Artaud, Pescado Rabioso y un saquito violeta

Por Laura Ramos, escritora y periodista.

El día 22 de marzo de 1976 mi padre llegó de improviso al pensionado de señoritas de la calle Obispo Trejo, en la ciudad de Córdoba, adonde me había dejado al comienzo de las clases. Me dijo que juntara mis cosas y que lo acompañara. En silencio emprendimos el viaje rumbo al campo de Despeñaderos, su refugio desde que el gobierno de Isabel Perón, que él seguía defendiendo con el entusiasmo y arrebato que habitualmente le otorgaba a las causas perdidas, le había quitado su cátedra en la Universidad de Buenos Aires y prohibido sus libros. (Además, su nombre engordaba la lista de sentenciados a muerte de la Triple A, pero esto no parecía significar un problema para él desde que llevaba consigo, en el bolsillo un poco deformado de su saco de tweed, una pistola Browning calibre 22 que no sabía usar.) Nos subimos a su ruidoso camión, una pickup que la empresa Ford Motor Company había ofrecido en calidad de préstamo a los candidatos a presidente de las elecciones del 11 de marzo de 1973. (Mi padre sacó 48.571 votos: el último lugar, incluso menos que Nueva Fuerza, a quien tanto había ridiculizado. Pero para cuando se hizo el escrutinio, la camioneta ya era nuestra. Negra, llena de abolladuras, fabulosa).
Mi bolso de viaje sólo contenía Artaud, el disco de Pescado Rabioso, un raído saco de terciopelo violeta, un volumen entelado de Cumbres borrascosas y una poción de talco que oficiaba de cosmético para ir de caza. Mi gótico flamígero, en una pensión de estudiantes donde se cantaban letanías escatológicas que comenzaban “una vieja y un viejo”, no tenía destino. Era un equívoco, un error. La pensión quedaba frente al convento de los Padres Capuchinos del Sagrado Corazón de Jesús, arquitectura que encendía mi imaginación hasta el delirio.

La casa de Despeñaderos, un viejo casco de estancia sin agua corriente ni luz pero con un pozo lleno de agua fresca y varias estancias que usábamos de dormitorios, se ubicaba en una extensión árida y llana que abarcaba unas cincuenta hectáreas. Allí en Despeñaderos, una zona tan infértil y desafortunada que mi abuela paterna Rosita Gurtman rebautizó como Desamparados, me enteré de que unos rumores provenientes de la provincia de Salta anunciaban que al día siguiente, 23 de marzo, habría golpe de Estado.
La misma noche del 22, en medio de una gran agitación, mi padre se despidió de su esposa y le dio algunas rápidas instrucciones. Luego besó a mis hermanitos y saludó a los dos camaradas que se quedarían con nosotros. El camarada Gormuchov, a quien nunca podría definir por su aspecto cubista o por sus inmoderados intentos de besarme, quedó a cargo de un rifle Fal y otras armas largas.
(Completamente consciente del sentido dramático de la escena, de alguna manera estaba encantada con que las circunstancias me proporcionaran, por fin, la posibilidad de protagonizar un destino literario. Temía que mi padre partiera sin despedirse de mí, pero de ninguna manera quería rasgar el romanticismo del cuadro con modales inapropiados. Por fin, antes de partir en un auto conducido por un camarada de la Orden, me dio un abrazo crispado.)
A la mañana siguiente mi madrastra prendió la radio de la Ford y una música de cuarteto nos despabiló: el golpe no se había producido. Esa noche me fui a dormir con alivio, sin saber que el campo ya estaba rodeado por decenas de elementos del III cuerpo del Ejército que comandaba el general Luciano Benjamín Menéndez y que la tranquera estaba custodiada. Me despertaron en la madrugada; mientras un teniente requisaba nuestros documentos pude ver una larga fila de soldados arrodillados, con sus armas apuntando hacia el cielo, que se extendía a lo largo de la llanura amarillenta. Gormuchov y el otro compañero fueron arrestados.

Esos meses en que viví en Desamparados, mientras en nuestra patria corría el Mar Rojo y mi padre se mantenía escondido en algún lugar, dejé de usar talco en el rostro, que a su pesar tomó un repugnante tinte rosado. Los dos camaradas fueron devueltos unos días después. Fue un invierno dickensiano en el que leí bastantes novelas, ejercité mis músculos sacando agua del aljibe y, por sobre todo, acuñé muchísimo material para mis futuras historias de huérfanos y madrastras; una temporada sin caza, entre otras cosas.

 

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