Arte en los barrios, por Laura Giussani Constenla

Quiso la casualidad -o mis padres, o el mismísimo Dios si existiera- que los dos barrios que marcaron mi infancia hayan sido ejemplos de arte comunitario. Este fin de semana, la Orquesta Atípica de Catalinas Sur festejó sus diez años estrenando la obra ‘Década’, mientras el Grupo de Teatro del mismo barrio lleva treinta y cinco formando actores populares, con obras, talleres, y actividades de las que participan vecinos y amigos.

Catalinas era un barrio de monoblocks de la Boca, sin calles internas, donde los chicos podíamos ir y venir de la escuela entre jardines y sentir el perfume del pasto recién cortado junto al perfume a galletitas recién horneadas de Bagley. La primera manifestación de la que participé fue para exigir la apertura de la escuela De la Penna, todavía no inaugurada, alla por el 67. No hubo caso, debí cursar mis últimos cuatro años de la primaria en la parroquial Nuestra Señora Madre de los Inmigrantes de la que tengo lindísimos recuerdos. Finalmente, algún día de algún año, la De la Penna abrió sus puertas y fue allí en donde nació la idea de hacer un grupo de teatro que se volvió ejemplar por la calidad de sus puestas en escena.

La experiencia del arte comunitario es tan enriquecedora como necesaria. La enseñanza de que se puede hacer algo entre distintos a quienes une el territorio y la cotidianeidad. Bailar, cantar, actuar, expresarse, es liberador, más allá de ideologías, significa persistencia, organización, intercambio social y cultural, solidaridad. Todo lo que signifique salir del agujero interior, tender puentes, conversar, escuchar, participar, es política.

El otro barrio en donde pasé mis primeros años fue Palomar Ciudad Jardín. Allí aprendí a caminar, a hablar y a andar en triciclo. Este domingo se juntaron nuevos y viejos vecinos para homenajear la experiencia del Teatro Carpa. Otra experiencia señera de vecinos que se juntas para hacer más amables sus vidas y en ese hacer abrían sus casas. Tengo un vago recuerdo de esos tiempos.

La casa que alquilábamos en Palomar, luego de que mis padres hipotecaran su casona de Luis María Campos para seguir publicando la revista Che, que salió justo en el año de mi nacimiento, tenía un garage que de nada servía porque no teníamos auto. Allí se juntaban pibes del barrio para ensayar o hacer talleres. Con dos o tres años, yo solo participaba del ‘taller de ikebana’ pero la mayor enseñanza fue ese ir y venir de personas, una casa de puertas abiertas. Por ese entonces, mis viejos eran socialistas y se juntaron con otros vecinos social cristianos que impulsaban la iniciativa artística comunitaria.

Hoy, los hijos de aquellos pioneros artistas barriales, con sus infancias marcadas por el Teatro Carpa, trabajan en la reconstrucción de la época. Entre ellos, los López Acotto, Constenla, Novello, y otros. Busco en internet y solo encuentro este encantador video testimonial que evoca el surgimiento del Teatro Carpa de Ciudad Jardín: https://www.youtube.com/watch?v=udH37Sj1bQA

Vaya mi homenaje a los que no se resignan y a pesar de que el mundo nos muestre su peor cara siempre dejan abierta una puerta para que la vida siga siendo bella.

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