden. Spotify no paga nada. Vos para ganar mil dólares por mes tenés que tener prácticamente un millón y medio de reproducciones mensuales. El artista gana de la presentación en vivo, las giras, merchandising. Por ejemplo, a mí me encanta el arte de tapa del vinilo. Pero por el otro lado, los chicos de hoy no crecieron con eso, entonces no lo tienen en su concepción. Ellos ven la tapa cuando reproducen el tema en Spotify. Hay una generación que creció sin el formato físico. Y el músico hoy tiene que adaptarse a los tiempos que corren.

LCV: ¿Los videos vendrían a reemplazar al arte de tapa como desarrollo de la idea del artista?

-Depende de la creatividad de cada uno. Hay algunos que contratan un director que termina diciendo ‘esto se hace así, esto así’.(…) También depende a lo que apunta el artista. Una cosa es el arte, y otra el negocio. No todos los músicos caminan con las dos facetas de la mano. Muchos eligen una o la otra. Algunos ven el negocio como el cuco o el diablo. La realidad es que sin el negocio no vas a ningún lado. Ni siquiera te hablo de comer, sino de hacerte escuchar.

“UNA COSA ES EL ARTE, Y OTRA EL NEGOCIO. NO TODOS CAMINAN CON AMBAS FACETAS DE LA MANO”

En una era donde las redes sociales permiten llegar a millones de personas sin la ayuda de un agente, el músico se hace cada vez más responsable de su promoción y su distribución. Lejos quedaron los viejos managers a quienes los artistas acudían para intentar ser escuchados por radios, críticos y fans.

-El músico hoy tiene que ser multitasking. Tiene que ser community manager, tiene que saber grabarse, autogestionarse. En los 70, 80, la compañía desarrollaba un artista. Había una regla que decía que en el tercer disco explotabas. Hoy no vendiste un single y volaste. Y lo peor de todo es que encima quedaste atado con un contrato a dos o tres años sin poder hacer nada.

LCV: ¿Hay alguna estrategia?

-No, o tenés que tener atrás una compañía que tenga todo el circo armado en cuanto al aparato de reproducción de todas las radios o tenés que ser como estos influencers de ahora que desde la pieza tienen cien millones de seguidores. El mundo está medio raro hoy. Un chico por ahí tiene un millón de reproducciones por tocar la guitarra en su pieza. Lo más probable es que ese pibe lo pongas en un escenario y no sepa tocar nada. Eso para mí, que tengo 44. Los pibes de 20 o 25 quizás hacen cola para verlo en algún lugar. No es el mundo en el que yo crecí.

“EL MÚSICO HOY TIENE QUE SER MULTITASKING”

Luego de que Laura Giussani comentara la presencia de músicos con una precaria situación laboral en la marcha contra el aumento del monotributo, Treiyer asegura que “acá todavía es medio gris la cosa”.

-Yo que viví afuera te puedo asegurar que el Musicians Union, el sindicato de músicos de Estados Unidos, tenés que meterte. Si venís de afuera no te dejan tocar si no tenés los permisos. Es a rajatabla. Allá si no pasas por el Musicians Union estás muerto. Tenés que sacar un permiso para que te digan ‘que labures acá no me jode’.

Volviendo a Laberinto y el lanzamiento de su EP en marzo, el músico adelantó que habrá un show y presentación de banda “en un lugar emblemático”. Luego, les tocará viajar por el país y Latinoamérica. “Veremos la respuesta de la gente, que tiene la última palabra”.

-Estamos súper felices por cómo se dio todo. Fred fue un hallazgo. Hicimos un casting de cincuenta cantantes por todos lados. Un día estaba en Estados Unidos y les mando un mensaje a los chicos diciendo que tengo un cantante en Panamá que grabó unas cosas conmigo. Les mandé un par de temas y Fernando enloqueció. “¡Este! ¡Decile que venga!”. Fred es un caso medio raro. Fue criado del lado americano, y hay dato anecdótico. Fred habla en inglés. Esto es lo primero que escribió en español. Tiene grabados discos y todo, pero en inglés. Y ahora está entusiasmado con escribir en español.

Ya no hay lugar (Dónde Volver) se encuentra disponible en todas las plataformas.

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Erika Lederer:“La única memoria completa es que digan dónde están los cuerpos”

En la antesala de un nuevo 24 de marzo, Erika Lederer —poeta, abogada y cofundadora de Historias Desobedientes— reflexiona sobre el sentido de la memoria en la Argentina actual. Hija de un represor que actuó en Campo de Mayo, su testimonio interpela desde un lugar singular: el de quienes decidieron romper el pacto de silencio familiar para transformar el dolor en acción. En esta entrevista con LCV, cuestiona el uso del concepto de “memoria completa”, reivindica la apertura de archivos y la búsqueda de identidad, y llama a sostener una memoria activa, colectiva y comprometida con la justicia.

Erika Lederer: Exacto, necesitamos masividad en las calles. En relación a la pregunta: yo soy cofundadora de Historias Desobedientes. Surgimos alrededor de 2017, cuando se intentó aplicar el 2×1 y la Corte Suprema lo avaló. En ese momento, en las calles se dijo de manera masiva que no. Eso es lo que esperamos también ahora.

¿Qué entiendo por “memoria completa”? Es muy sencillo: la única memoria completa es que se abran los archivos. La única memoria completa es que los genocidas que siguen vivos y que no fueron alcanzados por la llamada “impunidad biológica” digan dónde están los cuerpos, digan dónde están los chicos —hoy adultos— cuya identidad todavía no fue recuperada. Esa es la única memoria completa.

LCV: Estoy totalmente de acuerdo, incluso con el recorte histórico que hacés, que no empieza en el ’76. Recién hablábamos del decreto 20.840 de 1974, que ya sentaba bases legales e ideológicas para lo que vino después.

Nos queda poco tiempo, así que quiero que me cuentes: ¿quién sos?, ¿quién era tu papá? ¿Y por qué sos desobediente?

Erika Lederer: Yo soy Erika Lederer, poeta —y después, en segundo lugar, abogada—. Mi padre era Ricardo Lederer, que fue el segundo jefe de la maternidad clandestina de Campo de Mayo. Era quien asistía los partos de mujeres cuyos hijos todavía buscamos. Luego esas mujeres eran parte de los mal llamados “traslados”, es decir, los vuelos de la muerte.

LCV: ¿En qué momento tomás conciencia de lo que hacía tu padre?

Erika Lederer: Una cosa es saber que era militar, médico militar, verlo con uniforme, saber que fue carapintada. Todo eso ya te da una primera conciencia. Pero llegar a caracterizar a tu propio padre como genocida es un proceso paulatino. Va acompañado de una toma de conciencia sobre lo que pasa alrededor, no solo sobre quién era él, sino sobre la realidad en la que vivís.

LCV: ¿Todavía duele?

Erika Lederer: Sí, y va a doler siempre. Pero en 2017 escribí un artículo que se llamaba “Del dolor a la acción”. Duele, pero no me deja inmovilizada. No me deja atrapada en un trauma. Quiero salir del dolor, ser un sujeto activo en la construcción de la memoria colectiva y levantar las banderas de los compañeros desaparecidos. Ellos peleaban por un mundo más justo, y yo quiero insertarme en esa lucha por un mundo mejor.

LCV: ¿Cómo se procesa esto dentro de la familia?

Erika Lederer: Cuando uno rompe con esa lógica —que yo llamo lógica mafiosa de clanes—, porque hubo crímenes y un pacto de silencio, no es fácil. Hablar implica romper ese pacto que impera en estas familias. Pero no quiero quedarme en eso; para eso escribo poesía también. Mi intención es poder ser una voz que amplifique la potencia que tenemos como sociedad para hacer otra cosa, para seguir luchando por esas banderas.

LCV: Te agradezco muchísimo que hayas venido, aunque sea por unos minutos. Si te parece, la semana que viene seguimos con más tiempo. Es muy importante el relato en primera persona: genera empatía, le pone identidad a la historia.

Erika Lederer: Sí, totalmente. Mi intención es que mi voz transmita un mensaje: que nos atrevamos a pensar distinto, a confrontar el estado de cosas. Hay un giro global hacia la derecha que tenemos que interpelar, incluso de manera internacionalista. Invito a que nos animemos a pensar de otro modo y a cambiar el mundo.

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Alejandro Cohen Arazi: “La historia de la CONADEP también la hicieron trabajadores anónimos”

El director y documentalista Alejandro Cohen Arazi pasó por La Columna Vertebral-Historias de Trabajadores para presentar Conadepianos, una película que recupera los testimonios de quienes trabajaron en la CONADEP durante los primeros años de la democracia. Con una mirada centrada en la clase trabajadora, el film busca correrse del relato tradicional y poner el foco en quienes escucharon, registraron y sostuvieron el proceso en el día a día.

LCV: ¿Qué es la CONADEP? Le cuento a la gente, porque tenemos oyentes jóvenes y de todas partes del mundo.

Alejandro Cohen Arazi: La CONADEP es una comisión que se crea en 1983 para reunir testimonios que permitieran construir una causa contra la Junta Militar. Ya desde su origen implicaba una enorme valentía política: llevar adelante los juicios.

Se eligió a un grupo de notables —personas reconocidas que habían tenido un rol durante la dictadura— para encabezar ese trabajo. Pero detrás de ellos había una enorme cantidad de trabajadores y voluntarios, muchos muy jóvenes, que recibían denuncias todos los días y escuchaban cosas muy duras.

LCV: Sobre esa base hacés un documental. ¿Por qué?

Alejandro Cohen Arazi: La historia surge con mi hermano Juan. Él estaba investigando otro tema y encontró en el Archivo Nacional de la Memoria entrevistas a trabajadores de la CONADEP.

No era lo que buscaba, pero vio que había algo muy potente ahí: testimonios de personas que contaban el trabajo cotidiano. Entonces dijimos: hay una historia para contar.

Todos tenemos una idea del Nunca Más asociada a figuras como Sábato o Magdalena Ruiz Guiñazú, pero estas entrevistas muestran que había un grupo enorme de personas que fueron quienes realmente hicieron ese trabajo.

LCV: ¿Cómo se seleccionaban esos trabajadores? ¿Eran voluntarios, gente del Estado?

Alejandro Cohen Arazi: Había de todo. Al principio eran empleados del Ministerio del Interior, pero rápidamente se dieron cuenta de que no alcanzaba.

También se sumó gente de organismos de derechos humanos y muchos voluntarios. Había personas que leían en el diario que existía la CONADEP y se acercaban para dar una mano.

LCV: ¿Se necesitaba algún requisito en particular?

Alejandro Cohen Arazi: Básicamente, saber leer, escribir y tener empatía. No existía todavía la figura del trabajador de la memoria o de derechos humanos como hoy.

Había que sentarse frente a alguien que venía a contar una experiencia terrible, y para eso hacía falta una enorme sensibilidad.

LCV: Estamos hablando de un contexto muy cercano a la dictadura…

Alejandro Cohen Arazi: Sí, y con mucha incertidumbre. Nadie sabía cuánto iba a durar la democracia. Veníamos de décadas de golpes militares, entonces la pregunta era inevitable.

LCV: Y además del impacto emocional, había riesgos…

Alejandro Cohen Arazi: Sí, lo vivían con mucho temor. Recibían amenazas, había llamados intimidatorios, incluso amenazas de bomba en el edificio.

No eran ingenuos: sabían perfectamente en qué se estaban metiendo.

LCV: ¿Tuviste dificultades para financiar la película?

Alejandro Cohen Arazi: Sí, es un documental hecho con presupuesto cero. No pedimos apoyo institucional.

Trabajamos con material del Archivo Nacional de la Memoria y con nuestro propio esfuerzo. Hicimos una campaña con gente cercana para poder cubrir gastos básicos.

LCV: Tenés una trayectoria marcada por este tipo de enfoque…

Alejandro Cohen Arazi: Sí, todos mis trabajos tienen el foco en la clase trabajadora. Incluso en documentales anteriores, como uno sobre call centers, me interesaba mostrar esas realidades invisibilizadas.

LCV: En medio de tantas discusiones políticas sobre ese período, ¿qué lugar ocupa la CONADEP?

Alejandro Cohen Arazi: Más allá de las discusiones, fue un hito fundamental de la democracia argentina.

Se hizo en un contexto de muchísimas presiones, con un margen de maniobra muy limitado, pero se logró. Y lo que se logró es histórico.

LCV: ¿Dónde se puede ver la película?

Alejandro Cohen Arazi: Hay funciones en el Cine Gaumont, en la Sala Norita Cortiñas y también en la Sala Lúcida, en Saavedra, en los próximos días.

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Carta desde el País del Nomeacuerdo, por Hernán López Echagüe

Publicado en la revista Humor, diciembre de 1990

Che, me olvidaba de algo. Hubo una época en que las personas se pusieron a desaparecer, de pronto, de la noche a la mañana. Sin pausa. Cientos y cientos de personas de toda edad que se ponían a no estar nunca más. Y los ojos de los vecinos no percibían nada. Y las bocas de los vecinos parecían bocas sin fundamento, o quizá con fundamento no más que para abrirlas y tragar fideos italianos, galletas alemanas, quesos franceses. ¡Vinos de Portugal por dos mangos! Había mazapán en las venas. ¿Te acordás? ¿Te acordás del general Acdel Edgardo Vilas? Decía el tipo: “Los mayores éxitos los conseguimos entre las dos y las cinco de la mañana, la hora en que el subversivo duerme (…) Yo respaldo incluso los excesos de mis hombres si el resultado es importante para nuestro objetivo”. ¿Te acordás? ¿No? Pero quizá te acuerdes del general Ibérico Saint-Jean que, entre otras cosas, se hizo famoso por su frase: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos”. O del general Jorge Rafael Videla: “En la Argentina morirán todos los que sean necesarios para acabar con la subversión”. Años más tarde, ya en democracia, al amparo del indulto que le había obsequiado Menem y en tanto se mojaba el garguero con whisky importado durante una cena de camaradería, Videla celebró la matanza, y, con aires de asesino ocurrente, soltó: “La sociedad argentina tendría que habernos pagado por los servicios prestados”.

Luego, a partir de diciembre de 1983, la historia incontrastable del exterminio selectivo que habían tramado los militares con toda meticulosidad cobró vida a partir de relatos de toda naturaleza: jurídico, periodístico, novelesco, televisivo, cinematográfico. Supongo que te acordarás de La historia oficial, también del Nunca más, y, desde luego, del histórico juicio a las Juntas. Fueron años de dolorosas e interminables reconstrucciones. Que a Esteban se lo llevaron de su lugar de trabajo una tarde, a los golpes; que a Cristina, que estaba embarazada, la sorprendieron en la calle, la ocultaron en alguna catacumba, la asistieron en el parto, le robaron el hijo y después la asesinaron; en la casa de Jon, que de la vida no esperaba más que recibirse de ingeniero, casarse y tener un par de hijos, el grupo de Tareas se instaló a lo largo de una semana… Y ya no están, nunca más volverán a estar.

A partir de diciembre de 1983 el dolor se transformó en cifras: más de cuatro mil desaparecidos en 1976; trescientos cuarenta y dos por mes; once cada día. Más de tres mil en 1977; doscientos treinta y ocho por día… Cifras y más cifras. Contados cuerpos. Personas que nunca jamás volvieron a aparecer. Y ahora los ojos han vuelto a cerrarse, los oídos a enlodarse, las bocas a callar.

En fin, no era mi propósito amargarte. Pero el País del Nomeacuerdo es hoy una realidad ineluctable.

Otro abrazo.

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