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Miriam Lewin: “Iosi formaba parte de un grupo de espías infiltrados en donde te puedas imaginar”

Miriam Lewin, co-autora del libro “Iosi, el espía arrepentido” recientemente convertido en serie de Amazon Prime Video, pasó por La Columna Vertebral para contar cómo surgió el contacto con Iosi, el detrás de escena de la investigación y la compleja trama de espionaje existente en Argentina.

LCV: ¿Por qué eligieron escribir sobre ese tema?

-Es una larguísima historia. Alrededor del año 2002 yo estaba en Telenoche Investiga a punto de publicar la investigación sobre el padre Grassi, el cura pedófilo de la fundación Felices Los Niños con vínculos con el poder, con el empresariado, con el mundo artístico, un cura muy mediático, y lo cuento porque ya pasaron 20 años casi y hay mucha gente que está escuchando que puede no estar al tanto de lo que fue eso. Me insumía buena parte de mi tiempo, de mi trabajo. Sin embargo, al correo donde recibimos reclamos y denuncias de Telenoche Investiga, me empezó a llegar sistemáticamente un mensaje de una persona que decía tener elementos para resolver el atentado contra la AMIA, y yo pensé que se trataba de una persona que no estaba en sus cabales, que lo que quería, lo que ansiaba era tener sus 5 minutos de fama como ya me había pasado.

Había recibido mensajes de gente que decía que sabía dónde estaba la doctora Giubileo. Entonces yo desconfiaba y no tenía mucho tiempo para perder, pero un día que tenía un rato libre decidí encontrarme con esta persona. Me lo encontré en un barsucho de Constitución después de haberle avisado a mi jefe que me iba a encontrar con una persona que tenía estas características. Me preguntó si quería ir acompañada, le dije que no, y cuando llego al bar me encuentro con una persona absolutamente fuera de sí. Tartamudeaba, transpiraba, temblaba, no podía articular palabra, en principio me habló en hebreo, yo le dije que yo no hablaba hebreo a pesar de que era judía, entonces me empezó a hablar en castellano y a decirme de manera entrecortada, muy emocionado, que él había estado como miembro de un servicio de inteligencia, que no me dijo en ese momento cuál era, que había estado infiltrado en la comunidad judía, que se había hecho pasar por judío y que tenía miedo de que inconscientemente lo que él había hecho hubiera servido para organizar por lo menos el atentado contra la AMIA, me dijo en este momento. Yo me quedé fría, la verdad es que pensé que me estaba grabando con una cámara oculta porque tenía una mochila en el asiento de al lado. Yo miraba alrededor, pensaba que era una trampa, que había gente alrededor que me estaba observando. La cuestión es que yo no sabía si creerle o no, no sabía si no estaba hablando realmente con uno de los terroristas que había cometido el atentado, de qué se trataba todo esto, pero accedí a seguir encontrándome con él. No me preguntes por qué, era un instinto, la percepción de que esto podía llegar a servir. Nos encontrábamos en lugares ya preestablecidos, en general en bares, en hoteles, y él me iba largando con cuentagotas, de manera muy dificultosa y con mucha desconfianza por parte de él y por parte mía, elementos en los que relataba que poco a poco él se había ido haciendo amigo de las personas que había decidido infiltrar, los grupos sionistas, que sus jefes creían que los judíos, como dice un mito, el plan Andinia, una fábula, los judíos nos queríamos apoderar de la Patagonia para crear un segundo Estado del Israel, que éramos una amenaza, y que él poco a poco se había ido dando cuenta de que no se trataba de gente mala, no se trataba de gente peligrosa. Se había ido identificado con la gente de la comunidad a tal punto que se había enamorado perdidamente de una chica judía con la que se había casado en secreto y a la que quería recuperar.

LCV: ¿Cómo llega a convertirse en serie? ¿Cuándo reciben la oferta?

-Yo no lo conocía a Horacio Lutzky. Horacio se venía reuniendo con Iosi a quien conocía porque estaba infiltrado en la comunidad judía de Almagro donde estaba la redacción de Nueva Sion, un periódico progresista judío que Horacio dirigía, o sea que él sí lo conocía a Iosi. Cuando Iosi me presenta a Horacio, a este otro periodista y abogado judío como yo de la comunidad, yo puedo verificar que buena parte de lo que me dice era verdad. No todo, pero buena parte sí. Después de mucho tiempo se publica el libro, Iosi tiene que entrar al Programa Nacional de Protección de Testigos por una incidencia de un periodista a quien habíamos contactado con Horacio para que Iosi pudiera encontrar un ámbito donde encontrar protección y seguridad para declarar porque él no quería declarar en la justicia argentina porque desconfiaba.


“La serie también es un pedido desesperado de justicia”

SOBRE LA REPERCUSIÓN DE LA SERIE

LCV: Me da cosita coincidir con Iosi.

-Imaginate que en ese momento se estaba juzgando a la policía bonaerense que era la maniobra de encubrimiento desde la Justicia Federal y con complicidad de la conducción comunitaria. Imaginate la confianza que podía tener Iosi en su integridad física. Además, estaba convencido de que él le había pasado a su superior, una mujer como en la serie, de nombre Laura, su manipuladora, la jefa de espías, que manejaba alrededor de 30 espías infiltrados en los lugares que te puedas imaginar. Centro de estudiantes, organismos de Derechos Humanos, sindicatos, la comunidad árabe, el movimiento todos por la patria, la agencia Rodolfo Walsh. Imagínate la cantidad de agentes de la Federal que están infiltrados en distintos ámbitos. Esta mujer manejaba de una veintena, una treintena de estos agentes.

LCV: Me dan ganas de preguntarte si vos crees que ese nivel de especialización está vigente o si se ha desmantelado de alguna manera.

-Lo único que te digo es que Iosi se infiltró en la comunidad judía no en dictadura, en democracia, en 1985, y cuando yo le pregunté si el ministro Tróccoli, de quien dependía la Policía Federal, estaba al tanto de esto, él me dijo que la policía, como se ve en la serie, desconfiaba del poder político. En ese momento lo llamaban la sinagoga radical al gobierno de Alfonsín. 

LCV: Tróccoli tuvo además sus desbarranques también con el tema de los desaparecidos.

-Claro. Si vos te pones a pensar que ellos creen que son el poder permanente, como Stiusso. Pasaban los gobiernos y él permanecía.  Entonces la actitud de ellos era de profunda autonomía. Es decir, porque uno no puede pensar que un gobierno que tenía un ministro de economía judío como Grinspun creía en el plan Andinia, no, nada que ver. Los que creían en el plan Andinia, en los judíos como amenaza, eran los policías que estaban en inteligencia. 

Me preguntabas cómo se convirtió en serie. Cuando nosotros después de que Iosi entrara al programa de protección de testigos por esa traición de un colega al que le habíamos abierto la puerta del caso, pero para que nos hiciera un nexo con una organización internacional que podría interesarse en lo que tenía para decir Iosi y protegerlo. Daniel Burman, el director de cine, encontró el libro tres o cuatro días después de que se distribuyera en las librerías, en un lugar por Belgrano, y nos contactó a Lutzky y a mí y nos dijo que quería llevar esto a la pantalla, que le parecía una historia increíble y que había que contarla. Desde entonces lo que hizo Burman fue tener una verdadera militancia por obtener las condiciones para que esto se hiciera realidad. Vos calculá que nos contactó en diciembre del 2015 y que recién ahora hace un mes se estrena Iosi, o sea que pasó muchísima agua bajo el puente. 

LCV: El personaje el actor que hace de Iosi es un descubrimiento total ¿Cómo es el nombre?

-Se llama Gustavo Bassani y viene del teatro. Es un actor joven y talentosísimo. Los talentos de estos directores se juntaron para hacer este exitazo donde además está Alejandro Awada, donde además está Carlos Belloso.

LCV: ¿Empezaron a escribir la segunda temporada?

-No, ya la están grabando. Lo anunció Amazon, están grabando la segunda temporada en este momento y yo calculo que si todo sale bien se estrenará antes del año que viene, porque en general viste que pasa con las series que vos te quedas colgado y después tenés que esperar un año. Esperamos que esto tenga otro tipo de repercusión, no solo artística; es un pedido desesperado de justicia. Tenemos dos atentados, el de la embajada Israel que también aparece fuertemente, también el involucramiento de la Federal y el atentado contra la AMIA con más de 100 muertos y sin justicia. Esto no puede continuar así.

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Una historia de zapateros, por Liselotte Leiser de Nesviginsky

Tengo 94 años, nací en Berlín, en una familia judía que era dueña de una importante cadena de zapaterías y llegué a la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial. Soy viuda luego de haber estado casada más de 50 años con un hombre extraordinario, buen compañero de vida y aventuras. Mi único hijo se llama Jorge, 58 años. Soy, también, una sobreviviente del nazismo. Claro que ese calificativo no alcanzaría para definirme como persona, pero creo que es una forma posible de empezar a presentarme. Voy a ir por partes.

La cadena de zapaterías de mi familia, “Leiser”, llevaba nuestro apellido y tenía más de treinta y cinco sucursales. Para el año 1933 aproximadamente estuvo de visita en uno de nuestros negocios Alberto Enrique Grimoldi, el conocido fabricante argentino de zapatos, hijo a su vez de quien fundó esa empresa en 1895.Alberto había venido para aprender en los negocios de mi familia todo lo relacionado con la atención al cliente, la venta de calzado al público, la comercialización delproducto.Recuerdo como si fuera hoy que Alberto se sentó en banquito de madera de esos que se usaban entonces para ver en detalle, en vivo y en directo como se dice ahora, el procedimiento que utilizaban los vendedores de la firma. Ninguno de nosotros podía imaginar la importancia que tendría ese hombre que de tal modo se cruzó con nuestras vidas para siempre. Pasaron los años y la oscura estrella de Hitler siguió ascendiendo en una Alemania que se volvía cada vez más peligrosa y temible.

En el año 33 la cadena Leiser, cuyas fotografías pueden verse hoy en el Centro Conmemorativo del Holocausto de Montreal, fue “arianizada” y, como consecuencia de ese despojo cruel y racista, mi familia fue obligada a “asociarse” en forma compulsiva con una persona no judía y así pasar el negocio a manos “arias”. En noviembre de 1938 se produjo la tristemente célebre noche de los cristales rotos, esa que quedó en la historia de Alemania con el nombre de Kristallnacht. A partir de ese episodio vinieron ataques permanentes y cada vez más duros contra los judíos con persecuciones de todo tipo. Sin ir más lejos, ya unos años antes, yo asistía a un liceo de señoritas hasta que a la edad de catorce años fui notificada por una profesora diciéndome, con una sonrisa entre cínica y fría, pero también como un alerta de lo que se venía, que debía buscar inmediatamente otro lugar ya que por ser judía no podría continuar estudiando en ese liceo.

Cuando la situación se volvió intolerable para todos nosotros, mis padres decidieron viajar conmigo desde Berlín a Holanda procurando buscar un lugar más seguro y tranquilo.

Recuerdo ese momento crítico y angustiante con el mayor detalle que mi débil memoria permite. Íbamos a embarcarnos, creo, en un avión de la línea Lufthansa. En la aduana los SS nos desnudaron por completo para comprobar que no lleváramos joyas escondidas en el cuerpo. Así era la vida entonces. En Amsterdam mi familia poseía también una cadena de zapaterías conocida como Huff, no tan grande como la de Alemania, pero igualmente importante y prestigiosa. En el nuevo destino no disfrutamos de la suerte esperada. En mayo de 1940 también ese país fue invadido y ocupado por los nazis. Ante el riesgo de perder también los negocios en Amsterdam se produjo la segunda y milagrosa intervención de Grimoldi, quien se hizo cargo de la cadena en Holanda mediante una operación comercial obviamente ficticia y con la promesa de devolver el patrimonio recibido no bien terminara la Guerra. Un verdadero pacto de caballeros. También aunque yo era muy joven para conocer el detalle sé que cuando mi familia aún estaba en Alemania le envió dinero a él con la sola promesa de palabra de que luego lo devolvería.

Y así fue. A veces me preguntan por qué mi familia confió tanto en Grimoldi. La respuesta es mucho más simple de lo que podría suponerse. Mis padres decidieron asumir el riesgo y, así, aferrarse a la promesa de ese hombre que, en un mundo que se les caía encima, les generaba confianza. A veces en la vida hay que dar un espacio a los valores permanentes de la condición humana.Lo que pasó después es algo muy triste de contar y evocar para mí. Un día, a las seis de la mañana yo estaba parada y como perdida en la puerta de nuestra casa en Amsterdam; en la noche anterior había salido a bailar con unos amigos en un bar de las cercanías cuando llegaron los de la Gestapo. Debo advertir que un poco antes de eso, en un último y desesperado intento de prevención y anticipo de la tragedia inminente, mi familia obtuvo a cambio de una fuerte suma de dinero pasaportes costarricenses.

Fueron otorgados por el conde Rautenberg, cónsul por entonces de ese país centroamericano. Me animo a decir que la posesión de esos documentos que nos brindaron la ciudadanía de un país que jamás conocimos nos salvó la vida. Y no exagero. De no contar con ellos nuestro destino seguro eran las cámaras de gas de Auschwitz.

Pero aún con esa ventaja adicional nos llevaron primero a un colegio grandote donde dormíamos en el piso en condiciones muy precarias y finalmente terminamos alojados en el campo de concentración de Westerbork, un lugar de tránsito en realidad. Fue el mismo donde estuvo Ana Frank, la autora del famoso diario íntimo, antes de ser trasladada a Auschwitz para matarla como ya lo habían hecho los nazis con una tía mía, su esposo y su pequeña hija. En Westerbork dormíamos en barracas ruinosas y fuimos tratados como animales o menos que eso. De un lado pusieron a los hombres y del otro a las mujeres. Hacíamos nuestras necesidades en letrinas asquerosas, simples agujeros cavados en el piso, y nos limpiábamos con papel de diario cuando había. Las camas, de dos o tres pisos de alto, eran de hierro y con colchones de paja. Por las mañanas nos lavábamos como podíamos en los mismos bebederos que se usaban para el ganado. Tengo de esa época un recuerdo insignificante pero, quién sabe por qué, muy importante para mí. Secretamente me hice una almohadita rellena con crines de caballo que llevé y usé en todos los lugares por donde anduve en la vida. Aún hoy la conservo.Dentro de todo, y en comparación con los demás, tuve suerte porque una prima mía ya estaba en el campo y se había hecho amiga de uno de los médicos que trabajaban ahí. Si no me equivoco se trataba del doctor Spanier, también judío y obligado a trabajar como todos en el hospital del lugar. Yo, usando un brazalete que todavía conservo al igual que la estrella amarilla que nos obligaban a llevar en todo momento, trabajé en el hospital como cocinera. Para alimentar a mis padres y a otras personas juntaba a escondidas viejas cáscaras de papas, zanahorias o batatas y con eso, más algunos huesos que encontraba por ahí, preparaba una especie de sopa horrible que sin embargo sirvió de alimento para muchos.

Lo que sigue a esta historia tiene que ver con la ansiada liberación. Llegó al lugar una autoridad de la cancillería alemana y constató la autenticidad de nuestros pasaportes costarricenses. Hacia 1944 nos trasladaron entonces a un campo de refugiados en Francia llamado la Bourboule. Una semana después se produjo el desembarco en Normandía y, qué emoción me da contarlo ahora, nos abrazamos todos llorando y corrimos hacia los alambrados de púas, los cortamos casi con los dientes y gritamos la palabra libertad, libertad, libertad, una, dos, cien veces. Una nueva vida empezaba para mí en ese instante.

Y lo vivido entonces fue> inolvidable para mí, para mis padres y para las demás víctimas judías o de otro origen que habían conseguido sobrevivir a una vida espantosa en el mejor de los casos . o a una muerte segura. Dado que conocíamos a gente amiga y familiares en Uruguay nos embarcamos hacia ese país, más precisamente a Montevideo, donde, en el barrio de Pocitos, permanecimos alojados durante aproximadamente nueve meses en una pensión. Queríamos ingresar a la Argentina pero eso no parecía posible por razones políticas: sabemos que la Argentina puso trabas para la inmigración de los judíos durante esa época.

Es entonces cuando se produce la tercera y nuevamente milagrosa aparición de Alberto Enrique Grimoldi, a quien por supuesto no olvidábamos. Él tenía contactos a diferentes niveles gubernamentales de Argentina y actuó como garante personal para permitir nuestra llegada a este país. Parece que le dijo al gobierno, presidido entonces por Perón, que nuestro conocimiento era fundamental para potenciar sus planes en la empresa. Acto seguido Grimoldi devolvió a mi familia el dinero y todo el patrimonio de los negocios de Holanda que habían quedado a su nombre, un gesto que mi familia conoce muy bien y que rescato en mi memoria como un tesoro inapreciable y eterno. Es curioso lo que pasó después o… lo que no pasó.

Junto a mi marido me dediqué a la actividad turística, llegamos a organizar el primer contingente de viajeros argentinos a la Antártida, la vida siguió su curso. Pero lo cierto es que finalmente perdí todo contacto con los Grimoldi. Alcancé a saber que el hombre que nos había ayudado tanto en momentos de grave riesgo para mi familia había muerto si no me equivoco en 1953. Todo lo vivido pareció entonces perderse para siempre en el olvido.

Encuentro de Liselotte Leiser y Alberto Grimoldi en un histórico encuentro

Un día, no sé por qué, me puse en campaña junto a Virginia, una gran amiga y asistente, para ubicar a los Grimoldi. Fue como querer retomar en parte el hilo que se había roto. Ayudó en tal sentido un artículo aparecido en un diario donde se mencionaba a esa familia y su historia con algún detalle. Virginia, bastante más moderna que yo en el manejo de Internet y esas cosas, se ingenió para dar con Grimoldi hijo, el actual presidente gerente de la empresa. Le enviamos juntas un mensaje electrónico y así se retomó el vínculo. Fui invitada a una reunión convocada en la fábrica con toda la familia para que yo contara el comportamiento que tuvo Alberto con nosotros. Eso fue muy emocionante para todos. Lo que dije en ese encuentro lo repito ahora. Ojalá todos los hombres actuaran como lo hizo Grimoldi. Su hijo, Alberto Luis, es el actual presidente y gerente de la empresa y más allá de eso es, debo decirlo con todas las letras, un amigo permanente de la familia que nunca se olvida de nosotros. Tengo 94 años y pese a todo lo pasado y sufrido estoy feliz de estar aún en el mundo.

  • Liselotte, conocida como Lilo, murió en diciembre de 2013. Tres años antes logró reencontrar a la familia Grimoldi que la había salvado del nazismo. Su historia fue publicada en el diario Clarín en el año de su muerte.

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Ex trabajadores de Cresta Roja cortaron la autopista Ezeiza-Cañuelas reclamando reunión con funcionarios

Ex trabajadores de la empresa Cresta Roja cortaron este jueves por la mañana la autopista Ezeiza – Cañuelas a la altura de la localidad bonaerense de Esteban Echeverría en reclamo de que funcionarios den una respuesta a un conflicto que lleva años y salven miles de puestos de trabajo.

“Nuestro pedido es que nos reciban los funcionarios de la Nación y de la Provincia para que escuchen nuestro reclamo. La propuesta que tenemos para que Cresta Roja vuelva operar al 100 x 100”, explicó Darío Sánchez, uno de los trabajadores damnificados.

Cresta Roja se había convertido en símbolo de las políticas de Mauricio Macri, luego de que el ex mandatario anunciara en la planta de El Jagüel el veto a la ley antidespidos, cuando más de 2000 trabajadores de la firma se encontraban luchando por su reincorporación.

Luego de pasar por la gestión de diversos grupos empresarios, Granja Tres Arroyos se quedó con la firma a principios de 2018. Cientos de trabajadores fueron despedidos y reprimidos en protestas por la Bonaerense de la por entonces gobernadora María Eugenia Vidal.

Casi cuatro años después de los despidos, la formación de una cooperativa parecía ser el final feliz de un conflicto que había amenazado el ingreso de miles de familias. Hace aproximadamente dos años, Eduardo Murúa, director del por entonces flamante Registro Nacional de Empresas Recuperadas, se había reunido con los ex trabajadores de Cresta Roja para avanzar en “una mesa de trabajo para encontrar la solución a un conflicto que lleva ya tantos años”.

Hoy, los trabajadores siguen reclamando que la mesa de solución se concrete para dar fin al conflicto y puedan producir normalmente. En febrero de 2022, los despedidos contaron con un importante aval judicial: la fiscal ante la Cámara en lo Comercial Gabriela Boquín dictaminó a favor de los trabajadores de la cooperativa y pidió a la Cámara de Apelaciones que declare la nulidad de la venta de la empresa avícola realizada durante el macrismo. A su vez, libró oficios para que los exfuncionarios macristas que participaron en las negociaciones sean investigados por su presunto aprovechamiento de la situación en la que se encontraba la empresa a principios de 2016.

Según la denuncia respaldad por la fiscal, la venta entre tres Arroyos y Proteinsa se hizo a pesar de que una serie de condiciones y circunstancias nunca se cumplieron. Entre ellos, estuvo el compromiso de pagar el 100 por ciento de los salarios e indemnizaciones adeudadas y la garantía de que quienes estaban trabajando -en aquel momento, ya ocurridos despidos iniciales- no serían desvinculados. 

 “Se aplica una excesiva rigurosidad para imponer reglas concursales a la cooperativa de trabajo que denuncia el fraude, pero se conceden excepciones a quien es la mayor responsable de que (los trabajadores) no hayan cobrado íntegramente sus créditos”, advirtió la fiscal. Además, señaló que existen “indicios graves, serios y contundentes que indicarían la existencia de un fraude”, por lo que solicitó que esa venta de Cresta Roja sea declarada nula.

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Muere un obrero en Vaca Muerta | Petroleros realizan paro de 24 horas

Víctor Vázquez, petrolero de Vaca Muerta, murió este 22 de junio a sus 32 años mientras realizaba una maniobra sin inspectores presentes en un nuevo pozo de YPF en Barda del Medio, al norte de Río Negro. Según informaron, la muerte se dio tras el golpe de una válvula o una llave, en tanto que su compañero Hugo Rodríguez sigue en observación por inhalar gases y presenciar la muerte de su compañero. Ya son 11 los trabajadores de Vaca Muerto fallecidos en los últimos cuatro años.

Debido a esto, el Sindicato de Petróleo y Gas Privado de Río Negro y Neuquén convocó a una huelga de 24 horas para reclamar por una muerte que podría haber sido evitada si la maniobra se realizaba durante el día y bajo la mirada de inspectores, según explicaron desde el gremio.

Marcelo Rucci, secretario general del sindicato, indicó que “hay una familia destrozada” y manifestó que desde su sector están denunciando hechos de inseguridad en Río Negro y Neuquén hace un largo rato. “En Río Negro la única respuesta que hemos tenido es la intervención de la justicia tratando de que nosotros no avancemos con el tema de la seguridad”, afirmó Rucci.

Mariano Aiassa, dueño de la contratista Rakiduamn que se encarga de la operación, aseguró que todos los materiales estaban certificados y montados de acuerdo a la ingeniería, y que la válvula que provocó la muerte de Vázquez había sido reemplazada tiempo atrás por mantenimiento.

Rucci puntualizó que el sindicato realizó una presentación en el Ministerio de Trabajo de la Nación para que se ponga en marcha una Comisión de Condiciones y Medio Ambiente de Trabajo bilateral, pero nunca fueron convocados. De hecho, la respuesta ante cada intento de inspeccionar las distintas empresas es inversa: los dirigentes y delegados terminan siendo denunciados por los abogados de las compañías.

En relación a esto, el sindicato denunció que “dirigentes petroleros están siendo perseguidos por el Poder Judicial de la provincia de Río Negro producto de las inspecciones de seguridad e higiene que el sindicato ha realizado sistemáticamente en las empresas que no cumplen con la normativa provincial y nacional”.

11 MUERTOS EN CUATRO AÑOS

La muerte de Vázquez se suma a una larga lista de trabajadores fallecidos en Vaca Muerta en tan solo cuatro años. En 2019, Cristian Baeza y Maximiliano Zappia murieron mientras trabajaban en Fortín de Piedra. Baeza cayó en un tanque rudimentario “sin protecciones, señalizaciones ni elementos que evitaran ese mortal accidente”, denunció en su momento la familia, en tanto que Zappia murió intentando rescatar a su compañero.

César Poo falleció el 4 de febrero de 2018, en Agua Salada, a pocos kilómetros de Catriel (donde Rucci asegura que los delegados están siendo perseguidos por denunciar irregularidades), cuando realizaba tareas en un equipo de perforación. El operario era parte del equipo de la empresa contratista Ensign, que brindaba servicios para la firma Tecpetrol.

Julio César Sánchez murió el 22 de mayo del 2018 aplastado por una piedra cuando llevaba a cabo trabajos para el área El Mangrullo, como operario de la firma UGA, tercerizada por Pampa Energía. 

En julio de 2018 perdió la vida Daniel Torres, luego de permanecer internado con severas quemaduras; realizaba trabajos para la firma Omega, en Añelo. Y en agosto murió Miguel Ángel Chocala Fernández, empleado de la empresa Nabors (Yacimiento de El Chañar).

Mauricio Segura ingresó a trabajar por primera vez en el sector petrolero en agosto de 2018. Tres meses después murió.

A esta lista de muertes obreras se suman los nombres de Ariel Marcelino Sajama y Ariel García, así como un ingeniero de Schlumberger cuyo nombre no trascendió. De esta manera, son 11 los obreros que en los últimos cuatro años murieron mientras realizaban su trabajo. Una característica que unía a la gran mayoría, además, es que muchos contaban con una amplia experiencia en sus tareas. A pesar de las constantes denuncias, la negligencia se sigue cobrando vidas. Desde La Columna Vertebral, pedimos, por favor: #BastaDeMuertesObreras

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