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Confesiones de un vasco, anarco y futbolero, por Alvaro Hilario

La estoy pasando bien con el mundial. He visto una bocha de partidos. Leo, mientras tanto, y me dicen: “Me gustaría que en mi país hubiese tanto interés por la cultura como por el fútbol”; “Vergüenza ver a hombrones llorar por que pierde su equipo y no por un desahucio”; “Mejor os dedicabais a luchar por los derechos de… que estar jodiendo todo el día con el fútbol”.

¿Viviríamos mejor sin fútbol? ¿Seríamos más libres? ¿Ocuparíamos nuestro tiempo en espontáneas tertulias sobre Kant? ¿Hay tipos de ocio mejores a otros? ¿Pueden ser revolucionarias las bochas?

No puedo decir que sea un fana de los Mundiales; que los haya seguido desde siempre. Algo que, sin embargo, no quita para que algunos de ellos estén unidos a mi memoria, a mi pasado sentimental.

El de Alemania, en 1974, siempre será el de aquellas mascotas, Tip y Tap, que como más adelante hiciera también el perro de Barcelona, inundaban toda prenda a nuestro alrededor, de remeras a bikinis, pasando por toda clase de ropa de cama.
Fue aquel año también cuando tuvimos noticia de la existencia de la televisión en color, aparato que aún tardaría una o dos copas en entrar en mi casa. Torpedo Müller y sus compañeros, amén del escuchimizado Cruyff, fueron otros elementos que entonces entraron en mi difuso imaginario infantil.

Mi infancia terminó, cuatro años más tarde, con el Mundial de Argentina. Entrado en la adolescencia, sin comerlo ni beberlo, fue la de aquel 1978 la última colección de figuritas de fútbol que hice y que solo llegué a terminar por un compulsivo sentimiento del deber, de empezar lo que se comienza.

Fue así, más o menos, como me recibiría en la facultad de Historia ocho años después. Lo demás son recuerdos de Kempes (“No diga gol, diga Kempes”), el Monumental, papelitos y el equipo de los Países Bajos haciendo papelón otra vez. No, a mis 13 años no me enteré de qué pasaba en Argentina. Mi pequeña conciencia política, por la fecha, pasaba por las experiencias de mi universitaria hermana mayor que escuchaba discos de Víctor Jara y Quilapayún y que, por aquellos meses. Me trajo un enorme prendedor con la efigie del Che de un viaje suyo a Italia.

El de mejor e indeleble recuerdo es, sin duda alguna, el de España 1982. El ridículo deportivo de la selección española –por la que ya sentía tanto desapego como por las colecciones de figuritas-; la inimaginable mascota, Naranjito; y, en especial, la presencia en Bilbao, sede mundialista, del equipo de Inglaterra y sus aficionados durante la primera fase convierten este Mundial en el más querido por mí. Aste Nagusia, las fiestas de Bilbao, se adelantaron un mes. Toda la ciudad fue una joda. La ciudadanía se empeñó en acabar, mano a mano con ingleses y franceses, con toda la cerveza de Bilbao. Los bares no cerraban. No había horarios. Cualquier parque o plaza era cancha improvisada de partidos Inglaterra contra el resto del mundo. Incluso entre bilbaínos y una banda de Sussex. Fue también el verano de mis primeras vacaciones con amigos, de adolescentes, de pibes locos, en el Mediterráneo. Mucha inquietud y mucho fiambre para comer, cenar y desayunar.
Allí, en un bar de Salou, vi unos de los mejores partidos de fútbol que nunca he visto: la semifinal entre Francia y Alemania. Quizás sea el momento en el cual el fútbol pasó a ser algo más allá de mi querido y campeón Athletic. El bar, abarrotado de ingleses, vascos, catalanes, brasileiros rugía con los franceses. Una tarde noche hermosa. Volveríamos a Bilbao con nuestros sueños iniciáticos sin cumplir. Pero la pasamos bien con el Mundial de Naranjito. Muy fuerte.

De ahí en adelante, nunca volví a darle bola a esto de la Copa. La única excepción sería la de 1998, otra vez por culpa de Francia y enamorado por Zidane. Fue un año jodido y aquella magia de verano consiguió aliviarme. Amores. Desencuentros. Ansiedad.
Para 2000, en fin, estaba ya en Argentina.
Recuerdo el bar, el barrio y, obvio, la compañía: lo que pudo haber sido y no fue. Hace poco lo recordábamos. Por whatsapp.

Después del Mundial de España, aparecieron otras cosas en mi vida que centraron mi tiempo y mis esfuerzos, siendo el Athletic la exclusiva referencia futbolera en mi vida. Lo sé por fuerza de costumbre ya que, hoy en día, soy incapaz de recordar casi nada de lo que vi en San Mamés después de 1985.
En mis tiempos de universitario empecé mi militancia en la izquierda vasca. Compaginaba estudios universitarios, con habituales farras, el activismo antimilitarista y la militancia en la célula del barrio.
En el barrio, yo era el más pequeño, el aprendiz de brujo. Hay una pareja, compañeros de entonces, que siguen diciéndome su “hijo”. Había troskos, estibadores del puerto, antinucleares, militantes vecinales, exmilitantes de ETA, estudiantes y yo. Acostumbrados a mis ocurrencias, la mayoría no me dio mucha bola cuando, una fría noche de pegatina, dije que cambiaría la revolución por otra liga y un par de copas.
Hasta hoy, hemos rozado las copas, hemos ganado una supercopa y las ligas ni las olemos. Si gozo gracias a las ligas de las chicas del Athletic y a los campeonatos de Estudiantes, del pincha. No traiciono mis colores.
La revolución, por el contrario, la percibo mucho más lejos que aquel invierno militante. Amaga y desaparece, entre los vascos, en Argentina. Ya no hay indios metropolitanos.

Que sea natural de una nación sin estado y, por lo tanto, sin un seleccionado nacional de fútbol propio que pueda competir de modo oficial en, por ejemplo, una copa del mundo, puede explicar también el por qué no hice un lugarcito a este evento entre la joda, el amor y la militancia.
Aunque existe un reclamo de carácter político, que el País Vasco tenga sus selecciones propias, nunca me prendí del mismo. Así como en el nacionalismo, o en parte, el fútbol no está demonizado, a medida que uno se corre a la izquierda, como es mi caso, se incurre en grave contradicción; de pequebus mal.

En 1976 , algunos militantes de izquierda en Zúrich fundaron la liga de fútbol progresista, en la que figura el FC Bakunin.

Cohesionados muchas veces en nuestra intrascendencia gracias al rechazo hacia todo lo exterior, hacia la sociedad de consumo, hacia la sociedad del espectáculo, yo era la rara avis que, un domingo sí y otro no, desertaba del campo popular para alienarse con el balón. La militancia vasca siempre se identificó con unos rasgos y niveles de compromiso muy determinados, delimitados por un carácter forjado por la lluvia, los jesuitas y nuestros peculiares modos de entender a Marx, Lenin y los procesos de liberación nacional. El resultado es un militante austero, como Pepe Mujica, quien no concibe en su modus vivendi distracciones pequeño burguesas. Como el fútbol.

En ámbitos más familiares, tribus más chicas, ir a buscar cucumelo al monte, seguir a bandas de hardcore, colarse unas pepas, ir a pescar o ir al baloncesto, entre otras, eran formas de pasarlo bien, de relajarse. La ruptura de la triple alienación que predicaba Marx, contra religión, familia y trabajo, se quedaba aquí, como en los manuales de Marta Harnecker, en una retahíla de puteadas contra el fútbol, el opio del pueblo. Sin fútbol, era claro, las masas, unos más duros que otros, obvio, se encolumnarían en las filas anticapitalistas.

En Argentina, para poder socializar en base a ese terreno común que es el fútbol, tuve que aprender de fútbol. Cuatro historias de mi cuadro, anécdotas y peculiaridades no más daban para unos pocos minutos en un mundo abundante en todos esos temas y muy condicionado por el exitismo. Tuve que aprender qué era un 10 y qué era un cinco. Tuve que decantarme entre Bilardo y Menotti.
Una radio comunitaria de La Plata, una invitación a ir a la cancha, en 1 y 57, fue el comienzo de mi buena amistad con un pincharrata atorrante a través de quien conocería a muchos otros queridos compañeros y la militancia de la agrupación HIJOS.
Leyendo a Luis Mattini, militante y cronista del PRT-ERP, supe que el comandante Santucho era fanático de Estudiantes de La Plata y que en las condiciones de clandestinidad extremas en las que se movía era capaz de ingeniárselas para saber cómo salió su cuadro y hasta, camuflado con un bigote postizo, ir a la cancha.
En Argentina, también conocí a Osvaldo Soriano, a Fontanarrosa y, en definitiva, un lugar donde podía ser zurdo sin tener que esconder mi gusto por la pelota.
De todo esto, escribí hace años, una nota para el diario GARA que puede ser consultada en este link: http://www.futbolrebelde.org/blog/?p=3567

Hace unos días, devorado por el campeonato en curso, emocionado por el papel de la Celeste, selección que hice mía después de mi primera visita a la familia de Montevideo, les decía a unos amigos que siempre debiera ser la primera fase del mundial. Enfrentamientos inéditos, cuadros exóticos… Y esa tendencia tan nuestra de ante un cotejo inclinarnos por uno de los dos cuadros -igual que hacíamos con las películas de indios y vaqueros- buscando pretextos de vecindad, afinidad de colores, amor por el más débil… para, además, en base a todo ello polemizar de acá a Bogotá, pasando por Almagro, San Telmo y Lanús por todo tipo de medio telemático. Compartir memes de Neymar. La pasamos bien. Aún y teniendo en cuenta nuestra más que posible deriva reformista.

Me gusta el fútbol. Me gusta el folklore que lo rodea. Me gusta pensar en por qué es el fútbol el deporte tocado por la divinidad para convertirse en opio del pueblo y no lo son los deportes nacionales del Imperio, el basket, el baseball o el golf. Me gusta saber historias de militancia como las de la hinchada de Nueva Chicago; como la de Carlos Humberto Caszely; como los ucranianos que no quisieron perder con los nazis; como la de Zubieta que salió de San Mamés con la selección vasca en 1936 y volvió como capitán de San Lorenzo de Almagro, a enseñar en Bilbao, de paso, qué era el fútbol moderno.

Lo reconozco, me estoy comiendo el mundial. Pero no anuló aun mi voluntad ni mi pasado ni el presente. Todavía, mirá si la Celeste sale campiona…

(Alvaro Hilario, periodista, profesor de historia y latín y lengua vasca, hincha de Athletic y Estudiantes, envía esta nota especial para La Columna Vertebral desde Bilbao)

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¿Cuál es el colmo de un legislador? Prohibir escribir ‘gratuito’ en la Constitución, por Américo Schvartzman*

Los legisladores entrerrianos aprobaron una norma que prohíbe usar una palabra que la Constitución Provincial emplea en catorce artículos para definir derechos. No es una exageración ni una metáfora: es un disparate jurídico. Corrijan esa ley, señores legisladores. Háganlo si todavía creen que la Constitución no es un folleto optativo.

En noviembre pasado, la Legislatura de Entre Ríos aprobó una ley de nombre ampuloso —“Régimen de Transparencia Fiscal al Consumidor”— mediante la cual la provincia adhiere a la Ley Nacional 27.743 de Regularización de Deudas, impulsada por el gobierno de Javier Milei y conocida como “ley de blanqueo”.

Según se explicó públicamente, la norma establece que en cada operación comercial debe emitirse un ticket que detalle los impuestos que integran el precio final, desde el IVA hasta los tributos provinciales. La medida, tomada aisladamente, es razonable. De hecho, explica que la ley haya sido aprobada por unanimidad: ¿quién podría oponerse a que los consumidores sepan cómo se compone el precio de lo que compran y cuánto se destina al fisco?

Esa cláusula no busca informar mejor: busca reeducar ideológicamente a la población, instalando la idea de que el Estado no brinda derechos, sino favores financiados por “la tuya”.

Podría señalarse, de paso, que en una economía con niveles estructurales de informalidad —diversas estimaciones sitúan la economía no registrada en torno al 30 % del PBI— este tipo de normas suele tener más vocación declamativa que eficacia real. Pero ese no es el punto que motiva esta columna.

Lo que me interesa señalar es algo mucho más grave, aunque de efectos empíricos menos visibles: una cláusula que no solo es ideológica, sino jurídicamente insostenible, y que revela una alarmante combinación de dogmatismo, ignorancia y desprecio por la Constitución Provincial.

Una cláusula indefendible

La ley provincial aprobada incorpora, sin mediación crítica, un artículo copiado de la Ley Nacional 27.743. Se trata del artículo 100, que dispone que en la publicidad de “prestaciones o servicios de cualquier tipo” que brinda el Estado —sea nacional, provincial o municipal— no puede utilizarse la palabra “gratuito” ni expresiones equivalentes, debiendo aclararse que se trata de servicios “de libre acceso solventados con los tributos de los contribuyentes”.

Señores legisladores: lean la Constitución. Léanla de verdad, no como adorno retórico en los discursos de asunción. Lean lo que dice, y sobre todo lo que obliga. Corrijan esta norma, subsanen esa burrada.

Pero no se trata solo de un problema técnico o semántico. Hay un problema constitucional.

Esa cláusula no busca informar mejor: busca reeducar ideológicamente a la población, instalando la idea de que el Estado no brinda derechos, sino favores financiados por “la tuya”.

Es una operación discursiva burda, propia de una derecha sin vuelo intelectual, que reduce la política pública a contabilidad emocional y convierte los impuestos en una forma de expolio narrado en tono de indignación selectiva. Es la fe, la religión del Presidente: el Estado es un ladrón.

Ahora bien, aun suponiendo que esa pobreza conceptual tuviera algún sustento, el problema en Entre Ríos es mucho más grave: la Legislatura provincial ha intentado prohibir un término que la Constitución de la Provincia utiliza reiteradamente para definir derechos fundamentales.

La Constitución dice “gratuito” (catorce veces)

La Constitución de Entre Ríos, reformada en 2008, emplea la palabra “gratuito” en no menos de catorce artículos, y lo hace con absoluta claridad jurídica. No como consigna, no como metáfora, no como gesto ideológico, sino como categoría normativa precisa: derechos cuyo acceso no puede condicionarse al pago individual del destinatario.

La Constitución habla de gratuidad en relación con:

· el acceso a la información pública (art. 13),

· la asistencia sanitaria (art. 19),

· los servicios de transporte para personas con discapacidad (art. 21),

· la restitución de tierras a comunidades originarias (art. 33),

· la acción de amparo (art. 56),

· el habeas data (art. 63),

· los trámites judiciales para personas sin recursos (art. 65),

· las tierras para la fundación de colonias (art. 81),

· la distribución del Boletín Oficial (art. 178),

· las actuaciones de la Defensoría del Pueblo (art. 215),

· el acceso a la educación en todos los niveles que brinda el Estado (art. 258),

· el perfeccionamiento docente (art. 267),

· la universidad autónoma (art. 269),

· y la póliza escolar (art. 270).

La Constitución no se equivoca catorce veces. La Legislatura, en cambio, sí puede hacerlo.

Lo que no pueden hacer los legisladores

Disculpen el tono didáctico, pero es imprescindible decir algo que un legislador no debería ignorar: una ley inferior no puede redefinir, vaciar ni prohibir el vocabulario con el que una ley superior (la Constitución) nombra derechos. No puede hacerlo explícitamente, ni por rodeo, ni bajo la excusa de “mejorar la información al consumidor”.

Cuando la Constitución dice “gratuito”, dice exactamente eso: sin costo para el titular del derecho. No significa “gratis porque nadie lo paga”, ni “aparentemente gratis”, ni “financiado mágicamente”. Eso último es obvio y trivial: todo el Estado se financia con tributos.

Lo que la Constitución establece al usar la palabra “maldita” es otra cosa: que el acceso a ciertos bienes y servicios no puede transformarse en una transacción individual.

Es una operación discursiva burda, propia de una derecha sin vuelo intelectual, que reduce la política pública a contabilidad emocional y convierte los impuestos en una forma de expolio narrado en tono de indignación selectiva. Es la fe, la religión del Presidente: el Estado es un ladrón.

Prohibir la palabra “gratuito” no es una sutileza comunicacional: es un intento de erosionar el sentido constitucional de los derechos por vía semántica. Y eso, en cualquier manual serio de derecho constitucional, tiene un nombre: inconstitucionalidad.

Ignorancia u oportunismo (o ambas)

Legislar desde dogmas ideológicos es necio.

Legislar desconociendo la Constitución que se juró respetar es peor.

Y legislar algo así, por unanimidad, es directamente vergonzoso.

Los legisladores entrerrianos tienen la obligación de conocer la Constitución Provincial. No es una sugerencia, no es una recomendación académica: es el presupuesto mínimo de su función. Ignorarla —o fingir que no existe cuando molesta— no es un error menor: es una falta grave.

Señores legisladores: lean la Constitución. Léanla de verdad, no como adorno retórico en los discursos de asunción. Lean lo que dice, y sobre todo lo que obliga. Corrijan esta norma, subsanen esa burrada. No por una polémica coyuntural, sino por respeto a la jerarquía constitucional y a los derechos que dicen representar. De lo contrario, quedará constancia de quiénes fueron los nombres que aprobaron una ley que intentó prohibir una palabra que la Constitución consagra.

Eso, créanme, no envejece bien. Como dice una bella canción, “piensen en sus nietos en clase de historia”. Y corrijan esa ley.

*Doctor en Filosofía (UNSAM). Periodista. Convencional Constituyente de Entre Ríos en la reforma constitucional de 2008.

Publicado en El Miércoles Digital, de Concepción del Uruguay, Entre Ríos.

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Pablo Llonto: “El decreto 941 reconstruye herramientas jurídicas de la dictadura cívico-militar”

En diálogo con La Columna Vertebral – Historias de Trabajadores, el abogado de derechos humanos y periodista Pablo Llonto analiza en profundidad el decreto 941 del gobierno de Javier Milei, sus implicancias jurídicas, políticas y comunicacionales, y advierte sobre la reconstrucción de un escenario ideológico similar al de la última dictadura cívico-militar. En una extensa conversación, Llonto reflexiona además sobre el rol de los medios, el uso del concepto de “narcoterrorismo”, la situación regional y los desafíos de la futura reconstrucción democrática.

LCV: “¿Cómo estás? Todo bien, de vacaciones, así que te agradezco el triple que estés aquí. En enero estamos en feria judicial, abogados y abogadas de feria, y justo aparece el decreto 941, que modifica atribuciones de la SIDE, se lleva puesta la ley de inteligencia interior y tiene un impacto enorme, sobre todo para quienes venimos del periodismo y los derechos humanos.”

Pablo Llonto: “Cada vez que sale un decreto o una ley de este gobierno la primera sensación es ‘otra más’, y la segunda es empezar a pensar cómo se va a dar vuelta todo esto cuando se recupere el poder democrático. La reconstrucción va a ser larguísima, no solo por el desastre económico sino por el daño jurídico e institucional. No se puede desarmar esta barbarie en un día, hay que reconstruir toda la legislación.”

LCV: “Da la sensación de que no solo gobiernan, sino que están armando un andamiaje ideológico y jurídico.”

Pablo Llonto: “Exactamente. Están reconstruyendo el escenario ideológico, técnico y jurídico del proceso militar. El plan económico es prácticamente calcado al de la dictadura, más que al menemismo. Incluso hay aspectos en los que la dictadura fue más hipócrita: nunca blanqueó por ley que la SIDE pudiera detener personas. Hoy, si eso pasa, el funcionario te dice ‘estoy amparado por el decreto 941’.”

LCV: “Hace un año hablábamos con abogados y abogadas de que iba a hacer falta una gran ley de reconstrucción.”

Pablo Llonto: “Sí, una especie de ley ómnibus inversa. Así como ellos tuvieron años para preparar la Ley Bases, nosotros tenemos que empezar ahora a pensar cómo revertir cada desmadre. Hay que rehacer leyes laborales, económicas, políticas. Es volver a hacer el país.”

LCV: “Con la expectativa puesta en 2027, también aparecen preocupaciones políticas.”

Pablo Llonto: “Yo confío en que esto termina democráticamente, con el voto, y espero que no haya tragedias como en 2001, porque los muertos siempre los pone el mismo lado. Pero la mayoría que se construya va a ser ajustada, y quienes se elijan tienen que ser muy distintos a Alberto Fernández, a Scioli o a Massa.”

LCV: “Te llevo al núcleo del decreto 941. ¿Por qué aparece ahora? ¿Qué busca?”

Pablo Llonto: “Hay una construcción deliberada del enemigo del ‘narcoterrorismo’. Es un concepto peligrosísimo, porque mezcla narcotráfico y terrorismo, y ahí entra todo. Lo grave es que muchos periodistas lo repiten sin pensar, y eso va calando en el sentido común. Mañana empiezan las delaciones: el vecino, el compañero de trabajo, señalando a otro como ‘narcoterrorista’.”

LCV: “Eso ya lo vivimos.”

Pablo Llonto: “Exacto. La sociedad argentina ya fue llevada a eso con el discurso de la subversión. Eso llevó a la delación, al silencio, a la complicidad. Hoy el mensaje vuelve a ser: ‘No me importa cómo, resolveme el problema’. Antes usaban juntas militares, hoy es atendido directamente por sus dueños.”

LCV: “También preocupa el rol de los medios.”

Pablo Llonto: “Muchísimo. La trivialización es total. Periodistas que dos minutos antes hablaban de MasterChef, ahora opinan sobre invasiones, secuestros de presidentes, como si fuera un reality. Eso construye un sentido común peligrosísimo. Y sí, me preocupa especialmente lo que está pasando en medios que deberían tener otra responsabilidad.”

LCV: “En el caso de Venezuela, el foco parece corrido.”

Pablo Llonto: “Totalmente. Acá hay un hecho central: un país poderoso entra en otro país, secuestra a su presidente y se arroga el derecho de ordenar su gobierno. Después podemos discutir todo lo demás, pero eso es una violación brutal del derecho internacional. No hubo ninguna agresión de Venezuela a Estados Unidos que justifique esto.”

LCV: “Como abogado, ¿qué te genera este escenario?”

Pablo Llonto: “Una pena enorme. Aunque a veces también cierta satisfacción cuando aparecen voces que uno no esperaba y se pronuncian con sensatez. Hoy estamos en un mundo cada vez más alejado de la justicia, y eso duele.”

LCV: “Para cerrar, ¿cómo se sigue?”

Pablo Llonto: “No por optimismo bobo, pero estoy convencido de que la verdad de los hechos se termina imponiendo. El problema son los tiempos. Va a llevar años. Y además de reconstruir lo jurídico, va a haber que reconstruir lo comunicacional y la cultura, porque el daño ahí es enorme.”

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Óscar Muntes advierte sobre el ajuste en Entre Ríos: despidos, salarios congelados y miedo en el Estado

En diálogo con La Columna Vertebral – Historias de Trabajadores, Óscar Muntes, secretario general de ATE Entre Ríos, analizó el complejo panorama laboral en la provincia. Despidos encubiertos bajo la finalización de contratos, ocho meses de congelamiento salarial, reformas en agenda y un clima de miedo que atraviesa a los trabajadores estatales configuran un escenario de fuerte ajuste y conflictividad social.

LCV: “Contanos un poco el panorama laboral de la provincia de Entre Ríos.”

Óscar Muntes: “Terminamos un año muy, pero muy difícil, prácticamente el último día hábil del año con movilizaciones y asambleas en la propia Casa de Gobierno, donde la manifestación fue muy grande y muy nutrida. A pesar del receso, fuimos muy claros en que no vamos a permitir que a 100 compañeros y compañeras se les haya culminado el contrato; nosotros decimos despido, porque tiene que ver con la lógica que plantea el presidente Milei y que a su vez expresó el gobernador de la provincia. Hablaron de ordenar, de terminar con los contratos de obra y reemplazarlos por contratos temporarios, pero nos encontramos con que a 100 trabajadores y trabajadoras les notificaron que no seguían, muchos de ellos con entre 6 y 16 años de antigüedad cumpliendo funciones como cualquier trabajador de planta.”

LCV: “¿Qué implica este cambio de modalidad contractual y el contexto salarial?”

Óscar Muntes: “Todos sabemos lo que significan los contratos temporarios: trabajan a la par nuestra, cumplen con sus tareas sin inconvenientes, pero sin estabilidad. Cuando el ministro de Gobierno y Trabajo nos dijo que estuviéramos tranquilos porque solo iba a haber un reordenamiento y que los problemas iban a ser para quienes no cumplían, nos confiamos porque sabemos que todos cumplen. Sin embargo, a esto hay que sumarle los ajustes que venimos sufriendo en Entre Ríos, como el recorte del 20% de la hora extraordinaria, que para muchas familias equivale a gran parte del alquiler, y ahora la culminación de contratos de compañeros con muchos años de antigüedad.”

LCV: “¿Cómo impacta esto en el salario de los trabajadores estatales?”

Óscar Muntes: “La otra pésima noticia es que vamos a llegar prácticamente a febrero con ocho meses sin recomposición salarial, ocho meses de congelamiento. No es fácil la situación del trabajador estatal en la provincia: mucho ajuste y la previsión de que va a venir más. Desde ATE vamos a hacer todo lo necesario para cambiar esta relación, porque si los trabajadores del Estado no entendemos que es organizados en la calle, con asambleas y lucha colectiva, el gobierno va a seguir avanzando, como lo viene haciendo en complicidad con UPCN, con un acuerdo muy cerrado que prácticamente implica un cogobierno.”

LCV: “¿Qué acciones están previstas en este contexto?”

Óscar Muntes: “Mañana vamos a estar muchos trabajadores y trabajadoras en Casa de Gobierno, junto a organizaciones de la intersindical y la multisectorial. Estamos trabajando de cara al fin del receso, que en la provincia culmina el 19 de enero. Hoy hay muchos compañeros de licencia y eso dificulta la movilización, pero tenemos que construir la mayor fuerza posible para doblegar el brazo de un gobierno que va a seguir ajustando en complicidad con el sindicato que lo respalda.”

LCV: “¿Cuál es hoy el salario básico de un trabajador estatal en Entre Ríos?”

Óscar Muntes: “El mínimo garantizado es de 860.000 pesos para cada trabajador y trabajadora. A partir de ahí se diferencian las escalas según antigüedad, responsabilidades u organismos, pero ese es el piso. Hoy estamos prácticamente iguales que los docentes y los municipales de la capital provincial, producto de ocho meses de congelamiento salarial; han decidido secarnos el salario.”

LCV: “¿Notás cansancio, miedo o falta de convicción para movilizarse?”

Óscar Muntes: “Es un combo donde juega todo. El 26 de octubre fue clave, el espaldarazo que recibió el gobierno lo están usando para seguir ajustando. Hay mucho miedo, mucho pánico, sobre todo entre los trabajadores temporarios que no tienen estabilidad. Es incontable la cantidad de situaciones de angustia: compañeros despedidos que dudan en movilizarse porque creen que tal vez mañana los vuelvan a llamar. Ese miedo ya lo vimos al inicio del gobierno de Milei a nivel nacional.”

LCV: “Incluso hubo mucho voto estatal a Milei en la provincia.”

Óscar Muntes: “Eso nos lo dijeron incluso desde el propio gobierno. En una reunión, el ministro de Gobierno y Trabajo nos planteó que revisáramos hacia adentro porque muchos trabajadores del Estado los habían votado. Seguramente pasó, había bronca y desazón con el gobierno anterior, pero en Entre Ríos hubo esperanza de pararle la mano a este ajuste y ocurrió lo contrario: recibieron un acompañamiento muy fuerte y lo están llevando a la práctica. El 30, cuando movilizamos a Casa de Gobierno, no había un ministro; el gobernador estaba de vacaciones, lo que muestra el nivel de impunidad con el que avanzan.”

LCV: “¿Cómo se enfrenta este escenario a futuro?”

Óscar Muntes: “Entendemos que es con lucha organizada, con todos los sectores, la multisectorial y la intersindical. Se vienen la reforma laboral, la tributaria y la previsional; en Entre Ríos ya fue anunciada la reforma de la caja jubilatoria. La pudimos frenar una vez, pero va a ser muy difícil porque han doblegado a legisladores de la oposición y hoy cuentan con ellos para aprobar las leyes de ajuste. Es una batalla de sentido cultural, de llegar a cada trabajador y trabajadora y explicar que la salida es colectiva. En nuestra provincia, en nuestro país y en América Latina nos sobran ejemplos de luchas ganadas desde el campo popular, y no hay otra alternativa que seguir por ese camino.”

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