Destacada
Confesiones de un vasco, anarco y futbolero, por Alvaro Hilario
La estoy pasando bien con el mundial. He visto una bocha de partidos. Leo, mientras tanto, y me dicen: “Me gustaría que en mi país hubiese tanto interés por la cultura como por el fútbol”; “Vergüenza ver a hombrones llorar por que pierde su equipo y no por un desahucio”; “Mejor os dedicabais a luchar por los derechos de… que estar jodiendo todo el día con el fútbol”.
¿Viviríamos mejor sin fútbol? ¿Seríamos más libres? ¿Ocuparíamos nuestro tiempo en espontáneas tertulias sobre Kant? ¿Hay tipos de ocio mejores a otros? ¿Pueden ser revolucionarias las bochas?
No puedo decir que sea un fana de los Mundiales; que los haya seguido desde siempre. Algo que, sin embargo, no quita para que algunos de ellos estén unidos a mi memoria, a mi pasado sentimental.
El de Alemania, en 1974, siempre será el de aquellas mascotas, Tip y Tap, que como más adelante hiciera también el perro de Barcelona, inundaban toda prenda a nuestro alrededor, de remeras a bikinis, pasando por toda clase de ropa de cama.
Fue aquel año también cuando tuvimos noticia de la existencia de la televisión en color, aparato que aún tardaría una o dos copas en entrar en mi casa. Torpedo Müller y sus compañeros, amén del escuchimizado Cruyff, fueron otros elementos que entonces entraron en mi difuso imaginario infantil.
Mi infancia terminó, cuatro años más tarde, con el Mundial de Argentina. Entrado en la adolescencia, sin comerlo ni beberlo, fue la de aquel 1978 la última colección de figuritas de fútbol que hice y que solo llegué a terminar por un compulsivo sentimiento del deber, de empezar lo que se comienza.
Fue así, más o menos, como me recibiría en la facultad de Historia ocho años después. Lo demás son recuerdos de Kempes (“No diga gol, diga Kempes”), el Monumental, papelitos y el equipo de los Países Bajos haciendo papelón otra vez. No, a mis 13 años no me enteré de qué pasaba en Argentina. Mi pequeña conciencia política, por la fecha, pasaba por las experiencias de mi universitaria hermana mayor que escuchaba discos de Víctor Jara y Quilapayún y que, por aquellos meses. Me trajo un enorme prendedor con la efigie del Che de un viaje suyo a Italia.
El de mejor e indeleble recuerdo es, sin duda alguna, el de España 1982. El ridículo deportivo de la selección española –por la que ya sentía tanto desapego como por las colecciones de figuritas-; la inimaginable mascota, Naranjito; y, en especial, la presencia en Bilbao, sede mundialista, del equipo de Inglaterra y sus aficionados durante la primera fase convierten este Mundial en el más querido por mí. Aste Nagusia, las fiestas de Bilbao, se adelantaron un mes. Toda la ciudad fue una joda. La ciudadanía se empeñó en acabar, mano a mano con ingleses y franceses, con toda la cerveza de Bilbao. Los bares no cerraban. No había horarios. Cualquier parque o plaza era cancha improvisada de partidos Inglaterra contra el resto del mundo. Incluso entre bilbaínos y una banda de Sussex. Fue también el verano de mis primeras vacaciones con amigos, de adolescentes, de pibes locos, en el Mediterráneo. Mucha inquietud y mucho fiambre para comer, cenar y desayunar.
Allí, en un bar de Salou, vi unos de los mejores partidos de fútbol que nunca he visto: la semifinal entre Francia y Alemania. Quizás sea el momento en el cual el fútbol pasó a ser algo más allá de mi querido y campeón Athletic. El bar, abarrotado de ingleses, vascos, catalanes, brasileiros rugía con los franceses. Una tarde noche hermosa. Volveríamos a Bilbao con nuestros sueños iniciáticos sin cumplir. Pero la pasamos bien con el Mundial de Naranjito. Muy fuerte.
De ahí en adelante, nunca volví a darle bola a esto de la Copa. La única excepción sería la de 1998, otra vez por culpa de Francia y enamorado por Zidane. Fue un año jodido y aquella magia de verano consiguió aliviarme. Amores. Desencuentros. Ansiedad.
Para 2000, en fin, estaba ya en Argentina.
Recuerdo el bar, el barrio y, obvio, la compañía: lo que pudo haber sido y no fue. Hace poco lo recordábamos. Por whatsapp.
Después del Mundial de España, aparecieron otras cosas en mi vida que centraron mi tiempo y mis esfuerzos, siendo el Athletic la exclusiva referencia futbolera en mi vida. Lo sé por fuerza de costumbre ya que, hoy en día, soy incapaz de recordar casi nada de lo que vi en San Mamés después de 1985.
En mis tiempos de universitario empecé mi militancia en la izquierda vasca. Compaginaba estudios universitarios, con habituales farras, el activismo antimilitarista y la militancia en la célula del barrio.
En el barrio, yo era el más pequeño, el aprendiz de brujo. Hay una pareja, compañeros de entonces, que siguen diciéndome su “hijo”. Había troskos, estibadores del puerto, antinucleares, militantes vecinales, exmilitantes de ETA, estudiantes y yo. Acostumbrados a mis ocurrencias, la mayoría no me dio mucha bola cuando, una fría noche de pegatina, dije que cambiaría la revolución por otra liga y un par de copas.
Hasta hoy, hemos rozado las copas, hemos ganado una supercopa y las ligas ni las olemos. Si gozo gracias a las ligas de las chicas del Athletic y a los campeonatos de Estudiantes, del pincha. No traiciono mis colores.
La revolución, por el contrario, la percibo mucho más lejos que aquel invierno militante. Amaga y desaparece, entre los vascos, en Argentina. Ya no hay indios metropolitanos.
Que sea natural de una nación sin estado y, por lo tanto, sin un seleccionado nacional de fútbol propio que pueda competir de modo oficial en, por ejemplo, una copa del mundo, puede explicar también el por qué no hice un lugarcito a este evento entre la joda, el amor y la militancia.
Aunque existe un reclamo de carácter político, que el País Vasco tenga sus selecciones propias, nunca me prendí del mismo. Así como en el nacionalismo, o en parte, el fútbol no está demonizado, a medida que uno se corre a la izquierda, como es mi caso, se incurre en grave contradicción; de pequebus mal.

En 1976 , algunos militantes de izquierda en Zúrich fundaron la liga de fútbol progresista, en la que figura el FC Bakunin.
Cohesionados muchas veces en nuestra intrascendencia gracias al rechazo hacia todo lo exterior, hacia la sociedad de consumo, hacia la sociedad del espectáculo, yo era la rara avis que, un domingo sí y otro no, desertaba del campo popular para alienarse con el balón. La militancia vasca siempre se identificó con unos rasgos y niveles de compromiso muy determinados, delimitados por un carácter forjado por la lluvia, los jesuitas y nuestros peculiares modos de entender a Marx, Lenin y los procesos de liberación nacional. El resultado es un militante austero, como Pepe Mujica, quien no concibe en su modus vivendi distracciones pequeño burguesas. Como el fútbol.
En ámbitos más familiares, tribus más chicas, ir a buscar cucumelo al monte, seguir a bandas de hardcore, colarse unas pepas, ir a pescar o ir al baloncesto, entre otras, eran formas de pasarlo bien, de relajarse. La ruptura de la triple alienación que predicaba Marx, contra religión, familia y trabajo, se quedaba aquí, como en los manuales de Marta Harnecker, en una retahíla de puteadas contra el fútbol, el opio del pueblo. Sin fútbol, era claro, las masas, unos más duros que otros, obvio, se encolumnarían en las filas anticapitalistas.
En Argentina, para poder socializar en base a ese terreno común que es el fútbol, tuve que aprender de fútbol. Cuatro historias de mi cuadro, anécdotas y peculiaridades no más daban para unos pocos minutos en un mundo abundante en todos esos temas y muy condicionado por el exitismo. Tuve que aprender qué era un 10 y qué era un cinco. Tuve que decantarme entre Bilardo y Menotti.
Una radio comunitaria de La Plata, una invitación a ir a la cancha, en 1 y 57, fue el comienzo de mi buena amistad con un pincharrata atorrante a través de quien conocería a muchos otros queridos compañeros y la militancia de la agrupación HIJOS.
Leyendo a Luis Mattini, militante y cronista del PRT-ERP, supe que el comandante Santucho era fanático de Estudiantes de La Plata y que en las condiciones de clandestinidad extremas en las que se movía era capaz de ingeniárselas para saber cómo salió su cuadro y hasta, camuflado con un bigote postizo, ir a la cancha.
En Argentina, también conocí a Osvaldo Soriano, a Fontanarrosa y, en definitiva, un lugar donde podía ser zurdo sin tener que esconder mi gusto por la pelota.
De todo esto, escribí hace años, una nota para el diario GARA que puede ser consultada en este link: http://www.futbolrebelde.org/blog/?p=3567
Hace unos días, devorado por el campeonato en curso, emocionado por el papel de la Celeste, selección que hice mía después de mi primera visita a la familia de Montevideo, les decía a unos amigos que siempre debiera ser la primera fase del mundial. Enfrentamientos inéditos, cuadros exóticos… Y esa tendencia tan nuestra de ante un cotejo inclinarnos por uno de los dos cuadros -igual que hacíamos con las películas de indios y vaqueros- buscando pretextos de vecindad, afinidad de colores, amor por el más débil… para, además, en base a todo ello polemizar de acá a Bogotá, pasando por Almagro, San Telmo y Lanús por todo tipo de medio telemático. Compartir memes de Neymar. La pasamos bien. Aún y teniendo en cuenta nuestra más que posible deriva reformista.
Me gusta el fútbol. Me gusta el folklore que lo rodea. Me gusta pensar en por qué es el fútbol el deporte tocado por la divinidad para convertirse en opio del pueblo y no lo son los deportes nacionales del Imperio, el basket, el baseball o el golf. Me gusta saber historias de militancia como las de la hinchada de Nueva Chicago; como la de Carlos Humberto Caszely; como los ucranianos que no quisieron perder con los nazis; como la de Zubieta que salió de San Mamés con la selección vasca en 1936 y volvió como capitán de San Lorenzo de Almagro, a enseñar en Bilbao, de paso, qué era el fútbol moderno.
Lo reconozco, me estoy comiendo el mundial. Pero no anuló aun mi voluntad ni mi pasado ni el presente. Todavía, mirá si la Celeste sale campiona…

(Alvaro Hilario, periodista, profesor de historia y latín y lengua vasca, hincha de Athletic y Estudiantes, envía esta nota especial para La Columna Vertebral desde Bilbao)
Destacada
La murga como memoria, cuerpo e identidad popular
En exclusiva con LCV – La Columna Vertebral / Historias de trabajadores, Coco Romero recorre más de medio siglo de vínculo con la murga como experiencia vital, cultural y política. Desde la infancia atravesada por el carnaval hasta la prohibición impuesta por la dictadura, Romero reconstruye una historia silenciada de la cultura popular argentina: la murga como espacio de felicidad, protesta, memoria colectiva y disputa de identidades. Archivista, investigador y formador de generaciones, reflexiona sobre el cuerpo en la calle, la censura, el clasismo, la tradición carnavalera y el vaciamiento de las políticas culturales, reafirmando a la murga como una práctica viva que resiste y vuelve, incluso después de décadas de prohibición.
LCV: “Bueno, Coco, contame por qué la murga, por qué a vos, digamos, hace 50 años que te dedicás a esta expresión musical.”
Coco Romero: “Porque de niño fui feliz con la murga. Durante la dictadura, en 1976, mediante el decreto 21.329, los militares prohíben el carnaval, que tuvo 36 años de prohibición. Esa prohibición se levanta recién con Néstor Kirchner, entre 2002 y 2011. En ese momento yo estaba con La Fuente, un grupo que tocó durante toda la dictadura, y me pregunté cómo algo que me había hecho tan feliz podía estar prohibido. Entonces escribí una canción llamada ¿Dónde fueron los murgueros? y a partir de ahí empecé a recibir señales constantes. En los años 80 tocábamos y veía pibes bailando como yo bailaba cuando era niño.”
LCV: “¿Dónde creciste? ¿Cómo fue tu infancia?”
Coco Romero: “Yo nací en Salta y mi madre me trajo a Buenos Aires cuando tenía entre un año y medio y dos años. Viví en Coghlan, Belgrano R y Villa Urquiza.”
LCV: “Bueno, chetito eras, ¿no?”
Coco Romero: “No. En ese momento Belgrano R estaba rodeado de pensiones. Yo me crié en el Santa Rosa, un hotel de 120 habitaciones. Éramos muchos niños y tuvimos una infancia muy feliz. La murga era parte de los juegos, de los rituales y de la vida cotidiana. Jugábamos a la pelota y jugábamos a la murga.”
LCV: “La murga como hecho cultural en la Argentina muchas veces fue vista como algo maldito.”
Coco Romero: “Sí. Hubo momentos en que determinados sectores sociales la veían como algo de negros. Tuvo períodos de gloria como discurso contracultural y político. Cuando yo era chico la veía mucho en la provincia, por ejemplo en San Luis. Esas murgas hablaban en contra de los patrones o se vestían como ellos para ridiculizarlos. Era un lenguaje de protesta muy directo.”
LCV: “¿Cuándo se origina ese lenguaje tan primario de protesta?”
Coco Romero: “Después de escribir la canción empecé a preguntar qué era la murga y nadie lo sabía. La respuesta era siempre la misma: los negros de la esquina. Hoy dicen los negros del peronismo o del kirchnerismo. Un pueblo bajo. Yo opté por entrevistar a los viejos murgueros. En 1982 empecé en San Martín y Villa Martelli y me encontré con un universo enorme. Me eduqué mucho con la revista Crisis. En 1975 Mauricio Kartun escribe un artículo muy importante, Del candombe a la murga, que me abrió la cabeza.”
LCV: “Ahí te das cuenta de que la sociedad no tenía idea de lo que era la murga.”
Coco Romero: “Exactamente. Murga era un término despectivo, como cuando se dice que un equipo de fútbol es una murga. Empecé a buscar material, a armar archivo, a recorrer Parque Rivadavia durante 15 o 16 años todos los domingos. Me convertí en un buscador de libros. En una librería de Avenida de Mayo encontré un libro de 1968 de Pedro Orgambide, Carnaval, carnaval. Eso me deslumbró. Después lo entrevisté y entendí que la murga tenía una historia profunda.”
LCV: “Y de ahí surge tu trabajo como autor.”
Coco Romero: “Junté tanto material que amigos me dijeron que tenía que sacar un libro. Así publiqué La murga porteña, historia de un viaje colectivo, Los talleres de murga del Rojas y El universo creativo del carnaval. Yo no sabía escribir, pero escribí. El Fondo Nacional de las Artes me aceptó el proyecto por el lado del folklore, en una época en la que la cultura todavía tenía apoyo.”
LCV: “Hoy pareciera haber una degradación en la política cultural.”
Coco Romero: “Totalmente. Hay dirigentes de cultura que no saben absolutamente nada. No leen, no conocen la cultura popular y no quieren profundizarla, cuando es parte esencial de la historia de los pueblos.”
LCV: “Estuviste más de 30 años en el Rojas.”
Coco Romero: “El primer taller lo di en 1988 y estuve hasta 2009. Treinta y cuatro años. El Rojas fue fundamental. En la etapa democrática, Pacho O’Donnell le encargó a Eduardo Miñoña un trabajo sobre murga y así nació el documental Mocosos y chiflados. El conflicto era claro: un pibe de clase media al que no lo dejaban salir en la murga porque se iba con los negros. Eso es un conflicto de identidad y de cuerpos. La murga está en la calle y eso incomoda.”
LCV: “¿Cómo se eligen los temas y la estética de una murga?”
Coco Romero: “No es un proceso fácil. Nosotros impulsamos que haya un motivo, afinación, poesía. Todo eso ya existe en otros países. Los uruguayos desarrollaron una gramática muy fuerte. La murga gaditana tiene una estructura clara: saludo, cuplé y retirada, con la marcha camión como base rítmica. En Buenos Aires, después de 36 años sin carnaval, es muy difícil lograr organicidad.”
LCV: “El carnaval es una fiesta históricamente resistida.”
Coco Romero: “Es una fiesta prohibida. Momo es la deidad del carnaval, expulsado del Olimpo por criticar a todos. El carnaval es la inversión: el rico se viste de pobre y el pobre de rico. No todos se bancan eso. Por eso molesta. Pero el carnaval siempre va a seguir.”
LCV: “¿Dónde te encuentra hoy la gente que quiere aprender con vos?”
Coco Romero: “Estamos por abrir un espacio en la Fundación Educativa El Sapo y la Rana, en Boulogne, una escuela Waldorf. También me pueden encontrar en redes buscando Coco Romero, Murga y Carnaval. Divulgar cultura popular es una forma de fortalecer nuestra identidad.”
LCV: “Coco, muchas gracias. Vamos a escuchar tu trabajo.”
Coco Romero: “Gracias a ustedes. Primero vamos a escuchar un poema de Roberto Santoro, poeta desaparecido en 1977, Vocales. Después, una canción de la murga Sacala almidón, 14 de mayo.”
Destacada
Alberto Nadra: “La resistencia no se declama, se organiza fábrica por fábrica”
En diálogo con el programa La Columna Vertebral de La RZ Radio, Alberto Nadra analizó el paro nacional, el rol del sindicalismo y el impacto de la reforma laboral que se debate en el Senado. Durante la entrevista, sostuvo que la resistencia no puede reducirse a una consigna ni a una medida aislada: debe construirse desde abajo, fábrica por fábrica, barrio por barrio, recuperando la tradición histórica del movimiento obrero argentino. Nadra planteó una crítica tanto a la dirigencia sindical como a la dirigencia política, señalando que la organización en la base y el debate permanente con los trabajadores son claves para enfrentar el actual escenario social y económico. También reflexionó sobre el deterioro educativo, la pérdida de solidaridad y las consecuencias culturales que arrastra la Argentina desde la dictadura de 1976. “Si no organizamos, todo se diluye en el aire”, afirmó, llamando a reconstruir la conciencia colectiva frente a un modelo que —según advirtió— profundiza la desigualdad y la fragmentación social.
LCV: Recién escuchábamos a Hugo Moyano. Más allá de las controversias ideológicas, es un dirigente que ha combatido fuertemente a favor de su sindicato y del movimiento obrero. Tenemos anuncios de paros de las CTA y posiblemente de todas las centrales. El paro del otro día fue fuerte, con alto acatamiento. ¿Cómo lo viviste vos?
Alberto Nadra: Bueno, a mí me pareció un hecho muy importante, una demostración de fuerza necesaria, acorde a la gravedad del tratamiento de esa ley y a la inmensa traición de quienes se dicen representantes del movimiento nacional y popular, particularmente del peronismo, digamos.
LCV: Se criticó mucho a la CGT por si el paro fue o no con movilización.
Alberto Nadra: Bueno, yo creo que es fácil criticar a la CGT o al sindicalismo, pero quiero marcar dos cosas: primero, que la responsabilidad principal de conducir la lucha popular corresponde a los dirigentes políticos y no a los sindicalistas; y segundo, que no se puede reducir la crítica a si el paro fue con o sin movilización, porque eso depende de la coyuntura, digamos.
LCV: ¿Entonces dónde pondrías la crítica principal?
Alberto Nadra: Bueno, la crítica de fondo es que la resistencia se ha reducido demasiado a definiciones teóricas generales; para mí era mucho más importante haber trabajado estos meses en la base del movimiento obrero, en cada fábrica y lugar de trabajo, esclareciendo qué está en juego y organizando un plan de lucha, digamos.
LCV: ¿Cómo se traduce eso en lo concreto?
Alberto Nadra: Bueno, asambleas en las fábricas, discusión con los trabajadores, coordinación de delegados, relación con el barrio, explicarle al vecindario lo que pasa, porque cuando cierra una fábrica el barrio es el primero que lo siente: el almacén, la farmacia, el bodegón, digamos.
LCV: Eso tiene antecedentes históricos muy claros.
Alberto Nadra: Claro, bueno, el movimiento obrero argentino y el peronismo tienen esa tradición: la toma del frigorífico Lisandro de la Torre se sostuvo con el acompañamiento de todo el barrio de Mataderos, hay que recuperar esa experiencia y asentar claridad en la base sobre a qué nos enfrentamos, digamos.
LCV: Yo coincido, pero en las asambleas se ve mucha falta de empatía. Mucha gente cree que esto no le va a tocar.
Alberto Nadra: Bueno, coincido totalmente, y si me apurás no diría 20 años sino 40; ese vacío fue ocupado por la ideología dominante, por los grandes medios y por un sistema educativo debilitado, digamos.
LCV: El día del paro vi gente yendo a trabajar por miedo.
Alberto Nadra: Bueno, claro, hay una ilusión de que quedándose quieto no va a pasar nada, pero va a pasar igual, porque este sistema no valora al individuo, te reemplaza por otro más barato y más joven, digamos.
LCV: Incluso las búsquedas sobre la reforma laboral crecieron recién después de votarse.
Alberto Nadra: Bueno, sí, tarde, muy tarde, y eso muestra que no hubo un trabajo sistemático de discusión previa en los lugares de trabajo, digamos.
LCV: Vos mencionabas el ejemplo de Camioneros.
Alberto Nadra: Bueno, Camioneros hace trabajo político cotidiano; hablás con un recolector y tiene clarísimo lo que pasa porque discuten permanentemente y sacan conclusiones colectivas, digamos.
LCV: ¿Y qué pasó con experiencias anteriores, como De la Rúa o Macri?
Alberto Nadra: Bueno, no se discutieron en profundidad en la base; cerraron miles de empresas y se perdieron cientos de miles de puestos de trabajo, y esa experiencia tenía que discutirse fábrica por fábrica para generar conciencia, digamos.
LCV: Yo pongo mucho el eje en la educación, especialmente en esto de pasar de grado sin aprendizajes reales.
Alberto Nadra: Bueno, coincido plenamente, ese psicologismo barato de “no frustrar” fue devastador; no poner límites es contraproducente y destruyó herramientas básicas como la comprensión lectora, digamos.
LCV: Vos vinculás esto con un proceso histórico más largo.
Alberto Nadra: Bueno, sí, esto es consecuencia de la derrota popular del 76, no solo por los muertos y desaparecidos, sino porque la dictadura destruyó deliberadamente el lazo social y el sistema educativo, y eso nunca se revirtió del todo, digamos.
LCV: Para cerrar, ¿qué esperás de lo que viene: resignación o despertar?
Alberto Nadra: Bueno, yo siempre apuesto a la esperanza, no a volver a algo anterior sino a construir algo nuevo, y el eje central es impedir la aplicación de la ley laboral y volver a organizar desde abajo, fábrica por fábrica y barrio por barrio, digamos.
Destacada
Rodrigo Romero, delegado en FATE: “No fue una crisis: fue una decisión patronal”
En el marco del conflicto por el cierre de la planta de Fate, La Columna Vertebral – Historias de trabajadores dialogó con Rodrigo Romero, delegado del SUTNA, mientras se desarrollaba una audiencia con el Ministerio de Trabajo.
Con 20 años de antigüedad en la fábrica, Romero describe no solo la situación laboral, sino también el capital humano, la experiencia obrera y las consecuencias sociales de una decisión empresarial que deja a cientos de familias en la incertidumbre.
LCV: “Estamos en comunicación con Rodrigo Romero, uno de los delegados del sindicato de neumáticos SUTNA. Vamos a hablar de este caso emblemático que puede transformarse en un caso testigo de la debacle de las grandes empresas: el cierre de Fate. ¿Cómo te va, Rodrigo?”
Rodrigo Romero: “Hola, buenas tardes. Acá estamos, tristes, pero dando la lucha.”
LCV: “¿Dónde estás en este momento? ¿Estás en la fábrica?”
Rodrigo Romero: “No, en este momento no estoy en la fábrica. Estamos en una audiencia con el Ministerio de Trabajo y con la patronal.”
LCV: “¿Es una audiencia por Zoom?”
Rodrigo Romero: “Sí, es por Zoom. Estamos esperando el cuarto intermedio y que termine.”
LCV: “¿Cómo la ves venir?”
Rodrigo Romero: “No se ve muy bien la cosa. La fábrica está muy dura. Está todo en discusión. Nosotros esperamos ver qué camino se puede tomar, si se puede conciliar, pero lo único que queremos es conservar nuestro puesto de trabajo, la fuente laboral para todos los trabajadores, de forma colectiva.”
LCV: “¿Está dictada la conciliación obligatoria?”
Rodrigo Romero: “Sí, fue dictada y la fábrica la acató. Por ley deberíamos volver todos a trabajar, pero la patronal dice que nos considera despedidos y que no nos va a dejar ingresar.”
LCV: “¿Cómo era trabajar en Fate?”
Rodrigo Romero: “Yo trabajo hace 20 años en Fate. Cuando entré, en 2006, ya había conflictos. La gente de adentro te advertía que Fate no pagaba bien. Igual, era una empresa grande, con prestigio, donde se ganaba un poco más que en otros lados.”
LCV: “¿Cuál es tu tarea dentro de la planta?”
Rodrigo Romero: “Soy operario. Manejo máquinas de radial auto que fabrican cubiertas 15, 16 y 17. Son máquinas automáticas, semiautomáticas y manuales.”
LCV: “¿Esa experiencia se puede trasladar a otro rubro?”
Rodrigo Romero: “Solo dentro del neumático. Podría trabajar en Pirelli o Firestone, pero siempre en este rubro. Hace 20 años que hago neumáticos, es el único oficio que tengo.”
LCV: “Eso implica una enorme pérdida de capital humano.”
Rodrigo Romero: “Exactamente. Hay compañeros con 20, 30 y 40 años de fábrica. Muchos están físicamente destruidos. Mi hermano, por ejemplo, perdió un brazo por falta de medidas de seguridad. La empresa quiso indemnizarlo y echarlo, pero como sindicato logramos su reincorporación. Él quería seguir trabajando.”
LCV: “¿Cuántos años tenés?”
Rodrigo Romero: “Tengo 44 años.”
LCV: “¿Cómo impacta esto en tu vida personal?”
Rodrigo Romero: “Tengo una hija de 10 años, vivo con mi compañera y sus dos hijos. Alquilo. Pensé que en cinco años iba a poder comprar algo, pero ya llevo 20 y no se pudo. Hace 14 meses que no tenemos aumento. Siempre fue una lucha.”
LCV: “¿Hace cuánto sos delegado sindical?”
Rodrigo Romero: “Hace 9 años. Todos los años era lo mismo: Fate nunca quería dar nada. Lo que logramos fue empatar o superar la inflación hasta que llegó el gobierno de Milei.”
LCV: “¿Qué opinión tienen sobre el empresario y el gobierno?”
Rodrigo Romero: “Creemos que Madanes Quintanilla siempre tuvo acuerdos con todos los gobiernos. Tiene espalda económica. La fábrica está llena de materia prima y las máquinas están listas. Cerraron justo antes de la reforma laboral. Creemos que es una maniobra.”
LCV: “¿Quiénes quedan en el medio de esa disputa?”
Rodrigo Romero: “Nosotros. Los trabajadores. Somos el jamón del sándwich.”
LCV: “¿Creés que la fábrica va a volver a abrir?”
Rodrigo Romero: “Sí, sin dudas. No se puede cerrar una empresa de esta magnitud. El problema es entre el empresario y el gobierno. Los que pagamos el plato roto somos los trabajadores.”

