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La Columna Vertebral

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Opinión

«Desafectadas», jubilaciones compulsivas en el Posadas, por Santiago Repetto

El día de la fecha varias médicas de este Hospital se enteraron, al no leerles la huella digital, que estaban “desafectadas” o como se diga cuando no te pagan más. La razón por haber llega a la edad legal de jubilarse. Sin previo aviso, sin recibirlas una vez enteradas de su situación, sin saber si tienen la jubilación asignada, sin avisar a los servicios a los que pertenecían para programar el sostenimiento del trabajo que realizan.
Se que en toda apreciación de un hecho hay subyacente un lugar desde dónde se lo mira, ideas y valores propios que hacen que no veamos lo mismo, o que no lo valoremos igual, aunque los hechos los podamos relatar de igual manera.
Solo quiero relatar cómo se dieron y reflexionar cómo se podrían haber dado. Que genera el hacerlo como lo hicieron y generar una hipótesis sobre que generaría el haberlo hecho de otro modo.
Las médicas que hoy fueron desafectas, trabajan en el Hospital Nac. Prof. A. Posadas hace más de 35 años. Forman parte de equipos de salud que atienden a la gente que concurre a este Hospital, estudiaron y lo siguen haciendo, enseñan a gente en formación en profesiones relacionadas con el cuidado de la salud (del otro), generaron y generan trabajos de investigación con la producción de conocimiento.
Hoy se despertaron como todos los días que venían a su trabajo, sin esperar nada diferente a lo habitual, analizando cómo ayudar más a tal paciente, cómo preparar la siguiente clase a residentes y a alumnos, cómo avanzar con el protocolo del trabajo de investigación que están preparando. Pero al llegar acá no les toma la huella el lector digital, como eso sucede a veces, volver a ponerlo varias veces hasta ir a averiguar a personal, dónde solo pueden decirles que están desafectadas, que cualquier cosa se comuniquen con dirección de personal; lugar donde se gesta este modo de llevar a cabo los hechos.
Hoy en sus lugares de trabajo no se pudo trabajar como se pensaba. Sus compañeros, los equipos dirigidos por ellas no pudieron trabajar. Los trabajos de investigación en curso, no pudieron ser seguidos. Las clases no pudieron ser preparadas. Los pacientes de sus sectores no pudieron ser atendidos como podrían. Y en esto ni siquiera estoy hablando de la falta de respeto y de consideración para cada una de estas personas, asumiendo que hay gente que entiende que eso es un costo aceptable frente a algo que “hay que hacer”.
Si en vez del modo de cómo se hizo, se hubiera explicado el objetivo de las medidas, se hubiera hablado con cada una de las personas y con sus equipos, para programar el traspaso de funciones, dando también continuidad al trabajo voluntario de quienes fueran a jubilarse. Si se les hubiera dado tiempo y asesoramiento para que obtengan su jubilación. Aunque podamos no estar de acuerdo si es adecuado jubilar (en contra de la voluntad, a veces) a las mujeres a los 60 años, el modo de hacerlo dice muchas cosas.
El modo en que fue hecho no puede ser ni un error ni una responsabilidad (única) de una persona, aunque esa persona sea capaz de creer que lo que hace está bien, me refiero al director de recursos humanos Ignacio Leonardi. Y sostengo esto porque ya se llevaron medidas de esta índole y ya se reclamaron modos diferentes, y porque hay empleados en el departamento de personal que tienen estudio sobre manejo de personal, y porque hay responsables de la continuidad de la atención a los pacientes, de la producción de conocimiento y de la formación de trabajadores en salud. Detrás del modo en que se tomaron las medidas hay una persona que se mueve impunemente, porque esta aceptado en ese lugar de dirección por gente que tiene mayor responsabilidad que él. El sostenerlo en ese puesto sin intentar que modifique el modo en que toma las medidas los hace responsables de esas medidas y de lo que generan las mismas. 
Este modo de hacer las cosas empeora la atención (en algunos casos más visibles que otros, pero, aunque se siga atendiendo, no se puede mantener la atención alcanzada), empeora la adquisición y trasmisión de conocimiento, empeora el compromiso de los trabajadores con la institución. Empeora la vida de las médicas mal tratadas y de sus familias. Empeora la vida de todos los que trabajan en sus equipos. 
El que haya que ordenar el Hospital Nac. Prof. A. Posadas, el plan institucional, el uso de los recursos, el lugar de la salud pública y como efectuarla son, a mi entender, puntos esenciales de discusión, de búsqueda de consensos, que no se están llevando a cabo. Pero mi reflexión de hoy solo va a un hecho concreto indiscutible como hecho. Las médicas de años de trabajo en el Hospital, sin ser notificadas, sin poder planear su vida extra hospital ni su salida del Hospital, sin poder planear con sus equipos, sin poder proteger a sus pacientes, fueron …. (pongan la palabra que quieran, no les pagan más).
Hay muchas reflexiones más.
Santiago Repetto, médico pediatra del Hospital Posadas

18/01/19

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«Las causas más nobles merecen ser pensadas históricamente», por Federico Lorenz

Los historiadores trabajamos en instituciones. Universidades, archivos, escuelas, organismos de investigación. No existe una historia producida en el vacío. También es cierto que esas instituciones tienen una historia, intereses, tradiciones y conflictos. Pero de allí no se desprende que la tarea del investigador sea confirmar aquello que la institución, el gobierno o el sentido común esperan escuchar. Si así fuera, buena parte de las preguntas más interesantes que nos hacemos sobre el pasado nunca habrían sido formuladas. La investigación histórica suele comenzar precisamente cuando una explicación aceptada deja de resultar suficiente y alguien decide volver sobre las fuentes para preguntarse qué falta, qué no encaja o quiénes quedaron afuera del relato.
En una sociedad democrática, el financiamiento público de la investigación no debería garantizar unanimidades sino hacer posible la discusión informada. El investigador tiene responsabilidades con la sociedad que sostiene su trabajo, pero esas responsabilidades no consisten en defender una verdad oficial. Consisten en trabajar con rigor, exponer sus evidencias, discutir sus interpretaciones y aceptar la crítica. La historia puede contribuir a la construcción de una comunidad política más reflexiva, pero difícilmente lo haga si se transforma en una catequesis. Cuando eso ocurre, el historiador deja de interrogar el pasado para administrarlo. Y quizás una de las tareas más importantes del oficio sea justamente la contraria: recordar que incluso las causas más nobles merecen ser pensadas históricamente.
Amar una causa, unas islas, unos nombres que nos faltan, no nos eximen de pensarlos. Más bien nos obligan a hacerlo con mayor cuidado.
Buenos Aires, 7 de agosto de 2026
Tomado del facebook del autor
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«La deuda, la culpa y un nosotros todavía sin nombre», por Jorge Cascallar

Hay frases que parecen empíricamente absurdas y políticamente eficaces al mismo tiempo.
El diputado nacional Alberto “Bertie” Benegas Lynch encontró una explicación singular para el crecimiento de la morosidad en las familias argentinas: entre los endeudados, dijo, está “el tipo que compró la televisión para el Mundial y, ahora que Argentina no salió campeón, no quiere pagar”. Días antes, el propio Presidente había recurrido prácticamente al mismo ejemplo para explicar el fenómeno o, simplemente, para reducirlo a un conflicto estrictamente “entre privados”.
En ambos casos la operación es idéntica: invisibilizar las condiciones materiales colectivas y garantizar que la responsabilidad moral caiga sobre quien necesita endeudarse para comer.
No era el televisor. Era el supermercado. Y esa diferencia es radicalmente política. Porque cambiar el objeto cambia también al culpable. Es casi una tecnología de despolitización.
La figura del televisor permite evitar la pregunta de fondo. Construye un personaje conveniente: un irresponsable que quiso vivir por encima de sus posibilidades, adquirió lo que no podía pagar y ahora pretende que la sociedad se haga cargo de las consecuencias. Así, el endeudado deja de ser alguien cuyos ingresos han perdido capacidad de compra y pasa a ser un fallado moral. Ya no requiere una explicación económica ni una política pública: requiere una lección de conducta. Se subvierte el orden de las responsabilidades.
Primero se privatiza el problema; después se moraliza a quien lo padece. Y entonces el verbo deber duplica su carga: quien debe dinero también parece deber explicaciones.
La deuda produce algo más que intereses: produce culpa y aislamiento.
Quien no llega a fin de mes rara vez interpreta su situación como parte de un síntoma colectivo. Piensa que administró mal, que gastó a destiempo, que debió haber previsto la tormenta. Revisa sus consumos cotidianos, posterga compras esenciales, refinancia la tarjeta de crédito, pide prestado para saldar lo anterior. La deuda también captura la atención. Quien debe pasa buena parte de su tiempo calculando cómo llegar: qué pagar primero, qué postergar, qué refinanciar, a quién pedirle, de dónde sacar lo que falta. La preocupación ocupa el lugar que podría ocupar la conversación con otros. Y muchas veces, además, se calla por vergüenza.
El poder contemporáneo logra que una experiencia producida estructuralmente sea experimentada como un fracaso íntimo. Ese repliegue dificulta que un posible sujeto político encuentre el camino y, sobre todo, el lenguaje para formular un reclamo común.
Debe al banco, a la tarjeta, a la plataforma financiera, a la billetera virtual, al comercio del barrio, al familiar. La deuda contemporánea está hiperfragmentada. Cada uno recibe su resumen individual, su notificación automática en la pantalla del celular, su intimación de cobro. Cada uno saca sus cuentas en la soledad de su hogar. Los endeudados aún no se ven los unos a los otros. La deuda es masiva en su producción e individual en su experiencia.
Y, sin embargo, quizás allí habite un sujeto político que todavía no sabe que lo es.
Una persona endeudada para comprar alimentos puede parecer una desgracia privada; millones de personas endeudadas para sobrevivir constituyen un fenómeno social y político. Cuando una experiencia colectiva consigue reconocerse como tal, la dinámica cambia: aquello que se vivía como vergüenza y mancha personal comienza a articularse como pregunta colectiva. Puede entonces anudarse con otras experiencias también fragmentadas para construir una voz con mayor fuerza de interpelación.
La deuda produce una multitud sin plaza.
La deuda tiene, además, una relación destructiva con el tiempo. Quien se endeuda para cubrir las necesidades del presente compromete el flujo de su vida futura. El salario del mes próximo se consume antes de ser ganado; cuando finalmente se cobra, ya pertenece al acreedor.
Por eso la deuda no solo expropia dinero: enjaula el tiempo.
Cada deuda es individual en el contrato, colectiva en sus causas y futura en sus consecuencias.
Resulta inquietante que este dispositivo se consolide bajo una narrativa política que erigió a la “libertad” como su significante supremo. Alguien obligado a comprometer el mañana para alimentarse hoy puede ser formalmente libre, pero dispone cada vez menos de su propia vida. La libertad reducida a la capacidad de contraer deudas para comer no es libertad: es servidumbre de mercado.
Los sujetos políticos no emergen terminados ni nacen espontáneamente del sufrimiento. Se constituyen cuando una experiencia dispersa consigue reconocerse como común, encuentra palabras capaces de nombrarla y aparece también un liderazgo capaz de articular esas experiencias, condensar demandas y ofrecerles una dirección colectiva. Un líder no inventa desde afuera aquello que no existe: es reconocido porque consigue poner en palabras algo que millones viven todavía en silencio, transformar un malestar disperso en una pregunta compartida y ayudar a que una multitud fragmentada comience a reconocerse como un nosotros.
Porque el sufrimiento, por sí mismo, no garantiza organización. También puede producir resignación, miedo, resentimiento o una búsqueda desesperada de culpables todavía más vulnerables. Entre padecer juntos y actuar juntos existe una distancia política. Esa distancia necesita palabras, organización, encuentro, representación y liderazgo.
Tal vez todavía falte tiempo para que ese movimiento encuentre una forma política. Pero entre quienes hoy refinancian el plástico, pagan un crédito con otro y compran la comida con dinero que aún no ganaron, acaso esté comenzando a gestarse un silencioso nosotros: los que deben.
Quizás algo empiece el día en que descubramos que nunca se trató del televisor.
Se trataba de todos.
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Hadad, San Martín y la Inteligencia Artificial, por Oscar Taffetani

Vi el cortometraje de marras, de 20 minutos, presentado a toda orquesta por el diario Infobae y su propietario Daniel Hadad, en vísperas de un nuevo 17 de Agosto.
En mi opinión, se trata de un producto muy simple, asemejable a una historieta o a un dibujo animado, repleto de lugares comunes y con una visión del general José de San Martín que no tiene nada que envidiar a la antigua revista Billiken o a la peli “El Santo de la Espada”, realizada por Leopoldo Torre Nilsson en el siglo pasado.
“El Libertador” busca un público amplio y futbolero, semejante al que acompañó a nuestra Selección en el úlltimo Mundial. En eso se parece a los comerciales de YPF y hamburguesas que saturaban las pantallas de TV en julio pasado.
En cuanto a la “originalidad” de ofrecer imágenes del encuentro de San Martín con un joven Sarmiento en la casa de Grand Bourg, en 1846, quiero recordar que en la peli “El exilio de Gardel”, Pino Solanas, ya ha mostrado un “encuentro” del Gran Capitán con el Zorzal Criollo, en la casa de Boulogne-sur-Mer. No fue la IA. Fue Pino Solanas. Que allí Sarmiento le pregunte a San Martín qué pasó en la entrevista de Guayaquil, tampoco tiene nada nuevo. Desde la nunca verificada “Carta de Lafond” que los historiadores vienen discutiendo lo que se pactó en esa entrevista.
Y sobre los motivos por los que San Martín se negó a tomar partido en una guerra civil o en diputas intestinas en su patria, no es necesario especular, ya que él mismo dio las razones en cartas que envió desde Montevideo, poco antes de volverse a Europa.
En síntesis, el cortometraje “El Libertador” presenta como única novedad haber sido elaborado con I.A.
Un amigo vinculado con la publicidad y el cine me dijo después de ver el preestreno: “Es una producción de no menos de 60 palos verdes y la pudieron hacer por dos mangos”. Le creo.
Así las cosas en el 176º aniversario de la muerte del general San Martín.
Tomada del FB del autor
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