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Mayo en Vietnam, por Laura Giussani Constenla

5 de mayo de 1968. Saigón amaneció sacudida por un diluvio. Durante la noche, Dios había expresado toda su furia con vientos arremolinados. El tiempo permaneció en suspenso por unas horas y los espías, generales, comerciantes, empresarios, soldados y periodistas que se alojaban en el mejor hotel de la ciudad creyeron, por un momento, que no había guerra, ni bombas, ni tiros, ni muertos, solo rayos. Ese fue el momento que eligieron los campesinos del ejército del norte para entrar a la ciudad con sus armas a cuestas, livianos como el viento, y se apostaron en los populosos barrios de la periferia.

Tiempo atrás, un general de Vietnam del Norte había dicho a sus tropas del Frente Campesino: Los norteamericanos son más fuertes que nosotros, nosotros ni siquiera intentamos competir con ellos: si lo probáramos sería como pretender comer el arroz con tenedor o cuchara. Nosotros el arroz lo comemos con palillos. En Vietnam los norteamericanos son púgiles que combaten con el viento. Seamos nosotros el viento. Camaradas, caed sobre ellos como el viento, y, como el viento, huid. Camaradas, que el viento no se inmovilice.”

“Seamos nosotros el viento. Camaradas, caed sobre ellos como el viento,  y, como el viento, huid. Camaradas, que el viento no se inmovilice.”

Los americanos respondieron de inmediato, decenas de Phantoms cayeron en picada bombardeando cualquier rincón donde imaginaran que pudiera existir un comunista armado. Tiraban al bulto, sin elegir el objetivo, como cazadores ávidos y sin escrúpulos, que no respetan ley ni reglas, con toda su parafernalia tecnológica, armas de último modelo y voces estruendosas.

Ráfagas de metralla, bombas, multitudes en fuga y humo.

Ignacio Ezcurra, joven periodista de La Nación, alojado en ese exquisito hotel afrancesado junto a Oriana Fallaci y otros colegas, subió a la terraza para tener un panorama más amplio. Dos columnas de humo negro marcaban hacia dónde debía encaminarse: los barrios pobres de los suburbios y la costa del río, camino al Cholón. “La visión del lugar es horrible. Mientras llegan camiones y jeeps cargados de tropas, se les cruzan las camionetas de la Cruz Roja con su carga macabra. Ya se calculan más de mil muertos civiles.”, escribió. Recién había llegado a Vietnam, por propia voluntad, a los ponchazos, convenciendo a los directores del diario que era importante estar allí, porque siempre quiso estar en donde ocurrían las cosas, con poca plata y sin seguro de vida. De pronto se encontraba en medio de la ofensiva norvietnamita del Tet y en la cruenta reacción de los ocupantes.

“La visión del lugar es horrible. Mientras llegan camiones y jeeps cargados de tropas, se les cruzan las camionetas de la Cruz Roja con su carga macabra. Ya se calculan más de mil muertos civiles.”

Fueron días intensos en los que Ezcurra saltaba de la sede de prensa de los Estados Unidos, a un barrio bombardeado, un paseo en helicóptero para ver la guerra en primera persona. Con las imágenes aún frescas de los días en el frente, de sortear los cadáveres acumulados en las aceras y con las ropas impregnadas de olor a muerte, Ignacio Ezcurra le escribió una carta a su mujer: “Esto es peor de lo que nos imaginábamos”. Siguió su trabajo conversando con dirigentes políticos, religiosos o embajadores, también iba de agencia en agencia para ver qué decían los periodistas. En Associated Press llevaban varias semanas de guardia permanente a la espera del posible ataque. Caía la tarde cuando otra noticia dejó a todos sin palabras: “Asesinaron a cuatro periodistas en el Cholón”.

Esa noche, Ignacio Ezcurra cenó con François Pelou, de France Press, y otros colegas. Quiso saber qué opinaban del asesinato de los periodistas. François desconfiaba de la versión difundida. Un testigo afirmaba que habían sido los comunistas, los Vietcong.

Ignacio pidió al chofer que volviera al Cholón y dió una recorrida por el barrio. Caminaba desenvuelto, con las manos en los bolsillos, sin cámara fotográfica ni anotador, como un marciano que hubiera descendido ignorante de la situación.

Era la guerra. Angustia, dolor, muerte. Pero esta vez no eran muertos anónimos. Todos los corresponsales los conocián: John Cantwell, australiano, veintinueve años, corresponsal del Time; Ronald Laramy, británico de la agencia Reuter; Michael Birch, de la Associated Press australiana; Bruce Pigott, también australiano, subjefe de Reuter en Saigón. Murió además, en el mismo ataque, un diplomático alemán: Hasso Ruedt von Colenberg. El 6 de mayo, otro periodista, un fotógrafo de United Press, Charles Eggleston, murió cuando registraba con su cámara el intento de recuperación de un barrio tomado por los vietcong.

El 8 de mayo, muy temprano, Ignacio subió al jeep que lo esperaba en la puerta con dos periodistas. Poco antes del mediodía cruzaron por la calle Minh Phung, donde habían sido fusilados los cuatro periodistas. Desde el auto sacaron algunas fotografías y continuaron con el derrotero cuando, sin consultar, Ignacio pidió al chofer que volviera al Cholón y dió una recorrida por el barrio. Caminaba desenvuelto, con las manos en los bolsillos, sin cámara fotográfica ni anotador, como un marciano que hubiera descendido ignorante de la situación. Volvió al rato con un gesto radiante; estaba en acción, todos sus músculos tensos, en busca de algo excepcional. Les pidió a sus compañeros que volvieran a la tardecita por él. Había encontrado un buen contacto. No volvió al hotel esa noche.

Se cumplen 50 años de la desaparición de Ignacio Ezcurra, primer corresponsal de guerra argentino muerto en acción. Su madre nunca creyó en la versión de que lo habían matado los comunistas ¿por qué habrían de hacerlo? En ese momento los norteamericanos declaraban que estaban perdiendo la guerra por culpa de los medios. El mismo Ezcurra acababa de entrevistar al embajador norteamericano en Vietnam quien le había dicho: “Por desgracia, nuestras dificultades están ahora en el frente doméstico. Tal vez algo de responsabilidad sea de la prensa que informa desde aquí en tono pesimista”.

Embajador de Estados Unidos: “Por desgracia, nuestras dificultades están ahora en el frente doméstico. Tal vez algo de responsabilidad sea de la prensa que informa desde aquí en tono pesimista”.

En medio de esa ofensiva diplomática a los medios de comunicación asesinan a siete periodistas. Fue la última vez que las Fuerzas Armadas de Estados Unidos permitieron dejar en libertad a la prensa para cubrir los hechos. La Nación no mandó a nadie para seguir los rastros de su corresponsal.

Quienes decidieron ir en su búsqueda fueron Telenoche y Gente. En un mismo avión partían Andrés Percivale y Eduardo Meinzer por Telenoche, y Enrique Walker por la revista Gente. No les fue fácil llegar a Vietnam. Desembarcaron en París, su primera escala, y allí quedaron por unos cuantos días. Una huelga general dejaba a la ciudad sin transportes ni aeropuertos ni servicios ni comercios. Estallaba el mayo Francés. Un movimiento espontáneo, desconocido, sin partidos, cuyo dirigente más notorio era un muchacho llamado Daniel Cohn-Bendit. Cámara en mano, Meinzer acompañaba a Percivale para dejar registro en imágenes de la ciudad devastada. En el boulevard Saint-Germain, los tradicionales cafés, con sus mesas en la vereda, permanecían cerrados. La resaca de las noches de resistencia permanecía en el suelo, como si una ola violenta hubiera dejado al descubierto vidrios rotos, papeles, plásticos, aerosoles y carteles destruidos. Los adoquines habían sido arrancados de cuajo para improvisar proyectiles que pudieran frenar el avance de las tropas policiales. Los árboles estaban caídos, derribados para hacer barricadas que detuvieran a las fuerzas de seguridad.

Sobre los muros de la Sorbonne y de cuanto edificio ofreciera un espacio libre para la expresión, escritas con distintos colores, aparecían las consignas del novedoso movimiento: “La emancipación del hombre será total o no será”, “No me liberen, yo me encargo de eso”, “Si piensan por los otros, los otros pensarán por ustedes”, “Si la vida que vivimos no es digna, la dignidad es luchar por cambiarla”, “Nuestra esperanza sólo puede venir de los sin esperanza”, “El derecho de vivir no se mendiga, se toma”. Frases sueltas que, en su conjunto, conformaban todo un manifiesto: “¡Viva la comunicación, abajo la telecomunicación!”, “Hacer alegremente cosas terriblemente serias”, “No puede volver a dormir tranquilo aquel que alguna vez abrió los ojos”, “Debajo del pavimento está la playa”, “La imaginación al poder”, “Marx es Dios, Marcuse su profeta y Mao su espada”. Aunque hubiera quienes intentaran articular el discurso de la revuelta, eran los muros los que hablaban, sin autor.

“Marx es Dios, Marcuse su profeta y Mao su espada”

Herbert Marcuse llega a París a principios de mayo, con el objeto de participar en un coloquio celebrado por la UNESCO, en ocasión del 150 aniversario del nacimiento de Karl Marx.

El filósofo del momento, Herbert Marcuse, asistía extasiado a los episodios parisinos que daban fe de su teoría: la clase obrera había sido asimilada por el capitalismo, ya nada podía esperarse de ella. Todo cambio provendría de los sectores marginales: los estudiantes, las mujeres, los negros, los inmigrantes.

Todo había empezado un 6 de mayo, mientras en Vietnam seguían cayendo las bombas y los reporteros. Los estudiantes de la Sorbonne se apretujaron en el patio central para exigir que reabrieran Nanterre y suspendieran la investigación abierta contra ocho estudiantes ante el consejo de disciplina. Las autoridades de la Universidad llamaron a la policía y el edificio fue desalojado. La chispa que hacía falta. Las paredes comenzaron a hablar: Van a terminar todos reventando de confort”, “Si lo que ven no es extraño, la visión es falsa”, “La sociedad es una flor carnívora”, “Viva la democracia directa”, “Civismo rima con fascismo”, “La barricada cierra la calle pero abre el camino”.

Van a terminar todos reventando de confort”

Entre los argentinos que paseaban por el onírico paisaje de una París revolucionada no sólo estaban Percivale, Walker y Meinzer, también rondaba por allí un abogado santiagueño, Mario Roberto Santucho, que leía todos los volantes, fisgoneaba en las asambleas y vociferaba cuando encontraba consignas que decían: “Las armas de la crítica pasan por la crítica de las armas”. No podía creer que pudieran desperdiciar semejante ocasión. Maldecía por el hecho de que un grupo de jóvenes caprichosos estuviese al mando.

A pesar del disgusto que le provocaba este desmadre a los partidos de izquierda tradicionales, la situación había adquirido tal dimensión, la represión era tan persistente, que los sindicatos llamaron a la huelga general. el 13 de mayo del 68 marcharon, unidos, obreros y estudiantes, profesores y vecinos y curiosos y todos aquellos que necesitaban expresar de algún modo su desagrado con el mundo. Una ciudad sitiada por la multitud que caminaba a paso ligero con rostros desencajados, respirando aires de libertad y con la fantasía de tomar nuevamente la Bastilla.

Así estaban las cosas por esos días. Finalmente Enrique Walker y Percivale llegaron a Vietnam y no lograron saber el destino de Ezcurra. Días después Associated Press le compraba una foto de una pila de cadáveres a un anónimo japonés. Se destacaba un hombre alto con cinturón de cuero argentino. La familia reconoció su cadáver por una gigantografía a tamaño natural con la imagen del muerto colocada sobre un escritorio del diario La Nacion. Suerte de velorio virtual.

Días después Associated Press le compraba una foto de una pila de cadáveres a un anónimo japonés. Se destacaba un hombre alto con cinturón de cuero argentino.

Después de esa experiencia, Percivale dejaría el periodismo para dedicarse al yoga. Enrique Walker, sería secuestrado en julio de 1976 por los militares argentinos. No fue el mismo después de cubrir Vietnam y el Cordobazo. Su último grito antes de desaparecer fue: “Soy Enrique Walker, periodista y montonero, me están secuestrando, informen a la prensa”. Los diarios algo publicaron. Nunca más se supo de él.

Pero esa es otra historia. O no.

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“La Ley de Glaciares no se toca”: la campaña que advierte que están “rifando el agua del presente y del futuro”

En diálogo con La Columna Vertebral-Historias de Trabajadores, la activista socioambiental Paula Kaeser explicó en qué consiste la campaña plurinacional “La Ley de Glaciares no se toca”, cuestionó la media sanción obtenida en el Senado y alertó sobre los riesgos de la megaminería, la privatización del agua y el uso intensivo de recursos por parte de la inteligencia artificial. “No están discutiendo un cubito de hielo: están discutiendo la reserva estratégica de agua dulce de la Argentina”, afirmó.

LCV: ¿En qué consiste esta campaña plurinacional por la Ley de Glaciares?

Paula Kaeser: “La campaña se llama ‘La Ley de Glaciares no se toca’. Lo que ocurrió fue que el proyecto obtuvo media sanción en el Senado y ahora pasa a Diputados. Algunos lo presentan como un logro, pero es apenas un paso en una disputa muy compleja. Lo que estamos pidiendo es que no se modifique la ley para habilitar actividades que puedan afectar glaciares y ambiente periglaciar, porque eso implica poner en riesgo la principal reserva de agua dulce que tenemos.”

LCV: ¿Cómo se le explica a un ciudadano común —o a un diputado que minimiza el tema— por qué esto es tan grave?

Paula Kaeser: “Cuando en la primaria nos enseñaban el ciclo del agua, nos explicaban cómo el agua baja de las montañas, alimenta los ríos y permite la vida en todo el territorio. Si destruís glaciares o descuidás el ambiente periglaciar, alterás ese sistema. No es un pedacito de hielo aislado: es un ecosistema conectado. Si se habilitan proyectos megamineros en esas zonas, la consecuencia es que la reserva de agua dulce puede quedar contaminada o directamente agotada.”

LCV: ¿Tenés ejemplos concretos de lo que puede pasar?

Paula Kaeser: “En la provincia de San Juan, en el departamento de Jáchal, la actividad minera generó derrames que afectaron una cuenca completa. Ese pueblo vivía de dos ríos; tras la contaminación, tuvieron que modificar su sistema de abastecimiento porque uno ya no podía utilizarse para consumo ni riego. A partir de ahí empezaron a registrarse más enfermedades, incluso casos de cáncer, algo que los vecinos remarcan que no era habitual décadas atrás.”

LCV: También mencionaste el tema del acceso al agua potable.

Paula Kaeser: “En Argentina todavía hay un porcentaje muy alto de población sin acceso pleno a agua potable. Y mientras no terminamos de garantizar ese derecho básico, se pretende avanzar sobre las reservas estratégicas. Es un contrasentido: no llegamos a potabilizar el agua para todos y al mismo tiempo queremos habilitar actividades que pueden deteriorar la fuente.”

LCV: ¿Cómo se conecta esto con la inteligencia artificial y los proyectos que se mencionan para la Patagonia?

Paula Kaeser: “Los grandes centros de datos que sostienen la inteligencia artificial necesitan enormes cantidades de energía y agua para refrigeración. Son servidores que funcionan de manera permanente y generan mucho calor. Para enfriarlos se usan sistemas que demandan millones de litros de agua dulce. Entonces, cuando se habla de instalar polos tecnológicos en zonas frías con abundancia de agua, estamos hablando también de presión sobre un recurso finito.”

LCV: También mencionaste la presencia de empresas extranjeras en la gestión del agua.

Paula Kaeser: “Hace años que denunciamos el avance de Mekorot en convenios vinculados al manejo del agua. Por eso impulsamos también la campaña ‘Afuera Mekorot’. Creemos que el agua es un bien común y no puede quedar sujeta a lógicas de negocio. Lo mismo advertimos sobre procesos de privatización en áreas metropolitanas.”

LCV: ¿Cuál es tu perfil y desde dónde impulsás esta militancia?

Paula Kaeser: “Soy maestra jardinera y licenciada en administración hotelera, pero hoy me defino sobre todo como activista socioambiental. Formo parte de la campaña ‘La Ley de Glaciares no se toca’, de ‘Afuera Mekorot’ y de la coordinadora ‘Basta de Falsas Soluciones’, que articula asambleas y espacios territoriales de todo el país.”

LCV: Si alguien quiere sumarse o informarse, ¿cómo puede hacerlo?

Paula Kaeser: “En Instagram pueden encontrarnos en @bastafalsasoluciones y @fueramecorot. Y para información específica sobre glaciares está el blog ‘laleydeglaciaresnose toca.blogspot.com’, donde hay materiales, videos y documentos para descargar y trabajar en escuelas o espacios comunitarios.”

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Paula Arkerfeld, docente y miembro de SUTEBA: “El modelo educativo de Milei es que quienes puedan pagar vayan a la escuela privada y el resto quede afuera”

En diálogo con La Columna Vertebral – Historias de Trabajadores, Paula Arkerfeld, docente de educación especial en la provincia de Buenos Aires, analizó el inicio del ciclo lectivo atravesado por paros nacionales, rechazo paritario y una profunda crisis salarial. Cuestionó tanto las políticas del gobierno nacional encabezado por Javier Milei como la administración provincial de Axel Kicillof, y advirtió sobre el deterioro de las condiciones de enseñanza, el impacto social en las escuelas y el debate pendiente sobre el modelo educativo.

LCV: ¿Cómo viene el tema en la provincia de Buenos Aires, el inicio de clases y demás?

Paula Arkerfeld: “Hoy estuvimos iniciando una jornada de paro nacional que fue muy fuerte en todo el país y también en la provincia de Buenos Aires. Mañana continuamos con una medida de fuerza porque se rechazó la oferta paritaria del gobierno de Kicillof. El miércoles va a haber una nueva reunión, pero estamos hablando de salarios que realmente nos dejan por debajo de la línea de pobreza. Estamos entre los cuatro peores salarios a nivel nacional, siendo que la provincia de Buenos Aires es la provincia más rica. Con 750.000 pesos una maestra no puede vivir, y eso nos obliga a tener otros trabajos o hacer Uber, lo que va en detrimento de la calidad educativa de los chicos.”

LCV: ¿Cómo te cayó el fragmento del discurso del presidente hablando de la importancia de la educación como un baluarte?

Paula Arkerfeld: “Yo creo que el gobierno de Milei desde el primer momento se declaró enemigo de los trabajadores y de la educación pública. Nos recortaron el salario mínimo docente nacional, que hoy está en 500.000 pesos, y convocaron a Paritaria Nacional obligados por una medida cautelar ofreciendo 0% de aumento. Es una burla y un destrato. Es un modelo donde lo que quieren es que quienes puedan pagar vayan a la escuela privada y el resto quede afuera.”

LCV: También hay familias que no pueden sostener la escuela privada y vuelven a la pública. ¿Cómo impacta eso?

Paula Arkerfeld: “Se ve cada vez más reducida la población que puede acceder a la escuela privada, pero para las grandes mayorías lo que ofrece este modelo con reforma laboral es precarización y pérdida de derechos. Nosotras nos movilizamos contra la reforma laboral porque también es una defensa de nuestros estudiantes. Damos todo para que egresen de la secundaria y no tengan ni siquiera acceso a un trabajo con derechos. Ese es el futuro que están proponiendo.”

LCV: ¿Sos maestra de grado?

Paula Arkerfeld: “Soy docente de educación especial. Todo el ajuste y el recorte en políticas de discapacidad nos atraviesa directamente. Acompañamos la lucha de los colectivos de discapacidad porque la escuela vive la crisis social de conjunto. Por eso también planteamos que las familias apoyen esta pelea, que es por los derechos de sus hijos e hijas. Muchas veces se intenta enfrentar a las familias con la docencia, pero hoy se ve más claramente que es una pelea común.”

LCV: ¿Qué pensás de los debates sobre repetición, frustración y el estado actual del sistema educativo?

Paula Arkerfeld: “Son debates muy complejos y necesitaríamos un gran congreso pedagógico para discutir qué escuela necesitamos y cómo salen hoy los pibes. La tarea pedagógica está cada vez más desdibujada porque tenemos que garantizar cuestiones básicas: juntar zapatillas, comprar útiles, ayudar a las familias. Lo hacemos porque tenemos un vínculo con la comunidad, pero en ese contexto es muy difícil abordar la tarea pedagógica como corresponde. Además, muchos chicos no acceden a una lectoescritura comprensiva, y eso también tiene que ver con condiciones materiales, alimentarias y sociales. Los recursos no están.”

LCV: ¿Es solo un problema nacional o también provincial?

Paula Arkerfeld: “Hay fondos nacionales que fueron recortados, pero también hay responsabilidad de la provincia. Hay plata y no hay decisión de ponerla donde corresponde. Estamos teniendo cierre de grados en la provincia de Buenos Aires, no es solo un tema salarial. Podríamos trabajar con grupos más reducidos para atender la complejidad actual, pero se aplican lógicas mercantiles de cantidad de alumnos por maestra. El financiamiento de infraestructura y comedores es muy escaso. En lugar de pagar deudas que benefician a grandes empresarios, necesitamos impuestos a las grandes empresas de la provincia y que esos recursos vayan a educación.”

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Crisis textil y modelo de país: Luciano Galfione advierte sobre el impacto en la industria nacional

En el marco del debate abierto tras el discurso presidencial y las recientes medidas económicas, La Columna Vertebral – Historias de Trabajadores dialogó con Luciano Galfione, referente del sector textil, sobre la situación actual de la industria nacional, el impacto de la apertura de importaciones y la reforma laboral. En esta entrevista, Galfione analiza la caída del consumo, el cierre de fábricas y el modelo de desarrollo que, según sostiene, está en juego en la Argentina.

LCV: ¿Ayer estuviste mirando el discurso del Presidente o al menos el segmento vinculado a la industria nacional?

Luciano Galfione: “No, lo estuve escuchando y me hubiese gustado oír a un Presidente más abocado a explicar sus propuestas, los desafíos que tiene la Argentina y a evaluar su gestión hasta ahora. Sin embargo, vimos a un Presidente que se dedicó a agredir y a decir que todos somos delincuentes salvo quienes piensan como él. Cuando habló del precio de la camiseta y dijo que acá una básica sale 50 dólares y afuera cinco, utilizó un ejemplo para la tribuna, pensado para quien solo escucha slogans. Me gustaría que recorra más la Argentina: quizá esos 50 dólares sean los que él paga por una camiseta de marca en un shopping o en el exterior. Cuando compra una prenda de Prada o Gucci que vale 100 dólares o más, no sé si dice que es un robo. Yo lo puedo llevar a la calle Avellaneda, en Flores, y conseguir remeras de buena calidad e industria argentina a menos de cinco dólares, hechas por trabajadores argentinos. No como esas que pueden venir de Bangladesh, donde no se respetan derechos laborales básicos, y hacia donde pareciera que vamos con la reforma laboral.”

LCV: El ministro de Economía planteó que las cámaras empresarias no estaban celebrando la reforma laboral. ¿Por qué ocurre eso?

Luciano Galfione: “Hoy ninguna cámara industrial está festejando porque estamos tratando de sostener nuestras empresas y pagar los salarios cada quincena. No tenemos tiempo para evaluar cuán buena puede ser una reforma si ni siquiera podemos pagar sueldos. ¿De qué me sirve que un trabajador me salga más barato si no tengo trabajadores? Las cámaras no pueden estar alegres cuando las fábricas están cerrando. La realidad es que el sector está atravesando una situación crítica y la prioridad es sobrevivir.”

LCV: ¿Cuál es hoy la situación concreta de la industria textil?

Luciano Galfione: “Estamos trabajando al 30% de la capacidad instalada: siete de cada diez máquinas están paradas. Cerraron más de 500 fábricas y se perdieron más de 20.000 puestos de trabajo, y cada día se suma un caso nuevo. La situación es muy compleja por dos razones principales: la caída del consumo —la gente no tiene dinero ni siquiera para alimentos, menos para ropa— y la apertura de importaciones. Además, las importaciones no bajaron los precios como se prometía. El problema de Argentina no es producir, es comerciar: lo que producimos eficientemente llega al consumidor con costos financieros altísimos, alquileres, impuestos y logística. Cuando alguien compra por plataformas del exterior, no paga cuotas con tasas del 30 o 40%, no paga alquiler de local ni prácticamente impuestos. Eso explica el precio, no una supuesta ineficiencia productiva. Y si se cuestiona la calidad, que se presenten datos técnicos, no opiniones subjetivas.”

LCV: ¿Qué modelo de país está en discusión detrás de esta coyuntura?

Luciano Galfione: “Se están destruyendo capacidades productivas, oficios e historia industrial. La industria es la que mejores salarios paga y la que más invierte en educación y tecnología. Los países centrales la defienden y la potencian. Argentina, con casi 50 millones de habitantes, no puede prescindir de la industria si quiere ser un país para muchos. No alcanza con petróleo o minería para generar empleo masivo. Tenemos que decidir qué país queremos: uno para muchos o uno para pocos. Este modelo ya lo vivimos y terminó mal. Comparémonos con Brasil, Australia, Corea del Sur o Italia, países con características similares y altamente industrializados. Aún tenemos un entramado productivo importante, pero si se pierden estas capacidades, recuperarlas lleva años y a veces es imposible. Por eso estamos trabajando con otras cámaras para visibilizar lo que está ocurriendo y que la sociedad pueda sacar sus propias conclusiones.”

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