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Después del coronavirus, por Alain de Benoist
Traducido en exclusiva del equipo de Nomos. El siguiente artículo apareció en el sitio Valeurs actuelles el 2 de abril del año en curso. El medio planteaba entonces al filósofo y ensayista francés las siguientes preguntas: «¿Qué mundo ha visto nacer la epidemia de coronavirus? ¿Qué dogmas viene repentinamente a poner en cuestión? ¿Cómo será el mañana que engendrará esta crisis mayor?».
La historia está siempre abierta, como todos saben, lo que la vuelve impredecible. En ciertas circunstancias, sin embargo, es más fácil prever el mediano y largo plazo que prever el corto. Lo evidencia la pandemia de coronavirus. A corto plazo, uno imagina lo peor: los sistemas de salud saturados, muertos por cientos de miles, incluso millones, rupturas en la cadena de aprovisionamiento, disturbios, saqueos y todo lo que le sigue a eso. En realidad, nos vemos arrastrados por una ola de la que nadie es capaz de saber hasta dónde llegará, ni cuándo terminará de romper. Pero si uno mira más lejos, aparecen algunas evidencias.
Ya lo hemos dicho demasiadas veces, pero es necesario volver a decirlo: la crisis sanitaria está (¿provisoriamente?) haciendo sonar las campanadas finales de la globalización y la ideología progresista dominante. Ciertamente, las grandes epidemias de la Antigüedad y de la Edad Media no tuvieron necesidad de la globalización para producir decenas de millones de muertes, pero cae de maduro que la generalización del transporte, del intercambio y las comunicaciones en el mundo no han hecho sino agravar las cosas. En la «sociedad abierta» el virus es muy conformista: hace como todo el mundo, circula. Y bien, nosotros no circulamos más. Dicho de otro modo, hemos roto con el principio de la libre circulación de los hombres, de las mercancías y de los capitales que resume la fórmula: «Laissez faire, laissez passer» [dejar hacer, dejar pasar]. Este no es el fin del mundo, pero es el fin de un mundo.
Recordemos. Después de la implosión del sistema soviético, todos los Alain Minc del planeta nos anunciaban una «mundialización feliz». El mismo Francis Fukuyama profetizaba el fin de la historia, convencido de que la democracia liberal y el sistema de mercado lo habían acarreado. Íbamos a transformar la Tierra en un inmenso centro comercial, disolver las fronteras, reemplazar países por territorios e instaurar la «paz universal» de la que hablaba Kant. Las identidades colectivas «arcaicas» serían progresivamente erradicadas y las soberanías se volverían obsoletas.
Las fronteras, lejos de su anhelada desaparición, están para quedarse
La globalización reposaba sobre el imperativo de producir, de vender y de comprar, de moverse, circular, avanzar y mezclarse de manera «inclusiva». Reposaba sobre la ideología del progreso y la idea de que la economía debe definitivamente suplantar a la política. La esencia del sistema era la inexistencia de límites: siempre más intercambios, siempre más mercaderías, siempre más ganancia para permitirle al dinero nutrirse de sí mismo y transformarse en capital.
Sucediendo al antiguo capitalismo industrial, que todavía tenía algunos anclajes nacionales, un nuevo capitalismo cada vez más desconectado de la economía real, enteramente desterritorializado y operando en tiempo cero, tuvo su desarrollo demandando a los Estados, de aquí en adelante prisioneros de los mercados financieros, que adoptasen una «buena gobernanza» susceptible de servir a sus intereses. Las privatizaciones se multiplicaron, las relocalizaciones y los contratos de subcontratación internacional también, acarreando desindustrialización, baja de salarios y alza del desempleo. Se hizo uso y abuso del viejo principio ricardiano de la división internacional del trabajo, lo que resultó en la competencia, bajo condiciones de dumping, entre los trabajadores de los países occidentales y los de los confines del mundo. La clase media de los países occidentales empezó a declinar, mientras que las clases populares se engrosaban con un creciente número de vulnerables y precarizados. Los servicios públicos fueron sacrificados en el altar de los grandes principios presupuestarios de la ortodoxia liberal. El libre cambio se convirtió más que nunca en un dogma y el proteccionismo algo repelente. Cuando eso no anduvo más, en lugar de retroceder, ¡se optó por pisar a fondo el acelerador!
Y en eso, ¡pum! Nos envanecíamos del movimiento, del «circulacionismo» y del desarraigo, y ahora todo está parado. Habíamos anunciado la pronta desaparición de las fronteras, en cambio ahora las vemos por todos lados: la Unión Europea cierra las suyas (entonces, ¿era eso posible?) y se levantan más fronteras entre las ciudades, entre las regiones, entre los edificios, entre los individuos. Uno después de otro, todos los países restablecen los controles fronterizos. Y todo el mundo lo aplaude.
Ayer nomás la orden del día era vivir juntos en una sociedad sin fronteras («no borders»); hoy es «quédense en casa», ¡y no se mezclen con nadie! Los bobos [del francés «bourgeois bohème»: burgués bohemio] de las grandes metrópolis están huyendo como roedores a refugiarse en esa Francia periférica que tanto despreciaban ayer. Quedó lejos la época en que solo hablábamos de «cordón sanitario» para mantener a raya el pensamiento inconformista. En el mundo «marítimo» de los flujos y reflujos, estamos presenciando un regreso de lo telúrico, del lugar que hace a los vínculos.
La Comisión Europea, a los suscriptores ausentes
Desinflada, en todos los sentidos del término, la Comisión Europea parece una liebre encandilada: desconcertada, aturdida, paralizada. Incapaz de decidir cualquier cosa en este momento de emergencia, ha suspendido lastimosamente aquello que pretendía tener en mayor consideración: los «criterios de Maastricht», es decir, el «pacto de estabilidad» que limita los déficits estatales al 3% del PIB y la deuda pública al 60%. Después de lo cual, el Banco Central Europeo liberó 750 mil millones de euros que supuestamente permitirían enfrentar la situación, pero cuyo objetivo es de hecho salvar el euro. En la emergencia, cada país decide y actúa por sí mismo.
En un mundo globalizado, se supone que las normas sirven para enfrentar cualquier eventualidad. Eso es olvidar que cuando surge un estado de excepción, como bien lo señaló Carl Schmitt, las normas ya no se pueden aplicar. Según los «buenos apóstoles» el Estado era el problema, pero ahora se convierte nuevamente en la solución. Tal como en 2008, cuando los bancos y los fondos de pensión reclamaron a los mismos poderes públicos que habían denunciado en las vísperas, pidiéndoles que los protegieran para no desaparecer. Macron mismo decía que las ayudas sociales costaban un ojo de la cara. Hoy el mismo sujeto declara que, para intentar remontar la crisis sanitaria, se gastará todo lo que sea necesario. Cuanto más se desarrolle la pandemia, más deberá aumentar el gasto público. Para financiar el desempleo parcial y cubrir los rojos en las cuentas de las empresas, los estados liberarán centenas de billones, aunque ya se encuentren totalmente endeudados.
Las leyes laborales se han suavizado, la reforma previsional se pospone, se deja para quién sabe cuándo el diseño de los nuevos seguros de desempleo. Incluso el tabú de las nacionalizaciones ha saltado por los aires. Aparentemente encontraremos el dinero que decíamos inhallable, porque todo lo que era imposible ahora se vuelve posible.
También actuamos como si de repente descubriésemos que China se convirtió en la fábrica del mundo (en 2018, representaba el 28% del valor agregado a la producción manufacturera global), que produce todo tipo de cosas que nosotros hemos renunciado a producir por nosotros mismos, por empezar nuestros medicamentos (¡desde 2008 no producimos ni un gramo de paracetamol en Europa!), y que esa dependencia nos convierte en objetos de la historia ajena. El jefe de Estado -¡vaya sorpresa!- ha declarado que «delegar nuestra alimentación, nuestra protección, nuestra capacidad de cuidarnos, nuestro estilo de vida básicamente, a otros es una locura». «Las próximas semanas y los próximos meses requerirán decisiones de ruptura», dijo también. ¿Será posible reubicar sectores enteros de nuestra economía y diversificar las fuentes de suministro?
Tampoco subestimemos el choque antropológico. La concepción del hombre transmitida por la doxa dominante era la de un individuo separado de sus semejantes, enteramente dueño de sí mismo («¡mi cuerpo es mío!»), que supuestamente contribuye al equilibrio general buscando constantemente maximizar el interés propio en una sociedad completamente regida por los contratos jurídicos y los reportes de mercado. Es esta visión del homo economicus la que está entrando en bancarrota. Mientras Emmanuel Macron apela a la responsabilidad de todos, a la solidaridad local e incluso a la «unidad nacional», la crisis sanitaria recrea sentimientos de pertenencia. Toda relación nuestra con el tiempo y el espacio se ve modificada: nuestra relación con el propio estilo de vida, con la razón misma de nuestra existencia y con los valores, que no se limitan a aquellos de la «República». En lugar de quejarnos, admiramos el heroísmo del personal de enfermería. Redescubrimos la importancia de lo común, de lo trágico, de la guerra, de la muerte; para ser breves, de todo aquello que queríamos olvidar. Formidable retorno de lo real.
Y mientras tanto, ¿qué es lo que viene? En primer lugar, evidentemente, una crisis económica que tendrá consecuencias sociales gravísimas. Todo el mundo espera una recesión a escala mayor, que afectará a Europa, tanto como a los Estados Unidos. Decenas de miles de empresas irán a la quiebra, millones de empleos se verán amenazados y se esperan bajas de los PBI que podrían llegar hasta un 20%. Los estados tendrán que endeudarse nuevamente, lo que debilitará aún más el tejido social.
Esta crisis económica y social bien podría desembocar en una nueva crisis financiera de una magnitud superior a la de 2008. El coronavirus no será el factor desencadenante de dicha crisis, ya que se la ha esperado durante años, pero puede ser el catalizador. Los mercados bursátiles ya empezaron a desajustarse, mientras que el precio del petróleo se está derrumbando. Un crack bursátil en teoría se relaciona solamente con las acciones, pero también afecta a los bancos cuyo valor depende del de los títulos que aparecen en sus activos y de la hipertrofia de los precios de estos valores financieros, resultado de la actividad especulativa del mercado bancario, perseguida a expensas de su actividad tradicional de depósito y garantía. Si el crack bursátil se combina con una crisis de los mercados de deuda, como sucedió durante la crisis de las hipotecas subprime, la propagación de los incumplimientos de pago dentro del sistema bancario deja prever un colapso general.
Nos arriesgamos, entonces, a tener que lidiar simultáneamente con una crisis sanitaria, una crisis económica y social y una crisis financiera, sin olvidar la crisis ecológica y la crisis migratoria. Una conjunción de catástrofes: este es el gran tsunami por venir.
Algunas consecuencias políticas de importancia
Pero también habrá consecuencias políticas. Y en todos los países. ¿Cuál es el futuro del presidente chino después del despegue del «dragón»? ¿Qué pasará en los países árabe-musulmanes? ¿Qué efecto tendrá en la campaña presidencial estadounidense, país donde decenas de millones de habitantes no tienen ninguna cobertura médica?
Los franceses no son ciegos. Pueden ver que la epidemia fue recibida en principio con escepticismo, incluso con indiferencia, y que luego hubo dudas sobre la estrategia a seguir: detección sistemática, inmunidad de grupo o confinamiento. Las pérdidas de tiempo y las declaraciones contradictorias (no es una enfermedad grave, pero provocará muchas muertes; los barbijos no sirven de nada, pero el personal de salud necesita más; las pruebas de detección son un despropósito, pero vamos a probar hacerlas masivamente; quédense en sus casa, pero vayan a votar) duraron dos meses. A finales de enero, Agnès Buzyn aseguraba que el virus no saldría de China. El 26 de febrero, Jérôme Salomon afirmaba delante de la comisión de asuntos sociales del Senado que no había ningún problema con las máscaras. El 11 de marzo, Jean-Michel Blanquer no veía ninguna razón para cerrar escuelas y universidades. El mismo día Macron inflaba el pecho («¡No renunciaremos a nada, especialmente a la libertad!») después de haber ido al teatro ostentosamente unos días antes porque «la vida debe continuar normalmente». Ocho días después, cambio de tono: aislamiento para todo el mundo. ¿Quién puede tomar en serio a semejantes personas?
«Estamos en guerra», dijo el jefe de estado. Una guerra exige líderes y recursos. En cambio, no tenemos más que «expertos» que no están de acuerdo entre sí y, como armas, pistolas de cebita. El resultado es que, tres meses después del comienzo de la epidemia, aún faltan máscaras, pruebas de detección, gel desinfectante, camas de hospital, respiradores. Nos falta todo porque no habíamos previsto nada y porque no nos apuramos a ponernos a reparo hasta que estalló la tormenta. Numerosos médicos ya lo están diciendo: los responsables algún día deberán rendir cuentas.
El caso del sistema hospitalario es sintomático, ya que hoy está en el corazón de la crisis. En tren de aplicar la doxa liberal se quiso someter a los hospitales del sector público al arancelamiento, instándolos a ganar más dinero en nombre del principio sacrosanto de la rentabilidad, como si su actividad pudiera subordinarse al simple juego de oferta y demanda. En otras palabras, se quiso someter a un sector ajeno a los principios del mercado, buscando introducir una racionalidad gerencial basada únicamente en el Sistema de Producción Justo a Tiempo, que condujo a los hospitales públicos al borde de la parálisis y el colapso. ¿Sabíamos que el sistema de salud regional (SRS), por ejemplo, establece un límite en el número de reanimaciones basado en la «tarjeta sanitaria»? ¿Que Francia eliminó 100.000 camas de hospital en los últimos veinte años? ¿Que en Mayotte hay actualmente 16 camas de cuidados intensivos para 300,000 habitantes? Los profesionales de la salud lo han estado diciendo en todos los tonos posibles durante años. No los escuchamos.
El fin del consumismo, ¿de verdad?
Cuando todo esto haya pasado, ¿volveremos al desorden establecido? ¿O hallaremos en esta crisis sanitaria la oportunidad de comenzar de nuevo con mejores bases, alejados del demonio de la mercantilización del mundo, del productivismo y el consumismo a todo precio? Nos encantaría creerlo, si los mismos hombres no se hubieran revelado ya incorregibles. La crisis de 2008 podría haberles servido de lección, pero prevalecieron los viejos hábitos: prioridad a la rentabilidad financiera y la acumulación de capital a expensas de los servicios públicos y el empleo. Tan pronto como las cosas parecieron ir mejor, nos arrojamos de nuevo en la lógica infernal de la deuda, las «burbujas» comenzaron a inflarse nuevamente, los productos financieros tóxicos de vuelta a circular, los accionistas a exigir siempre mayor retorno de su inversión. Mientras, con el pretexto de restablecer el equilibrio, se implementaban políticas de austeridad devastadoras para los pueblos. La «sociedad abierta» siguió su inclinación natural: ¡siempre más!
En lo inmediato podríamos aprovechar el confinamiento para releer (o descubrir) la obra de ese formidable sociólogo que fue Jean Baudrillard. En un mundo «hiperreal», donde lo virtual ha prevalecido sobre la realidad, fue el primero en hablar de una «alteridad que [por resultar imposible] segrega esa otra alteridad invisible, diabólica, inasible, ese Otro absoluto que es el virus». Virus informático, virus epidémico, virus bursátil, virus del terrorismo, circulación viral de información digital: todo esto, decía él, obedece «al mismo protocolo de virulencia y de irradiación, cuyo poder, incluso sobre la imaginación, es viral». La viralidad, en otros términos, es el gran principio actual del contagio de los desórdenes.
A la hora en que yo escribo estas líneas, los habitantes de Wuhan y de Shanghai redescubren que, en su estado natural, el cielo es azul.
(En nomos.com.ar podés encontrar otros artículos tan interesantes como éste)
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Maia Volcovinsky: “Si nosotros no tenemos un plan, nos van a imponer el de los otros”
En diálogo con La Columna Vertebral, Maia Volcovinsky —secretaria adjunta de la Unión de Empleados Judiciales de la Nación y cosecretaria de Derechos Humanos de la Confederación General del Trabajo— analizó el avance de las nuevas derechas, la crisis de representación política, la organización del trabajo en tiempos de precarización y la necesidad de reconstruir un programa colectivo desde las organizaciones populares. También habló sobre el rol de las mujeres sindicalistas, la defensa de la universidad pública y la importancia de volver a discutir un proyecto de país.
LCV: “Estamos hablando de Maia Volcovinsky, que es la secretaria adjunta de la Unión de Empleados Judiciales de la Nación, subsecretaria de Derechos Humanos de la CGT…”
Maia Volcovinsky: “Sí, las secretarías son conducidas en la CGT por un varón y una mujer. En el caso de nuestro gremio somos Julio Piumato y yo los secretarios de Derechos Humanos de la Confederación General del Trabajo. Y en mi gremio estamos en un proceso electoral que se lleva adelante el 27 de mayo, dentro de una semana, pero no tenemos lista opositora, así que ya podemos decir que se va a consagrar nuevamente la conducción de nuestra agrupación por un mandato de cuatro años, en el que voy a asumir como secretaria de Relaciones Internacionales de mi sindicato.”
LCV: “Entonces se viene un salto también en la materia. Más viajes, más actividad internacional…”
Maia Volcovinsky: “Tengo que decir que es muy difícil para las mujeres organizar la vida familiar y viajar. Yo tengo un solo hijo, pero tiene 13 años ya. Y los 13 son una edad compleja, aunque todas las edades tienen sus dificultades. A veces para nosotras es complicado organizarnos para este tipo de responsabilidades porque implica dejar la casa durante mucho tiempo. Yo soy madre sola y me resulta difícil. Pero también ahí aparece el debate sobre las tareas de cuidado, porque hoy no podemos pensar estrategias solamente para nosotros mismos. Lo que atraviesa nuestro país es un fenómeno mundial, que ocurre en distintas latitudes y con distintas expresiones. Hablamos de las nuevas derechas o de los neofascismos para señalar un fenómeno que no es local. Así como el capital y la economía se transnacionalizaron hace tiempo, también se transnacionalizó la organización política. Y uno de los objetivos es la destrucción de las organizaciones. Por eso es tan importante fortalecer estrategias mundiales de las organizaciones de trabajadores.”
LCV: “De alguna manera se vació el discurso…”
Maia Volcovinsky: “Sí, se vació. Y en eso el trabajo sigue siendo una gran posibilidad de ordenar un programa político. No es solamente un ordenador social o personal de la vida de las personas, también es un ordenador político. Las estrategias del capital son internacionales y la única fuerza capaz de contraponer estrategias para lograr una mejor distribución de la riqueza es la organización de los trabajadores en todas sus formas. No hay un actor más claro en la representación de esa demanda de distribución de la riqueza, que además implica superar situaciones universales de pobreza, porque la concentración de riqueza en pocas manos y la pobreza extendida son fenómenos mundiales.”
LCV: “Contame del viaje a Río. ¿Qué encuentro fue?”
Maia Volcovinsky: “Fui invitada por organizaciones de Argentina a una conferencia regional anual de una federación dedicada a la promoción y defensa de derechos de la comunidad LGBTQ+. Es un sector muy vulnerado por estas nuevas derechas, que están promoviendo discursos de odio en distintas latitudes. Hoy ya no estamos solamente en una situación de demanda, sino también de resistencia. Igual que nosotros hablamos de resistencia en defensa de los derechos de los trabajadores, en estos ámbitos también se habla de resistir el avance sobre los derechos de las diversidades. Y es impresionante el retroceso cultural que estamos viviendo. Se vuelven a escuchar cosas que parecían superadas, desde chistes livianos en televisión hasta justificar travesticidios diciendo ‘también con la vida que llevan’. Es volver a lo peor de otras épocas.”
LCV: “¿Cómo se reconstruye cuando el gobierno avanza con un plan tan claro?”
Maia Volcovinsky: “Vos usaste una palabra central: plan. La organización del poder económico siempre tiene un plan, para todos y para todo. Tienen un plan hasta para Marte y la Luna. Nosotros estamos obligados a tener nuestro propio plan. Lo tuvimos en otras etapas de nuestra historia: los planes quinquenales, el plan trienal. El pueblo los conocía, los defendía y era parte. Eso es algo que tenemos que retomar con mucha fuerza, porque si solamente recogemos heridos de la experiencia de este gobierno pero no tenemos un destino hacia el cual invitar, vamos a volver a frustrarnos. Nadie se enamora de una no propuesta. Y además el enamoramiento tiene que ser con una idea de país y de comunidad, no solamente con un líder. Porque si ponemos toda la expectativa en una persona, no hay una organización popular que sostenga un programa.”
LCV: “Hoy está en riesgo todo: educación, salud, transporte…”
Maia Volcovinsky: “Claro. Y además el gobierno produce una enorme desestabilización emocional. Todos los días instalan rumores: que cierran algo, que despiden gente, que eliminan derechos. Eso destruye la salud mental colectiva. Y ahí también aparece el nuevo mapa del trabajo. Cuando hablamos de trabajadores formales e informales no tenemos que olvidar que el trabajador informal es un trabajador al que no se le están respetando derechos. El capital organizó nuevas formas de explotación, sobre todo después de la pandemia. Muchos trabajadores están desterritorializados: trabajan desde su casa, solos, sin comunidad laboral. Y eso dificulta muchísimo la organización sindical. Pero lo vamos a superar, porque nadie trabaja realmente solo. Del otro lado siempre hay una estructura económica.”
LCV: “También se romantizó mucho la idea del freelance…”
Maia Volcovinsky: “Claro. Nos vendieron el romanticismo del freelance, pero no es romántico facturar sin saber cuánto vas a ganar. Hay trabajadores que trabajan 14 horas por día y siguen siendo pobres. Eso pasa porque no están organizados para dar pelea por sus derechos. Y ahí la organización sindical sigue siendo fundamental. Aun en trabajos muy precarizados o independientes, sigue existiendo la necesidad de organización colectiva para discutir condiciones, ingresos y derechos.”
LCV: “¿Cómo hacemos para ser proactivos y no solamente resistir?”
Maia Volcovinsky: “Hay que generar ámbitos de encuentro, discusión y construcción de agenda propia. No podemos seguir tercerizando en otros nuestras preocupaciones. Si la política se condujo de espaldas a las organizaciones de la comunidad, entonces tendremos que ser nosotros quienes llevemos el programa. Ya sabemos qué falta, qué está pasando y qué está padeciendo la gente. Ahora hay que construir soluciones. Y creo que el molde que hay que romper es justamente el de hacer política apoyándose solamente en figuras individuales que generan respaldo sentimental coyuntural. No creo en la infalibilidad de una sola persona. Creo en la fortaleza de las organizaciones. Los errores colectivos de las organizaciones populares siempre son menores que los errores individuales.”
LCV: “¿Cómo sigue esto mañana?”
Maia Volcovinsky: “Mañana es importantísimo que todos salgamos a la calle y vayamos a Plaza de Mayo. Va a ser una gran movilización en defensa de la universidad pública, que es uno de los instrumentos más importantes de progreso social. Quieren destruir todo lo bueno que tenemos, todo lo aspiracional. Quieren arrodillarnos y no lo van a lograr. Vamos a salir nuevamente a respaldar la ley de financiamiento universitario y a los legisladores que la defienden. Porque hoy los canales de diálogo entre la política y el pueblo están bastante rotos y la herramienta que nos queda es la calle. Si mañana no estamos en la calle, después a llorar al campito.”
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Ezequiel Gennaro: “Jorge Morresi era poesía, polenta y alegría”
n la antesala de una nueva entrega de los Premios Jorge Morresi, el dirigente gremial Ezequiel Gennaro repasó la historia de una distinción que ya lleva diez años reconociendo a referentes nacionales e internacionales comprometidos con los derechos humanos. En diálogo con La Columna Vertebral, recordó la figura de Jorge Morresi, destacó el valor de la memoria colectiva y detalló quiénes serán homenajeados en esta edición.
LCV: “¿Por qué se les ocurrió en algún momento hacer este premio? Jorge Morresi y bueno, ya hace 10 años. Contame un poco cómo fue creciendo las distintas emisiones.”
Ezequiel Gennaro: “Bueno, la verdad que cuando nos dejó terrenalmente acá Jorge, gran compañero que fue también delegado de interna, al año siguiente, a través de una idea de Adriano Pablo, y sin ningún tipo de dudas le dimos para adelante.
Y hoy estamos celebrando los 10 años, donde pasaron un montón de figuras, premiados, presidentes, actores, familiares, escuelas, gente de la cultura. La verdad que es un recorrido muy lindo. Cada año tiene su particularidad, ¿no? Es algo que todos los años nos deja algo distinto.”
LCV: “Contanos un poquito quién era para ustedes Jorge Morresi.”
Ezequiel Gennaro: “Un gran luchador, un gran compañero, una gran persona que en todo momento es fuerza, lucha y sobre todo alegría. A mí me tocó compartir con él los primeros años en la Legislatura, aprendiendo mucho de él, de su fortaleza.
Era un tipo que además había tomado muy en serio el trabajo en derechos humanos y trabajamos mucho juntos, fundamentalmente con Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Nos encontró mucho en la calle.
Era la figura que cuando se hacían los 24 de marzo encabezaba la entrada de la famosa bandera de los detenidos desaparecidos. Y en un tiempo medio corto se nos fueron unos cuantos referentes. Ahora me voy a acordar de Hugo Argañaraz, que también cumplía un poco ese rol y se fue hace nada, la semana pasada.
Pero digo, Jorge era esa figura lúdica, porque además no era un señor ceremonioso ni una persona bajón al tratar estos temas, sino que todo en él era poesía, polenta y alegría.”
LCV: “Tal cual como lo describís. Yo me acuerdo y lo tuve muy presente el 24, cuando veíamos en este contexto atravesando una plaza llena de distintas organizaciones, de gente de a pie, que realmente estaba celebrando la democracia, 50 años con todo lo que pasó para recuperarla y 50 años del golpe. En realidad conmemorábamos los 50 años del golpe.”
Ezequiel Gennaro: “Claro, conmemorábamos los 50 años del golpe. La democracia es mucho más joven que eso, porque nos tuvimos que comer los ocho años de la dictadura. Pero esa plaza le estaba diciendo que sí a la democracia y que nunca más a un golpe de Estado.”
LCV: “Sí, la verdad que muy emotivo. Con el sistema también de organización, una plaza toda explotada. Creo que en estos tiempos donde se quieren instalar discursos negacionistas y el mundo mismo está tan cruel en algunos aspectos, una plaza llena fue un momento muy lindo.
Nosotros queremos destacar que los Premios Morresi son nacionales e internacionales, porque por ejemplo se le ha otorgado el Morresi al expresidente de Ecuador Rafael Correa, a los expresidentes y exvice de Bolivia Evo Morales y Álvaro García Linera, al Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, al juez Daniel Rafecas, al Equipo Argentino de Antropología Forense, entre otras figuras muy importantes de este desarrollo que se trata de pensar los derechos humanos.
Siempre es difícil, pero en este contexto pensar los derechos humanos requiere muchísima más energía. ¿A quiénes han decidido distinguir este año?”
Ezequiel Gennaro: “Este año tenemos premios a Pablo Llonto, abogado querellante en juicios de lesa humanidad.
Bueno, al Beto Pianelli, que fue secretario general del subte y delegado, que nos dejó hace poquitos meses, la verdad que muy triste.
También a Alejandro Alagia, fiscal federal, y a Roberto Cipriano García, sociólogo, que siempre nos están acompañando en las luchas por los derechos humanos.
A Teresa Calvo Laborde, a Margarita Cruz, una amiga. Margarita Cruz es sobreviviente del campo de concentración La Escuelita de Tucumán.
Bueno, a Dolores Moyano, y después al colectivo Historias Desobedientes. Siempre premiamos a dos colectivos.
Y también a los trabajadores del Centro de Asistencia a la Víctima.
Y bueno, vamos a tener un premio muy especial. La actividad es abierta al público.”
LCV: “Perfecto. Bueno, allí estaremos para cubrir todo esto. Algunos de los premios que van a entregar me parecen particularmente interesantes, como el de la integrante del Equipo Argentino de Antropología Forense, Silvana Turner, por su trabajo en el centro clandestino La Perla, donde siguen apareciendo cuerpos de compañeros desaparecidos.
Y el colectivo Historias Desobedientes, que tuvimos aquí a una de sus integrantes. Le contamos a la gente, le refrescamos: se trata de hijos e hijas de genocidas que han decidido dar vuelta al menos su historia personal y un poco su historia colectiva juntándose con otras personas que han tenido esa misma experiencia.”
Ezequiel Gennaro: “Sí, que es contar la historia desde otro lado, atravesado desde su sufrimiento. Muy interesante, desde poder entender la historia. La verdad que la dictadura ha dejado víctimas de todos lados y los desobedientes no dejan de ser víctimas cuando se dieron cuenta cómo era la historia de sus padres y cuando decidieron rechazarla.
La verdad que cuando lo charlamos con Adri nos pareció importante.”
LCV: “Adri es Adriana Serquis, le cuento a la gente.”
Ezequiel Gennaro: “Y después otra historia muy particular es la de Teresa Calvo Laborde, porque Teresa es la hija de Adriana Calvo Laborde. Ella fue parida en un auto que llevaba a su madre detenida desaparecida.
Después Adriana logró la libertad, pero fue una cuestión terrible porque toda esa historia del nacimiento de Teresa es muy dura.
Quienes quieran enterarse de este testimonio tienen que entrar en YouTube, buscar el testimonio de Adriana Calvo Laborde y van a ver cómo no escatimaron humillaciones a la hora de tener a esta compañera detenida desaparecida pariendo.”
LCV: “Bueno, ¿querés agregar algo más?”
Ezequiel Gennaro: “No, bueno, nada. Creo que ya pasamos la convocatoria para que acompañen. La verdad que todos los años tienen algo particular. Es un espacio de reflexión y son muy emotivos siempre. Los esperamos el 13 de mayo a las 19 horas.”
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Julián Benítez: «Hay que volver a poner el juego en agenda y defender los juguetes nacionales»
En diálogo con La Columna Vertebral-Historias de Trabajadores, Julián Benítez habló sobre la situación de la industria nacional del juguete frente al avance de las importaciones, la pérdida del poder adquisitivo y la necesidad de volver a poner el juego en el centro de la vida familiar. Además, destacó la importancia de promover juguetes nacionales seguros y accesibles, y defendió el valor pedagógico y emocional del juego frente al exceso de pantallas.
LCV: ¿Qué está pasando con la industria del juguete y las importaciones?
Julián Benítez: “Bueno, estamos enfocados en volver a poner el juego en agenda. Seguramente en las familias, de una u otra manera, el juego sigue estando, pero el problema hoy también es el poder adquisitivo para poder comprar juguetes.”
LCV: El problema es justamente ese: el poder adquisitivo. Pero también estaría bueno contar que hay posibilidades de comprar juguetes sin que sean carísimos y que además hay muy buenos juguetes nacionales que cumplen normas de calidad y seguridad que muchas veces los productos importados no cumplen.
Julián Benítez: “Sí, totalmente. Como venimos viendo en los últimos meses, la situación es difícil, pero también creemos que se necesita recuperar esos momentos lindos en familia y volver a valorar el juego.”
LCV: Tiene que ver también con recuperar esos espacios compartidos. Incentivar los juegos de mesa, por ejemplo, los juegos familiares, sacar a los chicos de las pantallas y volver a un muñeco de trapo, a un camioncito, a otro tipo de experiencias.
Julián Benítez: “Claro. Y no necesariamente tiene que ser el juguete más caro o más mecanizado. Todo lo contrario. En la producción de juguetes está también el desarrollo de capacidades cognitivas y motrices, sobre todo la motricidad fina.”
LCV: El otro día escuchaba a alguien cuestionar que en las escuelas todavía se enseñe a escribir en cursiva porque ‘ya existe la computadora’. Y en realidad la escritura manual desarrolla partes del cerebro que no se activan solamente apretando botones. Con los juegos pasa algo parecido.
Julián Benítez: “Tal cual. Por eso esta campaña también apunta a los padres y a las familias. No planteamos que sea una cosa o la otra. Las dos pueden convivir perfectamente.”
LCV: A mí me preocupa especialmente el descuido en la calidad de muchos juguetes importados frente a los juguetes argentinos. ¿En qué consiste concretamente esta campaña? ¿Van a hacer actividades especiales?
Julián Benítez: “La idea es hacer actividades públicas. Por ejemplo, imaginamos llenar la calle Corrientes con mesas de juegos, juguetes, tizas, pizarrones y crayones. Como existe la Noche de los Libros, estaría buenísimo sacar el juego a la calle y hacer jugar a la gente.”
LCV: Sería fantástico. Aunque ojo con las autoridades, porque jugando y jugando por ahí te vacían los bolsillos… eso corre por mi cuenta, aclaro.
Julián Benítez: “(Risas)”
LCV: ¿Qué recomendación les dejás entonces a las familias? ¿Qué tipo de juegos o consumos accesibles ves hoy?
Julián Benítez: “Hay muchas opciones. Se puede volver a juegos simples, juegos de barrio, juegos hechos en casa también. Lo importante es recuperar el espacio compartido.”
LCV: ¿Dónde puede encontrar información la gente?
Julián Benítez: “En Instagram, en @jugueteargentino.”
El cierre de la entrevista dejó una definición que sintetiza el espíritu de la campaña:
Argentinos a jugar y no a la timba. Nosotros a jugar juegos de mesa, jugar con muñecos y volver un poco a ese tiempo que muchas generaciones disfrutamos: más cerca del juego en la vereda y más lejos de las pantallas.”
