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Miriam Lewin: “Iosi formaba parte de un grupo de espías infiltrados en donde te puedas imaginar”

Miriam Lewin, co-autora del libro “Iosi, el espía arrepentido” recientemente convertido en serie de Amazon Prime Video, pasó por La Columna Vertebral para contar cómo surgió el contacto con Iosi, el detrás de escena de la investigación y la compleja trama de espionaje existente en Argentina.

LCV: ¿Por qué eligieron escribir sobre ese tema?

-Es una larguísima historia. Alrededor del año 2002 yo estaba en Telenoche Investiga a punto de publicar la investigación sobre el padre Grassi, el cura pedófilo de la fundación Felices Los Niños con vínculos con el poder, con el empresariado, con el mundo artístico, un cura muy mediático, y lo cuento porque ya pasaron 20 años casi y hay mucha gente que está escuchando que puede no estar al tanto de lo que fue eso. Me insumía buena parte de mi tiempo, de mi trabajo. Sin embargo, al correo donde recibimos reclamos y denuncias de Telenoche Investiga, me empezó a llegar sistemáticamente un mensaje de una persona que decía tener elementos para resolver el atentado contra la AMIA, y yo pensé que se trataba de una persona que no estaba en sus cabales, que lo que quería, lo que ansiaba era tener sus 5 minutos de fama como ya me había pasado.

Había recibido mensajes de gente que decía que sabía dónde estaba la doctora Giubileo. Entonces yo desconfiaba y no tenía mucho tiempo para perder, pero un día que tenía un rato libre decidí encontrarme con esta persona. Me lo encontré en un barsucho de Constitución después de haberle avisado a mi jefe que me iba a encontrar con una persona que tenía estas características. Me preguntó si quería ir acompañada, le dije que no, y cuando llego al bar me encuentro con una persona absolutamente fuera de sí. Tartamudeaba, transpiraba, temblaba, no podía articular palabra, en principio me habló en hebreo, yo le dije que yo no hablaba hebreo a pesar de que era judía, entonces me empezó a hablar en castellano y a decirme de manera entrecortada, muy emocionado, que él había estado como miembro de un servicio de inteligencia, que no me dijo en ese momento cuál era, que había estado infiltrado en la comunidad judía, que se había hecho pasar por judío y que tenía miedo de que inconscientemente lo que él había hecho hubiera servido para organizar por lo menos el atentado contra la AMIA, me dijo en este momento. Yo me quedé fría, la verdad es que pensé que me estaba grabando con una cámara oculta porque tenía una mochila en el asiento de al lado. Yo miraba alrededor, pensaba que era una trampa, que había gente alrededor que me estaba observando. La cuestión es que yo no sabía si creerle o no, no sabía si no estaba hablando realmente con uno de los terroristas que había cometido el atentado, de qué se trataba todo esto, pero accedí a seguir encontrándome con él. No me preguntes por qué, era un instinto, la percepción de que esto podía llegar a servir. Nos encontrábamos en lugares ya preestablecidos, en general en bares, en hoteles, y él me iba largando con cuentagotas, de manera muy dificultosa y con mucha desconfianza por parte de él y por parte mía, elementos en los que relataba que poco a poco él se había ido haciendo amigo de las personas que había decidido infiltrar, los grupos sionistas, que sus jefes creían que los judíos, como dice un mito, el plan Andinia, una fábula, los judíos nos queríamos apoderar de la Patagonia para crear un segundo Estado del Israel, que éramos una amenaza, y que él poco a poco se había ido dando cuenta de que no se trataba de gente mala, no se trataba de gente peligrosa. Se había ido identificado con la gente de la comunidad a tal punto que se había enamorado perdidamente de una chica judía con la que se había casado en secreto y a la que quería recuperar.

LCV: ¿Cómo llega a convertirse en serie? ¿Cuándo reciben la oferta?

-Yo no lo conocía a Horacio Lutzky. Horacio se venía reuniendo con Iosi a quien conocía porque estaba infiltrado en la comunidad judía de Almagro donde estaba la redacción de Nueva Sion, un periódico progresista judío que Horacio dirigía, o sea que él sí lo conocía a Iosi. Cuando Iosi me presenta a Horacio, a este otro periodista y abogado judío como yo de la comunidad, yo puedo verificar que buena parte de lo que me dice era verdad. No todo, pero buena parte sí. Después de mucho tiempo se publica el libro, Iosi tiene que entrar al Programa Nacional de Protección de Testigos por una incidencia de un periodista a quien habíamos contactado con Horacio para que Iosi pudiera encontrar un ámbito donde encontrar protección y seguridad para declarar porque él no quería declarar en la justicia argentina porque desconfiaba.


“La serie también es un pedido desesperado de justicia”

SOBRE LA REPERCUSIÓN DE LA SERIE

LCV: Me da cosita coincidir con Iosi.

-Imaginate que en ese momento se estaba juzgando a la policía bonaerense que era la maniobra de encubrimiento desde la Justicia Federal y con complicidad de la conducción comunitaria. Imaginate la confianza que podía tener Iosi en su integridad física. Además, estaba convencido de que él le había pasado a su superior, una mujer como en la serie, de nombre Laura, su manipuladora, la jefa de espías, que manejaba alrededor de 30 espías infiltrados en los lugares que te puedas imaginar. Centro de estudiantes, organismos de Derechos Humanos, sindicatos, la comunidad árabe, el movimiento todos por la patria, la agencia Rodolfo Walsh. Imagínate la cantidad de agentes de la Federal que están infiltrados en distintos ámbitos. Esta mujer manejaba de una veintena, una treintena de estos agentes.

LCV: Me dan ganas de preguntarte si vos crees que ese nivel de especialización está vigente o si se ha desmantelado de alguna manera.

-Lo único que te digo es que Iosi se infiltró en la comunidad judía no en dictadura, en democracia, en 1985, y cuando yo le pregunté si el ministro Tróccoli, de quien dependía la Policía Federal, estaba al tanto de esto, él me dijo que la policía, como se ve en la serie, desconfiaba del poder político. En ese momento lo llamaban la sinagoga radical al gobierno de Alfonsín. 

LCV: Tróccoli tuvo además sus desbarranques también con el tema de los desaparecidos.

-Claro. Si vos te pones a pensar que ellos creen que son el poder permanente, como Stiusso. Pasaban los gobiernos y él permanecía.  Entonces la actitud de ellos era de profunda autonomía. Es decir, porque uno no puede pensar que un gobierno que tenía un ministro de economía judío como Grinspun creía en el plan Andinia, no, nada que ver. Los que creían en el plan Andinia, en los judíos como amenaza, eran los policías que estaban en inteligencia. 

Me preguntabas cómo se convirtió en serie. Cuando nosotros después de que Iosi entrara al programa de protección de testigos por esa traición de un colega al que le habíamos abierto la puerta del caso, pero para que nos hiciera un nexo con una organización internacional que podría interesarse en lo que tenía para decir Iosi y protegerlo. Daniel Burman, el director de cine, encontró el libro tres o cuatro días después de que se distribuyera en las librerías, en un lugar por Belgrano, y nos contactó a Lutzky y a mí y nos dijo que quería llevar esto a la pantalla, que le parecía una historia increíble y que había que contarla. Desde entonces lo que hizo Burman fue tener una verdadera militancia por obtener las condiciones para que esto se hiciera realidad. Vos calculá que nos contactó en diciembre del 2015 y que recién ahora hace un mes se estrena Iosi, o sea que pasó muchísima agua bajo el puente. 

LCV: El personaje el actor que hace de Iosi es un descubrimiento total ¿Cómo es el nombre?

-Se llama Gustavo Bassani y viene del teatro. Es un actor joven y talentosísimo. Los talentos de estos directores se juntaron para hacer este exitazo donde además está Alejandro Awada, donde además está Carlos Belloso.

LCV: ¿Empezaron a escribir la segunda temporada?

-No, ya la están grabando. Lo anunció Amazon, están grabando la segunda temporada en este momento y yo calculo que si todo sale bien se estrenará antes del año que viene, porque en general viste que pasa con las series que vos te quedas colgado y después tenés que esperar un año. Esperamos que esto tenga otro tipo de repercusión, no solo artística; es un pedido desesperado de justicia. Tenemos dos atentados, el de la embajada Israel que también aparece fuertemente, también el involucramiento de la Federal y el atentado contra la AMIA con más de 100 muertos y sin justicia. Esto no puede continuar así.

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Erika Lederer:“La única memoria completa es que digan dónde están los cuerpos”

En la antesala de un nuevo 24 de marzo, Erika Lederer —poeta, abogada y cofundadora de Historias Desobedientes— reflexiona sobre el sentido de la memoria en la Argentina actual. Hija de un represor que actuó en Campo de Mayo, su testimonio interpela desde un lugar singular: el de quienes decidieron romper el pacto de silencio familiar para transformar el dolor en acción. En esta entrevista con LCV, cuestiona el uso del concepto de “memoria completa”, reivindica la apertura de archivos y la búsqueda de identidad, y llama a sostener una memoria activa, colectiva y comprometida con la justicia.

Erika Lederer: Exacto, necesitamos masividad en las calles. En relación a la pregunta: yo soy cofundadora de Historias Desobedientes. Surgimos alrededor de 2017, cuando se intentó aplicar el 2×1 y la Corte Suprema lo avaló. En ese momento, en las calles se dijo de manera masiva que no. Eso es lo que esperamos también ahora.

¿Qué entiendo por “memoria completa”? Es muy sencillo: la única memoria completa es que se abran los archivos. La única memoria completa es que los genocidas que siguen vivos y que no fueron alcanzados por la llamada “impunidad biológica” digan dónde están los cuerpos, digan dónde están los chicos —hoy adultos— cuya identidad todavía no fue recuperada. Esa es la única memoria completa.

LCV: Estoy totalmente de acuerdo, incluso con el recorte histórico que hacés, que no empieza en el ’76. Recién hablábamos del decreto 20.840 de 1974, que ya sentaba bases legales e ideológicas para lo que vino después.

Nos queda poco tiempo, así que quiero que me cuentes: ¿quién sos?, ¿quién era tu papá? ¿Y por qué sos desobediente?

Erika Lederer: Yo soy Erika Lederer, poeta —y después, en segundo lugar, abogada—. Mi padre era Ricardo Lederer, que fue el segundo jefe de la maternidad clandestina de Campo de Mayo. Era quien asistía los partos de mujeres cuyos hijos todavía buscamos. Luego esas mujeres eran parte de los mal llamados “traslados”, es decir, los vuelos de la muerte.

LCV: ¿En qué momento tomás conciencia de lo que hacía tu padre?

Erika Lederer: Una cosa es saber que era militar, médico militar, verlo con uniforme, saber que fue carapintada. Todo eso ya te da una primera conciencia. Pero llegar a caracterizar a tu propio padre como genocida es un proceso paulatino. Va acompañado de una toma de conciencia sobre lo que pasa alrededor, no solo sobre quién era él, sino sobre la realidad en la que vivís.

LCV: ¿Todavía duele?

Erika Lederer: Sí, y va a doler siempre. Pero en 2017 escribí un artículo que se llamaba “Del dolor a la acción”. Duele, pero no me deja inmovilizada. No me deja atrapada en un trauma. Quiero salir del dolor, ser un sujeto activo en la construcción de la memoria colectiva y levantar las banderas de los compañeros desaparecidos. Ellos peleaban por un mundo más justo, y yo quiero insertarme en esa lucha por un mundo mejor.

LCV: ¿Cómo se procesa esto dentro de la familia?

Erika Lederer: Cuando uno rompe con esa lógica —que yo llamo lógica mafiosa de clanes—, porque hubo crímenes y un pacto de silencio, no es fácil. Hablar implica romper ese pacto que impera en estas familias. Pero no quiero quedarme en eso; para eso escribo poesía también. Mi intención es poder ser una voz que amplifique la potencia que tenemos como sociedad para hacer otra cosa, para seguir luchando por esas banderas.

LCV: Te agradezco muchísimo que hayas venido, aunque sea por unos minutos. Si te parece, la semana que viene seguimos con más tiempo. Es muy importante el relato en primera persona: genera empatía, le pone identidad a la historia.

Erika Lederer: Sí, totalmente. Mi intención es que mi voz transmita un mensaje: que nos atrevamos a pensar distinto, a confrontar el estado de cosas. Hay un giro global hacia la derecha que tenemos que interpelar, incluso de manera internacionalista. Invito a que nos animemos a pensar de otro modo y a cambiar el mundo.

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Alejandro Cohen Arazi: “La historia de la CONADEP también la hicieron trabajadores anónimos”

El director y documentalista Alejandro Cohen Arazi pasó por La Columna Vertebral-Historias de Trabajadores para presentar Conadepianos, una película que recupera los testimonios de quienes trabajaron en la CONADEP durante los primeros años de la democracia. Con una mirada centrada en la clase trabajadora, el film busca correrse del relato tradicional y poner el foco en quienes escucharon, registraron y sostuvieron el proceso en el día a día.

LCV: ¿Qué es la CONADEP? Le cuento a la gente, porque tenemos oyentes jóvenes y de todas partes del mundo.

Alejandro Cohen Arazi: La CONADEP es una comisión que se crea en 1983 para reunir testimonios que permitieran construir una causa contra la Junta Militar. Ya desde su origen implicaba una enorme valentía política: llevar adelante los juicios.

Se eligió a un grupo de notables —personas reconocidas que habían tenido un rol durante la dictadura— para encabezar ese trabajo. Pero detrás de ellos había una enorme cantidad de trabajadores y voluntarios, muchos muy jóvenes, que recibían denuncias todos los días y escuchaban cosas muy duras.

LCV: Sobre esa base hacés un documental. ¿Por qué?

Alejandro Cohen Arazi: La historia surge con mi hermano Juan. Él estaba investigando otro tema y encontró en el Archivo Nacional de la Memoria entrevistas a trabajadores de la CONADEP.

No era lo que buscaba, pero vio que había algo muy potente ahí: testimonios de personas que contaban el trabajo cotidiano. Entonces dijimos: hay una historia para contar.

Todos tenemos una idea del Nunca Más asociada a figuras como Sábato o Magdalena Ruiz Guiñazú, pero estas entrevistas muestran que había un grupo enorme de personas que fueron quienes realmente hicieron ese trabajo.

LCV: ¿Cómo se seleccionaban esos trabajadores? ¿Eran voluntarios, gente del Estado?

Alejandro Cohen Arazi: Había de todo. Al principio eran empleados del Ministerio del Interior, pero rápidamente se dieron cuenta de que no alcanzaba.

También se sumó gente de organismos de derechos humanos y muchos voluntarios. Había personas que leían en el diario que existía la CONADEP y se acercaban para dar una mano.

LCV: ¿Se necesitaba algún requisito en particular?

Alejandro Cohen Arazi: Básicamente, saber leer, escribir y tener empatía. No existía todavía la figura del trabajador de la memoria o de derechos humanos como hoy.

Había que sentarse frente a alguien que venía a contar una experiencia terrible, y para eso hacía falta una enorme sensibilidad.

LCV: Estamos hablando de un contexto muy cercano a la dictadura…

Alejandro Cohen Arazi: Sí, y con mucha incertidumbre. Nadie sabía cuánto iba a durar la democracia. Veníamos de décadas de golpes militares, entonces la pregunta era inevitable.

LCV: Y además del impacto emocional, había riesgos…

Alejandro Cohen Arazi: Sí, lo vivían con mucho temor. Recibían amenazas, había llamados intimidatorios, incluso amenazas de bomba en el edificio.

No eran ingenuos: sabían perfectamente en qué se estaban metiendo.

LCV: ¿Tuviste dificultades para financiar la película?

Alejandro Cohen Arazi: Sí, es un documental hecho con presupuesto cero. No pedimos apoyo institucional.

Trabajamos con material del Archivo Nacional de la Memoria y con nuestro propio esfuerzo. Hicimos una campaña con gente cercana para poder cubrir gastos básicos.

LCV: Tenés una trayectoria marcada por este tipo de enfoque…

Alejandro Cohen Arazi: Sí, todos mis trabajos tienen el foco en la clase trabajadora. Incluso en documentales anteriores, como uno sobre call centers, me interesaba mostrar esas realidades invisibilizadas.

LCV: En medio de tantas discusiones políticas sobre ese período, ¿qué lugar ocupa la CONADEP?

Alejandro Cohen Arazi: Más allá de las discusiones, fue un hito fundamental de la democracia argentina.

Se hizo en un contexto de muchísimas presiones, con un margen de maniobra muy limitado, pero se logró. Y lo que se logró es histórico.

LCV: ¿Dónde se puede ver la película?

Alejandro Cohen Arazi: Hay funciones en el Cine Gaumont, en la Sala Norita Cortiñas y también en la Sala Lúcida, en Saavedra, en los próximos días.

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Carta desde el País del Nomeacuerdo, por Hernán López Echagüe

Publicado en la revista Humor, diciembre de 1990

Che, me olvidaba de algo. Hubo una época en que las personas se pusieron a desaparecer, de pronto, de la noche a la mañana. Sin pausa. Cientos y cientos de personas de toda edad que se ponían a no estar nunca más. Y los ojos de los vecinos no percibían nada. Y las bocas de los vecinos parecían bocas sin fundamento, o quizá con fundamento no más que para abrirlas y tragar fideos italianos, galletas alemanas, quesos franceses. ¡Vinos de Portugal por dos mangos! Había mazapán en las venas. ¿Te acordás? ¿Te acordás del general Acdel Edgardo Vilas? Decía el tipo: “Los mayores éxitos los conseguimos entre las dos y las cinco de la mañana, la hora en que el subversivo duerme (…) Yo respaldo incluso los excesos de mis hombres si el resultado es importante para nuestro objetivo”. ¿Te acordás? ¿No? Pero quizá te acuerdes del general Ibérico Saint-Jean que, entre otras cosas, se hizo famoso por su frase: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos”. O del general Jorge Rafael Videla: “En la Argentina morirán todos los que sean necesarios para acabar con la subversión”. Años más tarde, ya en democracia, al amparo del indulto que le había obsequiado Menem y en tanto se mojaba el garguero con whisky importado durante una cena de camaradería, Videla celebró la matanza, y, con aires de asesino ocurrente, soltó: “La sociedad argentina tendría que habernos pagado por los servicios prestados”.

Luego, a partir de diciembre de 1983, la historia incontrastable del exterminio selectivo que habían tramado los militares con toda meticulosidad cobró vida a partir de relatos de toda naturaleza: jurídico, periodístico, novelesco, televisivo, cinematográfico. Supongo que te acordarás de La historia oficial, también del Nunca más, y, desde luego, del histórico juicio a las Juntas. Fueron años de dolorosas e interminables reconstrucciones. Que a Esteban se lo llevaron de su lugar de trabajo una tarde, a los golpes; que a Cristina, que estaba embarazada, la sorprendieron en la calle, la ocultaron en alguna catacumba, la asistieron en el parto, le robaron el hijo y después la asesinaron; en la casa de Jon, que de la vida no esperaba más que recibirse de ingeniero, casarse y tener un par de hijos, el grupo de Tareas se instaló a lo largo de una semana… Y ya no están, nunca más volverán a estar.

A partir de diciembre de 1983 el dolor se transformó en cifras: más de cuatro mil desaparecidos en 1976; trescientos cuarenta y dos por mes; once cada día. Más de tres mil en 1977; doscientos treinta y ocho por día… Cifras y más cifras. Contados cuerpos. Personas que nunca jamás volvieron a aparecer. Y ahora los ojos han vuelto a cerrarse, los oídos a enlodarse, las bocas a callar.

En fin, no era mi propósito amargarte. Pero el País del Nomeacuerdo es hoy una realidad ineluctable.

Otro abrazo.

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