Lo que no se puede medir, ¿no vale? – Por Ana Herrera

Tengo acidez, me arde el estómago. Se me agrava cuando estoy nerviosa, preocupada. Hace 10 días participé de una reunión institucional donde nos compartieron, después de dos años de nueva gestión, los lineamientos de trabajo. Cambiar el paradigma, cambiar la forma de pensar, cambiar la mirada. Cambiar el perfil de las personas con las que trabajamos, elevarlo, trabajar con productores más capitalizados, la pobreza dejarla para Desarrollo Social. Cambiar lo colectivo por lo individual. Cambiar lo que ven de nosotros, una colección de anécdotas, por indicadores cuantificables. Porque lo que no es medible, no vale, no existe. “¿Vieron que los ingenieros sólo ven números?” “Lo que no se puede medir, no vale”.
Omeprazol mediante, trato de digerir de a poco el cambio. Imaginar cómo trabajar sin presupuesto de manera creativa y cuantificable. Tener cobertura territorial con pocos vehículos, rotos. Pero no. Diez días después, se rumorea, a los pocos minutos se afirma que habrá despidos. 958. No, entre 300 y 350. 330. La mitad en CABA, el resto en el interior. De todo el Ministerio. Quizás también de los organismos descentralizados. Llegaron algunos telegramas, de esos que nadie quiere recibir, llenos de letras, números de expedientes y leyes, que dicen que estás sin trabajo. Para ellos somos un número, que hay que disminuir, junto a los gastos de alquileres, teléfono, limpieza, etc. Pero no.

 «No somos un número. Somos personas, trabajadores y trabajadoras» 

 No. No somos un número. Somos personas, trabajadores y trabajadoras, precarizados desde hace 25 años! Cómo se puede medir? Tengo guardados un montón de factureros facturándole al Estado, sin aportes jubilatorios, sin obra social, sin reconocimiento de antigüedad, sin vacaciones, sin seguro ni ART. También tengo varios contratos de duración anual, medibles. No llego con los años de antigüedad “en blanco” a jubilarme. Tengo 50 años, 23 de antigüedad en este trabajo, 29 en el Estado, muchas canas (teñidas), una rodilla hecha percha, mido 1,60 m, no voy a publicar mi peso.
No somos un número. Somos personas, con familias, con hijos-as. Que dependen de nuestro trabajo. Tenemos experiencia. Tenemos sueños, utopías. Tenemos formación, nos gusta lo que hacemos. ¿Lo quieren medir? ¿Cómo? Por los kilos de comida por mes? Por lo que cuesta la cuota del colegio? Por los gastos en salud? Por lo que cuesta el combustible o el transporte para ir a trabajar? O los Kilowat de energía que gastamos o no gastamos? Por la cantidad de cursos que hicimos? O los kilómetros que recorrimos en un año? O por la cantidad de desvelos? Por la cantidad de “me gusta” de nuestras publicaciones? La cantidad de caracteres que escribimos?
No somos un número. Somos personas. Cómo medir la angustia? La ansiedad? La incertidumbre? Me llegará el telegrama el lunes? A quién? A quiénes? Porqué? Con qué criterio? Hay, acaso, un criterio? Cómo medir que una compañera/amiga te diga “siento una angustia enorme, de esas que se sienten en el pecho, que no te deja respirar hondo”. Lo mediremos con las cantidad de jadeos para que entre oxígeno a los pulmones? o por la cantidad de latidos acelerados de ver el futuro negro acercarse? o la cantidad de palabras o emoticones de un mensaje de consuelo? o los minutos de hablar por teléfono tratando de construir un esperanza ya deshilachada?

Me llegará el telegrama el lunes? A quién? A quiénes? Porqué? Con qué criterio? Hay, acaso, un criterio?

No somos un número. Ellos y ellas tampoco. Son personas, que con el aporte de nuestro trabajo alguna vez sonrieron porque ya no tenían que acarrear agua desde kilómetros. Son personas, mujeres sufridas, que ya no tendrán que amanecerse buscando y cuidando del frío, del hambre y de la muerte a sus cabritos, porque hay un refugio y silo de maíz como comida. Son personas, que hiceron dignas sus casas. Son personas, que dejaron de tener vergüenza por ser indios y venden alimentos sanos valorados por los vecinos del pueblo. Son personas, que haciendo consciente sus derechos, se emocionaron hasta las lágrimas por poder tomar agua potable cuando antes era contaminada por petróleo y desechos de una refinería. Y tradujeron esa emoción en un abrazo interminable que jamás voy a olvidar en mi vida. ¿Cómo se mide eso? Metros de manguera o centímetros de sonrisa? Kilos de verdura o menos mililitros de lágrimas vertidas? Metros cúbicos de agua segura consumida o derechos ganados? Cómo se medirá el abrazo, el afecto, no? Cómo se mide la dignidad?
No somos un número. Somos personas. Trabajadores y trabajadoras del Estado, orgullosos de serlo. No somos ñoquis ni toda esa basura que se instaló en el imaginario social. Valemos, y mucho. Sin sus mediciones. Porque nos tenemos. Porque tenemos a nuestros compañeros y amigos, a nuestras familias, a nuestros hijos. Porque apostamos a la vida, a la verdad, a la justicia. Porque creemos en el poder de los abrazos. Porque somos solidarios y sensibles. Porque somos humanos, profundamente humanos. Porque estamos unidos y somos muchos. Porque la dignidad no se negocia. Y porque todo lo importante de esta vida no es medible, señor ingeniero.
Ana Herrera, Salta, 21 de Abril de 2018.

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