Y la nave va, por Jorge Freidemberg

Era el 24 de diciembre de 1974, y entre el calor sofocante y el clima de vísperas de navidad, en una clínica del barrio porteño de la Recoleta nacía yo. Apenas unos días después me mandaron a una guardería a pocas cuadras de ahí. Pasó un par de años en ese edificio viejo ubicado entre las calles Las Heras y Austria y, ya en el jardín de infantes, nos llevaron a la terraza donde había una cantidad de juegos infantiles; pero nada de eso me llamó la atención, desde esa altura observé –a unos pocos metros- una Nave espacial. Esa Nave era una construcción abandonada, inmensa y de lo más extraña. En ciertos días cálidos, nos llevaban de excursión a la vuelta de la manzana para jugar en una explanada que subía interminablemente hasta la Nave. Rodábamos por el pasto de una barranca y nos reíamos de cara al sol, pero ahí estaba ella, siempre, una mole, estática, inmutable. Lejos de parecerme amenazante, provocaba en mí una especie de atracción desconocida hasta entonces, una atracción que no tenía nombre pero sí una forma, un tamaño y una apariencia de solidez que no cuadraban con su aura intergaláctica. El tiempo pasó, supe que, muchos años antes –en el mismo terreno estuvo ubicado el Palacio Unzué, la residencia presidencial de Juan Domingo Perón y su mujer Eva, quien falleció ahí mismo en julio de 1952– el lugar sufrió un bombardeo aéreo en septiembre de 1955 pero se mantuvo en pie. Perón tuvo que exiliarse en España y el general Aramburu mandó a demoler la vivienda tres años más tarde como un gesto tan bárbaro como simbólico. En 1962, ya en democracia, comenzó la construcción de la nueva Biblioteca Nacional, y pasaron tres décadas hasta que abrió sus puertas a los lectores. El proyecto estuvo a cargo de los arquitectos Clorindo Testa, Francisco Bullrich y Alicia Cazzaniga de Bullrich, y, según la Wikipedia, es un gran ejemplo a nivel internacional de diseño brutalista, un estilo surgido en los años ’50… Esto sin ironía, por lo menos de mi parte. Aquel edificio donde funcionaba mi jardín de infantes ya no está más, pero la Nave sigue erguida frente al Río de la Plata; quieta, o detenida, aunque, en su interior, el viajar a través del tiempo y del espacio sucede con cada lector frente a un texto. Hace unos meses comencé a trabajar en la Biblioteca Nacional. En ese laberinto de hormigón armado, cemento, vidrio, libros, periódicos, discos, lectores, escritores, investigadores, docentes, alumnos, gatos, plantas y otras especies terrícolas, o no tanto… Hace unos meses entré a la Biblioteca Nacional. ¡Hace unos meses fui abducido por La Nave! (17 de septiembre de 2014)

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FB me recuerda este posteo que puse hace exactamente 4 años. Es fuerte, para mí, ver-leer lo feliz que estaba en ese momento, era un momento muy especial en mi vida, por muchas razones.
Pero fue tanto, tantísimo, más fuerte el dolor, la bronca y la impotencia cuando, a los 3 meses de que asumió este gobierno, me sacaron de esa hermosa nave que era la Biblioteca Nacional comandada por Horacio González. Sí, yo era feliz ahí, y sobre todo porque había sido padre hacía apenas 5 meses de Matilda, mi luz, mi faro.
Y de repente nos tiraron, junto con más de 100 compañeros, a este inmenso mar de mierda que es la realidad desde diciembre de 2015.
Beckett tiene una frase que me encanta, la escribe, la dice, la canta. Y de eso se trata más o menos, y es algo así: “Cuando la mierda llega hasta el cuello, no queda más que cantar”.
Y acá estamos, chapoteando mientras cantamos ¡¡¡MMLPQTP!!!, por ejemplo.
Un abrazo bien grande a todos los que están chapoteando y cantan!!!
A seguir cantando!!!!

 

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