El purgatorio

A ustedes, Pecadores, les digo: no clamen, no lloren, no griten.
La ira de Dios caerá sobre sus cabezas si no comprenden que son dignos de castigo. No pongan esa cara de inocencia, algo habrán hecho y deberán expiar su culpa.
Silencio. Reflexión. Arrepentimiento. Constricción. Es todo lo que les pido. Cállense, y si quieren gritar, digan lo mismo que ese Segismundo doliente: “¡Ay mísero de mí, y ay, infelice! / Apurar, cielos, pretendo,/ ya que me tratáis así / qué delito cometí / contra vosotros naciendo;/ aunque si nací, ya entiendo / qué delito he cometido. // Bastante causa ha tenido / vuestra justicia y rigor;/ pues el delito mayor del hombre es haber nacido.”
Ya lo ven. No hay modo de eludir el pecado. Castigo para el que nace, castigo para el que no nace.

Un despedido se asoma a las puertas del abismo, sobrevive gracias a que alguien está sosteniendo su mano y gritan y aúllan juntos

El buen Albino nos advirtió que no hay redención para el embarazo no deseado. Sexo sin reproducción es lujuria. Un pecado que habremos de expurgar. ¿Dónde si no en el Purgatorio?
Las ideas se van hilvanando solas. Simplemente caen, una tras otra.
Purgatorio fue la palabra que me anduvo persiguiendo toda la semana. Purgatorio debía llamarse esta columna porque pensé en los despedidos. Los imaginé en un ‘no lugar’ a la espera del Juicio Final. Ahí apareció la maldita palabreja: purgatorio. ¿Por qué? Nada sé del Purgatorio. Pero ahí está.

Dejan de ser despedidos y pasan a ser desocupados

Un despedido se asoma a las puertas del abismo, sobrevive gracias a que alguien está sosteniendo su mano y gritan y aúlla juntos. Eso ocurre en el exacto momento en el que alguien recibe el telegrama. Todavía hay esperanza de redención. Se instala en un ‘no lugar’. No hay nada dicho. Ocurre que aquellos que están sosteniéndoles las manos quizás no tienen tanta fuerza. Algunos ven como se resbalan y caen.
Dejan de ser despedidos y pasan a ser desocupados. Luego pobres, indigentes. Un número en la estadística. Están, estamos, en el Purgatorio. Agradezcamos que no caímos en el Infierno. Porque allí, según Dante, te recibe una frase que dice: Lasciate ogni speranza, oh voi che entrate. ‘Dejad toda esperanza, ustedes que entran’.
Cuánta perversidad ¿no? Pecadores solo por nacer, ciudadanos de segunda si son trabajadores, religión y sistema se entremezclan. Nos juzgan y apalean o redimen.
Y si empezamos con Dante, bien podemos terminar con Borges: Dios mueve al jugador, y éste, la pieza./ ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza/ de polvo y tiempo y sueño y
agonía?

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