Uruguay: antes y después, por María Urruzola

Por mi trabajo de periodista en cierta medida, y por mis preocupaciones político-filosóficas en otra, desde hace años «pienso» sobre el tema de la fractura social en Uruguay.
Al principio, recuerdo que tenía siempre presentes dos frases de Francois Miterrand («un país a dos velocidades» y «a Francia le va muy bien, a los franceses no tanto»). Era la época en que el objetivo era «rescatar» a quienes iban cayendo inexorablemente en la pobreza, ponerle poxipol a lo que se iba resquebrajando, alertar sobre lo que venía de la mano con la exclusión: violencia, narcosociedad, desescolarización. Era la época en que urgían diagnósticos sobre la situación y teníamos la firme voluntad de «volver» a un país integrado. Era la época en que nuestro pasado (la Suiza de América) todavía era una vara de medida de nosotros mismos.
Después vino una época de emergencia de «otra cultura», o por decirlo sin tapujos: la cultura ‘plancha’ de quienes no querían ser lo que se les proponía, porque tenían otros modelos, nacidos de su propia peripecia de marginación y pobreza (y una cierta forma de orgullo), y del dinero narco que hacía su aparición poco a poco. La frase de Mitterrand (una sociedad a dos velocidades) empezó a traducirse de otra manera: dos culturas, dos lógicas sociales, dos mundos cada vez más lejanos. Ya no una misma sociedad descompasada, sino dos sociedades que como placas tectónicas se iban separando.
Y después vino el primer gobierno del FA, la gran ola de entusiasmo de recuperación económica, social, cultural. La ilusión de estar a tiempo aún para frenar lo que se nos deshacía entre las manos. Fue la época de sacar los diagnósticos de los armarios y empezar a ensayar soluciones. Ensayo-error, ensayo-error…..
En ese período, la placa tectónica de los excluídos se iba separando y alejando cada vez más, pero todavía no estaba claro que su trayectoria fuese ineluctable. La realidad había cambiado mucho y rápido, y los diagnósticos ya no servían. Era la época en que la mayoría todavía creía que había que ayudar a quienes estuvieran en situación de pobreza, que el Estado los había dejado abandonados por demasiado tiempo. Era la época en que la aporofobia aún no asomaba su nariz. Todavía latía en algún rincón del deseo el Uruguay Suiza de América, el Uruguay integrador.
Después vino un después que no sabría cómo analizar, en el que las placas tectónicas ya estaban distantes, los diagnósticos irradiaban vejez, el Estado real se volvió el peor enemigo del Estado benefactor imprescindible, y la ruptura social se volvió precipicio. Un tiempo también en el que el Uruguay letrado (viejo, cómodo y desactualizado) fue sentado en el banquillo de los acusados por el presidente más pobre del mundo (y con él, el Uruguay científico e innovador), y en el que la inversión extranjera se volvió la vara de medida de todas las cosas y el nuevo idioma oficial. Ese después se volvió algo opaco, confuso, enredado, y cada día más violento e individualista. Cundió el pánico.
Creo que ese después que vino después tiene una característica que recién hace poco se me hizo obvia: se acabó el batllismo. Como ideal, como denominador, como propósito. Se acabó el sueño integrador y de justicia. Muerta y enterrada la mesocracia. Ya no soñamos, ni queremos soñar, ni queremos que se nos recuerde que alguna vez soñamos, con ser un estado de protección social. Apareció «el narco», la aporofobia se adueño del espíritu de muchos progresistas, el Estado dejó al desnudo su inoperancia y vetustez, y Latinoamérica se volvió el espejo aterrador (dixit Layera), donde mirar el caos que permite rejas y cámaras.
Acepto que soy lenta para los razonamientos, pero ahora no tengo dudas: el último gran episodio batllista fue el primer gobierno del FA, y al cabo de ese período el Uruguay enterró definitivamente su referencia simbólica e identitaria de 100 años. Ya no tenemos ningún sueño colectivo.

*María Urruzola, destacada periodista y escritora uruguaya. Exiliada durante la dictadura en Francia. Autora del libro, «El huevo de la serpiente» que  desbarató una red de trata de blancas. Trabajó durante años en la revista Brecha. Fue Directora de Comunicación del Ministerio de Desarrollo Social durante el primer gobierno de Tabaré Vazquez.

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