Trabajadores navales, por Federico Lorenz

Lunes, 30 de abril de 2018
Creo que fue en 2002 que decidimos, en Memoria Abierta, que íbamos a armar una colección de testimonios orales sobre el movimiento obrero. Yo no lo sabía, pero ese día, cuando tomé a mi cargo esa tarea, iba a empezar a ver de manera diferente “los setenta” y me iba a sumergir en “la clase”, claro que desde el lugar particular del investigador, que entra y sale, y a partir de un caso formidable: el de los trabajadores navales de Astilleros Astarsa. Conviví diez años con ellos, quizás más. En el camino se fueron quedando algunos personales entrañables: el Bocha, Jaimito. Conocí a mujeres increíbles, como la Rufi, me hice de una gran amiga, Ana Rivas, y de un compañero – amigo – padre que regaló sus zapatos: Carlito.
Publiqué dos libros sobre ellos: Algo parecido a la felicidad, que todavía se consigue. Los zapatos de Carlito, que ya no. De hecho, hoy regalé el único que me quedaba, y estoy contento de haberlo hecho.
Compartir su historia grabó en piedra, para mí, lo que no debe olvidarse: que hubo un enfrentamiento social en la Argentina, que hubo ganadores y perdedores, y que yo he elegido el lado de los derrotados. Que es obligatorio que nosotros, los privilegiados por nuestra tarea, aunque nos coma las horas de nuestra vida, trabajemos para la construcción de una mirada de largo plazo sobre luchas que se extienden en el tiempo, que van más allá de una derrota cultural. Estos días las citas de Brecht son recurrentes: “Nuestras derrotas no demuestran nada”.
Han vencido a la clase, coyunturalmente. La matanza sistemática desde 1975 fue con ese fin. Esa es la verdad tangible en los talleres cerrados, en el deterioro cultural, en el retroceso salarial, en la marginación.
La memoria, entonces, no puede ser un premio consuelo. La memoria sólo puede ser una herramienta de construcción.
Hay un piso indestructible e incuestionable: la matanza para disciplinar a una clase orgullosa de sus conquistas. Desde esa certeza hay que discutir todo lo que haya que discutir. Nos asiste el derecho de los vencidos, nos acompaña la evidencia de la masacre. El compromiso con los que murieron, y con los que aún no nacen.
Supongo que mañana, 1° de Mayo, habrá homenajes y recordatorios, cada uno pensará en algún hecho puntual. Yo también escribí una poesía sobre ellos. No es muy buena, no soy poeta, pero el Chango Sosa, por aquel entonces, decidió que sí y le puso música.
He aquí el poema que entonces escribí para mis compañeros. Si me atrevo a usar esa palabra yo, que soy trabajador pero soy consciente de que lo que yo hago ni siquiera se compara a lo que ellos vivieron, es porque en su momento me nombraron trabajador naval honorario.
Es mi honor haberlos conocido y escrito sobre ellos. Haber sido su compañero. Serlo. Y por eso puedo escribir y mirar a la cara de todo el mundo con la frente alta: porque yo no he olvidado lo que ellos me enseñaron, y nunca dejé de hacer lo que ellos me pidieron.

Los muchachos del astillero

Los muchachos del astillero
Vuelven a armar barquitos con sus recuerdos
Sus corazones laten como las paraguayas contra los fierros
Porque ven en los idos lo que ellos fueron.
Alzan la vista, ojos brillantes
Bajo la noche histórica del Delta muerto
Que oyó del dolor pero también de euforia,
Antes,
Antes de mis preguntas, cuando Victoria
Era una novia que estaba en todas partes.
Antes, cuando la vida era presente y no recuerdos,
Cuando los compañeros eran el de al lado y no el de adentro.
Acaso la memoria sea el lugar para guardarse
Hasta que baje la repre y organizarse
Pero hoy cada cabeza es astillero,
Y la mirada estrellas, y bajo ese cielo
Los obreros arman barquitos con sus recuerdos
Para buscar en el río a los compañeros.
Federico Lorenz, profesor de historia, escritor, director del Museo Malvinas

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