Vivir bajo sospecha

De pronto, todos debemos demostrar que somos quienes somos. Macri y su club de amigos imaginan que todo lo que hizo el Estado hasta su asunción está viciado de mentira, corrupción o, en el mejor de los casos, populismo. No desconfían solo de los kirchneristas, desconfían de todos los que vivimos bajo el anterior gobierno.

Las viudas no son viudas, los trabajadores estatales no son trabajadores, los científicos investigan para currar una bequita, los desocupados son vagos, los discapacitados no son discapacitados y si lo fueran que no jodan haciéndose las víctimas que bien pueden laburar ellos también. L os negros son chorros, las mujeres medio putas, los obreros están de sobra, la clase media cree que es clase alta, los ambientalistas ponen el palo en la rueda del progreso, los indios son más molestos que las moscas, los maestros no tienen vocación y se niegan a trabajar gratis, al igual que los médicos ¿Los periodistas? Todos comprados.

Y, por supuesto, no existe un kirchnerista honesto. Los izquierdistas ni figuran dentro de su universo. De los gremialistas  delegados de base, ni hablar, esos son los peores y por eso hay que darles algunas lecciones, que no vengan a creer que tienen algún poder, molestan casi tanto como los indios y los ambientalistas.

Esa es la pesada herencia a la que se refieren: un país repleto de mala gente.  Nosotros. No importa si fuiste K o no, lo desastroso es que te aprovechaste de las ridículas leyes que se votaban.  Algunos las llaman “conquistas” pero los militantes de la Revolución de la Alegría saben que la única conquista que existe es la individual, eso de lograr algo para todos sólo sirve para beneficiar  a vagos, chorros, putas y putos, trabajadores que se creen con derechos, al igual que a esos indios, negros de mierda, mogólicos y bolitas.

Borrón y cuenta nueva: echamos a todos, maltratamos a todos porque, hasta que no demuestren lo contrario, son culpables, una lacra humana, formada en colegios públicos porque no pudieron hacerlo en uno privado. Suponen que a los argentinos nos mueve el rencor por no ser como ellos.

Un día sospecharán que todos los votantes estamos muertos así que anularán las elecciones hasta que cada ciudadano vaya a demostrar que vive. Los únicos que no tienen que demostrar nada son ellos. Y “ellos” son los empresarios, los políticos aliados y los financistas, además de “el mundo”, claro. Entendiendo como “el mundo” a los Estados Unidos, Europa y China.

¿Por qué nos odian tanto? Quizás porque están tan acostumbrados a actuar con tanta mala fe que imaginan que todos lo hacemos. Están convencidos de que el género humano es codicioso, tramposo, malo. Y que no venga nadie a tratar de decirles que no es así. Que está lleno de buena gente ¿cómo hubiésemos podido sobrevivir si todo fuera una mentira?

El ministro de Modernización no entiende de matices. Le molesta trabajar, leer planillas, buscar y encontrar a los que puedan haber eludido las reglas. Discapacitados que no son, por ejemplo. Quizás no los buscan porque hasta donde sabemos los que han hecho la trampa no son los discapacitados sino los que se hicieron pasar por tales para evadir impuestos, como Susana Giménez. Pero no, nadie en el gobierno piensa que Susana estuvo mal, solo se aprovechó de una ley que no tenía razón de ser. A quién se le ocurre darle alguna ventaja a estos tipos.

En definitiva: pasamos de “un Estado protector” a “un Estado mala leche”.

Por Laura Giussani Constenla, 5ta Columna de La Columna Vertebral, 28 de junio de 2017.

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